Ochoa, Severo

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Descripción

El gran científico asturiano Severo Ochoa de Albornoz, premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1959, viene al mundo en la villa de Luarca (capital del concejo o municipio asturiano de Valdés) el 24 de septiembre de 1905 en el seno de una acomodada y prestigiosa familia y muere en Madrid el 1 de noviembre de 1993.

Cursa los estudios de Bachillerato en Málaga (1915-1921) y de Medicina en San Carlos, Madrid (1922-1928), donde conoce a su primer maestro, Juan Negrín, catedrático de Fisiología, con el que inicia su labor consagrada a la ciencia experimental. Durante esta etapa como alumno interno, investiga, publica diversos trabajos y hace varios viajes a Europa; así, en 1928, entra en contacto en Berlín con quien sería su segundo maestro, el Nobel Otto Meyerhof, que influiría decisivamente en el posterior rumbo de su vida. Tras terminar en dicho año la carrera, retorna al lado de Meyerhof; como fruto de sus investigaciones, publica en Alemania un trabajo que resultó impactante: Ochoa demuestra la capacidad del músculo para obtener energía de fuentes diferentes a las ya conocidas. En 1931, ya en Madrid, es nombrado profesor adjunto de Fisiología. El 8 de agosto de ese mismo año se casa en Covadonga (Cangas de Onís, Asturias) con la también asturiana María del Carmen García Cobián (natural de Gijón), la mujer que iluminó su vida, según confesión propia y pública. Su tarea investigadora va creando escuela y formando nuevos colaboradores, entre ellos Francisco Grande Covián.

En 1935 marcha pensionado a Inglaterra a trabajar en estudios de enzimología con Harold H. Dudley, publicando dos trabajos en colaboración con él. En 1935, acepta la dirección de Fisiología en el Instituto de Investigaciones Médicas creado por el profesor Jiménez Díaz.

Al comenzar la guerra civil española (1936-1039), se marcha con su esposa a Heidelberg, al lado del profesor Meyerhof. Al verse obligado éste a trasladarse a Estados Unidos por su condición de judío, a fines del año 1936 Ochoa abandona la Alemania nazi y se va a Inglaterra, donde Meyerhof, antes de su marcha, le había conseguido a través de su amigo A.V. Hill –con quien había compartido el premio Nobel– una beca para trabajar en el Laboratorio de Biología Marina en Plymouth, en Inglaterra. Aquí realiza estudios de las reacciones de transfosforilación y de la distribución de ADN en el músculo de invertebrados, en los que es ayudado por Carmen, su mujer, con la que publica un trabajo en la revista Nature. Antes de expirar la beca, el doctor W.R.C. Atkins le consigue un puesto excelente en el laboratorio de Bioquímica de la Universidad de Oxford, dirigido por el profesor R. Peters. «Con éste comenzó a trabajar en problemas relacionados con el papel de la vitamina B1 en el metabolismo de los hidratos de carbono, sobre todo en el cerebro. De esta etapa de Inglaterra proceden ciertos trabajos de extraordinario interés, a través de los cuales, en primer lugar, establece Ochoa un método de valoración por separado de la vitamina B1 y de la cocarboxilasa; por otra parte, demuestra la existencia de un sistema enzimático capaz de llevar a cabo la fosforilización de la vitamina B1. Estos trabajos adquieren renombre universal y figuran entre los más importantes de la época» (Modesto Glez. Cobas, «Gran Enciclopedia Asturiana», t. 3).

Cuando se desencadena la II Guerra Mundial, por invitación del matrimonio Cori (luego Premio Nobel), Ochoa trabaja durante dos años en su escuela de Bioquímica de la Universidad de San Louis de Missouri. Seguidamente, pasa a trabajar como investigador en el Departamento de Medicina y en el de Química de la Universidad de Nueva York. Más tarde llega a ser catedrático de Farmacología, luego de Bioquímica (1956) y con posterioridad jefe del Departamento de Bioquímica. «La obra del doctor Ochoa en su laboratorio de Nueva York es muy voluminosa. Entre sus trabajos, los más destacados son los que desembocaron en el descubrimiento del llamado «condensing enzime» o «enzima condensador de Ochoa», uno de los pasos fundamentales en la bioquímica de los últimos años; así como un grupo de trabajos relacionados con el descubrimiento del llamado «enzima málico» y otra serie, que culminó en la identificación de los sistemas enzimáticos que permiten la síntesis biológica del ácido ribonucleico, por los que le fue concedido el Premio Nobel en 1959» (M. Glez. Cobas). También contribuye decisivamente al desciframiento del código genético, aunque el Nobel de 1968 se lo llevan M. W. Nirenberg y H. G. Khorana.

Tras cuarenta y cinco años en Estados Unidos, en 1985 regresa Severo Ochoa definitivamente a España y fija su residencia en Madrid. El matrimonio dona al Museo Casa Natal de Jovellanos de Gijón cuadros de Salvador Dalí, Cristóbal Toral, Benjamín Palencia..., así como diversos objetos y piezas arqueológicas. Tras la muerte de su esposa en mayo de 1986, que le sume en una profunda tristeza, continúa con su intensa labor investigadora, da conferencias, al tiempo que participa en eventos culturales y se convierte en un habitual de los Premios Príncipe de Asturias y de la Escuela Asturiana de Estudios Hispánicos de la Granda.

Fallece Severo Ochoa en Madrid el 1 de noviembre de 1993, a los 88 años de edad. Sus restos reposan, junto a su esposa, en el cementerio de Luarca, su villa natal.

Estaba en posesión de numeros grados y distinciones: Doctor Honoris Causa por las Universidades de San Louis, Glasgow, Oxford, Salamanca, Brasil, John Wesley, Santo Tomás (Manila), Granada, Oviedo, Brandeis, Jeshiva y Michigan; Profesor Honorario de las Universidades de San Marcos de Lima, Santiago y Madrid; Académico Correspondiente Extranjero de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; galardonado con la Medalla Neuberg de Bioquímica (1951), Premio Santiago Ramón y Cajal 1982); presidente de la Unión Internacional de Bioquímica, etc.

Según César Nombela, presidente de la Fundación Carmen y Severo Ochoa, los trabajos de este científico pusieron los fundamentos de la transición de la Bioquímica a la Biología molecular, por lo que en el siglo XX se logró un gran desarrollo en los estudios biológicos.

El descubrimiento más importante de Ochoa —que en su momento había rechazado un segundo premio Nobel— fue el de la enzima que sintetiza el ácido ribonucleico en el tubo de ensayo, algo fundamental para descifrar el código genético.

Discurso de recepción del premio Nobel

Severo Ochoa pronunció las siguientes palabras durante el acto de entrega:

Majestades, altezas reales, excelencias, señoras y señores:

No me es posible hallar palabras adecuadas para expresar mi profundo agradecimiento por el gran honor que me habéis hecho, el más alto que un hombre de ciencia pueda recibir; y me siento muy feliz al compartirlo con mi antiguo asociado, mi amigo de tantos años, Arthur Kornberg. Me doy honda cuenta del valor de la distinción, de que mis colegas del Instituto Carolino me han considerado digno, pero lejos de sentir orgullo, es humildad la que experimento al encontrarme junto a los grandes hombres que me han precedido. Esto representa para mí una obligación, que quiero tratar de afrontar con un aumento del esfuerzo y de la dedicación a la ciencia, ya que el premio Nobel no es el fin de un camino, sino el comienzo de otro nuevo, tal vez más arduo.

Como natural de España, nación a la cual debo mucho de mi fondo de educación y cultura, fui profundamente influido por mi gran predecesor Santiago Ramón y Cajal. Entré en la Facultad de Medicina demasiado tarde para hacer recibido directamente sus enseñanzas, pero a través de sus escritos y de su ejemplo, aquél obró mucho en el despertar de mi entusiasmo por la biología y en la cristalización de mi vocación. Entre los grandes nombres que ilustran la lista de ganadores de premios Nobel en Medicina, está el de Otto Meyerhof, mi admirado maestro y amigo, a cuya inspiración, guía y ánimos tanto debo.

También he tenido la fortuna de trabajar bajo la dirección de otros grandes científicos, y deseo reconocer mi deuda con sir Rudolph A. Peters y con los laureados premios Nobel Carl y Gerty F. Cori, que tanto hicieron para añadir nuevas dimensiones a mi perspectiva científica y para acrecentar mi experiencia intelectual.

Mis trabajos no habrían sido posibles sin la devota ayuda de los estudiantes de investigación de distintos países, con los que he tenido la fortuna de estar asociado durante años. También debo mi gratitud y amor a mi gran país de adopción, los Estados Unidos de América, donde como muchos otros he hallado yo puerto de generosidad y comprensión, así como un medio ambiente ideal, y facilidad para mi labor. En años recientes, la Bioquímica —la química de la vida— ha logrado alcanzar el primer plano de la investigación biológica. Nada más natural puesto que en el fondo de toda vida se hallan reacciones químicas.

El enorme crecimiento de la Bioquímica no habría sido posible sin el previo desarrollo de la Química, y Suecia puede estar justamente orgullosa de haber tenido pioneros como Bergman, Scheele, Berzelius y Arrhenius, a los que se deben muchos de los fundamentos básicos de esta ciencia. Suecia tiene, también actualmente, hombres que están hoy en la línea del frente de la Bioquímica de hoy.

El estudio de la vida, que al perpetuarse de generación en generación, sigue las sustancias básicas de la vida, los ácidos nucleicos y las proteínas, estudio que ha sido precedido con la alucidación de su estructura química y los avances tan espectaculares de la genética, nos han aproximado cada vez más cerca, a la comprensión de los hechos más característicos de la vida.

El hombre casi ha conquistado ya el átomo, y está preparándose para la conquista del espacio. Ha descubierto muchos de los secretos de la materia inerte y empieza a cavar hondo en el reino fronterizo entre lo vivo y lo muerto; el mundo de los virus. Es posible que el hombre nunca halle la clave de la naturaleza del sentido de la vida, pero podemos dirigir la vista adelante, con confianza y antelación, hacia una mucha mejor comprensión de un gran número de sus misterios.

Para terminar, quiero expresaros en nombre de mi mujer, mi devota camarada, y en el mío, nuestra profunda deuda por vuestro recibimiento tan amistoso y por vuestra generosa hospitalidad. Conservaremos el recuerdo de estos días, en tanto vivamos.

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