Díaz Álvarez, Miguel

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Descripción

  • Autor: Ramón Baragaño*, escritor e investigador.

Para conocer la biografía de este interesante personaje, hoy completamente caído en el olvido, hay que acudir a la imprescindible y magna obra «Escritores y artistas asturianos», de Constantino Suárez, «Españolito», quien nos dice que Miguel Díaz Álvarez nació en Villalegre (Avilés) en 1858. Hoy, gracias a la amabilidad de Agustín Hevia Ballina, archivero del Archivo Histórico Diocesano, de Oviedo, puedo precisar que la fecha exacta del nacimiento de aquél fue el 10 de junio de 1858 en Villalegre, tal como se puede leer en su partida de bautismo: «Miguel Díaz Álvarez. Villalegre. El 13 de Junio de mil ochocientos cincuenta y ocho, yo el infrascrito Cura de S. Esteban de Molleda, Concejo de Corvera y Avilés, bauticé solemnemente un niño, que había nacido el día diez como a las seis de la tarde, y se llamó Miguel, hijo legítimo, y de legítimo matrimonio de Clemente Díaz y Josefa Álvarez, vecinos de esta parroquia, de la que ella es natural y él de Tudela: nieto por paterna de Domingo y Bernarda Mortera, vecinos y naturales de Tudela; y por materna de José y Tomasa Menéndez, vecinos y naturales de esta parroquia; fueron padrinos Manuel Pantiga, tío del niño, y Bernarda Mortera, abuela paterna, a quienes advertí su obligación, y al padrino el parentesco espiritual, y para que conste. Lo firmo. Manuel Fernández Toral» (Libro de Bautizados de San Esteban de Molleda, Arciprestazgo de Avilés, Diócesis de Oviedo, folio 323 vuelto, 4.10.9 Archivo Histórico Diocesano).

Hay que aclarar que por aquel tiempo Villalegre no era parroquia y figuraba como filial de la de San Esteban de Molleda (Corvera); de ahí que Miguel Díaz fuera bautizado en dicho templo parroquial. Según Constantino Suárez, sus padres eran «labradores acomodados que se ayudaban a vivir con la administración de un parador o venta». Sin más instrucción que la primaria, emigró a Cuba como tantos otros avilesinos. En 1872, con tan sólo catorce años de edad, participó como soldado voluntario en la llamada «guerra de los diez años».

Tras desempeñar diversos oficios, se hizo agente de transportes (que entonces se efectuaban en carros tirados por mulas), que fue el origen de la gran fortuna que logró acumular. En 1878, al término de la mencionada contienda, se afilió al partido Unión Constitucional, que defendía los intereses conservadores y antiautonomistas, y dedicaba todo su tiempo libre a mejorar su instrucción. La prosperidad de sus negocios, gracias a su extraordinaria capacidad de gestión y esfuerzo, le permitió contraer matrimonio en 1879 con María Gómez Martín de Lara, natural de Tenerife.

Con el paso del tiempo destacó como uno de los principales líderes de su formación política, lo que le permitió acceder al cargo de concejal del Ayuntamiento de La Habana en 1889, que desempeñó con éxito, especialmente en lo que se refiere a las mejoras urbanísticas de la capital cubana, durante casi ocho años. En 1896, ante la gravedad del movimiento independentista en la isla caribeña, Miguel Díaz, que era comandante del Cuarto Batallón de Voluntarios, no dudó en ofrecerse para participar en la campaña militar, siendo ascendido a coronel. El 1 de febrero de 1897 fue nombrado primer edil del Ayuntamiento de La Habana, por lo que se convirtió en el último alcalde español de esa ciudad. En poco más de un año que duró su mandato (hasta el 15 de febrero de 1898) al frente de la Corporación Municipal, logró realizar una gran gestión que fue elogiada unánimemente, incluso por sus adversarios políticos. Por sus muchos méritos municipales recibió la medalla de concejal a perpetuidad y un bastón de mando, que, a su fallecimiento y siguiendo sus disposiciones testamentarias, su hijo primogénito Francisco depositó en 1930 en el tesoro de la Virgen de Covadonga. En 1897 publicó una «Memoria acerca del estado y adelantos del Excmo. Ayuntamiento de La Habana».

Después de la independencia de Cuba, Miguel Díaz regresó a España. Aunque su fortuna se vio mermada por la pérdida de la colonia española (sólo en la ciudad de La Habana poseía doce viviendas), aún pudo reunir un capital que invirtió acertadamente en su país. En 1903 la fábrica azucarera de La Poveda, en el término municipal de Arganda del Rey (Madrid), que se hallaba prácticamente en quiebra, fue arrendada a una sociedad que nombró director del establecimiento a Miguel Díaz, que cambió radicalmente la gestión. Creó una enorme granja agrícola en la vega del río Jarama, con una extensión de 28 kilómetros, para asegurar el abastecimiento de remolacha. Se realizaron inversiones para dotar al complejo agrícola-industrial de la más moderna maquinaria y se contó incluso con vía férrea. La Poveda llegó a dar empleo fijo a 1.600 personas y a 3.000 durante la temporada de la recolección. Se convirtió rápidamente en una explotación muy rentable, la más avanzada de España y una de las más destacadas de Europa.

Al mismo tiempo, Miguel Díaz continuó con su actividad política, siendo elegido senador en 1901 por la provincia de Teruel; en la legislatura 1905-1907, lo fue por la provincia de Madrid, y en la legislatura 1908-1909 fue nombrado por Real Decreto senador vitalicio con el gobierno presidido por Antonio Maura. Estaba en posesión de la Gran Cruz del Mérito Militar (1897) y de la Gran Cruz de Isabel la Católica (1905), entre otras altas condecoraciones. Falleció en Madrid el 30 de enero de 1928, a la edad de sesenta y nueve años. Su asombrosa biografía bien merecería que el Ayuntamiento de Avilés le dedicase una calle en su Villalegre natal.

Nota

(*) Este texto se publicó también en el diario La Voz de Avilés-El Comercio con fecha sábado 13 de noviembre de 2010 y el título MIguel Díaz Álvarez, un avilesino olvidado, en la sección «Pliegos del alfoz» que Ramón Baragaño dedica a investigaciones locales.

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