Las Xanas de la Rodriga

Escrito el 27/10/2020
EuroWeb Media, SL

La Rodriga es un lugar del concejo de Salas que tiene sus casas repartidas entre las parroquias de San Esteban de las Dorigas y Cornellana.

Eran tres las Xanas de esta historia. Vivían en el cauce subterráneo del arroyo que mueve la rueda del molino llamado de Paxina. Este arroyuelo que baja desde Sollera, se oculta en las inmediaciones de Villar y aparece de nuevo detrás del molino.

Un día las tres ninfas se le aparecieron a un hombre y le dijeron:

—Toma estos tres bollos y échalos en el lugar donde sale el agua que mueve el molino. Nosotras quedaremos desencantadas y tú tendrás muchas riquezas.

Pero el buen hombre tuvo la desgracia de ir antes a su casa, y, aunque le advirtió a su esposa que no tocase los bollos, la mujer cogió uno y le rompió un cuerno. Después, horrorizada al ver que la miga se teñía de sangre, colocó de nuevo el cuerno en su sitio y dejó el bollo en el lugar en el que lo había cogido.

El hombre, ignorando lo sucedido, cogió los tres bollos y los tiró en el lugar que le habían mandado.

Al poco tiempo salieron de las aguas tres caballos gigantescos, con las tres Xanas sobre sus lomos. Mientras dos de ellos galopaban más veloces que el viento, el tercero, que era cojo, apenas si podía moverse. La Xana que iba sobre él, al darse cuenta de lo que ocurría, comenzó a gritar angustiosamente:

—¡Ay! ¡Que tengo que volver y que voy a quedar encantada para siempre!

Y así fue. La pobre Xana quedó encantada otra vez, y sólo puede salir de las aguas la mañanita de San Juan.

De esta Xana que quedó cuentan muchas historias. Una de ellas es la del hilo, tan corriente en muchos pueblos. Resulta que un domingo, mientras la gente de La Rodriga estaba oyendo misa en Cornellana, una mujer que se había quedado en casa vio salir un hermoso hilo de seda por las aguas del arroyo. La mujer, maravillada, cogió el hilo y se puso a hacer un ovillo con él. Pero el hilo no se acababa nunca. Por eso, cuando le pareció que tenía bastante para las prendas que tenía que tejer, lo cortó.

Nunca lo hubiera debido hacer. La voz que salió del agua lo dijo:

—¡Por qué poco lo perdiste!