Miranda, Pedro de

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Descripción

El Libro de Pasajeros a Indias dice que este hidalgo era vecino de Luarca e hijo de Sancho García de Miranda y de María González (en otro lugar pone García de Bideba), vecinos también de Luarca.

Contaba 18 años cuando el 22 de marzo de 1535 se alista en la expedición que ese año llevó a Santa Marta el capitán asturiano Juan de Junco. No se vuelve a saber de él hasta que en 1538 se traslada a Perú. En el último cuarto de ese año acompaña a Francisco Pizarro de Cuzco a Vilcabamba para perseguir y capturar a Manco Inca —hermano de Huascar—, quien con muchos de sus seguidores y un cuantioso tesoro se había ocultado en las montañas andinas desde donde hostigaba a los españoles. Por sus espías supo Manco Inca de la venida de los españoles y les hizo frente causando numerosos heridos entre aquéllos, aunque no pudo impedir que su yerno Acapirmachi resultase vencido y apresado por Pizarro y sus hombres, «donde se pasó gran peligro y riesgo de la vida, por haber muy gran número de indios que estaban con el dicho Inga», dice Pedro de Miranda en su información de servicios. Se replegó entonces Manco Inca a la provincia de Viticos, zona situada en lo más áspero de la serranía andina, inaccesible para los jinetes españoles. En vista de esta dificultad, Francisco Pizarro desiste de perseguirle y determina fundar en este área la localidad de Guamanga. Pedro de Miranda está presente en esta fundación pero no se queda como vecino, sino que regresa con Pizarro a Cuzco.

Al sur de la gobernación de Perú se encontraba el territorio de Chile habitado por los aguerridos araucanos, que los incas intentaron someter sin éxito. La primera expedición española que entró en esta región fue la que realizó en 1535 Diego de Almagro pero sin resultados prácticos ya que no fundó ninguna colonia, limitándose a explorar el territorio hasta más allá de Valparaíso. No será hasta 1540 cuando salga otra expedición de Perú para colonizar Chile. La misma la comandaba Pedro de Valdivia, teniente gobernador de Francisco Pizarro.

Desde que Diego de Almagro regresara de su expedición a Chile, este territorio tenía tan gran mala fama que cuando Valdivia quiso reclutar hombres para volver allí sólo consiguió reunir a once españoles, entre los cuales se encontraba Pedro de Miranda, el cual aportó a la empresa un caballo y armas. Mil indios auxiliares les acompañaban para llevar el equipaje.

Con este exiguo número de hombres partió Pedro de Valdivia de Cuzco en enero de 1540 hacia el sur. Tenía el convencimiento de que por el camino se le irían uniendo más hombres. Con esta esperanza desciende de la cordillera a la costa. Transitan por los valles de Arequipa y Tacna. En dos meses largos de caminata alcanzan el valle de Tarapacá. El desaliento es total. Valdivia envía a uno de sus hombres a buscar refuerzos, pero antes de regrese llega un importante grupo de españoles. Son ya más de cien los aventureros europeos dispuestos a conquistar y colonizar Chile.

Los expedicionarios atraviesan con grandes penurias el desierto de Atacama. En el valle de Copiapó se le unen nuevos refuerzos. Ahora suman ciento cincuenta españoles dispuestos a todo. Pedro de Valdivia toma entonces en nombre del Rey de España posesión del territorio que llamó Nueva Extremadura o Nuevo Extremo. A medida que siguen avanzando, la tierra se muestra cada vez más fértil y habitada. Los indígenas acogen con gran hostilidad a los extranjeros, pero no pueden detenerlos. Dejando atrás el valle de Coquimbo, llegan al de Mapocho, donde Pedro de Valdivia y sus hombres fundaron la primera ciudad en Chile: Santiago del Nuevo Extremo (12 de febrero de 1541), de la cual Pedro de Miranda sería uno de sus primeros vecinos.

Los indígenas no estaban dispuestos a permitir que los extranjeros blancos se asentaran en su territorio. Por ello, las tribus de la región se confabularon para atacar a los invasores y destruirlos. Valdivia supo de estas maniobras y fue con un grupo de españoles a Cachapoal para atacar un numeroso contingente de indios que el prestigioso cacique Michimalonco tenía acantonados en un fuerte dispuesto para acometer a los españoles. Como dice en su probanza, Pedro de Miranda fue uno de los noventa soldados que partieron hacia allí, mandándole el gobernador que asaltase la fortaleza india. La batalla con los indígenas resultaba muy reñida y «el dicho Pedro de Miranda se señaló, por venir, como venía, la gente de á pie desbaratados de los indios, y fué necesario resolver sobre ellos donde el dicho Michimalongo fué desbaratado y preso».

La captura de uno de los principales jefes indios no impidió que, finalmente, los indígenas se rebelasen contra los españoles. Los primeros en hacerlo fueron los de Cocón, zona situada en la costa, donde una patrulla española estaba construyendo un bergantín para poder comunicarse con Perú. Todos fueron muertos, excepto dos que pudieron llegar a Santiago y comunicar el desastre a Valdivia. Éste salió de inmediato hacia la costa llevando a Pedro de Miranda y otros treinta y nueve soldados. La catástrofe era mayor de lo que se habían imaginado los españoles. El barco que se estaba construyendo quedó totalmente destruido. A fin de castigar a los culpables, Pedro de Valdivia dio varias batidas por la zona, capturando a Atangalongo y otros jefes indios de la zona.

Al llegar Valdivia, Miranda y demás expedicionarios a Santiago se encontraron con que los indios, en su ausencia, habían atacado masivamente la ciudad destruyéndola por completo: «quemaron toda la ciudad, y comida, y la ropa, y cuanta hacienda teníamos, que no quedamos sino con los andrajos que teníamos para la guerra y con las armas que a cuestas traíamos, y dos porquezuelas y un cochinillo y una polla y un pollo y hasta dos almuerzas de trigo» (Pedro de Valdivia).

La situación era tan extremadamente grave que el gobernador decide enviar un grupo de hombres a Perú en solicitud de ayuda. Para tan arriesgada misión, dado que todo el territorio estaba en pie de guerra contra los colonizadores, el jefe español selecciona al capitán Alonso de Monroy, Pedro de Miranda y otros cuatro de sus más valerosos soldados. A fin de que lleguen lo más rápidamente a su destino les entrega los mejores caballos que quedaban y siete mil pesos en oro. Para aligerar el peso, el oro es fundido en seis pares de estribos, guarniciones para las espadas y un par de platos, todo ello forrado de cuero para ocultarlo a los ojos de los indios.

Todo se desarrolló con normalidad hasta que al llegar al valle de Copiapó los indios recibieron amigablemente a los españoles, pero cuando éstos entraron en el principal de sus pueblos fueron furiosamente atacados por los indígenas, que mataron a cuatro de los soldados e hirieron malamente a Monroy y Miranda. Aun así, los dos supervivientes consiguieron escapar a uña de caballo, pero sin comida, y desconociendo el terreno, fueron más tarde capturados en unos arenales por una partida de indios guerreros que salieron en su persecución.

Al principio Miranda y Monroy fueron duramente tratados por los indígenas, esperando de un momento a otro ser sacrificados a sus dioses. Andequín, el jefe indio de la comarca, mandó encerrarles en una prisión para interrogarles después más a fondo. A medida que pasaban las horas, mayores eran las esperanzas de supervivencia de los dos españoles. Andequín se aficionó a hablar con los dos presos, permitiéndoles en los días siguientes salir por el pueblo con una fuerte escolta.

En este lugar vivía un español llamado Francisco de Gasco, quien, meses atrás, había venido a Chile con otros trece compañeros. Éstos fueron muertos por los indios al llegar al valle de Copiapó. Solamente se salvó Francisco de Gasco, quien rápidamente supo integrarse en la comunidad india, casándose con unas nativas. Pues bien, en uno de sus paseos por el pueblo el asturiano Miranda encontró en una caja dos flautas que uno de los compañeros de Gasco había traído. Cogiendo una de ellas, «comenzó a tocar, que lo sabía hacer. Como los principales indios lo vieron, dióles tanto contento la voz y música della, que le rogaron los vezasse [enseñase] a tañer, y no lo matarían. Él, como hombre sagaz, viendo que no le iba menos que la vida, les dijo que lo haría y les mostraría muy bien; mas que les rogaba que al capitán Monroy no lo matasen, que era su amigo y le quería mucho. Fué tanto lo que persuadió a aquellos principales con la flauta, que condescendieron a su petición... mas que Monroy les había de servir de caballerizo y mostralles a andar a caballo, quedando con esta orden» (Góngora Marmolejo).

De esta manera salvaron los dos españoles la vida. En los días siguientes, Miranda y Monroy los dedicaron a enseñar a los indígenas a tocar la flauta y montar a caballo. Tramaron también que en la primera oportunidad que tuvieran escaparían del lugar. La ocasión se les presentó cuando, a los tres meses de estar prisioneros, el cacique Andequín los invitó a participar en un solemne banquete. En estos actos los indios eran muy aficionados a tomar grandes cantidades de bebidas alcohólicas, lo que favorecía los planes del asturiano y de Monroy. Al terminar la fiesta, los indios que acompañaban a su jefe y a los dos prisioneros españoles se iban quedando tirados por el camino, borrachos. Finalmente, el cacique quedó solamente con cuatro de sus guerreros, totalmente ebrios. Era el momento esperado por los dos españoles para escapar. «Entonces Pedro de Miranda fingió cierto dolor agudo, y quejándose mucho, intimaba del mal gravemente —cuenta el cronista Mariño de Lobera—. El cacique, teniéndole compasión, se apeó del caballo a darle algún socorro, y como Pedro de Miranda le vio en el suelo y junto a su estribo, sacó una daga que siempre había tenido escondida en lo más secreto de su cuerpo, y dió de puñaladas al cacique dejándole tendido [en el suelo]... Acudió de presto Alonso de Monroy a los otro cuatro indios, y como estaban embriagados fué menester poco para matarlos».

Rápidamente ataron los otros dos caballos a las colas de los suyos, cogieron los platos de oro y escaparon del lugar. Por el camino tropezaron con Francisco de Gasco, a quien obligaron a subir a uno de los caballos para que les acompañase y les sirviese de guía. Sin comidas, sin armas para defenderse —sólo contaban con dos puñales—, el viaje por un territorio desconocido y con los indios en pie de guerra se les hizo insufrible e interminable. La marcha se complicó y se volvió agotadora al morírseles tres de los caballos; el que les quedaba estaba malherido, por lo cual tuvieron que hacer la mayor parte del viaje a pie. Lo que más difícil les resultó fue atravesar el desierto de Atacama. No se perdieron en este paisaje desolador porque siguieron el rastro de los numerosos cadáveres de españoles, indios y caballos de anteriores expediciones.

Grande fue la alegría de Miranda y Monroy al llegar a la provincia de Tarapacá y verse en medio de indios amigos y cristianizados. Aquí permanecieron unos días reponiéndose de las fatigas pasadas, siguiendo luego y sin pausa hasta la ciudad de Cuzco, donde informaron al nuevo gobernador, Vaca de Castro, de todo lo sucedido en Chile y en qué pésimas condiciones quedaba Pedro de Valdivia y sus hombres.

En la capital incaica, Pedro de Miranda y Alonso de Monroy hicieron ostentación de sus estribos y platos de oro, lo que provocó que un buen número de españoles se alistase para ir con ellos a Chile. De esta manera reunieron sesenta hombres y cien caballos. También consiguieron hacerse con un navío para que llevase más auxilios a Santiago de Chile.

El grueso de los refuerzos partió por tierra al mando de Alonso de Monroy. En el trayecto tuvieron que hacer frente a las tribus indias que pretendían cerrarles el paso. Por orden de Monroy, Pedro de Miranda capitaneó grupos de hombres para desbaratar a los aborígenes de los valles de Atacama, Copiapó, Huasco, Coquimbo, Limarí y Ligua. El 20 de diciembre de 1543 llegaron a Santiago débiles y flacos, pero habían roto el aislamiento. El fantástico viaje del Miranda y de Monroy a Cuzco y los posteriores esfuerzos que consiguieron traer a Santiago no solamente salvaron a los españoles que permanecieron en Chile, sino que también reactivaron la colonia e impulsaron la conquista hacia el Sur.

Con los nuevos refuerzos, Pedro de Valdivia prosiguió la exploración y conquista de Chile. La primera incursión se hizo contra los indios del territorio de los promaocaes, y en ella participó el asturiano, siendo herido en uno de los encuentros que tuvieron con los indios en Taguataguas. En su probanza no menciona Miranda que participase en este periodo en más entradas de importancia, permaneciendo en la ciudad de Santiago.

Cuando en diciembre de 1547 Pedro de Valdivia emprende por mar viaje a Perú en busca de nuevos refuerzos, Pedro de Miranda le acompaña, debiendo participar entonces en la batalla de Jaquijahuana, donde el rebelde Gonzalo Pizarro y sus seguidores fueron derrotados por las fuerzas del representante real Pedro de La Gasca. De vuelta en Chile, participa Pedro de Miranda en la fundación de La Serena (1549).

El desastre de Tucapel, en donde los araucanos dirigidos por Lautaro aniquilaron a medio centenar de españoles dirigidos por el mismo Pedro de Valdivia —quien falleció también en el combate (25 de diciembre de 1553)—, cogió al asturiano en Santiago. Los indios, envalentonados por su triunfo, se lanzaron entonces contra la ciudad de la Concepción. Los vecinos hubieron de evacuarla a toda prisa y dirigirse a Santiago. Enterado del suceso, el Cabildo de esta última ciudad «proveyó al dicho Pedro de Miranda por capitán, con número de gente, para que fuese á amparar y socorrer los términos deste cibdad y la gente que venía de la dicha cibdad de la Concebción, en lo cual sirvió mucho á Su Majestad y fué causa que todos los indios de la comarca se sosegasen», se lee en su probanza.

El nuevo virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, designó para ocupar el vacante puesto de gobernador de Chile a su hijo García Hurtado de Mendoza (enero de 1557). Éste emprende enseguida una serie de acciones tendentes a pacificar las provincias de Arauco y Tucapel. Pedro de Miranda actúa en esta campaña en la compañía del capitán Rodrigo de Quiroga, aportando varios caballos, armas y provisiones. Se distingue en las batallas de Bio-bio y sobre todo en la de Millarapue, donde fue derrotado el jefe araucano Caupolicán. Tras esto, el asturiano sigue al gobernador Hurtado de Mendoza hasta Concepción, ayudando en su reedificación.

Pacificado el territorio, Pedro de Miranda permanece la mayor parte del tiempo en Santiago atendiendo su hacienda, principalmente la encomienda de Copequén, un pueblo de indios que, según dice su probanza, le rendían muy pocas rentas.

Pedro de Miranda fue en 1566, 1559, 1561 y 566 alcalde ordinario de Santiago de Chile, y seis veces regidor de la misma ciudad (1550, 1551, 1553, 1555, 1558 y 1563). Estando en este último cargo por el año 1555, se la autorizó para salir en persecución de indios promaocaes, rebelados contra los españoles. En 1558 se le nombra Alférez Real para que haga la proclamación de Felipe II. En 1567 es elegido procurador de la ciudad y, al año siguiente, el Cabildo lo designó para que lo representase en el recibimiento del presidente Bravo de Saravia.

Pedro de Miranda contrajo matrimonio con la viuda zaragozana Esperanza de Rueda, con la que tuvo varios hijos e hijas. El primero de noviembre de 1573 este singular personaje caía asesinado en su casa a manos de su propio cuñado. El homicida, casado con una hija mestiza del conquistador asturiano llamada Catalina de Miranda, había matado segundos antes a Esperanza de Rueda y a su mujer, ambas embarazadas. Y no contento con ello asesinó igualmente a un huésped de la casa llamado Francisco de Soto.

La encomienda de Pedro de Miranda las heredó su hijo Pedro de Miranda Rueda, quien, como su padre, será capitán, alcalde y regidor de Santiago de Chile.

Fuente: José Ramón Martínez, Rogelio García y Secundino Estrada, Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599, Oviedo, 1992.

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