Fernández Cabricano, Avelino

Barros › Langreo › Asturias
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Descripción

Este histórico militante de izquierdas, que fue secretario y portavoz de la Asociación de Militares Excombatientes de la II República española, destacó en la región por su defensa de la memoria histórica y por haber tramitado las pensiones para más de 600 viudas de militares que habían sido fieles a la República. Asimismo, fue un ejemplo de cómo, «sin abdicar nunca de sus ideas, supo defender éstas con el mayor respeto hacia los demás, haciendo suyo el dicho de que «recordar es hacer pasar de nuevo el río antiguo por el cauce cordial»» y de cómo «supo mantener en su sitio exacto las disputas políticas y religiosas, las confrontaciones inútiles en tantos casos» (Javier García Cellino).

Nació Avelino Fernández Cabricano en Barros (Langreo - Asturias) el 20 de octubre de 1914 y falleció en La Felguera (Langreo) el 28 de julio de 2006. Era el cuarto de cinco hermanos del matrimonio formado por Camilo Fernández Peña (Riaño-Langreo, 1881-1958) y Lucinda María Cabricano García (Barros, 1883-1953). Casado con Ángela (Angelita) Bayón de Benito (Cuéllar-Segovia, 1917-Langreo, 2006), el matrimonio tuvo dos hijos: Juan Manuel y Margarita Fernández Bayón.

Siempre decía que había recibido una buena y amplia educación, tanto por parte de sus padres como por parte de sus profesores. En un principio fue a la escuela de Barros, donde tuvo un gran maestro, así consideraba él a D. Antonio González Rojo, el cual transmitía a sus alumnos, independientemente de las asignaturas normales, temas sociales y humanos; además les llevaba de excursión por los alrededores de Barros con el fin de enseñarles in situ la naturaleza. Tan buen recuerdo le quedó de su «Maestro» que en la década de los setenta consiguió una calle en Barros para D. Antonio.

De Barros, Avelino fue al Colegio de los Hermanos de la Salle, en La Felguera, donde estuvo hasta los 17 años ampliando su formación. Posteriormente, realizó estudios en la Escuela de Artes y Oficios, también de La Felguera.

Desde su infancia destacó por su inteligencia, perseverancia y tenacidad; de hecho siempre estaba entre los primeros de su clase.

Cuando tuvo que incorporarse el 8 de noviembre de 1935 al Servicio Militar, fue destinado a la Compañía Mixta de Guarnición en Burgos (Sanidad Militar), pero el 15 de julio de 1936 fue desplazado a Santoña, a la 2.ª Comandancia de Sanidad Militar, Compañía de Montaña. En Santoña le sorprendió el levantamiento de Franco y en mayo de 1937 ingresó como alumno en la Escuela Popular de Guerra n.º 6 de la misma población, de donde salió con el grado de Teniente en Campaña de Arma de Infantería, siendo uno de los más destacados de su promoción y pasando destinado a las órdenes del general-jefe del Ejército del Norte. Tras desempeñar diversas labores en el Estado Mayor del Ejército Montañés, a finales de agosto de 1937 se vio obligado, como otros muchos compañeros, a retroceder hacia Asturias. El 20 de octubre, fecha de su 23 cumpleaños, estando en Sariego en el Estado Mayor, hacia las 2 de la tarde le comunica su capitán, Juan Ibáñez, que aquello estaba perdido y que hasta las 9 le esperaba en Gijón. Ya con el Frente Norte perdido y después de pasar a despedirse de su familia en Barros, se dirige a Gijón con el fin de embarcar. Lo hace a media noche en el vapor Anciola con dirección a Francia, pero, al día siguiente a la mañana, el Anciola se avería, con tan mala suerte que el primero que los divisa es el minador Júpiter, un barco enemigo; fue hecho prisionero en alta mar. En el Júpiter lo llevan a Estaca de Bares para transbordarlo a un mercante denominado Arichachu y desde allí hasta Ribadeo con el fin de recoger más prisioneros. Después de seis o siete días navegando, los conducen al Campo de concentración de Camposancos, en Pontevedra, donde estuvo a punto de ser fusilado. El 10 de marzo de 1938 fue confiado a un batallón disciplinario de Aranda de Duero; al mes siguiente, a los de Miranda de Ebro y de San Juan de Mozarrífar (Zaragoza). Desde el 26 de abril hasta septiembre del mismo año lo encuadran en el Batallón de Trabajadores n.º 110 de Binéfar (Huesca). El siguiente traslado lo tuvo a Lérida, al mismo Batallón 110, que fue donde le cogió el final de la guerra. Más tarde pasó por Gandesa; por último, lo envían a Artesa de Lérida, donde estuvo hasta el 14 de mayo de 1940, fecha en que es licenciado y vuelve a casa.

Cuando regresó a casa y trató de buscar empleo, le era imposible encontrarlo por haber estado en el bando de los perdedores. Después de un tiempo, un contratista gallego que hacía trabajos en Duro Felguera lo acepta y lo envía a realizar zanjas a pico y pala para la traída de aguas en Les Cubes, teniendo que recorrer varios kilómetros a pie para ir al trabajo. Después pasa a la factoría de Duro Felguera por encontrarse cerca de su domicilio. Posteriormente, por mediación de un amigo de su padre comienza a trabajar con Arturo Suárez en los hornos de Peña Rubia, donde la labor era especialmente dura; de allí ya pasa a la oficina del almacén de productos para la construcción denominado Casa Suárez en Sama, propiedad también de Arturo Suárez. Las cosas fueron cambiando; la construcción en aquellos momentos se necesitaba y se constituye Construcciones Suárez, que durante mucho tiempo fue la primera empresa de construcciones del Valle del Nalón y una de las más importantes de la región. Avelino fue apoderado y jefe económico-administrativo de la misma, llegando a tener el control de varios cientos de personas. Era un experto en temas relacionados con la Seguridad Social; de hecho, varias empresas de la zona le consultaban sus dudas. Era un autodidacta nato y con una gran inquietud por aprender.

Al jubilarse, con el fin de ocupar su tiempo libre, se le ocurre preparar el árbol genealógico de la familia, llegando al año 1650, después de pasar por varias parroquias y registros.

Fue Avelino F. Cabricano un incansable lector, principalmente, de todo lo relacionado con la historia y la naturaleza; también leía novelas de grandes escritores.

Le encantaban las reuniones familiares, las reuniones con sus amigos; era un gran comunicador y le gustaba transmitir su saber. Por su casa pasaron varias personas para realizar sus tesis doctorales o para informarse sobre hechos relacionados principalmente con la famosa «Guerra Incivil», como así la llamaba él.

Siempre estaba pensando en hacer alguna cosa nueva; de hecho por su iniciativa y con su colaboración se pueden destacar:

—La renovación de las aceras de la calle Antonio Antuña, de Barros, siendo alcalde de Langreo su buen amigo Joaquín Miranda Fernández.

—De las cinco calles que hay hoy en día en Barros, cuatro fueron propuestas y conseguidas por él.

—El apeadero de Renfe.

—Por su mediación fue autorizado el concurso de ganado vacuno a nivel regional.

—Participó en la constitución de la Asociación de Amigos del Parque de La Felguera y el monumento a Félix Rodríguez de la Fuente.

—Con la Asociación de Familiares y Amigos de la Fosa Común de Oviedo, recorrió 28 Ayuntamientos de Asturias con el fin de obtener dinero para su restauración.

—Por último, consiguió formar la Asociación de Militares Excombatientes de la II República. A través de la misma, de la que era secretario-portavoz, pudo sacar adelante, con la colaboración de varios compañeros, pensiones importantes a las viudas de los ex militares republicanos y a los mismos ex militares que aún vivían. Para ello tuvo que desplazarse en infinidad de ocasiones a Madrid, Salamanca, El Ferrol y Ávila principalmente, así como a la cárcel y a la Comandancia Militar, ambas en Oviedo, con el fin de recabar toda la documentación posible para tramitar cada uno de los expedientes.

Bibl.: Marcelino Laruelo Roa, La Libertad es un bien muy preciado (Gijón, 1999). En el capítulo titulado «Camposancos» se recoge, entre otros, el testimonio de Avelino F. Cabricano, que estuvo en ese campo de concentración.

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