López, Cristóbal

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Descripción

Explorador y colonizador del Far West en los postreros años del siglo XVI.

En una ficha de su persona confeccionada en 1597, él mismo declara ser hijo de Domingo López de Avilés y haber nacido en Avilés hacía 40 años. En la misma referencia se especifica además que Cristóbal López «era de buen cuerpo, grueso, moreno, barbinegro, con una cuchillada encima del ojo izquierdo».

No se menciona, en cambio, cuándo pasó este avilesino al Nuevo Mundo. Sabemos, en cambio, que hacia el año 1596 se encontraba ya en la ciudad de México, donde se alistó, junto, al parecer, su hermano o hermanastro Pablo de Avilés, en la empresa de Nuevo México.

Esta amplísima región del oeste de Norteamérica había sido explorada oficialmente por Francisco Vázquez de Coronado (1540-1542), Francisco Sánchez Chamuscado (1581), Antonio Espejo (1582), y extraoficialmente por Gaspar Castaño de Sosa (1590) y Francisco Leyva de Bonilla-Antonio Gutiérrez de Humaña (1594). Pero a diferencia de éstas, la que iba a comandar el gobernador Juan de Oñate sería una auténtica conquista y colonización de Nuevo México. Este poblamiento del oeste de Norteamérica, junto con la ocupación de las costas de California por Sebastián Vizcaíno, también en esos años, tenía como objetivo general impedir la presencia y sobre todo el establecimiento de Inglaterra en el Norte de América.

La larga caravana la componían 210 soldados-colonos que, unidos a sus familiares (muchos iban con sus mujeres e hijos), a los frailes, indios y esclavos negros, alcanzaba en total la suma de 400 personas. Llevaban 83 carros y carretas para transportar el equipaje y provisiones. Detrás le seguía un rebaño de siete mil cabezas de ganado.

Después de una demora de dos años, los expedicionarios, que se hallaban estacionados en Santa Bárbara —al sur de Chihuahua—, se ponen por fin en movimiento (26 de enero de 1598). Cuatro días más tarde acampan a orillas del río Conchos, alcanzando el 26 de abril el río Grande por el lugar que luego se llamaría El Paso. A último de mes, Oñate tomó posesión de todas las tierras y provincias de aquel extenso país en nombre del rey de España. Para celebrarlo hubo después una gran fiesta en la que no faltó la representación de una obra teatral, la primera que se hacía en los actuales EE. UU. Al amanecer del día siguiente (1 de mayo), la caravana continuó viaje rumbo Norte penetrando en el moderno Estado de Nuevo México. Cristóbal López, en compañía del gobernador y de otras destacadas personalidades y soldados, iba en vanguardia reconociendo el camino y buscando pastizales y, sobre todo, agua para hombres y bestias. Los diferentes grupos de indios pueblo que encontraban en el camino les recibieron amistosamente, mostrándose siempre colaboradores con ellos.

El 21 de junio, la vanguardia llegaba a una localidad recién construida, pero que se hallaba desierta, aunque con mucho maíz almacenado. El gobernador mandó hacer alto para pasar en este lugar la festividad de San Juan Bautista. En la mañana del 24, tres indios lugareños se presentaron ante el jefe español, emitiendo sin más uno de ellos varias palabras en castellano. Maravillado ante tal suceso, Oñate interrogó al indio en cuestión, quien pronunció lacónicamente otras dos palabras: «Tomás y Cristóbal», dando a entender con gestos que eran dos indios cristianos que se encontraban a unos días de allí.

Juan de Oñate organizó al instante una patrulla eligiendo para acompañarle a Cristóbal López, entre otros soldados. Guiados por los indios visitantes, cabalgaron durante tres días hacia el Norte. A su paso el asturiano pudo ver otros pueblos y campos sembrados de maíz y hortalizas, lo que daba idea de la riqueza del país que pisaba. En la noche del tercer día hicieron alto en Puaray, un poblado de la tribu tigua que se alzaba cerca de la actual Bernalillo, donde fueron hospedados en habitaciones cedidas gentilmente por sus habitantes. Veinticuatro horas después, salieron de Puaray y sin descanso recorrieron en plena noche los kilómetros que les separaban de la localidad donde vivían Tomás y Cristóbal.

Sigilosamente, el grupo de españoles se acerca al pueblo y gracias los guías indios descubren enseguida las casas donde duermen los dos indios cristianos. Juan de Oñate ordenó cercar las viviendas en cuestión. Cristóbal López, con algunos soldados, se arrojó entonces dentro de las moradas capturando y trayendo ante Oñate a ls dos hombres buscados. Éstos contaron que eran indios mexicanos y que habían llegado a Nuevo México en la expedición de Gaspar Castañón de Sosa y que cuando éste se vio obligado a volver, ellos prefirieron quedarse en el país en el que habían contraído lazos familiares.

Estos dos indios, que sabían los idiomas castellano, mexicano y el de los indios pueblo, serían de gran ayuda para los propósitos de los españoles de comunicarse mejor con los indios pueblo y avanzar más rápidamente en la sumisión y colonización de este amplio territorio.

La marcha de la larga caravana sigue su lento caminar. Uno tras otro, los pueblos y aldeas indias van quedando atrás. En el de Santo Domingo - —al sur de la ciudad de Santa Fe— Oñate reunió a los siete principales jefes indios de la región convenciéndoles para que aceptasen la autoridad del rey de España. Era el 7 de julio de 1598.

Sometido todo el amplísimo territorio de los indios pueblo, a Juan de Oñate le pareció que era ya hora de fundar la capital de la colonia. Se fijó para ello en el pueblo de Caypa, a unos 55 km de la actual Santa Fe, cuyos habitantes desalojaron gustosos sus casas para que los extranjeros se pudiesen instalar en ellas. El 11 de julio, un indio llegó a esta localidad, que los españoles rebautizaron como San Juan Bautista, y presentándose ante Oñate dijo llamarse José o Jusepe y que venía huyendo de la gente que ilegalmente había entrado en Nuevo México en 1594 con el capitán Leiva Bonilla. Éste fue luego asesinado por uno de sus soldados, llamado Humaña, quien se alzó con la jefatura de la expedición. Jusepe concluyó su relato diciendo que por las continuas crueldades que cometía Humaña, él se escapó, andando errante por los actuales Estados de Kansas y Nuevo México hasta que supo de la presencia de los españoles de Oñate.

En las semanas siguientes, diversas patrullas salieron a reconocer los principales pueblos indígenas y tener conocimiento exacto del país. Entre los pocos sitios que quedaban por explorar se encontraban las extensas praderas del Este, dominio de las manadas de bisontes y de las tribus apaches. La misión de explorar este territorio y de perseguir a los forajidos de Humaña, que según Jusepe se encontraba a 600 leguas al Noreste de Nuevo México, fue encomendada al sargento mayor Vicente de Zaldívar y a otros 50 destacados soldados, entre los cuales se hallaba el asturiano Cristóbal López.

El 15 de septiembre de 1598 partieron de San Juan de los Caballeros guiados por Jusepe. Tres días después entraron en el pueblo de Pecos, donde permanecieron dos días. Reanudada la marcha, atravesaron un maravilloso campo de ciruelas, encontrándose a orillas del río Gallinas con una partida de indios apaches que se mostraron pacíficos, e incluso el jefe indio cedió a uno de sus guerreros para que guiase a los españoles hasta las grandes llanuras donde pastaban los rebaños de bisontes. El 28 de setiembre Cristóbal López vio el primer bisonte de su vida. Su número aumentaba a medida que avanzaban por la pradera. Tres días después, descubrieron un rebaño de cuatro mil cabezas y un campamento de caza apache. El poblado se componía de cincuenta tiendas confeccionadas de pieles de bisonte, curtidas y pintadas. Eran los tipis indios, que maravillaron a los expedicionarios por la suavidad del cuero con que estaban hechas, su impermeabilidad y la gran facilidad con que se montaban y se recogían. Se extrañaron igualmente de que los perrillos indios fuesen usados como bestias de carga.

Dos días más tarde divisaron una gran manada de cien mil bisontes. Convertidos en cazadores momentáneos, Zaldívar, Cristóbal López y sus compañeros se dedicaron a perseguir con sus caballos a las bestias, matando buen número de ellas. La carne de los machos les sabía mejor que la de vacuno y la de las hembras era como la más tierna ternera o cordero.

Con la idea puesta en poder llevar una partida de bisontes a San Juan de los Caballeros para que los viesen sus compañeros, Zaldívar ordenó hacer una gran cerca para capturar a un grupo de estos animales. El avilesino y otros 14 soldados se encargaron de esta tarea, fabricando en tres días un gran corral capaz de albergar diez mil cabezas de ganado. Con sus caballos los españoles intentaron empujar hacia la cerca la gran manada, pero los bisontes, entrándoles el pánico, se dieron a mitad de camino en estampida generalizada, revolviéndose en dirección opuesta. Los jinetes tuvieron que abrir filas y refugiarse todos rápidamente en unas rocas para no morir aplastados por los miles y miles de bisontes que los embestían.

De mil maneras intentaron los exploradores españoles poder encerrar algunos bisontes, pero una y otra vez las reses se les escabullían. Convencidos de la inutilidad del empeño, reanudaron el viaje andando otras treinta leguas más por la gran pradera, encontrándose con infinidad de nuevas manadas de bisontes y señales del paso de Humaña y sus hombres. Sin haber llegado al final de la gran llanura, decidieron volver a San Juan de los Caballeros, adonde llegarían el 8 de noviembre con un cargamento de carne y pieles de bisonte.

Un luctuoso acontecimiento tuvo lugar un mes escaso después. En el pueblo de Akho —Acoma para los españoles— trece soldados al mando de Juan de Zaldívar —hermano de Vicente— habían sido asesinados por los indios de aquel lugar. Juan de Oñate, quien siempre rehusó hacer la guerra o maltratar a los nativos, se vio obligado a hacerlo esta vez. Si se dejaba de castigar seriamente a los acomeses, los otros treinta mil indios que poblaban la región se alzarían también contra el dominio español.

Setenta valerosos y animosos soldados, Cristóbal López entre ellos, fueron escogidos para esta difícil misión. El 12 de enero de 1599 partió la tropa al mando del sargento Mayor Vicente de Zaldívar, quien quería vengar a su hermano. El día 21 estaban delante de Acoma.

El pueblo indio estaba edificado en una meseta, en lo alto de un farallón que se alzaba majestuosamente cien metros en medio de la llanura, a medio camino entre Zuñi y Albuquerque. El poblado contaba con unas quinientas casas de dos y tres pisos hechos de adobe. El lugar, en opinión del mismo Oñate, era «la mejor fortaleza de toda la cristiandad». Su único acceso resultaba ser un angosto sendero excavado en la misma roca que a medida que se ascendía se iba estrechando, permitiendo sólo el paso de un hombre a la vez. En el último tramo había que escalar una pared de cinco metros poniendo los pies y agarrándose con las manos en agujeros construidos en la misma roca. Un resbalón o un descuido significaba una muerte segura. Los seis mil indígenas que habitaban el lugar se sentían seguros, más aun contando con reservas de víveres para varios meses y cisternas que recogían el agua de lluvia.

Los acomeses, con el refuerzo de algunos guerreros moquis y doscientos navajos, recibieron a los españoles con estrepitoso griterío e insultos, observando con incredulidad los pocos soldados que venían a combatirles.

Vicente de Zaldívar, sin inmutarse, les exhortó por tres veces a dejar su actitud y entregar a los culpables de la muerte de los trece españoles. Una lluvia de flechas, lanzas y piedras fue la contestación que recibió. La guerra era inevitable.

Dada la inexpugnabilidad de la gran roca y lo inútil de un prolongado asedio, Vicente de Zaldívar trazó un plan para tomar Acoma en pocos días. Mientras el grueso de sus hombres disimulaba un ataque general al más alto de los farallones donde se alzaba el pueblo para atraerse la atención de los indios, el resto de los hombres al mando del propio Zaldívar escalarían otro cerro que había cerca del pueblo para sorprender a los defensores por la espalda. Para esta arriesgada misión, el sargento mayor escogió cuidadosamente entre sus más valerosos y esforzados hombres a once de ellos.

Distinguido por esta elección, Cristóbal López se escondió con sus compañeros en un saliente de la base de la roca en espera de que se iniciase el simulacro de ataque general. El 22 de enero, a las tres de la tarde, comenzó la batalla, y como se había imaginado, los indios desguarnecieron por completo el cerro más bajo para defender el otro que era inexpugnable. Este momento lo aprovecharon los doce españoles para salir en tropel de su escondite y dirigirse corriendo a la senda que en pocos minutos les llevó a la cima del segundo collado. Al percatarse del hecho, cuatrocientos guerreros acometieron contra ellos lanzándoles una lluvia de flechas, lanzas y piedras. Al asturiano un indio le dio una gran pedrada que le tendió en el suelo, pero inmediatamente se levantó y aunque sangrando y mareado se lanzó más airado que nunca al combate, y peleando cuerpo a cuerpo con la indiada hizo gran destrozo entre ellos. Sus propios compañeros alabaron la bravura combativa del avilesino y su insuperable osadía.

Al anochecer los indios se retiraron. Los doce españoles no sufrieron ninguna baja, pero sí muchas heridas. Nuevos soldados se sumaron a ellos. Al alba un gran silencio reinaba sobre Acoma. No se veía un solo indio por el pueblo. Aprovechando esta situación, un tropel de trece soldados, sin permiso de su jefe, lograron tender un tronco entre la cresta donde estaban y la gran roca de Acoma, salvando el abismo que los separaba. Pero apenas pusieron los pies al otro lado, una horda de quinientos indios salió de una cueva donde estaban aguardando este momento para atacar de improviso a los españoles. Fue un momento terrible y de gran confusión. Con el nerviosismo, uno de los soldados retiró equivocadamente el puente portátil, cortando la comunicación entre los dos collados. Solos, al borde del abismo, fueron furiosamente atacados por los indígenas. Todos estarían perdidos si no recibían auxilio de sus compañeros.

Angustiado, Vicente Zaldívar ordenó subir de inmediato otro tronco. En esto, Gaspar de Villagra, de un salto prodigioso, logró salvar el abismo, cayendo al otro lado. Allí arrastró y colocó de nuevo el puente por el cual el sargento, seguido de Cristóbal López y varios soldados más, pasaron rápidamente a ayudar a sus compañeros. La lucha se generalizó por todo el pueblo. Poco a poco los soldados, con ayuda de dos pedreros que lograron subir a la cima, fueron ganando el gran risco. Los indios, en un último intento de resistir, se refugiaron en sus casas y kivas. Zaldívar les dio otra oportunidad para que depusieran las armas, con resultados negativos. Los guerreros acomes y sus aliados preferían luchar hasta la muerte. Para sacarles de sus escondrijos, los españoles incendiaron muchas de las casas o las destruyeron con los pedreros. Desesperados, muchos guerreros se mataban unos a otros para no caer en poder de los españoles. Otros, en cambio, se arrojaban por los acantilados, falleciendo en la caída. Viendo su pueblo ardiendo y medio destruido y a muchos de los defensores muertos o heridos, los supervivientes pidieron finalmente la paz.

Los españoles lograron con la conquista de Acoma una de las victorias más difíciles y sonadas de Norteamérica, no sólo por la inexpugnabilidad de la roca, sino también por la valentía y bravura con que pelearon sus defensores. En total perecieron en esta batalla 680 indios de ambos sexos. Otros 600 fueron hechos prisioneros y conducidos ante Juan de Oñate, quien los juzgó y condenó a diversas penas.

Cristóbal López resultó varias veces herido en esta famosa batalla, donde tuvo tan destacado papel.

Fuente: José Ramón Martínez, Rogelio García y Secundino Estrada, Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599», Oviedo, 1992. Obra inédita.

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