Menéndez de Avilés, Pedro, «El Adelantado de la Florida»

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Descripción

  • Autores: José Ramón Martínez Rivas, Rogelio García Carbajosa y Secundino Estrada Luis*

Pedro Menéndez de Avilés nació en 1519, en la villa asturiana de Avilés. Aún no había cumplido los 14 años cuando escapó de casa dirigiéndose a Santander, donde embarcó como grumete en una escuadra española que se disponía a zarpar para perseguir corsarios franceses. Dos años después regresó a Avilés, donde sus parientes, para retenerlo, lo casaron con una jovencita de 10 años llamada Ana María de Solís. Pero su espíritu inquieto y aventurero le hace abandonar, a las pocas semanas, su ciudad natal. Todavía no tenía 20 años cuando, con un navío y 50 hombres, apresó a dos barcos piratas franceses, liberando a 60 prisioneros españoles.

En 1544, el corsario Jean Alphonse de Saintonge capturó, a la altura del cabo Finisterre, 18 embarcaciones vizcaínas, llevando sus presas al puerto de La Rochela. Pedro Menéndez de Avilés persiguió al pirata francés hasta dicho puerto, donde recuperó cinco de los barcos y abordó a la capitana pirata Le Marie, dando muerte personalmente al mismo Alphonse y a muchos miembros de su tripulación. Haciendo caso omiso de las amenazas del gobernador de La Rochela, Pedro Menéndez salió de allí con las presas capturadas. El emperador Carlos V le autorizó a continuar persiguiendo facinerosos, pudiendo quedarse con todo lo que les tomase. De este modo, Pedro Menéndez de Avilés limpió de piratas las costas cantábricas y gallegas. Su fama y valentía eran ya tan notorias que Carlos V le encargó que le condujese a Flandes.

A partir de 1552 se tienen noticias de que el avilesino comienza a realizar viajes al Nuevo Mundo comandando diversos buques. Dos años más tarde, Felipe II le nombró «Capitán General de la flota de las Indias é por su Consejero, para que le fuese sirviendo dende la Coruña á Inglaterra, cuando se fué á casar con la C.R. María de Inglaterra, y ansí le sirvió muy bien» (Gonzalo Solís de Merás).

En 1556 y 1561 conduciría sendas flotas al Nuevo Mundo. En este último año, además de los barcos normales de la Armada, al avilesino se le encargó también que llevara dos navíos con 120 soldados para combatir la rebelión de Lope de Aguirre y sus «marañones».

A mediados de 1561, los 49 navíos que componían la Armada zarpan de Cádiz rumbo a las Indias. En el Caribe Pedro Menéndez divide la flota y manda a su hermano el Almirante Bartolomé Menéndez que lleve una parte a la ciudad panameña de Nombre de Dios, mientras él conduce el resto de los barcos a México.

Al regresar a España, Pedro Menéndez fue preso sin motivo aparente que lo justificase por los funcionarios de la Casa de Contratación de Sevilla. En la cárcel se encontró con su hermano Bartolomé, encarcelado también injustamente. Los jueces de la Casa, envidiosos de la suerte de los avilesinos, alargaron injustamente su prisión, tratándolos peor que a criminales convictos. Cuando ya llevaban cerca de dos años encarcelados y en vista del mal estado de salud de Bartolomé y de que los jueces de la Casa pretendían retenerles indefinidamente en prisión sin juzgarles, Pedro Menéndez de Avilés, por consejo de algunos amigos, logró su libertad bajo fianza y consiguió entrevistarse con Felipe II. Al poco tiempo se celebró su juicio y el de su hermano, siendo condenados, sin saber en qué cosas se basaban, a pagar solamente unas multas de 1.000 y 200 ducados respectivamente.

Pedro Menéndez de Avilés tenía un hijo llamado Juan, que, en uno de sus viajes, naufragó a la altura de las Bahamas. Según creía su progenitor, Juan Menéndez, con otros españoles lograron salvarse y alcanzar la costa de La Florida, donde fueron capturados por los indígenas. Por ello, deseoso de encontrar a su hijo, había decidido ir al Nuevo Mundo para buscarlo. Pero al tener conocimiento de que el rey Felipe II preparaba una gran armada para expulsar a los protestantes hugonotes de La Florida, se ofreció para dirigir tal empresa, ofrecimiento que el monarca aceptó, pues el avilesino era el hombre más idóneo para llevar a buen fin tales planes.

Inmediatamente, Pedro Menéndez empezó a organizar una gran flota en los puertos de Cádiz, Gijón, Avilés y Cantabria. Estando en estos menesteres recibió un comunicado del embajador español en Francia indicándole que el capitán Jean Ribault había zarpado del puerto de La Rochela hacia La Florida con tres barcos de gran porte y 600 piratas. Con intención de adelantarse a ellos y prepararles en La Florida el recibimiento que merecían, el Adelantado, sin esperar a la flota del Cantábrico, zarpó, el 28 de julio de 1565, de Cádiz rumbo a las Canarias. Su flota la componían 11 navíos, a bordo de los cuales iban 995 soldados, 117 labradores con sus familias y algunos religiosos. En las Canarias tenía que incorporarse la flota del Cantábrico mandada por Esteban de Alas. Según Solís de Merás, la escuadra en su conjunto constaba de 26 barcos y 2.646 personas, sufragando la mayoría de los gastos el propio Adelantado, invirtiendo cerca de un millón de ducados.

Mal empezó la expedición, pues en mitad del Atlántico la flota fue sorprendida por un huracán que la dispersó, obligando a alguna de ellas a retornar al punto de inicio de la travesía. La nave capitana, El Pelayo, y un patax consiguieron llegar a Puerto Rico, aunque en muy precarias condiciones. Días después, el 9 de agosto, arribaron a la isla otras cinco naves en parecido estado. En Puerto Rico, Pedro Menéndez embarcó más hombres y diverso material, dirigiéndose sin más escalas a La Florida. El 28 de agosto de 1565 arribaron a sus costas y exploraron un puerto natural, que bautizaron con el nombre de San Agustín en honor al santo del día.

Los indígenas a quienes interrogó le indicaron que los franceses estaban más al Norte. Siguiendo la dirección apuntada, los españoles avistaron, el 4 de septiembre, a cuatro galeones franceses fondeados a la entrada del río San Juan. A unos cientos de metros de allí, río arriba, en Fort Carolina, estaban anclados otros siete barcos hugonotes de menor porte. El Adelantado convocó consejo de guerra, comunicando a sus oficiales su intención de atacar de inmediato a aquéllos, pero trataron de disuadirle argumentando que era una temeridad hacerlo en aquel momento, pues la flota francesa era muy superior a la española –seriamente dañada a causa de la acción del huracán sufrido en la travesía del Atlántico–, y que era mejor esperar a que llegasen los demás navíos. Pero el avilesino logró imponer su voluntad. La sorpresa y la audacia serían sus mejores armas.

A medianoche los barcos españoles entraron en el río colocándose entre la costa y los navíos franceses para impedirles el desembarco, y en una acción muy propia del Adelantado, éste colocó la proa de El Pelayo a pocos metros de la proa de la capitana francesa. Terminada la maniobra, el Adelantado ordenó encender las luces y tocar las trompetas y clarinetes, preguntando a los otros de dónde eran, qué hacían allí y a qué religión pertenecían. Los hugonotes respondieron que eran de Francia, que traían hombres y providencias a La Florida y que su capitán era Jean Ribault. Luego de identificarse, Pedro Menéndez les invitó a que se rindiesen, recibiendo como respuesta risas burlonas e insultos. Pero los franceses, cuando vieron que los españoles iniciaban el abordaje, rompieron las amarras y huyeron a mar abierto. Toda la noche los persiguió el asturiano sin lograr darles alcance, regresando al puerto de San Agustín donde como primera medida ordenó edificar un fuerte en torno a una gran choza que les dio el cacique del lugar. Después, el día 6, hizo desembarcar 200 hombres y al día siguiente mandó entrar en el puerto a los tres barcos de menor calado, de los cuales bajaron 300 hombres, provisiones, municiones y aperos de labranza. El día 8, el Adelantado bajó a tierra con gran pompa y disparos de artillería. Celebróse una misa y acto seguido el avilesino tomó posesión de la tierra en nombre del rey de España. Todo ello bajo la curiosa mirada de numerosos indígenas que habían acudido a ver a los extranjeros, dándoles los españoles de comer a todos.

Temiendo que los piratas se apoderasen de dos de los barcos que por su mayor calado y los bajíos del litoral no podían entrar en el puerto, el Adelantado ordenó el desembarco al resto de los hombres y el diverso material que transportaban, despachándolos acto seguido uno a España y el otro a Santo Domingo para que esperase al resto de la escuadra que aún no había llegado. A las pocas horas de haber zarpado los dos barcos, llegaron a la vista de San Agustín cuatro galeones y dos pinazas franceses con 600 hombres a bordo y fuerte artillería. Durante horas los piratas merodearon en torno al puerto sin atreverse a atacar. En esto se desencadenó un huracán, tan frecuente en la zona, obligando a los franceses, mandados por el propio Jean Ribault, a alejarse de San Agustín en busca de un refugio seguro. Sospechando que la flotilla francesa no regresaría a Fort Carolina por culpa del temporal, Pedro Menéndez tuvo la temeraria idea de asaltar directamente la base pirata. El día 16, tras dejar a su hermano Bartolomé como gobernador interino de San Agustín, se puso en marcha al frente de 500 soldados.

Como guías llevaba a dos caciques indígenas y a un francés prisionero que meses antes había estado en Fort Carolina. Para aligerar la marcha, cada hombre llevaba sus armas y una mochila con víveres para ocho días. En vanguardia caminaba el Adelantado al frente de 20 asturianos y vizcaínos abriendo con sus hachas y espadas camino por entre la intrincada selva. Las lluvias torrenciales habían sacado de madre a los ríos de la región, convirtiendo la zona en un continuo pantano. Después de cuatro días de fatigosa marcha llegaron a pocos kilómetros del fuerte francés, pasando la noche en un pantano cuyas aguas les llegaban por la cintura y todo ello bajo una torrencial lluvia que les inutilizó sus armas de fuego. Algunos de los expedicionarios dicen, en voz alta, lo que piensan del asturiano, nada bueno por cierto. Éste los oye pero prefiere callar.

Al amanecer, una avanzadilla descubre Fort Carolina y liquida a los centinelas. Luego penetra en el recinto matando a quienes hallaba al paso. Minutos después, Pedro Menéndez entra con el resto de sus hombres ordenando tajantemente que se respete la vida a las mujeres y niños menores de 15 años. El alboroto en el patio del fuerte despertó a todos los piratas que se hallaban tranquilamente durmiendo. El alcalde de la fortaleza, René Ludonnière, y otros 60 hugonotes consiguieron, en la confusión, saltar la muralla y escapar con lo puesto a la selva. Los demás, unos 142, fueron muertos, salvándose solamente las mujeres y los niños, unos 70 en total. Los atacantes, por su parte, sólo tuvieron un herido.

Pero la lucha aún no había concluido. Anclados junto al fuerte se encontraban dos barcos españoles, que había capturado Jean Ribault en su travesía del Atlántico, otro que estaban construyendo y tres naves de mayor porte mandadas por Jacques Ribault, hijo de aquél. Pedro Menéndez se apoderó de los tres primeros barcos que estaban desprotegidos e invitó a los ocupantes de los otros navíos a que se rindiesen, prometiendo dejarles regresar en una nave a Francia con las mujeres y niños del fuerte. Al ser rechazada la propuesta, los españoles dispararon con uno de los cañones del fuerte con tan buena puntería que dio de lleno en uno de los barcos piratas hundiéndolo en pocos minutos. Sus tripulantes pasaron rápidamente a las otras naves, que huyeron río abajo hacia el mar.

Inmediatamente, el Adelantado despachó varias patrullas en persecución de los franceses que habían huido a la selva. Una veintena de ellos fueron abatidos a arcabuzazos. Los indígenas capturaron a otros 12, que entregaron al jefe español, quien los envió, junto con los demás prisioneros, a España.

En el fuerte conquistado, que los españoles bautizaron como San Mateo, se encontraba gran cantidad de armas, municiones y, sobre todo, gran abundancia de víveres y ropa, que tanto necesitaban los expedicionarios españoles.

Temiendo que en su ausencia el grueso de la flota de Jean Ribault atacase San Agustín, Pedro Menéndez, dejando el fuerte San Mateo al capitán Gonzalo de Villarroel con 300 soldados, emprendió el regreso a la recién fundada colonia. La vuelta fue aun más extenuante que la ida. Seguía lloviendo torrencialmente y la selva estaba completamente anegada. El ritmo que marcó el Adelantado fue tan acelerado que en tres días llegó a San Agustín, dejando a muchos de sus acompañantes rezagados. Días después de su llegada recibió a varios nativos que le revelaron que varios centenares de franceses habían naufragado al sur de allí. El 28 de septiembre, el avilesino, con 40 hombres, salió a comprobar la noticia, hallando al otro lado de un brazo de mar a 200 piratas. Escondiendo a sus hombres para que el enemigo no advirtiese su escaso número, Menéndez de Avilés interrogó a los piratas, quienes afirmaron que pertenecían a la flota de Jean Ribault, la cual había naufragado en la costa a consecuencia del huracán y que pensaban dirigirse a Fort Carolina. Al saber que el fuerte tenía otros dueños, los piratas se rindieron sin condiciones. Recordando las tropelías que éstos habían cometido contra ciudades, barcos y pasajeros españoles, el Adelantado ordenó degollar allí mismo a los prisioneros. Sólo se salvaron ocho, que confesaron ser católicos.

El 10 de octubre llegó a San Agustín otro grupo de indios informando a los españoles que en el mismo sitio de antes se encontraba gran número de piratas. Pensando que quizá se tratase del mismo Jean Ribault con el resto de sus hombres, Pedro Menéndez se dirigió de nuevo hacia aquel lugar con 150 soldados. Ciertamente era este jefe pirata quien con 350 hugonotes pretendía convencer al asturiano para que los dejase pasar libremente, incluso le ofreció más de doscientos mil ducados. Pero todo fue en vano. Por último, 150 franceses, con Ribault a la cabeza, decidieron rendirse sin condiciones. Éstos no ignoraban que Pedro Menéndez había mandado dar muerte al anterior grupo de hugonotes, pues él mismo se lo dijo. En cambio, 150 franceses rechazaron la idea de entregarse, prefiriendo internarse en los bosques. Como la vez anterior, el Adelantado ordenó atar a los prisioneros y conducirlos detrás de unos matorrales, donde fueron todos ejecutados. Sólo salvaron la vida «los pífanos, atambores é trompetas é otros 4 que dixeron ser católicos, que eran en todos 16 personas: todos los demás fueron degollados» (Gonzalo Solís de Merás). Este lugar se conocería en el futuro como Matanzas.

Unas semanas después, unos nativos dieron cuenta a los españoles de que no lejos del cabo Cañaveral se encontraba otro grupo de franceses que construía un fuerte y un navío. Pedro Menéndez, al frente de 150 soldados, se dirigió por tierra hacia aquel lugar. Siguiéndole iban por mar tres navíos que transportaban 100 hombres, municiones y provisiones para 40 días. Al llegar a la altura de los enemigos, éstos huyeron a los bosques inmediatos. Envió, por entonces, el avilesino tras ellos a un trompeta francés con la promesa de que si se rendían les respetaría la vida y los trataría como a españoles. Ciento cincuenta de ellos así lo hicieron, pero otros 20 se negaron, prefiriendo internarse en la selva y morir a manos de los indios. Como había prometido, el Adelantado trató a los rehenes humanitariamente y, pese a la escasez de alimentos, les proporcionó las mismas raciones de comida que a sus compatriotas.

Tras quemar el fuerte y el navío, los españoles prosiguieron el camino hacia el sur, ahora con intenciones exploratorias. El 4 de noviembre llegaron a una aldea india llamada Ays, siendo recibidos amistosamente por el cacique de la zona. Como la falta de provisiones apremiaba, Menéndez de Avilés decidió dejar aquí a gran parte de sus hombres e ir personalmente a Cuba a buscar víveres. Para evitar roces entre los europeos y los indígenas, trasladó a sus hombres a tres leguas de Ays, donde edificó un fuerte de madera que llamó Santa Lucía, dejando como jefe de la guarnición al capitán Medrano, dirigiéndose luego a Cuba con 50 soldados y 20 prisioneros franceses.

En La Habana se encontró con su sobrino, Pedro Menéndez Marqués, quien había llegado días atrás con varios barcos de la flota del Cantábrico. Varias semanas permaneció el avilesino en la isla caribeña buscando más socorro para los colonos de La Florida. Pero el gobernador de Cuba, García Osorio, envidioso de los éxitos de aquél, le obstaculiza en lo posible negándole la ayuda que le pedía.

A principios de enero de 1566, arribaron a La Habana dos barcos de la flota del Cantábrico, capitaneadas por Esteban de las Alas. Posteriormente llegó un emisario real comunicando al Adelantado que los franceses preparaban una gran armada para conquistar La Florida e islas del Caribe. Para contrarrestar tal fuerza, Felipe II le enviaba una flota de socorro de 17 buques y 1.500 hombres al mando del general Sancho de Arciniega.

El 10 de febrero de ese mismo año, Pedro Menéndez, al frente de una pequeña flotilla, zarpó de La Habana en dirección a la costa occidental de La Florida fondeando cerca de un pueblo de los indios calusas. Según sus informes, en esta zona había varios náufragos, españoles prisioneros de los nativos. El cacique del lugar, Carlos, acogió pacíficamente al jefe español, quien con regalos y buenas maneras consiguió que aquél liberase a un grupo de náufragos españoles –ocho hombres y dos mujeres–, pero para su desilusión ninguno de ellos era su hijo Juan. En prueba de amistad, el jefe indio dio al español una hermana suya como esposa. Luego de enviar a doña Antonia –como bautizaron a la india– a La Habana para que fuese instruida en la religión católica, el Adelantado se dirigió a San Agustín, encontrando a la población de la colonia totalmente alterada.

En su ausencia habían tenido lugar en San Agustín y en San Mateo diversos tumultos provocados por los soldados y colonos que, descontentos a causa de la pobreza de la región y la miseria continua en que vivían, se habían amotinado contra sus jefes, apoderándose de varios barcos con el objetivo de dirigirse a Cuba para luego pasar al Perú o México. Pedro Menéndez logró atajar drásticamente la sublevación permitiendo a los descontentos –unos cien– trasladarse a Santo Domingo. Más tarde, el inquieto avilesino se dirigió al actual Estado de Georgia donde según sus informes habían recalado algunos de los franceses huidos.

Con tres barcos y 150 hombres exploró las costas de Georgia y la zona meridional de Carolina del Sur, visitando las tribus indias de la zona, tratando siempre con afabilidad a sus miembros. Reconcilió a viejos enemigos, como los caciques de Gaule y Orista. Por todos los lugares que pasaban los españoles venían a visitarles numerosos indígenas que les decían que «querían ser cristianos y que les diese una cruz y algunos de los suyos para que los enseñasen en su tierra» (G. Solís de Merás). Antes de regresar, los expedicionarios españoles edificaron en el territorio de Orista, en Punta Elena –Carolina del Sur–, un fuerte de madera, el San Felipe, dejando en él una guarnición de 110 soldados a las órdenes del capitán Esteban de las Alas.

El abastecimiento de víveres constituía el principal problema con el que se enfrentaban los colonos de La Florida. De vez en cuando llegaban barcos con provisiones, pero a todas luces eran insuficientes. Como último recurso los españoles se dedicaban a buscarlos en la selva o en las aldeas indias cercanas, encontrando siempre la hostilidad de los guerreros del cacique Saturiba. Este poderoso jefe indio controlaba el territorio comprendido entre San Agustín y el fuerte San Mateo. Saturiba, gran amigo de los franceses, haciendo caso omiso de los mensajes de paz y amistad que le enviaban los españoles, se dedicó a atacar a las patrullas de soldados que se internaban en los bosques en busca de alimentos, llegando incluso a sitiar e incendiar el fuerte de San Agustín.

Con este panorama se encontró el Adelantado al llegar a la capital de la colonia. Tras reedificar en mejor sitio el fuerte de San Agustín, se trasladó a Cuba en busca de auxilio. Pero de nuevo las autoridades de la isla le negaron todo tipo de ayuda. Como último recurso vendió sus joyas, comprando maíz y cazabe que llevó en tres navíos a La Florida, encontrándose al llegar al fuerte de San Mateo con la agradable noticia de que la flota de Sancho de Arciniega –17 barcos, 1.500 hombres y abundante comida– había arribado a San Agustín. El general Arciniega traía, además, para el asturiano unos despachos reales en los que Felipe II le encargaba que fortificase las principales islas del Caribe para repeler el presunto ataque de la escuadra francesa. Mientras se descargaban los navíos, Pedro Menéndez decidió explorar el río San Juan. Con tres barcos y 150 hombres remontó el citado río a lo largo de 150 km. Visitó las diversas tribus indias ribereñas, haciendo las paces con los caciques de esta región, prohibiendo siempre a sus soldados que molestasen a los aborígenes y que robasen en los poblados que encontraban abandonados. Según los nativos, el río San Juan nacía en una gran laguna llamada Maimi. El Adelantado quiso llegar hasta allí y ver si la laguna comunicaba con el territorio del cacique Carlos, pero no pudiendo remontar más el río regresó a la costa, dirigiéndose entonces a los fuertes de San Mateo y San Felipe para inspeccionarlos. Desde este último lugar, despachó al capitán Juan Pardo junto con 150 soldados, encargándole que explorase el interior del país en dirección a México, que hiciese amistad con los indígenas que hallase y que edificase algunos fuertes en los sitios que mejor estimase. En Guale, a petición de los indígenas del lugar que les pedían «cruces é cristianos para que les enseñasen á ser cristianos» (G. Solís de Merás), el Adelantado dejó a un capitán con 30 soldados. También envió al territorio de los calusas al capitán Francisco de Reinoso con otros 30 soldados para que edificasen un fuerte y adoctrinasen a los nativos.

A diferencia de la mayoría de los conquistadores españoles, que aprovechaban las rivalidades existentes entre las diferentes tribus indias para consumar su dominación, Pedro Menéndez puso siempre todo su empeño en poner fin a las guerras tribales, haciendo todo lo posible para la reconciliación de los jefes indios enemistados. Así, nada más terminar su misión de fortificar las principales poblaciones de las islas de Cuba, La Española y Puerto Rico, se dirigió al territorio de los calusas, poniendo fin a las diferencias de su jefe con Tequesta –otro cacique que habitaba en el extremo sur de La Florida– y con Tocobaga, que controlaba un amplio territorio alrededor de la bahía de Tampa. En los dominios de estos tres jefes nativos constituyó el Adelantado tres fuertes, dejando en ellos pequeñas guarniciones de soldados junto con algunos religiosos para que realizasen su misión evangelizadora entre los indios.

Para conseguir la amistad del influyente Saturiba, único cacique de La Florida que aún no se había sometido a los españoles, Pedro Menéndez concertó con él una entrevista cerca del fuerte de San Mateo. Saturiba acudió al lugar de la reunión pero se negó a entrevistarse personalmente con el jefe español. Éste, al percatarse de que varios centenares de indígenas le esperaban emboscados para atacarle nada más desembarcar, regresó a San Agustín haciendo saber a Saturiba «que siempre había deseado ser su amigo, y entonces lo deseaba también, é que le pesaba mucho porque él no lo quería ser, é que, dende entonces en adelante, le tuviese por su enemigo, é que por los cristianos que á traición le había muerto, él le mandaría cortar la cabeza, ó echar de su tierra» (G. Solís de Merás). Días más tarde, el avilesino organizó una expedición de castigo con resultados negativos, pues Saturiba había huido sin dejar rastro.

La situación crítica en que se hallaba la colonia –falta de víveres, malestar de la tropa por el retraso en abonar su salarios, etc.– decidió a Pedro Menéndez a volver a España para solicitar ayuda. Felipe II no sólo se la dio, sino que también le nombró gobernador de Cuba. El 29 de junio de 1568, el Adelantado se hallaba de nuevo en San Agustín con refuerzos. En los años siguientes su actividad se multiplicó: fundó en Cuba un seminario para instruir a los indígenas de La Florida, se trasladó a Axacán, misión situada en la bahía de Chesapeake (Estado de Virginia) para castigar a los nativos que asesinaron a los misioneros jesuitas allí establecidos, exploró gran parte de las costas de los actuales estados de La Florida, Georgia, Carolina del Sur y del Canal de Bahamas, limpió de corsarios las costas americanas.

El 10 de enero de 1574 Felipe II le nombró capitán general de la poderosa armada que se preparaba en secreto para ayudar a Requesens a sofocar la rebelión en Flandes –bajo dominio español–. El 8 de septiembre de ese mismo año se posesionó en Santander la flota, que se componía, según asegura su cuñado, el cronista Gonzalo Solís de Merás, de 800 velas y 20.000 hombres, pero ese mismo año enfermó gravemente –víctima de un «tabardillo maligno»–, falleciendo el 17 de septiembre, a la edad de cincuenta y cinco años. Su cadáver fue enviado a Avilés, siendo sepultado en la iglesia de San Nicolás. En 1957 fueron trasladados sus restos a la iglesia de San Francisco.

Su figura sigue muy presente en la memoria de las gentes de Avilés, población que presume de ser conocida como la Villa del Adelantado.

PEDRO MENÉNDEZ DE AVILÉS, ADELANTADO DE LA FLORIDA (USA)

  • Autor: Alberto del Río Legazpi**, escritor y periodista asturiano.

En Asturias, dices ‘El Adelantado de La Florida’ y la gente avispada sabrá que hablas de Pedro Menéndez de Avilés, uno de los personajes más destacados en la historia de su ciudad, donde es tan importante como en San Agustín de La Florida, que es la más antigua de los Estados Unidos de América. Y que el fundó.

Y diría que allí es aún más, pues festejan hasta su aniversario (‘The Menéndez Day’), en torno al 15 febrero que es cuando nuestro personaje nació en Avilés, donde desde niño se echó al mar y aprendió a navegarlo. Fue curtiéndose, sin cuento, en cien batallas. Y así por abreviar –una historia de cajón– dicen que llegó a ser uno de los mejores marinos, de guerra, que ha dado España.

De fuerte personalidad y convencido de que más se pierde por indecisión que por mala decisión, Pedro Menéndez de Avilés obtiene del rey Felipe II el título de Adelantado de La Florida –antes que él habían ido, y fracasado, otros cuatro- con la misión de establecer un asentamiento fortificado que combatiera a una colonia de hugonotes (protestantes franceses)– a los que el gobierno francés había desterrado allí por sus ideas religiosas contra la Iglesia católica.

La porfía de Menéndez y sus hombres, muchos de ellos del pueblo de Sabugo –hoy barrio avilesino–, hizo posible que el 28 de agosto de 1565, llegaran a las costas de Florida y luego fundara la que hoy es la ciudad más antigua de los EE UU, a la que bautizó atendiendo al santoral: San Agustín. Desde el descubrimiento de Florida, por Ponce de León, en 1513, nadie había vuelto por allí. Menéndez lo solucionó: llegó, fundó, pobló territorios y fortificó puertos.

Los españoles llegaron y liáronse a muerte con aquellos franceses exiliados en Florida por otros franceses. Lo peor fue que en medio se encontraban los indígenas, que pagaron un pato que, además, era suyo.

Para la mayoría de los estudiosos en la conquista del nuevo continente, Pedro Menéndez de Avilés es una destacada figura. Otros lo juzgan controvertido. Y los menos, condenan su conducta, que consideran cruel.

El historiador norteamericano Eugene Lyon denuncia una enorme leyenda negra sobre el marino español y matiza que ‘hay que situar su persona en una época terrible, marcada por las guerras religiosas y de conquista. No se puede sacar su figura del contexto de la historia para conocerla. Pedro Menéndez es clave para nosotros; siempre le tenemos presente en los Estado Unidos’.

El avilesino David Arias García dice que ‘los hechos y las empresas históricas y los que las llevan a cabo deben ser juzgados con arreglo a los principios y a las creencias y hasta las preocupaciones mismas de esa época’.

Otro historiador local, Justo Ureña, aparte de apoyar lo anterior, destaca la valía del marino español que ‘inventaba instrumentos náuticos y diseñaba barcos con los que llegaba en 17 días desde La Florida a las Azores’, el tramo más largo y difícil de la travesía oceánica.

También, fue autor de cartografías marinas de las Bermudas y las Bahamas. Y hasta gobernador de Cuba y otros cuantos etcéteras más, aparte de unos cincuenta viajes entre España y el nuevo continente. Echen cuentas.

Creo que el marino avilesino es un ejemplo, de manual, de hombre hecho a sí mismo. Y tengo escrito que no sería extraño que llevara a los USA la semilla del ‘Self Made Man’. No hace mucho se publicó que Menéndez podría haber sido el instaurador de una de las más celebradas tradiciones norteamericanas: el Día de Acción de Gracias. Quien sostiene esa polémica teoría –Michael Gannon, profesor de la Universidad de Florida– se enfrenta a la tesis oficial (escrita por ingleses), que mantiene que el primer banquete de Acción de Gracias lo celebraron colonos ingleses en Plymouth.

Mira tú que si ahora –en vísperas de la celebración, donde tanto se afanan mis amigos Michael y Anne Francis, del 500 aniversario del descubrimiento de Florida–resulta que Pedro Menéndez de Avilés, además de fundar la ciudad más antigua de los USA, resulta que también fue el pionero en trinchar el pavo ‘inventando’ así, el ‘Thanksgiving Day’… sería el acabose inglés.

Y ¿adelantado o Adelantado? Según quién, cómo, cuándo y dónde.

Pero nunca dudes de la porfía y osadía de este marino nacido en Avilés.

Notas

(*) Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599 (obra inédita). Oviedo, 1992.

(**) Este texto está publicado también en el diario La Voz de Avilés-El Comercio, con fecha 10 de junio de 2012 y el mismo título, en la página dominical «Los episodios avilesinos», que Alberto del Río dedica a aspectos históricos, artísticos, biográficos y costumbristas.

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