Lavandera, Juan de

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Descripción

Explorador y conquistador de la segunda mitad del siglo XVI nacido en Gijón.

Participa con el Adelantado Pedro Menéndez de Avilés en la incorporación de La Florida a la Corona española. Al construirse el fuerte de San Felipe se queda en él como alférez.

Deseoso de saber la condición de la tierra y la disposición de sus habitantes, el Adelantado comisiona al capitán Juan Pardo para que con un grupo de hombres explore el interior del país y atraiga a la obediencia de España a sus moradores.

Juan de Lavandera se presenta voluntario a la misión y parte el 10 de noviembre de 1566 de San Felipe, junto con otros 125 compañeros. En la primera semanas de viaje los expedicionarios atraviesan las tierras pantanosas de los caciques de Escamacu y Cazao, ya conocidos y sometidos por los españoles, llegando al séptimo día, y después de recorrer más de 200 km, a la localidad de Guiamae, en el actual condado de Orangeburg, en Carolina del Sur. Los indígenas les reciben de paz, jurando fidelidad al rey de España.

Prosiguiendo su camino, alcanzan dos días después el pueblo de Cano, que los indios llamaban Canosi y por otro nombre Cofetazque. Cano se alzaba en la confluencia de los ríos Congaree y Wateree, cerca de Columbia, capital actual de Carolina del Sur. A Lavandera le agradó esta comarca, la mejor que hasta entonces había visto. En ella abundaban los campos de maíz y las uvas salvajes. Visitan después los poblados de Tagaya, Chico e Iza, hallando en el distrito de este último lugar tres minas de diamantes. Toda esta amplia región se hallaba muy poblada y en todas partes los nativos les recibían amigablemente.

El invierno se les echa encima. Las primeras nieves las ven en el poblado de Xualla, en el actual condado de Polk (Carolina del Norte), próximo a las faldas de la cordillera de los Apalaches y dominio de los indios cherokees. La buena disposición de los aborígenes para con los españoles aconseja a Juan Pardo construir aquí un fuerte y dejar una guarnición de trece hombres al mando del sargento Boyano. Después de permanecer en el lugar medio mes, Pardo manda al resto reanudar la marcha.

Juan de Lavandera sigue a su lado y juntos continúan explorando, pero la nieve caída les impide seguir la ruta del Oeste, viéndose obligados a desviarse al Noreste, arribando doce días después a Guatari. Esta localidad, situada en el condado de Cabarrus, entre la actual ciudad de Charlotte y el río Pee Dee, la gobernaban dos cacicas, que acogieron espléndidamente a Pardo, Lavandera y demás españoles. La comarca era tan rica y el deseo de los indios a ser evangelizados tan grande que Pardo estableció en el lugar una misión que dejó al cuidado de un capellán y cuatro soldados. A punto de abandonar la comarca, recibe el capitán español una carta de Esteban de las Alas, quien por orden del Adelantado le mandaba que regresara lo antes posible a San Felipe por temerse un inminente ataque de una poderosa flota francesa.

En su primera exploración del interior de los actuales EE. UU, el alférez asturiano recorrió de Este a Oeste Carolina del Sur y buena parte de Carolina del Norte, muchos años antes de que los ingleses recalasen en esta zona.

Pasada la amenaza de la armada francesa, Pedro Menéndez de Avilés mandó de nuevo a Juan Pardo que prosiguiera sus exploraciones y buscase una ruta que permitiese comunicar por tierra La Florida con México. El Adelantado le dio para ello un tiempo prudencial que no debía rebasar.

Nuevamente Juan de Lavandera se alista en la expedición y parte con Pardo el primero de septiembre. Sin problemas y por la misma ruta de la primera vez llegan a Xualla. Al no encontrar en el fuerte al sargento Boyano, prosiguen la marcha hacia el Oeste. Cruzan la cordillera de los Apalaches, visitando Tocal, Cauchi y Tanasqui, poblados situados en la parte suroeste de Carolina del Norte.

Al otro lado de la cordillera y ya en el Estado de Tennessee, cerca de la línea fronteriza con Alabama, descubren un gran pueblo fortificado con muchos torreones, donde hallaron al sargento Bayano y sus soldados. Chiacha o Lamaco, así se llamaba esta localidad, estaba edificada en una isla del río Tennessee. En opinión de Juan de Lavandera - —uno de los cronistas de la expedición—, esta zona era muy rica y fértil: «es tierra muy rica y anchurosa, lugar grande, cercado de ríos muy lindos; hay en derredor deste lugar, á legua y á dos leguas y á tres leguas, y menos y más, muchos lugares pequeños, todos cercados de ríos. Hay unas leguas de bendición, mucha uva y muy buena, mucho níspero; en efecto, es tierra de ángeles».

La presencia de los europeos fue muy bien acogida por los aborígenes, que aceptaron la soberanía española. Diez o doce días después, la tropa española emprende la marcha. Aunque los afables indígenas dijeron que más adelante, en un difícil paso, estaban esperándoles de seis a siete mil guerreros de Carrosa, Chisca y Costeheycoza para aniquilarles, los españoles resuelven seguir adelante en sus proyectos exploratorios.

Hacia el oeste de Chiaha, en dirección al río Mississippi y México, se alza la meseta de Cumberland, «sierras más ásperas que la sierra que nombramos [Apalaches]», recuerda Lavandera; por ella se internan y caminan un par de días sin ver un ser viviente. A la tercer jornada llegan a un poblado indígena llamado Chalahume. Juan de Lavandera dice efusivamente que este lugar «tiene tan buen sitio de tierra, en comparación, como tiene la ciudad de Córdoba, muy grandes vegas y muy buenas; allí hallamos uvas tan buenas como las hay en España; sé decir ques tierra que paresce que españoles la han cultivado, segun es buena».

Por restos de fundición y por las confesiones de los indios lugareños, supieron que en la comarca había minas de oro y plata. Pero no se detienen a comprobarlo. La exploración de este amplio territorio era ahora su principal objetivo. La siguiente etapa resulta ser la localidad de Satopo, distante unos 8 km del anterior emplazamiento. Por cierto, Satapo fue el único lugar donde los exploradores españoles no fueron bien recibidos. Por los intérpretes y por un indio del pueblo saben que a un día de camino les esperaban emboscados para matarles varios miles de guerreros de otros pueblos.

En vista de este nada halagüeño panorama, Juan Pardo convocó a Juan de Lavandera y a otros oficiales para tomar parecer sobre lo más conveniente a hacer. La falta de víveres, la creciente hostilidad de los nativos y los cerca de siete mil indios que les esperaban más adelante para matarles determinaron que los españoles dieran la vuelta y emprendieran el regreso a San Felipe. Al pasar de nuevo por Chiaha, proceden a la construcción de un fuerte que serviría como punto de apoyo para futuras exploraciones, si así lo aconsejaba la Corona. En Cauchi, a petición de los indios, se construye otro fortín y se deja una guarnición. En Xualla se amplía y refuerza el fuerte. En Guatari edifican una casa fuerte para apoyar y proteger a la misión establecida en el anterior viaje. Unos 16 o 17 días después de llegar a este sitio, Juan de Lavandera, junto con Pardo, regresa definitivamente a San Felipe ya que el tiempo que les había dado el Adelantado para su misión ya concluía.

En estas dos expediciones, el alférez asturiano y sus compañeros llevaron a cabo una gran y meritorio trabajo, no solamente porque descubrieron y exploraron extensas regiones de los actuales Estados de Carolina del Norte y del Sur, Tennessee y el norte de Alabama y Georgia, sino porque también a su paso sometieron pacíficamente a los indígenas, construyendo un rosario de fuertes en puntos estratégicos para una futura colonización de este amplísimo territorio de Norteamérica.

No se puede decir mucho más de este asturiano. En ausencia de Esteban de las Alas, Juan de Lavandera queda al frente del fuerte de San Felipe, también conocido como Santa Elena. Apremiado por la imperiosa necesidad de alimentar a la tropa, Juan de Lavandera tiene que recurrir a los jefes indios amigos para conseguir víveres. Envía mensajes a los caciques Escamacu, Orista y Hoya para que le llevasen a Santa Elena cierto número de canoas cargadas de maíz. Como aun así no puede cubrir las necesidades de sus hombres, el 23 de julio envía a cuarenta de ellos a los poblados de Escamacu y Orista para que los indios los mantengan hasta que llegue algún navío con socorros. El alférez asturiano les prohíbe tajantemente que se metan con los nativos y les hagan daño.

Lo que no pudo prever el alférez Lavandera fue que los indios, cansados de soportar a los soldados, se rebelaron contra ellos. La pronta llegada de Pedro Menéndez Marqués y Esteban de las Alas con refuerzos impidió que aquéllos fuesen aniquilados. Los ánimos se sosegaron al retirar los asturianos los cuarenta soldados que volvieron a su base de Santa Elena.

Falto de víveres para alimentar a las guarniciones de La Florida, Esteban de las Alas evacua parte de los soldados hacia España (13 de agosto de 1570). En Santa Elena quedó Juan de Lavandera al frente de medio centenar de soldados con los cuales debía defender el territorio y proteger a los colonos y sus familias que habitaban la zona.

Fuente: José Ramón Martínez, Rogelio García y Secundino Estrada, «Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599», Oviedo, 1992

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