Ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias 2010


Oviedo › Comarca de Oviedo › Centro › Montaña › Asturias › España


  

Teléfono/s: 985 258 755


Fotos  Contactar  Ruta GPS  


  • Fecha de celebración: viernes 22 de octubre de 2010.
  • Lugar de celebración: Teatro Campoamor, de la ciudad de Oviedo, capital de la comunidad autónoma de Principado de Asturias.

La solemne ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias en su trigésima edición duró unos 90 minutos, fue sobria y de discursos breves, salvo el pronunciado por el Príncipe. Hacia las 6.30 horas de la tarde comenzó la misma, tras todo un acontecimiento popular: el desfile de invitados, autoridades (la reina doña Sofía, doña Letizia y don Felipe, el presidente del Principado de Asturias...), galardonados y otras personalidades hasta las puertas del Campoamor, seguido por numeroso público que, situado en puntos estratégicos del recorrido (entorno del hotel La Reconquista, calles Uría y Toreno, plazas de la Escandalera y del propio teatro), los aplaudió a su paso.

Durante el acto de entrega de estos galardones, en el escenario del Teatro Campoamor de Oviedo predomina el color azul, representativo de la Fundación. El suelo se decora con una moqueta sobre cuyo fondo destaca el escudo de la institución, en color amarillo. Sobre la cortina del fondo se muestra el escudo de la Fundación y bajo él se puede leer «Premios Príncipe de Asturias».

La ceremonia de entrega siguió el siguiente esquema: SS.AA.RR. los Príncipes de Asturias y la reina doña Sofía hicieron su entrada, sonó el himno nacional interpretado por la Banda de Gaitas Ciudad de Oviedo y dio comienzo el acto. A continuación, entraron los galardonados a los compases de la obra Two ayres for cornetts and sagbuts, del compositor británico John Adson, interpretada en directo por un conjunto musical integrado por ocho instrumentos de viento metal. Una vez situados todos los premiados en sus lugares correspondientes, el Príncipe cedió la palabra al presidente de la Fundación, quien hizo un balance y resumen de lo que fueron las actividades de la institución durante todo el año. Tras su intervención, se procedió a la entrega de los galardones, con la lectura de un pequeño fragmento de cada una de las actas de concesión. Los galardonados avanzaron desde sus butacas hasta la mesa presidencial para recoger, de manos del Príncipe, el premio correspondiente. Cuatro de los galardonados ofrecieron sus discursos, y fue S.A.R. el Príncipe de Asturias quien cerró el acto con su intervención, considerado desde hace tiempo como el discurso más importante de todos los que pronuncia durante el año. Interpretado el Asturias, patria querida, himno del Principado de Asturias, de nuevo por parte de la Banda de Gaitas, los galardonados abandonaron el teatro y se dio por concluida la ceremonia.

LOS DISCURSOS

Por orden de intervención:

Matías Rodríguez Inciarte, presidente de la Fundación Príncipe de Asturias

Un año más, y de nuevo con la generosa hospitalidad de Oviedo y de toda Asturias, celebramos, bajo la presidencia de Vuestras Altezas, esta fiesta anual de la cultura que representan los premios que llevan vuestro nombre.

El poeta inglés Elliot definió magistralmente la cultura como «simplemente aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida». Ello es aún más verdad en momentos como los actuales, en un mundo complejo, asediado por incertidumbres y dificultades económicas, que necesita de esa cultura representada aquí en las personalidades e instituciones a las que rendimos homenaje con motivo de la entrega de nuestros premios.

Nuestra felicitación, por ello, más expresiva a todos. El ejemplo de su inspiración creadora y de sus trayectorias institucionales y vitales llena de orgullo a nuestra Fundación, que se honra en destacarlos como símbolos de los mejores valores.

La Fundación Príncipe de Asturias celebra, este año, su trigésimo aniversario. Lo alcanza en un momento excelente de prestigio y de proyección internacional. Es momento de volver la vista atrás en reconocimiento de quienes han hecho esto posible: miembros de sus dos patronatos, protectores y los presidentes que me han precedido. Nuestro agradecimiento, también, a las más de 900 personalidades que a lo largo de estos treinta años han integrado nuestros jurados y a quienes, con tanta dedicación como acierto, los han presidido.

Y, naturalmente y de manera muy principal, a Vuestras Altezas, sin cuyo aliento, inspiración e interés permanente por nuestro trabajo no hubiera sido posible situar nuestra institución en el destacado lugar que hoy ocupa.

A lo largo del pasado año hemos llevado a cabo, de una manera que me atrevo a calificar de ejemplar, la renovación que, por razones estatutarias, era necesario llevar a cabo en el puesto de dirección general de la Fundación.

Estoy convencido de que este cambio nos permitirá mantener íntegramente todos los valores que han sustentado la rica trayectoria de la Fundación para continuar, mediante un nuevo impulso, su progreso hacia el futuro.

Quiero manifestar, por ello, nuestro más sincero reconocimiento al anterior director y nuestra total confianza en la nueva dirección.

Nada de lo sucedido hasta ahora ni la proyeccción futura de nuestro trabajo serían posibles sin la permanente inspiración y apoyo de sus Altezas Reales y sin la inestimable tutela de la Corona de España.

Majestad, quiero destacar y agradeceros hoy, de la forma más cálida, vuestra asistencia al acto de entrega de los premiados a lo largo de estos treinta años. Con vuestra presencia simbolizáis el apoyo que la Corona ha brindado siempre a nuestra institución, dotando este acto de mayor profundidad y relieve.

Os ruego trasmitáis a S. M. el Rey el testimonio de nuestra lealtad y de nuestra gratitud.

Decía, al comenzar mis palabras, que el mundo y nuestro país viven momentos difíciles. No tenemos duda de que, como en circunstancias similares en el pasado, superaremos estas dificultades.

La Fundación, acorde con la sensibilidad de los tiempos, está realizando un gran esfuerzo de austeridad, sin que ello afecta a la dignidad institucional que su tarea requiere.

Mi reconocimiento, de nuevo, a las personas, empresas e instituciones públicas y privadas que hacen posible que prosigamos nuestra andadura.

Por encima de todo, miramos con confianza el futuro. Permítame, por ello, nuestro premio «Príncipe de Asturias» de las Letras, Amin Maalouf, que cierre mi intervención tomando prestadas sus inspiradoras palalabras: «Si creemos en algo, si tenemos en nuestro interior suficiente energía, suficiente pasión y ganas de vivir, podemos encontrar en los recursos que nos ofrece el mundo actual los medios necesarios para hacer realidad nuestros sueños».

Muchas gracias.

Amin Maalouf, premio «Príncipe de Asturias» de las Letras 2010

Esta dicha inmensa que siento al recibir el premio de las Letras de la Fundación Príncipe de Asturias me habría gustado expresarla, igual que otros intervinientes, en la lengua de Cervantes, de Borges y de García Lorca. No podré hacerlo por mucho que lo lamente. El castellano es una lengua que me gusta oír, que me gusta leer y que entiendo algo más de lo que suelo admitir.

Pero me siento incapaz de usarla con la oportunidad y la sutileza que se merece. Es algo que, esta noche, me avergüenza un tanto, pero albergo la esperanza de que vean en este uso mío de una lengua que llega de allende los Pirineos y de un acento que llega de allende el Mediterráneo un símbolo del interés que les merece a esta Fundación y a este país la diversidad del mundo.

De esta diversidad del mundo, de esta extraordinaria diversidad que es hoy en día característica de todas las sociedades humanas, todos cantamos a veces las alabanzas, pero también nos hace padecer a todos a veces. Porque es manantial de riqueza para nuestros países, pero lo es también de tensiones. Las naciones que se asientan en los cimientos de la diversidad étnica y la inmigración se hallan entre las más dinámicas del planeta, y basta con mirar la otra orilla del Atlántico para convencerse de ello. Pero a este dinamismo lo acompañan con frecuencia trastornos, discriminaciones, odio y violencia.

La diversidad en sí misma no es ni una bendición ni una maldición. Es sencillamente una realidad, algo de lo que se puede dejar constancia. El mundo es un mosaico de incontables matices y nuestros países, nuestras provincias, nuestras ciudades irán siendo cada vez más a imagen y semejanza del mundo.

Lo que importa no es saber si podremos vivir juntos pese a las diferencias de color, de lengua o de creencias: lo que importa es saber cómo vivir juntos, cómo convertir nuestra diversidad en provecho y no en calamidad.

Vivir juntos no es algo que les salga de dentro a los hombres; la reacción espontánea suele ser la de rechazar al otro. Para superar ese rechazo es precisa una labor prolongada de educación cívica. Hay que repetirles incansablemente a éstos y a aquéllos que la identidad de un país no es una página en blanco, en la que se pueda escribir lo que sea, ni una página ya escrita e impresa.

Es una página que estamos escribiendo; existe un patrimonio común —instituciones, valores, tradiciones, una forma de vivir— que todos y cada uno profesamos, pero también debemos todos sentirnos libres de aportarle nuestra contribución a tenor de nuestros propios talentos y de nuestras propias sensibilidades. Asentar este mensaje en las mentes es hoy, desde mi punto de vista, tarea prioritaria de quienes pertenecen al ámbito de la cultura.

La cultura no es un lujo que podamos permitirnos sólo en las épocas faustas. Su misión es formular las preguntas esenciales.

¿Quiénes somos? ¿Dónde vamos? ¿Qué pretendemos construir? ¿Qué sociedad? ¿Qué civilización? ¿Y basadas en qué valores? ¿Cómo usar los recursos gigantescos que nos brinda la ciencia? ¿Cómo convertirlos en herramientas de libertad y no de servidumbre?

Este papel de la cultura es aún más crucial en épocas descarriadas.

Y la nuestra es una época descarriada. Si nos descuidamos, este siglo recién empezado será un siglo de retroceso ético; lo digo con pena, pero no lo digo a la ligera. Será un siglo de progresos científicos y tecnológicos, no cabe duda.

Pero será también un siglo de retroceso ético. Se recrudecen las afirmaciones identitarias, violentas en muchísimas ocasiones y, en muchísimas ocasiones, retrógradas; se debilita la solidaridad entre naciones y dentro de las naciones; pierde fuelle el sueño europeo; se erosionan los valores democráticos; se recurre con excesiva frecuencia a las operaciones militares y a los estados de excepción... Abundan los síntomas.

Ante este retroceso incipiente no tenemos derecho a resignarnos ni a cederle el paso a la desesperación. Hoy en día lo que honra a la literatura y lo que nos honra a todos es el intento de entender las complejidades de nuestra época y de imaginar soluciones para que sea posible seguir viviendo en nuestro mundo. No tenemos un planeta de recambio, sólo tenemos esta veterana Tierra, y es deber nuestro protegerla y hacerla armoniosa y humana.

Gracias a todos por la acogida que se me brinda en esta inolvidable ceremonia.

Vicente del Bosque*, en representación de la selección española de fútbol, premio «Príncipe de Asturias» de los Deportes 2010

Desde hace más de 100 años el fútbol forma parte de lo cotidiano de nuestra vida y va inexorablemente ligado a las esperanzas e ilusiones de millones de españoles. Hablamos de él con tanta frecuencia e intensidad que ya es como uno más de la familia. Del fútbol se habla antes y después de los partidos que se disputan; antes y después de que se inicien y concluyan sus campeonatos, y no hay lugar en el que no esté presente. El fútbol no deja indiferente a nadie ni es artículo de menor cuantía.

Somos, por tanto, beneficiarios de un estatus, de unos privilegios y de unas responsabilidades que no pueden ignorarse. Abanderamos y articulamos un fenómeno universal de cuya trascendencia no cabe duda y que nos anima a tratar de ser mejores cada día. Desde 1920 hasta hoy, la selección española ha aglutinado los sentimientos de generaciones de aficionados que acompañaron al equipo nacional en sus alegrías y en sus penas, en sus triunfos y en sus derrotas, sin volver la cara, sabiendo que lo que defendían unos cuantos era lo que perseguían multitudes.

La selección que hoy recibe el premio «Príncipe de Asturias» es depositaria de unos valores que van más allá de los éxitos puntuales y de su materialidad, y es, también, legítima heredera de una tradición que nos honra. Esos valores tienen carácter imperecedero y perfil determinante. Son el esfuerzo, el sacrificio, el talento, la disciplina, la solidaridad y la modestia. Los jugadores que han obtenido el Mundial han sido leales a dichos principios y a los de la deportividad y el honor. Defendiéndolos alcanzaron la victoria. De otro modo no habría sido posible.

El éxito de España en Sudáfrica ha sido el premio a todo ello, pero, también, el resultado del convencimiento de los jugadores en que lo que hacían era lo mejor y a la fe en su propuesta futbolística. Nunca nos faltaron ni lo uno ni lo otro. Éramos conscientes de que únicamente así podríamos ser capaces de sobrellevar las adversidades y dificultades que surgieran para lograr lo que nos habíamos propuesto.

La selección se siente profundamente satisfecha de haber alcanzado el éxito conseguido y muy orgullosa de haber podido responder a la confianza que millones de españoles depositaron en ella. El grupo al que represento reúne todas las virtudes que un entrenador ha deseado siempre. La inolvidable victoria que nos brindaron en Sudáfrica queda para la historia y en sus intramuros la humildad de un grupo de futbolistas que han hecho de la modestia un arma tan poderosa como su mismo y arrebatador juego.

Por último, quisiera destacar el apoyo recibido en Sudáfrica, en primer lugar, por su Majestad la Reina y Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias. Para ellos es nuestro agradecimiento por su apoyo y su fe.

* Entrenador de la selección española de fútbol.

Zygmunt Bauman, premio «Príncipe de Asturias» de Comunicación y Humanidades 2010

Hay muchas razones para estar inmensamente agradecido por la distinción que me han concedido, pero tal vez la más importante de ellas es que hayan considerado mi obra dentro de las humanidades y como una aportación relevante para la comunicación humana. Toda mi vida he intentado hacer sociología del modo en que mis dos profesores de Varsovia Stanislaw Ossowski y Julian Hochfeld me enseñaron ya hace sesenta años. Y lo que me enseñaron fue a tratar la sociología como una disciplina de las humanidades, cuyo único, noble y magnífico propósito es el de posibilitar y facilitar el conocimiento humano y el diálogo constante entre humanos.

Y esto me lleva a otra de las razones cruciales de mi alegría y mi gratitud: el reconocimiento que han otorgado a mi trabajo proviene de España, la tierra de Miguel de Cervantes Saavedra, autor de la novela más grande jamás escrita, pero también, a través de esa novela, padre fundador de las humanidades. Cervantes fue el primero en conseguir lo que todos los que trabajamos en las humanidades intentamos con desigual acierto y dentro de nuestras limitadas posibilidades. Tal como lo expresó otro novelista, Milan Kundera, Cervantes envió a Don Quijote a hacer pedazos los velos hechos con remiendos de mitos, máscaras, estereotipos, prejuicios e interpretaciones previas; velos que ocultan el mundo que habitamos y que intentamos comprender. Pero estamos destinados a luchar en vano mientras el velo no se alce o se desgarre. Don Quijote no fue conquistador, fue conquistado. Pero en su derrota, tal como nos enseñó Cervantes, demostró que «la única cosa que nos queda frente a esa ineludible derrota que se llama vida es intentar comprenderla». Ése fue el gran descubrimiento sin parangón de Miguel de Cervantes; una vez hecho, jamás se puede olvidar. Todos los que trabajamos en las humanidades seguimos el camino abierto por ese descubrimiento. Estamos aquí gracias a Cervantes.

Hacer pedazos el velo, comprender la vida... ¿Qué significa esto? Nosotros, humanos, preferiríamos habitar un mundo ordenado, limpio y transparente donde el bien y el mal, la belleza y la fealdad, la verdad y la mentira estén nítidamente separados entre sí y donde jamás se entremezclen, para poder estar seguros de cómo son las cosas, hacia dónde ir y cómo proceder. Soñamos con un mundo donde las valoraciones puedan hacerse y las decisiones puedan tomarse sin la ardua tarea de intentar comprender. De este sueño nuestro nacen las ideologías, esos densos velos que hacen que miremos sin llegar a ver. Es a esta inclinación incapacitadora nuestra a la que Étienne de la Boétie denominó «servidumbre voluntaria». Y fue el camino de salida que nos aleja de esta servidumbre el que Cervantes abrió para que pudiésemos seguirlo, presentando el mundo en toda su desnuda, incómoda pero liberadora realidad: la realidad de una multitud de significados y una irremediable escasez de verdades absolutas. Es en dicho mundo, en un mundo donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre, en el que estamos destinados a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa, comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, destinados a comunicar y, de ese modo, a vivir el uno con y para el otro.

Ésa es la tarea en la cual las humanidades intentan ayudar a nuestros conciudadanos; al menos, es lo que deberían estar intentando si desean permanecer fieles al legado de Miguel de Cervantes Saavedra. Y por esto estoy tan inmensamente agradecido, Alteza y señor presidente, por distinguir mi trabajo como una contribución a las humanidades y a la comunicación humana.

Alain Touraine, premio «Príncipe de Asturias» de Comunicación y Humanidades 2010

Permítame, antes de todo, en nombre mío y de sus colegas, agradecerle muy profundamente a usted por su presencia y a la Fundación Príncipe de Asturias que me ha elegido como laureado del premio «Príncipe de Asturias» de Comunicación y Humanidades, y pedirles que transmitan mis agradecimientos a todos aquellos y aquellas que han participado en el proceso de selección de los galardonados y en la organización de esta ceremonia.

Aun más, quisisera manifestar aquí mi admiración por la cultura hispánica y reconocer mi deuda con ella, tal como la conocí en España y en muchos países hispanoamericanos, en los que cuales he vivido muchos años de mi vida: más que nada en Chile, pero también en Argentina, Uruguay, Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay, la República Dominicana y, con mucha intensidad durante el último decenio, Colombia y México.

Quisiera mencionar de manera muy especial los vínculos cariñosos que tengo con la Universidad de Chile, la UNAM de México y la Universidad Iberoamericana de Puebla.

Me identifico fuertemente con todo el mundo latino: Italia, España e Hispanoamérica, Portugal y Brasil, sin olvidar, por supuesto, Francia. Lo que caracteriza mejor para mí el mundo latino es su ausencia de correspondencia permanente y sólida entre sus ciudadanos y sus instituciones. Francia y los franceses, España y los españoles, Italia y los italianos nunca fueron las dos caras de la misma moneda. Siempre hemos tenido todos con el país del cual somos ciudadanos una relación que se parece más a una relación de amor, con sus pasiones y sus conflictos, que a una identificación profesional o filosófica.

Dos palabras más. Quiero decir a mi colega y amigo Zigmunt Bauman que para mí es un honor compartir con él este premio «Príncipe de Asturias».

Me siento igualmente honrado de encontrarme aquí, al lado de Amin Maalouf, cuyos libros han tenido gran impacto sobre mi pensamiento. Por fin, quiero expresar otra vez a su Alteza Real mi más profundo agradecimiento por su presencia.

Don Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias

Para todos los que vivimos esta Fundación y sus premios como algo propio regresar a esta querida tierra de Asturias nos llena de orgullo. Oviedo se convierte estos días en centro de la atención cultural de España en el mundo. Y en tiempos de intenso cambio e incertidumbre, esta ceremonia nos proporciona la serenidad y el referente de unos valores que nos dan fuerza y convicción para continuar nuestra labor.

Nuestros premios cumplen 30 años. Un camino, ya largo, que hemos hecho convencidos de que la cultura es el alma de la vida. Nos mantenemos fieles al compromiso de buscar y ensalzar la excelencia. Y con el ejemplo de nuestros premiados, alentamos la idea de que es posible una Humanidad más libre y sin injusticias ni violencias.

Y porque proclamamos que es preciso alcanzar un mundo mejor y que nuestra voluntad es luchar con fe por él, hemos defendido desde el primer momento la generosidad, la concordia, la tolerancia. Ante la obra hecha, podemos humildemente levantar la frente y comprometernos a ir cada día más lejos, pues, como dijo el poeta, «jamás pienso que haya llegado, aunque me halle al final del viaje».

Pues en nuestro viaje, emocionante e inacabado, nos han acompañado muchas personas que merecen toda nuestra gratitud y con las que estaremos siempre en deuda: nuestros patronos y protectores, por su generoso y constante apoyo, visión y afecto; los jurados, por ofrecer su valioso criterio ante la tarea de decidir; los presidentes y el equipo, discreto y eficaz, de la Fundación, que siempre se emplea a fondo con ilusión para lograr el éxito de nuestros fines; en fin, tantas personas, algunas que lamentablemente ya nos han dejado, que han creído en esta obra y la han impulsado de muchas maneras y desde distintos lugares.

Este año se ha producido un relevo importante. Primero, quiero dar la bienvenida a bordo a la nueva directora, Teresa Sanjurjo. En poco tiempo ha demostrado ya su identificación plena con los valores que nos animan. Su rigor, profesionalidad y eficacia merecen toda nuestra confianza para una labor tan importante en nuestra querida Fundación.

Y también quiero cerrar este capítulo con una mención a Graciano García. Ha desempeñado la función de director con extraordinaria entrega, pasión y acierto, desde aquellos primeros pasos audaces, cargados de ilusión y convicción, hasta nuestra actual madurez y prestigio. Me parece justo y oportuno unirme ahora al público reconocimiento que bien mereces. Nuestro afecto y agradecimiento nos salen del corazón, y sé que siempre estarás a nuestro lado.

Fijemos ahora la atención en los galardonados de esta edición. Desde sus distintas actividades, nos muestran cómo viven y trabajan movidos por una pasión irrenunciable: la de amar la vida y conformar una realidad, más serena, más digna, más completa y más feliz para todos.

Enhorabuena por ello, gracias de corazón, y sean muy bienvenidos a nuestra querida Asturias; a esta ceremonia que cada otoño celebramos con inmensa alegría, arropados por el cariño y el apoyo de tantas personas que festejan, con nosotros, el triunfo del compromiso y el talento.

El escultor Richard Serra, estadounidense de raíces españolas, ha sido galardonado con el Premio de las Artes por haber entregado su vida a la creación de una obra de gran personalidad y belleza, de ilimitados matices, heredera de los rasgos geniales de los escultores, pintores y arquitectos más grandes de la historia, aquellos que siguieron en su tiempo la misma senda que él recorre ahora: la de la autenticidad, la de la fuerza de su pasión creadora.

Sus esculturas no son para él objetos inanimados, sino entes que hablan del tiempo, del espacio y del movimiento de las personas. Serra crea formas nuevas y, en cierto modo, reinventa la escultura. Quien se adentra en el interior de sus obras, siente el abrazo de sus paredes de metal, grandiosas, a la vez en su tamaño y en su sencillez. Armoniza la rudeza del material con la finura de sus curvas hasta provocar la sensación de estar en un laberinto, en un espacio propio, distinto y maravilloso. De ahí su magisterio.

Y ser maestro es ser, como Richard Serra, un gran artista, creador de una obra inconfundible y solemne, generosa y honrada, enraizada en la verdad, que nos invita a formar parte de ella, a vivirla con emoción.

Volvemos ahora la mirada hacia Asia Oriental, hacia una civilización milenaria de un gran esplendor artístico. Los arqueólogos que trabajan en el Mausoleo de Qinshihuang, en la ciudad china de Xi’an, han recibido el Premio de Ciencias Sociales. En el esfuerzo del equipo que ha llevado a cabo ese gran trabajo de rescate e investigación, reconocemos la tradicional y minuciosa tenacidad del pueblo chino, su pujanza y esplendor, expresados en su cada vez mayor apertura al mundo e influencia en él, y en su espectacular desarrollo económico actual.

El mausoleo, con sus miles de guerreros, objetos y otras figuras de terracota, es una metáfora de la eternidad que, sin pretenderlo originariamente, establece también un diálogo mágico con los visitantes. Desde 1979 millones de personas han podido revivir, asombrados, la historia personal, milenaria y misteriosa de un emperador que anhelaba un refugio, un lugar seguro para su viaje eterno.

El trabajo de los arqueólogos de Xi’an es de una delicadeza y de una perfección extremas, con un resultado emocionante y revelador que nos proporciona una preciosa información histórica y cultural de la China de hace más de 2.000 años, un tiempo fundamental para la civilización humana.

Sabemos que en las excavaciones arqueológicas los especialistas trabajan siempre con infinita paciencia, con precisión y esmero; y también que con cada descubrimiento late en ellos una emoción profunda. Admiramos y reconocemos esa entrega al conocimiento que se origina a veces en una mínima pieza de cerámica, vidrio o metal, con la que se confirman hipótesis y que permite reconstruir, como en un inmenso rompecabezas, la historia de la humanidad.

Alain Touraine y Zygmunt Bauman han recibido el Premio de Comunicación y Humanidades. Agradecemos con admiración el rigor y la profundidad de estos pensadores de gran altura. Dos sabios para tiempos vacilantes que han dedicado toda su larga trayectoria científica a la noble causa de explorar el mundo y hacer de él un lugar mejor para la vida humana.

Representantes −como afirma el acta del jurado− de la tradición intelectual europea más brillante, sus investigaciones y trabajos abarcan campos muy diversos. Analizan y explican la extraordinaria complejidad de la sociedad contemporánea, sus grandes transformaciones, sus errores, así como las posibilidades y modos de elevar y dignificar sus estructuras sociales, económicas y culturales. Nos alertan, al tiempo, de que muchas de las viejas palabras ya no sirven para entender el presente.

El francés Alain Touraine ha trabajado sobre la sociedad postindustrial y ha reflexionado sobre los movimientos y conflictos sociales y económicos más importantes del siglo XX. Se ha interesado asimismo por Iberoamérica. Ha denunciado las dictaduras con la fuerza de las ideas. Y también ha dirigido su análisis hacia los procesos de transformación generados por la economía y la globalización, para defender los derechos humanos, la dignidad y la democracia en el mundo. Ha abordado estos temas a menudo en soledad y con una gran independencia −aunque nunca aislado− y por encima de las corrientes dominantes, lo que engrandece aún más su obra.

El polaco Zygmunt Bauman, superviviente y perseguido por el nazismo primero y el comunismo soviético más tarde, ha acuñado la expresión «modernidad líquida» −uno de los ejes de su vida intelectual− para descubrirnos un escenario totalmente desconocido, el paso de una sociedad previsible y fiable a otra indescifrable, donde el poder se diluye en el espacio global. Un tiempo que nos obliga a caminar −como ha escrito− sobre hielo fino. El hábitat natural de la vida humana −nos dice con esperanza− es la incertidumbre, pero es el deseo de huir de ella lo que constituye el auténtico motor de nuestros empeños.

Son Touraine y Bauman conciencias críticas que nos ayudan a interpretar el complejo mundo que vivimos. Y nos proponen caminos a seguir, como abordar problemas que por ser comunes a toda la Humanidad sólo tienen soluciones globales.

Europa es también uno de los ejes de sus reflexiones, y ambos lamentan su caminar, a veces lento y titubeante, pues están convencidos del papel tan importante que tiene que desempeñar en el mundo. En él Europa debe realizar tal vez su aventura más grande: la de proteger y transmitir los valores que ha alumbrado con tanto sacrificio y que ha conseguido preservar a lo largo de siglos de historia. Los valores del humanismo, la libertad, la fraternidad y la tolerancia.

Tres neurobiólogos admirados en todo el mundo, David Julius, Linda Watkins y Baruch Minke, han recibido el Premio de Investigación Científica y Técnica. Esa misma emoción del artista y del arqueólogo ante la obra nueva, ante el nuevo hallazgo, está también muy presente en la labor que ellos llevan a cabo con sus equipos. Se adentran en la complejidad del sistema nervioso y buscan soluciones para paliar el dolor físico, que de forma aguda o crónica, afecta tantas veces y de forma tan grave al ser humano.

Los tres doctores galardonados son referentes mundiales de la Neurobiología sensorial. Sus logros ilustran las posibilidades de la biología molecular y de la investigación neurocientífica actual, disciplina que comenzó a fructificar en España con nuestro Santiago Ramón y Cajal, lo que nos llena de legítimo orgullo.

Baruch Minke ha descubierto unos «sensores biológicos» que adaptan y regulan el flujo de información proveniente de nuestros sentidos, información que viaja hacia nuestro cerebro, donde es percibida en forma de sensaciones. David Julius ha identificado algunos miembros importantes de esta familia, ligados a neuronas específicas, que están involucrados en la detección de estímulos nocivos y la percepción de la temperatura y el dolor. El trabajo de Linda Watkins revela que células consideradas durante mucho tiempo como mero soporte de la neurona también contribuyen a transmitir sensaciones dolorosas cuando se produce una lesión.

Las aportaciones de los doctores Julius, Watkins y Minke cobran aun mayor importancia cuando se las contempla en su conjunto, pues permiten, por primera vez, la búsqueda de analgésicos selectivos y específicos para cada tipo de episodio doloroso. Se aumenta así el beneficio terapéutico y se minimizan los efectos secundarios. Con su trabajo, la Medicina cobra una nueva dimensión en su anhelo de prolongar la vida de las personas y aumentar al mismo tiempo su calidad. De la mano de estos tres destacados científicos, la Ciencia ha dado un paso de gigante.

Pero los grandes avances de la medicina también deben mucho al espectacular progreso de la cirugía. Los trasplantes de órganos son, en este sentido, uno de los más eficaces testimonios de esa progresión constante. Por ello, nos felicitamos por la concesión de nuestro Premio de Cooperación Internacional a dos organizaciones, la Transplantation Society y la Organización Nacional de Transplantes de España, que tienen un mismo y hermoso fin: salvar vidas humanas gracias a la generosidad que supone la donación de órganos y a desarrollados sistemas de cooperación entre especialistas, centros médicos y de investigación, organismos internacionales y países. Les agradecemos su entrega a un trabajo tan admirable y necesario.

Con casi 35 donantes por millón de personas, lo cual duplica la media de la Unión Europea, la Organización Nacional de Trasplantes ha situado a España en el primer puesto mundial de trasplantes. De ello nos sentimos muy orgullosos. Ya podemos hablar de un modelo español de trasplantes que incluso ha adoptado como suyo la Unión Europea y que se ha exportado con éxito a países de Iberoamérica.

Nos sentimos honrados, asimismo por el reconocimiento internacional que recibe esta organización y que supone un poderoso estímulo para la sociedad española y para su Administración sanitaria y comunidad científica.

Por su parte, la Transplantation Society, con más de 4.000 miembros en todo el mundo, es la organización internacional líder en diversos aspectos relacionados con los trasplantes en humanos, como son los farmacológicos, médicos, de investigación o formativos. Nuestro premio reconoce su labor que, desde 1966, estimula y promueve las donaciones de órganos, establece las guías de práctica clínica, estimula, asimismo, avances en la educación y la investigación científica y vela para que el ejercicio de la tarea se atenga a rigurosas normas éticas.

Hay dos cuestiones fundamentales que hoy debemos destacar en las que estas dos organizaciones juegan un papel fundamental: la primera de ellas, la lucha contra el tráfico ilegal de órganos. Nos negamos a aceptar que continúe existiendo una práctica tan degradante y cruel, frente a la que sólo cabe demandar soluciones e intensificar las acciones legales que terminen con ella para siempre.

La segunda es, felizmente, la contraria. El reconocimiento y la gratitud inmensa hacia los donantes y sus familias que nos dan a todos una hermosa lección de generosidad y de entrega. Con su ejemplo ayudan a millones de personas y dignifican a los seres humanos.

Apoyamos a las dos organizaciones cuando insisten tanto en la necesidad permanente y urgente de donaciones y en su petición de que éstas aumenten. Son aún muchísimas las personas que están esperando un trasplante para salvar sus vidas.

Damos las gracias por su obra al escritor libanés Amin Maalouf, Premio de las Letras, en la que, además, la historia de España tiene una significativa presencia. Gracias también por convertir sus espléndidos mundos de ficción en espacios de convivencia de las culturas; mundos en los que la belleza de las historias narradas alerta a los lectores sobre la urgencia de apostar siempre por la paz por encima de las diferencias de raza, lengua o religión. En el arte del relato, en la reconstrucción de la atmósfera que rodea la vida de sus personajes todo está puesto sutilmente al servicio de la defensa de la convivencia y del respeto a los demás.

En sus ensayos aboga por la tolerancia y denuncia la exclusión que nace del uso de la propia identidad como arma. Subraya también cómo todos nosotros formamos parte de la aventura humana. Y que la herencia de nuestros antepasados debe mezclar sus aguas con las vivencias contemporáneas. Para Maalouf la diferencia debe enriquecer, sumar, y nunca aislar o excluir.

Y proclama la primacía de los valores de la cultura y de la enseñanza como objetivo crucial para este siglo, al que −asegura− hemos entrado sin brújula con la que orientarnos. La cultura, para proporcionarnos las herramientas intelectuales y morales que nos permitan saber más y desarrollar una vida interior más sugestiva y floreciente. Y la enseñanza, para comprender y valorar positivamente la riqueza de la diversidad humana de modo que se traduzca en una convivencia armoniosa y no en tensiones que generen violencia. Porque, como él dice, en este siglo no hay ya forasteros, sino compañeros de viaje.

En la noche del domingo 11 de julio de este año, España vibró emocionada, ante un acontecimiento largamente soñado: nuestra selección de fútbol logró el título de campeona del Mundo, limpiamente y superando momentos muy difíciles. Por esta razón, y por haber dado un gran ejemplo deportivo y humano durante el largo camino hasta llegar a esa cumbre excepcional, ha sido reconocida con el Premio de los Deportes.

Hasta lograr la victoria final, nuestro equipo puso de manifiesto esos valores por los que tan justamente ha sido alabado en todo el mundo: voluntad y tesón, máxima deportividad, humildad y un juego en el que los rasgos colectivos del fútbol se engrandecían con la ilusión, el talento y la belleza. Toda una lección para los cientos de millones de personas que siguieron en todo el mundo aquellos días intensos, de algo más que deporte y fútbol, que los españoles nunca podremos olvidar.

En años anteriores he destacado desde esta tribuna los grandes valores que lleva consigo el deporte y, de manera muy especial, el estímulo que supone para los jóvenes. Pues bien, este año, la ejemplaridad de la selección española de fútbol es también el mejor regalo que vosotros, seleccionador, jugadores, equipo técnico y Real Federación, les habéis ofrecido. No sólo les habéis enseñado lo que se consigue con la noble lucha deportiva, manteniendo la voluntad y el esfuerzo hasta el último minuto del último partido. También les habéis recordado cómo, con unión y compañerismo, con nobleza y confianza, se superan las caídas y las pruebas de la vida diaria. Sin perder nunca la esperanza ni la templanza cuando hay que luchar cotidianamente, cada uno en la tarea que nos corresponde.

Habéis formado un grupo excepcional: un seleccionador, Vicente del Bosque que aportó sosiego, discreción y humildad, además de una decisiva contribución técnica. Y un conjunto de jugadores, en los que la calidad futbolística rivaliza a la máxima altura con la humana. Pertenecéis a una formidable generación de deportistas españoles en tantas disciplinas y modalidades que nos ha convertido en una potencia mundial del deporte. Sois la España joven, ambiciosa y capaz, sin complejos ni renuncias; una demostración de que la juventud española actual está preparada para aspirar a las máximas metas.

En esos días, además, en las calles, plazas y casas de nuestros pueblos y ciudades nos hicisteis sentir la emoción y el orgullo de ser españoles. De pertenecer a una gran Nación.

Por todo ello, os expresamos hoy nuestro agradecimiento, y con este galardón, además de la admiración y los aplausos de este teatro, os entregamos también el reconocimiento, la alegría y el aplauso de toda España.

Entregar el Premio de la Concordia a una organización como Manos Unidas, supone engrandecer nuestros galardones y lograr su significación más profunda. Manos Unidas es una institución muy querida por los españoles que nació hace 50 años cuando un grupo de mujeres de Acción Católica respondió a la campaña contra el hambre que había emprendido la FAO.

Con el paso del tiempo, 40.000 voluntarios, 71 delegaciones, programas de acción en países de África, América y Asia, apoyo a centenares de proyectos… son algunos de los datos que avalan las actuaciones de Manos Unidas. En sus fines es donde se pone de relieve el necesario y útil humanismo de esta institución: la lucha sin cuartel contra el hambre y la pobreza, la labor paciente en favor de la educación de los más desposeídos, la promoción social de las personas, la especial atención a la mujer, el desarrollo agrícola y la atención sanitaria.

Hoy también queremos hacer patente nuestro agradecimiento a tres valiosos grupos de personas con los que cuenta esta institución y que la engrandecen extraordinariamente: los misioneros, que dedican su vida a tantas gentes sumidas en el mayor abandono. Los voluntarios, en cuya acción aflora lo mejor del comportamiento de los seres humanos. Y los colaboradores, que con su ayuda permiten que se materialicen estas ansias de entrega a los demás que caracterizan la labor de Manos Unidas.

Siempre en esta ceremonia nos encontramos con esa hermosa y significativa palabra, concordia, que lo resume todo de manera ideal, que atrae el progreso y facilita la convivencia, que hace, en definitiva, mejor a la Humanidad.

Gracias, pues, al inmenso equipo de Manos Unidas. Manos que se unen para ayudar. Manos que se unen para sanar, alimentar y educar. Manos que se unen, simplemente, para salvar. Que nunca nos falten vuestras manos unidas.

Señoras y señores, nuestros premiados nos hablan de belleza, de dignidad y sacrificio, de esfuerzo y generosidad. Nos permiten el ensalzar el valor del mérito. Destaquemos de su trabajo, de sus experiencias tan ricas y variadas, aquello que nos sea más valioso como ejemplo y guía, para mantener así la ilusión y la esperanza tan necesarias en la difícil encrucijada que vive la humanidad.

España se ha demostrado a sí misma en muchas ocasiones a lo largo de la Historia, con la admiración de todos, que sabe superar los momentos más críticos. Ahora ha de volver a hacerlo, afrontando las causas y las consecuencias de un proceso que está afectando gravemente a su economía y bienestar, cuando, a la vez, se están produciendo cambios de enorme trascendencia de orden geopolítico, económico y estratégico en el mundo entero. Y ha de volver a hacerlo confiando en su talento y en su fortaleza, con fe en nuestra capacidad de superación.

Lograremos construir así, con ilusión, una economía más competitiva y eficiente, que no rehúya el riesgo de emprender e innovar, ágil para adaptarse a los acelerados cambios que vivimos y que sea capaz de generar empleo. Una sociedad solidaria e inclusiva, en la que tantas personas sin trabajo sepan que su situación es tan sólo transitoria, nunca una desesperanza sin final.

Los tiempos de crisis nos obligan también a redefinir proyectos y modos de vida. Es en los momentos difíciles cuando los pueblos deben expresar más claramente la altura de sus ideales, su lucidez y su grandeza de ánimo. Demos un mayor vigor e impulso a nuestra vida pública. Renovemos comportamientos y cambiemos actitudes. Generemos otra vez ilusión y confianza en proyectos que nos integren y cohesionen cada día más.

Y el camino es fortalecer nuestras instituciones, porque a través de ellas se pueden y deben articular las soluciones que esperan los ciudadanos. Pero también debemos buscar la moderación donde haya habido excesos; ética donde haya habido abusos. Y actuar así con realismo, coraje y rigor a partir de la integridad, el esfuerzo y la cultura del trabajo bien hecho.

Unámonos para fortalecer esas convicciones y aprovechemos esta hora para encauzar más eficazmente todas nuestras capacidades. Lo mucho que hemos avanzado en los últimos decenios gracias a la contribución de toda la sociedad española y, especialmente, de las generaciones pasadas, debe servirnos de acicate para el futuro.

Porque esas generaciones nos enseñaron a los más jóvenes –y al mundo entero− cómo lograron hacerlo. Decía Ortega y Gasset que sólo es posible avanzar cuando se mira lejos y sólo cabe progresar cuando se piensa en grande. Está en nuestras manos demostrar que los españoles de hoy no sólo aprendimos aquella gran lección de responsabilidad nacional, sino que podemos volver a ser ejemplo de capacidad, superación y grandeza. Ellos lo consiguieron. Estoy convencido de que nosotros, que creemos en la gran realidad de España, podemos volver a conseguirlo. No tengáis ninguna duda. Yo no la tengo.

Muchas gracias.

Fuente: EuroWeb Media, SL - Fundación Príncipe de Asturias.


Datos:


Dirección postal: Calle Pelayo, 2. 33003 Oviedo. Asturias (España)
Dirección digital: 8CMP8WW7+WH
Clasificado: Princesa de Asturias › Premios Princesa de Asturias › Ceremonia de entrega de los Premios


Información relacionada

› Turismo en Oviedo

› No te pierdas

› Playas

› Rutas

› Turismo activo

› Naturaleza

› Patrimonio

› Gastronomía

› Sidrerías

› Restaurantes

› Fundación Princesa de Asturias

› Eventos

› Transportes

› Información práctica

› Sobre Asturias