Ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias 2008


Oviedo › Comarca de Oviedo › Centro › Montaña › Asturias › España


  

Teléfono/s: 985 258 755


Fotos  Contactar  Ruta GPS  


El Teatro Campoamor de Oviedo acogió el 24 de octubre de 2008 una solemne y brillante ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias, presidida por SS.AA.RR. Don Felipe y Doña Letizia, en presencia de S.M. la Reina Doña Sofía. La capital asturiana volvió a convertirse en foco de atención mundial y sus calles se llenaron de gente para arropar a los galardonados de esta edición. José Antonio Abreu y cuatro jóvenes integrantes del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, los directores de los cuatro centros que lideran en África la lucha contra la malaria, los científicos Sumio Iijima, Shuji Nakamura, Robert Langer, George M. Whitesides y Tobin Marks; Larry Page y Nikesh Arora, fundador y vicepresidente de Google, respectivamente; Tzvetan Todorov, Margaret Atwood, Rafael Nadal e Ingrid Betancourt subieron al escenario del Teatro para recoger los galardones de manos del Príncipe de Asturias.

Margaret Atwood, Premio Príncipe de Asturias de las Letras; Tzvetan Todorov, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales; e Ingrid Betancourt, que recogió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, fueron los encargados de pronunciar los discursos, además de Matías Rodríguez Inciarte, que dirigió sus primeras palabras en la ceremonia del Campoamor como presidente de la Fundación.

S.A.R. el Príncipe de Asturias puso el broche final a la ceremonia con su discurso y convocó una nueva edición de los Premios que llevan por nombre el título del Heredero de la Corona de España. En su intervención, Don Felipe ensalzó la trayectoria de los galardonados y animó a afrontar los retos del siglo XXI con firmeza. "Como toda época de transición y de cambios tan rápidos y profundos, la actual está repleta de riesgos y de incertidumbres, pero también de oportunidades y de esperanzas. No es un viaje rutinario el que tenemos ante nosotros. Adentrarse en ese nuevo tiempo exige -más que en cualquier otra ocasión- acierto en el rumbo y firmeza en su conducción; y requiere de una decidida voluntad común basada en la solidaridad entre todos los españoles que les ilusione, de confianza y seguridad. Es un viaje para el que es imprescindible que todo ese esfuerzo se sustente en las fuentes del humanismo y de la ética, que alimentan lo mejor de la vida humana", afirmó. También hizo hincapié en el papel clave que tiene la educación y la formación de los jóvenes para el progreso de la sociedad. "Una educación actualizada permanentemente, con una visión universal y basada en el esfuerzo, en el trabajo bien hecho, y en la conexión eficaz con el mercado laboral", explicó.

DISCURSOS PRONUNCIADOS EN LA CEREMONIA

Palabras de Matías Rodríguez Inciarte

Majestad,

Altezas Reales,

Personalidades distinguidas con los Premios Príncipe de Asturias,

Autoridades,

Asturias, tierra orgullosa y segura de sí misma, patria de Jovellanos y de Clarín, cuyos nombres, como tan acertadamente señaló uno de nuestros premiados, nos indican cuán lejos puede llegar el espíritu humano cuando lo ilumina el deseo de añadir verdad y belleza a la Tierra, y la noble hospitalidad de Oviedo acogen, un año más, esta ocasión especial que constituye la Ceremonia de Entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Nuestro agradecimiento, pues, al pueblo asturiano que ha mostrado, de nuevo en esta ocasión, su bienvenida, generosa y cálida, a todos quienes estamos aquí congregados.

Para mí, entraña una especial emoción pronunciar estas palabras cuando me acabo de hacer cargo de la imponente responsabilidad que representa continuar la obra grande que, con el concurso de tantas personas, conocidas y anónimas, y de tantos esfuerzos, son hoy nuestros Premios. Mi homenaje a todos ellos y en especial a Pedro Masaveu, Plácido Arango y J. Ramón Alvarez Rendueles, quienes me han precedido en esta responsabilidad y señalar que aspiro, sencillamente, a continuar esta gran labor.

Quiero, en este momento, Majestad, reconocer muy especialmente en Vuestra Persona el apoyo que la Corona de España ha prestado, siempre y desde sus inicios, a nuestra Fundación y le ruego transmita a S.M. El Rey el testimonio de nuestro agradecimiento y de nuestra lealtad.

Alteza:

Sois, junto a la Princesa, el verdadero inspirador de nuestra Fundación y vuestra ilusión, constante aliento y altitud de miras, me animan a confiar que la Fundación será capaz de mantener el enorme prestigio de que hoy gozan nuestros Premios, cuyo reflejo más patente puede verse esta tarde aquí en este escenario.

Con motivo del XXV Aniversario de nuestros Premios, se editó un libro recogiendo la trayectoria de algunos de los, hasta el momento, más distinguidos premiados bajo el significativo título de «La Huella de los Grandes». Nada más representativo de lo que buscamos: nuestra aspiración consiste en que la Fundación Príncipe de Asturias acierte siempre en seleccionar a los Grandes y que los Premios que reciben sean un testimonio y huella de su labor sobre la Tierra.

Los premiados son, en efecto y de nuevo en esta ocasión, la representación viva de los mejores talentos y valores humanos de un mundo que necesita, hoy más que nunca, principios en los que creer y personas que les den vida. Como dijo el filósofo: «Nada hay tan grande en la tierra como el hombre, ni nada tan grande en el hombre como su mente».

Esto, y no otra cosa, es nuestro objetivo: que cada año, en Asturias, se den cita, bajo la Presidencia de Sus Altezas Reales, quienes sean portaestandartes de excelencia en los ocho grandes ámbitos que los Premios Príncipe de Asturias reconocen.

Éste es el núcleo esencial de la labor de nuestra Fundación que extiende también su ámbito a otras actividades, como el Área Musical, que celebra este año su vigésimoquinto aniversario. Nos sentimos muy orgullosos por el creciente reconocimiento de los tres coros que la integran, así como de la Escuela Internacional de Música, cuyo curso de verano, recientemente celebrado, ha acogido a 280 alumnos de 10 países.

Para concluir, debo mostrar el agradecimiento de la Fundación a todos quienes le prestan su apoyo: Gobierno de España, autoridades, patronos de nuestros dos Patronatos, Protectores y presidentes y miembros de los diversos jurados. Nada de lo que hoy presenciamos sería posible sin el concurso de tantas personas que de una forma dedicada y eficaz aportan lo mejor de su talento y esfuerzo generoso a la noble finalidad que persiguen nuestros Premios.

Esperamos que el futuro desmienta la afirmación del poeta cuando dijo: «Todo lo que es hermoso, tiene su instante, y pasa», pues estoy convencido que, con el apoyo de Vuestra Alteza, nuestros Premios mantendrán siempre la llama viva que un día más alumbra este escenario.

Muchas gracias.

Palabras de Margaret Atwood

Majestad,

Altezas Reales,

Señoras y señores:

Es para mí un gran placer encontrarme aquí, en España, país en el que he vivido muchos momentos maravillosos, en Madrid y también en Barcelona. Ahora estoy en Oviedo, ciudad que ya conozco algo, a través de las páginas de Leopoldo Alas.

Es para mí un honor especial que se me haya concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008. En septiembre estuve en Argentina, donde la gente me observaba con algo parecido al respeto reverencial: resulta asombroso constatar el gran prestigio que el Premio Príncipe de Asturias ha alcanzado en todo el mundo, y no sólo en los países de habla hispana. Dicho respeto es un tributo al gran empeño y a la meditada consideración de los miembros del jurado, en una labor que, a menudo, resulta invisible.

Este galardón me emociona particularmente porque soy canadiense, y también nosotros resultamos, a menudo, invisibles; o se nos confunde con ciudadanos de Estados Unidos, país con una historia, una geografía, una mezcla de culturas y una posición de poder en el mundo muy distintas a las nuestras. Como se dice en una de nuestras canciones más conocidas «Canada’s really big» [«Canadá es muy grande»], pero su población es comparativamente pequeña. Oficialmente, se trata de un país bilingüe, aunque en realidad sea multilingüe, pues cuenta con 52 lenguas indígenas, más muchas otras de más reciente implantación. Nuestra sociedad se ha formado, no tanto mediante la conquista y el dominio como a través de la negociación y renegociación constantes entre distintas culturas, lenguas y puntos de vista. Según un chiste canadiense, en el camino que conduce al Cielo hay dos flechas. En una de ellas se lee «CIELO», y en la otra «MESA REDONDA SOBRE EL CIELO». Y todos los canadienses siguen la dirección de la segunda.

Las artes −incluida la escritura− suelen ser objeto de mesas redondas entre nosotros. Y no sólo de mesas redondas: en nuestras últimas elecciones, el apoyo del país a nuestros artistas e instituciones culturales se convirtió en un factor decisivo de la lucha política, y el partido en el poder mostró su desdén hacia ellos con su drástico recorte a los presupuestos del país destinados a la creación artística.

Pero los gobiernos que intentan abolir el arte −ya sea con su indiferencia, ya sea con su afán por suprimir las voces independientes−, no lo consiguen jamás, pues incluso si se lo condena a la clandestinidad, si se le cortan los suministros, si se lo oculta, el impulso artístico, a pesar de todo, halla una vía de expresión. El arte existe desde que existe el ser humano, como testifican las maravillosas pinturas de las cuevas de Altamira. La creación artística es un síntoma de nuestra humanidad: todo ser humano es intrínsecamente creativo, como tan bien demuestran niñas y niños.

La escritura de obras de ficción es un arte del tiempo: a través de ella los acontecimientos se suceden, se ponen en marcha cambios; en otras palabras, la ficción cuenta historias. Y, a través de esas historias, nos conocemos a nosotros mismos y a los demás. Un país sin historias sería un país sin espejo: no proyectaría ningún reflejo, y ello llevaría, en el mejor de los casos, a una existencia fantasmal, sombría. «¿Quién soy?», se preguntarían los ciudadanos. Y no habría respuesta. Un país así tampoco tendría corazón, pues la escritura es un arte de las emociones. En una era de especialización, sólo el arte puede mostrarnos la totalidad del ser humano en sus muchas variantes.

Todo, en nuestras sociedades, se ve influido no sólo por la tierra que nos sustenta, sino por el mundo imaginativo que construimos, y en el que habitamos. Incluso nuestras instituciones aparentemente más sólidas se sostienen en las ideas que tenemos de ellas, en nuestra fe en su existencia. Los bancos se desmoronan cuando perdemos la confianza en ellos, tal como se ha visto recientemente. Y lo mismo sucede con las naciones. La función del arte, en cierto modo, consiste en imaginar lo real y, al hacerlo, dotarlo de ser.

La ficción de mi propio país contiene numerosas maravillas: cocinas habitadas por osos, francotiradores indios llegados de las selvas más remotas para luchar en la Primera Guerra Mundial, un monstruo helado, caníbal y con los pies en llamas... Pero, también, a muchas mujeres y hombres que pueden parecer menos excepcionales, y que sin embargo viven sus vidas y se enfrentan a su tiempo y a su espacio −a menudo nevado− tal como su personaje, su circunstancia y su destino les dictan.

Hoy nos hallamos inmersos en una crisis mundial. Financiera, pero también climática. Mucha gente teme el futuro, un futuro que casi con total seguridad traerá escasez de alimentos, suministros cada vez más menguados de energías fósiles y más pobreza e inestabilidad social. En estas condiciones, conviene recordar la humanidad que compartimos, una humanidad que muestra su mejor rostro a través de la inventiva y el valor, de la flexibilidad de pensamiento y la generosidad, y a través de la capacidad de sentir alegría allí donde amenaza el peligro. Una sociedad rica en artes también es rica en estas cualidades. Los economistas no pueden ponerles precio, pues no pueden cuantificarse. Sin embargo, sin ellas las cosas no nos irán nada bien. Es preciso que nos reimaginemos a nosotros mismos. Y no sólo a nosotros mismos, sino nuestra relación con el planeta que nos sostiene.

Gracias de nuevo por vuestro reconocimiento −expresado en este Premio− a la importancia de la escritura como arte. Es para mí un gran honor haber sido elegida como su representante este año. Y les deseo, y deseo para todos nosotros, la mejor de las suertes.

Palabras de Tzvetan Todorov

Antes de la época contemporánea, el mundo jamás había sido escenario de una circulación tan intensa de los pueblos que lo habitan, ni de tantos encuentros entre ciudadanos de países diferentes. Las razones de tales movimientos de pueblos e individuos son múltiples. La celeridad de las comunicaciones incrementa el prestigio de los artistas y de los sabios, de los deportistas y de los militantes por la paz y la justicia, poniéndolos al alcance de los hombres de todos los continentes. La actual rapidez y facilidad de los viajes invita hoy a los habitantes de los países ricos a practicar un turismo de masas. La globalización de la economía, por su parte, obliga a sus elites a estar presentes en todos los rincones del planeta y a los obreros a desplazarse allá donde puedan encontrar trabajo. La población de los países pobres intenta por todos los medios acceder a lo que considera el paraíso de los países industrializados, en busca de unas condiciones de vida dignas. Otros huyen de la violencia que asola sus países: guerras, dictaduras, persecuciones, actos terroristas. A todas esas razones que motivan los desplazamientos de las poblaciones se han sumado, desde hace algunos años, los efectos del calentamiento climático, de las sequías y de los ciclones que éste conlleva. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados, por cada centímetro de elevación del nivel de los océanos, habrá un millón de desplazados en el mundo. El siglo XXI se presenta como aquel en el que numerosos hombres y mujeres deberán abandonar su país de origen y adoptar, provisional o permanentemente, el estatus de extranjero.

Todos los países establecen diferencias entre sus ciudadanos y aquellos que no lo son, es decir, justamente, los extranjeros. No gozan de los mismos derechos, ni tienen los mismos deberes. Los extranjeros tienen el deber de someterse a las leyes del país en el que viven, aunque no participen en la gestión del mismo. Las leyes, por otra parte, no lo dicen todo: en el marco que definen, caben los miles de actos y gestos cotidianos que determinan el sabor que va a tener la existencia. Los habitantes de un país siempre tratarán a sus allegados con más atención y amor que a los desconocidos. Sin embargo, éstos no dejan de ser hombres y mujeres como los demás. Les alientan las mismas ambiciones y padecen las mismas carencias; sólo que, en mayor medida que los primeros, son presa del desamparo y nos lanzan llamadas de auxilio. Esto nos atañe a todos, porque el extranjero no sólo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia.

Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera. Nadie es definitivamente bárbaro o civilizado y cada cual es responsable de sus actos. Pero nosotros, que hoy recibimos este gran honor, tenemos la responsabilidad de dar un paso hacia un poco más de civilización.

Palabras de Ingrid Betancourt

Llegar al Principado de Asturias, quedar envuelta en el cariño de su gente y en el esplendor de su historia, es para mí, después de tantos años difíciles, la expresión de la misma gracia divina.

Cómo explicar de otra manera el camino extraordinario que me trae hasta aquí: hace algunas semanas estábamos mis compañeros y yo en el mundo húmedo y asfixiante de la selva, donde nada era nuestro, ni siquiera nuestros propios sueños. Fueron muchas las noches oscuras en que traté de evadirme imaginando un mundo mejor, un mundo donde personas alrededor mío buscaran aportarle felicidad a los demás y donde hiciera, otra vez, bueno vivir.

No podía imaginar que Dios oiría mi llamado al punto de traerme aquí, junto a personas que me alegraron tantos momentos el largo cautiverio que me tocó vivir. A Rafael Nadal, por ejemplo, lo seguí durante seis años por las canchas de Roland Garros. Lo vi crecer a través de las transmisiones en directo, que Radio Francia Internacional hacía cada verano. y al tiempo que compartía la alegría de sus cada vez mayores éxitos, vivía la frustración de no poder ver sus victorias. Estar aquí en el día de hoy, viéndolo cara a cara, es como cerrar un círculo, es completar de forma maravillosa una cita con la vida.

Podría contarles también de las largas horas vacías que traté de amoblar recitándome los poemas que más he amado, haciendo un gran esfuerzo por extraer de la memoria tantos tesoros perdidos, para lograr sentirme otra vez afortunada de vivir. Estar ahora cerca de Tzvetan Todorov y de Margaret Atwood es una sensación parecida para mí a la del que ha atravesado el desierto y se encuentra finalmente con el oasis. Tengo una inmensa admiración por ellos, los escultores de la palabra, quienes con el arte sagrado de materializar el alma enriquecen a los demás sin guardarse nada para sí.

Recuerdo la vez que descubrí las maravillas de la Nanotecnología, también por la radio, una tarde después de una larga marcha de meses. Me encontraba oyendo desde mi cachumbe al comentarista, mientras era azotada por una nube de garrapatas microscópicas que se habían emboscado por el camino y se desplazaban sobre mi piel llenándome de llagas a su paso. Me acuerdo haber pensado entonces que hubiese querido que me confeccionaran una segunda piel, tan liviana y resistente como la telaraña, para evitarme el ataque de mis inexpugnables enemigos durante el duro transitar por la selva. Imaginen encontrarme aquí, con quienes me hicieron soñar, aquellos mismos que han hecho de esta ciencia una vara mágica para cambiar nuestra relación con el dolor, con el proceso de sanar, con nuestra piel.

Debo confesar que ésta ha sido para mí, desde la liberación, la más maravillosa de las citas. Tuve la gran alegría de hablar con Su Alteza Real, el Príncipe Felipe, cuando en Madrid fui a visitar a su Padre el mes pasado. En los minutos en que conversamos, quedé sobrecogida por la pureza de su mirada y la bondad que emana de su persona. De alguna manera, ya lo conocía un poco, a través de los relatos que mi madre me hizo de las personas que la ayudaron durante mi cautiverio. Ella siempre guardó el recuerdo emocionado de un encuentro en Argentina, donde, sumándose al compromiso firme y valeroso de la presidenta Cristina Kirchner, sintió en las palabras de aliento del Príncipe de Asturias mucho más que un apoyo protocolario. «Él siente como nosotros», me comentó, queriendo hacer el elogio de su gran humanidad. Este Premio, al llevar su nombre, es doblemente significativo para mí. No sólo porque es fruto de las más nobles intenciones del pueblo español, sino porque es encarnado por este joven Príncipe y por su bellísima esposa, quienes no han dejado de sorprendernos con la generosidad de sus gestos y la altura de sus sentimientos. Sí, la palabra «Concordia» les pertenece.

Contrasta esto con la cruel realidad que sufren mis hermanos cautivos en la selva, a manos de sus deshumanizados carceleros. Para ellos, hoy, no hay ni generosidad, ni respeto, ni familia, ni afecto. Como me sucede desde hace demasiados años, vuelvo a sentir la tristeza y la alegría tejiéndose simultáneamente en mí, y confirmo una vez más que no me sentiré totalmente libre, ni feliz, mientras quede alguno de mis compañeros preso en la selva.

Pienso, por lo tanto, que cogida de la mano de todos los que nos acompañan hoy, es necesario reflexionar en lo que podemos hacer por ellos. No sólo porque haciéndolo podemos estar contribuyendo a salvarlos, sino paradójicamente, porque creo que nos estaremos salvando también a nosotros mismos.

En las cíclicas repeticiones de la historia, veo con claridad que tenemos la oportunidad, una vez más, de ser aquéllos que rompen el círculo de las maldiciones. El año pasado, en esta misma ceremonia, se oyeron las voces de las víctimas del Holocausto. Quienes estaban aquí asistieron al doloroso cuestionamiento que ellos les hacían a sus propios vecinos, aquellos que los miraron en silencio partir hacia el infierno y que no hicieron nada.

¿Qué hubiéramos hecho nosotros? ¿Hubiésemos hecho como la mayoría, tratando de encontrar justificaciones a la infamia, para poder dormir en la tranquilidad de nuestra indiferencia? Todos queremos pensar que no. Todos quisiéramos vernos retratados del lado de los héroes anónimos que se jugaron la vida por salvar la de ese hombre, la de ese niño que sufrió.

La vida nos ha traído a la consciencia la realidad amarga de los que están presos de esa misma infamia en las selvas de Colombia, de esa misma locura revestida de otro uniforme, pero habitada de la misma crueldad. Hoy no podemos ignorar su situación y la de cientos de seres humanos que padecen la arbitrariedad de la intolerancia política, religiosa o cultural en cualquier lugar del mundo. En esta aldea global que es el mundo de hoy, todos somos vecinos. A diario podemos extender la mano y no lo hacemos.

Quiero contarles de esos vecinos míos, que nunca nos conocieron, pero que se movilizaron en el mundo entero para exigir nuestra liberación. Personas que podían quedarse en sus casas encerradas en sus propias preocupaciones, personas que no tenían, salvo su voz, ningún medio para ayudarnos. Ellos no tenían fortunas, ni tampoco poder, y mucho menos influencia. Sólo tenían el insoportable peso de dolor nuestro.

Estos vecinos nuestros rompieron el círculo vicioso de la indiferencia, y se pararon en la misma acera de los pocos, que hace años, no aceptaron el Holocausto. Lo que vino después, ya el mundo lo conoce: una red de seres humanos encontrándose en su barrio, su ciudad, su país, uniéndose con marchas, camisetas y banderines para salvarnos del olvido.

A partir de ahí, se dio un fenómeno extraordinario. Quienes sí tenían poder e influencia, oyeron y actuaron. No todos. Pero sí algunos que también hicieron la diferencia, que también cruzaron las aceras y se pararon del lado de los que no se resignan. Hablo de los jefes de Estado de España, Francia y Suiza. El Rey Juan Carlos, el señor Rodríguez Zapatero y su canciller el señor Moratinos, estuvieron siempre al lado de nuestras familias y de Francia para facilitar nuestra liberación. Su decisión de ayudarnos fue primero una decisión íntima, salida de su corazón, luego se convirtió en política de gobierno. Fueron cientos de reuniones, cientos de contactos, muchos riesgos y dificultades para buscar y lograr, adentrándose en la selva, el contacto con la guerrilla. Tengo la convicción que su decisión de no apadrinar operaciones de rescate de tipo militar con el objetivo de respetarnos la vida, fue el punto de partida para idear una operación sin armas, donde los únicos que corrían un riesgo de muerte eran nuestros salvadores. Si algunos de nosotros salimos vivos de ese cautiverio, fue porque todos ellos pusieron su voz al servicio de nuestra libertad.

En este día, cuando las bendiciones recaen tanto sobre los que reciben como sobre los que dan, qué bueno tomar consciencia del poder de la palabra que nos ha otorgado la Providencia.

Es claro que nuestro mundo debe cambiar y que cada uno de nosotros debe romper la maldición de su propia indiferencia. Esa transformación que nos urge, en momentos en que los rascacielos de las finanzas del mundo parecen desplomarse sobre nosotros, cuando las fragilidades de nuestra civilización se manifiestan con mayor claridad, esa transformación, que sentimos imprescindible, comienza en lo profundo de cada corazón.

Porque lo que se está cayendo es un mundo construido sobre la irresponsabilidad y el egoísmo. ¿Cómo pensamos salvar el planeta del calentamiento climático si no aceptamos consumir de manera diferente, y por lo tanto, si no aceptamos cambiar nuestros hábitos y nuestros placeres?

¿Cómo creemos que podremos sobrevivir a las mareas humanas de los que migran hacia Europa o Estados Unidos, si no aceptamos reconocerles el derecho a desear lo que nosotros deseamos?

Con nuestra palabra podemos reclamar otras relaciones, otros compromisos, otras soluciones. Podemos aceptar acuerdos comerciales menos buenos para nosotros, pero más justos. Podemos buscar mayores inversiones solidarias y menos rendimientos especulativos. Podemos ofrecer más diálogo y menos imposiciones por la fuerza.

Sobre todo, podemos no resignarnos. Porque resignarse es morir un poco, es no hacer uso de la posibilidad de escoger, es aceptar el silencio. La palabra, en cambio, precede la acción, prepara el camino, abre las puertas. Hoy debemos más que nunca usar la voz para romper cadenas.

Tengo la profunda convicción que cuando hablamos, estamos cambiando el mundo. Las grandes transformaciones de nuestra historia siempre fueron anunciadas antes. Así llegó el hombre a la Luna, así se cayó el muro de Berlín, así se acabó el apartheid. Así tiene que desaparecer el terrorismo.

Las guerrillas de Colombia deben oír desde aquí las voces de quienes reclamamos la Libertad de todos los colombianos. En este llamado se resumen las grandes reivindicaciones de la humanidad. Nadie puede sacrificar a un ser humano en el altar de su ideología, de su religión o de su cultura. Si las FARC no quieren ser consideradas como terroristas por el resto del mundo, tienen que rectificar su acción, repudiando el secuestro para siempre. La deshumanización de sus tropas, necesaria para poder mantener seres humanos encadenados durante largos años, es una responsabilidad que recae sobre sus comandantes. Los miembros del secretariado saben que el mundo los señala con severidad.

Desde Asturias, hacemos un desgarrador llamado a nuestros pueblos hermanos, en toda América Latina, para que impidan que el secuestro se generalice en nuestro continente. Pedimos que la droga que se produce en Colombia y en otras regiones no pueda transitar por los territorios de nuestras geografías, porque con la riqueza que genera se alimenta el terrorismo y se incrementa el secuestro. Pedimos que todos nuestros pueblos detengan el tráfico de armas porque esas mismas armas se utilizan en contra de nuestra población, para quitar la vida y la libertad de nuestros seres queridos. Pedimos que, en la consciencia de cada hogar, se castigue la corrupción, porque ella permite que quienes actúan para favorecer el crimen, no tengan que enfrentar la ley.

Sé que los pueblos de América Latina nos escuchan. Para traficar drogas, armas y conciencias se necesita el silencio de los vecinos. Que cada uno de nosotros cruce la acera y se pare del lado de los que hacen la diferencia, de los que no aceptan los holocaustos. La gente sencilla, con el escudo de sus convicciones y la espada de su voz, puede lograr grandes acciones: lo que hemos visto esta noche es prueba de que sí es posible cambiar la realidad que nos indigna cuando decidimos no silenciar la voz de nuestros corazones.

Los invito a imaginar un mundo donde el hombre culmine su destino, donde los valores del alma dicten las decisiones y el amor rija los pueblos. Quiero creer que este ritual que se desarrolla en Oviedo, hoy y cada año, es augurio elevado de las profundas transformaciones que se están produciendo en nuestros corazones y en el de nuestras naciones. Busquemos juntos los tesoros que se esconden en lo recóndito de nuestra alma y en los orígenes de nuestra civilización. Confiemos que todo es posible, si así Dios lo quiere, y que de las contradicciones que vivimos hoy pueda salir un nuevo mundo, ese que seguimos buscando después de Colón, el que desde Oviedo reclamamos, el mundo de la Concordia.

Palabras de S.A.R. el Príncipe de Asturias

Con la honda emoción que sentimos al celebrar cada año esta entrega de nuestros Premios y con la satisfacción y la alegría de tener entre nosotros a personas e instituciones merecedoras del más universal reconocimiento, nos reunimos nuevamente en Oviedo, capital de esta querida tierra de Asturias. Una tierra y una ciudad que nos acogen siempre cálida y generosamente, y que vuelven a ser el faro desde donde se iluminan, en un día como este, los más generosos sueños, los más sentidos deseos de concordia y de progreso para los hombres y mujeres de la Tierra.

A nuestros galardonados, que con su obra y su ejemplo hacen más esperanzada y más rica la existencia humana, les damos nuestra más cordial enhorabuena. A las personalidades, representaciones institucionales, y a todos los que han querido acompañarnos para engrandecer esta gran celebración cultural, nuestra gratitud más profunda.

Además, a quienes han venido de fuera de España les damos la bienvenida a este hermoso Principado de Asturias, cuna de gestas históricas, de creaciones culturales únicas y privilegiado espacio natural que los asturianos han sabido conservar y acrecentar.

Damos las gracias, también de modo especial, a quienes nos ayudan a hacer posibles nuestras aspiraciones. A los gobiernos de España, de Asturias, al Ayuntamiento de esta ciudad, a los patronos y protectores de la Fundación, a los componentes de los distintos Jurados, a los medios de comunicación, a los asturianos, que con tanto cariño acogen nuestras iniciativas, y a muchas personas anónimas que nos alientan en nuestro trabajo, y se sienten solidarias con nuestros altos fines.

La cooperación de todos ellos ha logrado la brillante trayectoria que desde hace casi treinta años han dibujado nuestra Fundación y sus Premios. Ese éxito no es para nosotros una meta, por muy alta que sea, sino un estímulo para llegar más allá pues, como decía don Quijote, preferimos caminar aun antes de que amanezca. Y hemos querido hacer nuestro camino -ya largo- con humildad, procurando también que en todo momento nos guiase la prudencia, que, como dice una cita milenaria, es luz cuya claridad no anochece.

En ese camino la Fundación ha vivido un relevo en su Presidencia. Agradecemos a Matías Rodríguez Inciarte, su ilusión por conducirnos hacia el futuro con la confianza que le da admirar nuestra trayectoria. Precisamente en ella, queremos hoy rendir un profundo homenaje de gratitud a nuestro querido José Ramón Álvarez Rendueles, que en la estela de sus predecesores Plácido Arango y Pedro Masaveu, nos ha presidido durante los últimos doce años con gran entrega, generosidad y lealtad.

Me gustaría ahora dedicar unas palabras a nuestros galardonados, que son los verdaderos protagonistas de este acto solemne que organiza y convoca cada año nuestra Fundación, a la que vemos como una fábrica de sueños que se van realizando al servicio de España, pues la grandeza de una Nación se mide también por lo que entrega generosamente al mundo para hacerlo mejor, para luchar contra todas las formas negadoras de la esperanza en el ser humano y en su futuro.

La música ha sido concebida siempre como una de las artes superiores, poseedora de un gran poder transformador, no sólo por ser la expresión de lo bello, sino también porque es, sin duda, el arte que se halla más cerca de la armonía, el más sublime medio para transmitir sentimientos y comunicar emociones. Porque es muy cierto, como se ha dicho de mil maneras, que la misión del arte trasciende el horizonte de lo estético para proyectarse con fuerza a otros campos como la formación humanística, la promoción social y el compromiso ético. El bien y la belleza, como nos dejó escrito Octavio Paz, son inseparables. Ejemplo de todo ello es el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, que ha recibido el Premio de las Artes.

Millones de personas en el mundo sentimos a diario el efecto benéfico de la música, su facultad para unir, para liberar los corazones, para emocionar. Estas capacidades se hacen realidad en estas jóvenes orquestas. Pero además, y como ha dicho su creador, el compositor José Antonio Abreu, sus beneficios, que se extienden a toda la sociedad, son particularmente muy visibles en la juventud venezolana, al hacer crecer en ella, con fuerza incontenible, los sentimientos de solidaridad y autoestima.

Así, el Sistema, que ha dado formación musical a centenares de miles de niños, muchos de ellos víctimas de la pobreza, el desarraigo y la marginación social, ha hecho realidad los retos más difíciles que en su día se planteó el maestro Abreu. Por recordar ahora un solo ejemplo, subrayamos el de Gustavo Dudamel, uno de sus alumnos más señalados y aventajados que, hoy con sólo 27 años, ha sido ya director de importantes orquestas del mundo. Todo un símbolo de lo que la música y el trabajo hecho con fe, sacrificio y entrega pueden llegar a alcanzar.

El Premio de Cooperación Internacional se ha concedido a cuatro organizaciones que lideran la lucha contra la enfermedad de la malaria en África. Se trata del Centro de Investigaçao em Saúde de Manhiça, en Mozambique, creado y dirigido por los doctores españoles Pedro Alonso y su esposa, Clara Menéndez; el Ifakara Health Institute, de Tanzania; The Malaria Research and Training Center, de Mali, y el Kintampo Health Research Centre, de Ghana.

Los datos de esta enfermedad son tan rotundos como sobrecogedores: la malaria amenaza al cuarenta por ciento de la población mundial y es endémica en más de cien países; anualmente fallecen por su causa más de un millón de personas; los niños son sus principales víctimas y está considerada una de las principales causas del subdesarrollo de África. De ahí la trascendencia de la labor que desempeñan estas cuatro organizaciones en las zonas de este continente que constituyen lo que se ha llamado «la nación de los pobres»; una nación sin fronteras geográficas, donde se asientan el hambre, conflictos de todo tipo, la enfermedad, donde, al vivir en tan trágicas condiciones, falta la libertad fundamental: la libertad de cada persona para elegir su propio destino.

En todos los continentes, en todos los países del mundo, hay rincones de pobreza. Pero África sufre, de entre todas las pobrezas, la más atroz y la más absurda. Los hambrientos de África desfallecen en un continente que también alimenta cultivos exuberantes y que alberga gran parte de las riquezas minerales y energéticas del planeta. Las cuatro beneméritas organizaciones que hoy distinguimos con especial admiración trabajan heroica y humildemente unidas, "como una pequeña familia" según ha declarado el doctor Pedro Alonso. Pero nosotros sabemos que son mucho más, que les mueve una hermosa ambición: la de erradicar el dolor, el sufrimiento; la de vencer a una enfermedad que se ensaña con los más indefensos, para ganarle definitivamente el pulso al binomio endiablado de pobreza y enfermedad que lastra el progreso – y hasta la esperanza – en tantos lugares de gran necesidad en el mundo.

El Premio de Investigación Científica y Técnica lo han recibido, por sus extraordinarios méritos, cinco científicos expertos en Ciencia de Materiales y Nanotecnología, una disciplina que trabaja con la materia a escala atómica para estudiar, diseñar y fabricar aparatos, materiales y sistemas novedosos con propiedades únicas y controladas, que son, además, fundamentales –curiosamente- para el desarrollo sostenible del planeta y para la lucha contra la pobreza y la enfermedad. Sus trabajos contribuyen de forma decisiva a la salud humana, al ahorro energético y a la utilización de nuevas fuentes de energía limpias, al tiempo que permiten afrontar fascinantes desafíos y romper fronteras tecnológicas.

Uno de los problemas más graves a los que se enfrenta la Humanidad es el de la preservación del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático. Para ello reducir a niveles sostenibles nuestra dependencia de los combustibles fósiles, especialmente del petróleo, y frenar el amenazador calentamiento global es uno de los mayores retos científicos y tecnológicos actuales.

Los nanotubos de carbono del físico Sumio Iijima son excelentes candidatos al almacenamiento seguro del hidrógeno, uno de los combustibles ecológicos del futuro. Ultraligeros y ultrarresistentes, encuentran también aplicación en campos como la electrónica y la computación.

Las bombillas ecológicas del inginiero Shuji Nakamura, conocidas como LED, evitan la combustión de millones de toneladas de carbón y se perfilan como la luminaria del futuro. Actualmente suponen una solución muy socorrida en zonas subdesarrolladas, con pocos recursos energéticos. Estas zonas también se pueden beneficiar de los LED ultravioleta para la potabilización de forma eficiente y económica del agua, uno de los recursos naturales más escasos en algunas zonas del planeta e imprescindible para la vida.

El ingeniero Robert Langer ha querido que los materiales tengan fines médicos. Él es pionero en la denominada liberación inteligente y controlada de fármacos. Sus materiales actúan de mensajeros que viajan por el cuerpo humano transportando medicinas que han salvado millones de vidas humanas, haciendo frente a terribles enfermedades como el cáncer. Padre de la ingeniería de tejidos, ha utilizado también sus revolucionarios biomateriales para el crecimiento controlado de órganos artificiales.

Al químico George Whitesides le debemos ingeniosas y eficientes técnicas de fabricación en ese mundo de lo infinitamente pequeño. Emulando a la Naturaleza, ha encontrado las condiciones adecuadas para que átomos y moléculas se autoensamblen y los materiales se fabriquen a sí mismos. Por otra parte, su litografía blanda se comporta como una poderosa nanoimprenta, capaz también de dirigir esa sutil danza de átomos y moléculas. Mediante estas técnicas es posible, por primera vez, construir cantidades significativas de materiales con propiedades nuevas y sorprendentes para fines muy específicos.

La energía solar, limpia, gratuita e inagotable, necesita para su utilización de óptimos sistemas de captura. Para ello el químico Tobin Marks ha trabajado desarrollando una nueva generación de celdas solares orgánicas, de gran eficiencia y bajo coste económico. A él le debemos también una amplia variedad de plásticos y materiales reciclables e inocuos para el medio ambiente, moduladores para la transmisión eficiente de datos y un prototipo del futuro papel electrónico.

Los logros de estos cinco científicos demuestran, una vez más, la trascendencia de la dimensión social de sus trabajos, especialmente cuando favorecen el progreso incluso de las zonas más deprimidas del mundo. Son, en definitiva, un claro ejemplo de ese apasionante y trascendental papel de la ciencia: entender cada vez más cómo funciona el mundo material, y mejorar nuestras vidas, haciéndolas más agradables o liberándolas de sufrimientos.

Sin ninguna duda, otro importante paso en el progreso tecnológico lo ha dado el buscador de Internet «Google», nuestro Premio de Comunicación y Humanidades de este año. Nacido de la inteligencia, los sueños y los deseos de dos jóvenes, Sergey Brin y Larry Page, que se habían conocido en la Universidad de Standford, se ha convertido en un instrumento fundamental para el desarrollo de la cultura humana.

Desde la más remota antigüedad, los seres humanos hemos buscado la forma más eficaz y rápida de comunicarnos. Los más hermosos monumentos, las bibliotecas legendarias, las diversas técnicas de escritura y de edición, los medios de transporte, todas son formas de convertir en realidad el ansia de transmitir y recibir información y conocimientos, el anhelo de explicar y entender el mundo. Google es una forma nueva, eficaz y extraordinariamente rápida de lograr ese sueño, poniendo en segundos, al alcance de millones de personas, un inmenso caudal de información. La creación de Google Earth y el buscador de libros están poniendo progresivamente también a nuestro alcance los más remotos rincones de la Tierra y la producción intelectual de siglos de civilización.

Es también por ello, y sobre todo, un instrumento útil en la lucha contra el subdesarrollo, y así lo ha reconocido la UNESCO, que ha emprendido de forma conjunta con Google el llamado Proyecto de Alfabetización. Sus responsables han afirmado, con razón, que sienten un profundo orgullo al comprobar cómo Google, que nació del deseo de ayudar a las personas a encontrar información, se utiliza además para compartir ideas, para facilitar la búsqueda de soluciones a la incultura, la ignorancia y la falta de información.

Se ha concedido el Premio de Ciencias Sociales al escritor búlgaro de nacimiento y francés de adopción Tzvetan Todorov, excelente lingüista, semiólogo, historiador de las ideas y teórico de la literatura: un verdadero humanista contemporáneo.

Formado en la mejor escuela francesa, aprendió a ver en los textos el sutil tejido que los cohesionaba, que les daba sentido, hecho de una larga tradición literaria, mezcla de origen culto y popular. Su infinita curiosidad le llevó también a indagar en el terreno histórico, reencontrándose allí con otro de sus campos de investigación: los signos, la comunicación, los mecanismos del lenguaje. Una excelente prueba de ello son sus estudios sobre el descubrimiento de América, al que define como el encuentro más asombroso de la historia de la Humanidad, el momento en el que los hombres descubren la totalidad de la que forman parte.

Son muy sobresalientes y sugestivos también sus estudios sobre esa gran cumbre del pensamiento de Occidente, sobre la Ilustración, para ensalzar su espíritu y sus luces, situarla en nuestro tiempo y reivindicarla como seña de nuestra identidad europea. Una identidad que él la afirma también como basada en la renuncia a la violencia, en el perdón, en la reconciliación y en la vida en común. Su condición de «hombre desplazado», víctima en su país de la larga noche del totalitarismo, le permite tener una perspectiva alejada de todo sectarismo e imposición ideológica y estar convencido de los beneficios de la proximidad de los otros, de los que no piensan de la misma forma.

Todorov afirma que la inmigración es siempre una fuente de riqueza, de dinamismo y de energía. En España conocemos bien el fenómeno migratorio y, dentro de ella, en esta tierra, que ha sido espacio de emigración durante siglos. Pero al referirnos a esa afirmación, queremos expresar el profundo dolor que sentimos cada día al ser testigos de la tragedia de tantas mujeres y tantos hombres que intentan cruzar las fronteras huyendo de la pobreza y de la falta de oportunidades, con la esperanza de encontrar una vida mejor, a la que todo ser humano tiene derecho.

Un drama que nos conmueve y que provoca en nosotros, angustia y tristeza, sobre todo cuando vemos que en muchas ocasiones viajan niños que a veces llegan moribundos y en cuyo corazón, como escribió Camus, es posible que pueda caber todo el dolor del mundo.

La canadiense Margaret Atwood, considerada una de las escritoras más importantes de nuestro tiempo, ha recibido el Premio de las Letras. Poeta, narradora, ensayista y original conferenciante, con su dominio del arte de escribir, asentado en un profundo conocimiento de los clásicos, ha creado bellísimas obras que a la vez están hondamente comprometidas con la realidad social y con la defensa del humanismo. En sus versos se mezcla la emoción lírica con un profundo compromiso ético, inseparable siempre de la gran literatura. En sus escritos en prosa se advierte su condición de finísima observadora de las relaciones humanas y, al mismo tiempo, de luchadora contra la injusticia social.

Firme defensora de la libertad de expresión, es asimismo una fiel aliada de la preservación de la naturaleza, a la que evoca en páginas llenas de intensidad y de fuerza crítica. Particularmente importantes y originales son sus ideas sobre el feminismo, sobre el que ha escrito desde posiciones siempre independientes y al que ha dedicado ensayos muy lúcidos, alentando y celebrando las legítimas y prometedoras conquistas de la mujer, y advirtiéndonos a la vez de los peligros que suscita la posibilidad de que esos logros caigan en la pobreza de lo tópico.

En su rica obra literaria, que siempre ha querido que sea transparente como el cristal, divertida y cercana a la comprensión del lector, va de la alegoría a la parodia, de la expresión llena de emoción poética al ataque certero con agudo ingenio contra la intolerancia. Su conciencia libre le permite enfrentarse a la injusticia en todos los ámbitos, y la combate con su palabra sutil, sugerente, alejada de cualquier dogmatismo.

Por todo ello, gracias a su honradez intelectual, a su independencia de juicio, se ha convertido en una referencia moral para muchas mujeres y hombres de todo el mundo.

El pasado 3 de septiembre recibimos con gran alegría la noticia de que el Jurado le había concedido a Rafael Nadal el Premio de los Deportes. Sobre este escenario, en años anteriores, hemos entregado el galardón a otros deportistas con deslumbrantes carreras y acostumbrados a la gloria. Y les hemos elogiado por su espíritu de sacrificio, por sus cualidades excepcionales, Pero, también, por sus valores humanos. Hoy nos acordamos especialmente, con cariño y preocupación de Severiano Ballesteros, que como él ha dicho está jugando el partido por la vida misma.

Aquellas cualidades y valores los vemos en Rafa Nadal, que nos admira con cada victoria, porque además, en todas hace gala de una humildad, de una sencillez, que tan sólo los más grandes son capaces de sentir de esa manera. Pero nos admira aún más que nunca se olvida de los que sufren, de los que luchan contra el dolor.

Porque Nadal es, además de un tenista genial, un gran ser humano, un joven agradecido. Nunca deja de resaltar con el más profundo cariño la influencia fundamental en su vida de su familia, de sus abuelos, de sus padres, de sus tíos, de su tío Toni, que es mucho más que su entrenador. Ellos han sabido guiarle por la siempre difícil senda del éxito, animándole a ir de la mano de la autenticidad, de la sencillez y de la grandeza de espíritu.

Ha afirmado Rafa que lo importante no es ser buen deportista, que lo importante es ser buena persona. Y ha demostrado ser ambas cosas, pues desde la cima y con sus laureles, es solidario y además, se siente siempre feliz con los éxitos de sus compañeros de otras disciplinas, como recientemente expresó con júbilo en los Juegos Olímpicos de Pekín y en campeonatos como la Copa de Europa de fútbol o de baloncesto.

Su comportamiento y sus sentimientos son un gran estímulo para los niños y los jóvenes, quienes, además de seguir con entusiasmo sus éxitos deportivos, aprenden de él su actitud caballerosa y llena de generosidad. Quizá este sea uno de sus mayores logros, pues, desde lo alto del pódium, resalta los aspectos más emotivos y pedagógicos del deporte, como cuando, con legítimo orgullo, dice que ser español es para él una motivación extra. «Ganar» -ha afirmado- «siempre es mucho más bonito cuando juegas por tu país».

Por su sereno patriotismo, por su fortaleza ante la dificultad, por sus triunfos, por su humildad y por su ejemplo, Rafa Nadal se ha ganado para siempre la admiración de todos dentro y fuera de España.

Aún hoy sentimos con emoción el inmenso alivio y la alegría que nos conmovió allá por el mes de julio cuando supimos del final del largo y tortuoso cautiverio de Ingrid Betancourt. Al entregarle hoy este Premio de la Concordia, reconocemos en ella a una persona que, como afirma el Acta de concesión del jurado, «personifica a todos aquellos que en el mundo están privados de libertad por la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la violencia terrorista, la corrupción y el narcotráfico». Miles de personas que, en cualquier rincón del planeta, viven de espaldas al bien inexcusable de ser libres y a las que recordamos uniéndonos a las plegarias de Ingrid Betancourt, para que nunca las abandone la esperanza.

Ingrid Betancourt, que se ha visto sometida a una durísima prueba, enfrentada súbitamente a la indefensión, a la humillación, al dolor físico y psíquico, lucha ahora para dejar atrás definitivamente aquellos años de sufrimiento y de miedo, y nos dice que la respuesta a la venganza es la compasión; que se puede responder con razones a la sinrazón, y que la esperanza y el amor a la vida logran abatir las barreras más temibles de crueldad y de odio.

Unos hermosos versos de Salvador Espríu rezan así:

Los hombres no pueden

nunca ser

si no son libres,

Es cierto: los seres humanos no podemos vivir sin libertad. Sobrevivimos sin ella, pero no vivimos con plenitud. Esta es la lección más profunda que podemos extraer de la experiencia de Ingrid Betancourt. Y quienes tenemos la fortuna de poder denunciar situaciones tan injustas y tan duras, debemos defender la dignidad, la felicidad y el bienestar del ser humano en libertad. Por todo ello, reconocemos esta tarde su heroica resistencia, su victoria, la ausencia de rencor en su corazón, la grandeza de su ánimo.

Quisiéramos asimismo recordar con cariño a las catorce personas que compartieron con ella su liberación, llevada a cabo de un modo impecable y valiente por las Fuerzas Armadas colombianas a las que felicitamos y a las que animamos en su trabajo sufrido y arriesgado. Animamos también a los gobiernos que, como el de nuestra hermana Colombia, trabajan por la consolidación del sistema democrático, las libertades cívicas, la convivencia pacífica y el final definitivo de problemas tan injustos y graves para la seguridad y la salud; para la estabilidad regional y las necesidades de desarrollo económico y social.

Señoras y Señores,

A lo largo de estos años, muchos de nuestros premiados nos han alertado sobre los retos a los que la Humanidad se enfrenta en estos comienzos del siglo XXI. Y muchos nos han hablado con lucidez y preocupación sobre distintos aspectos de un proceso en el que llevamos inmersos varias décadas: la Globalización, que ha impulsado el acercamiento imparable de las Naciones hasta formar una auténtica aldea global, en la que -más que nunca- compartimos el futuro de nuestros destinos y las consecuencias de nuestras acciones.

En este marco, aprovechemos las oportunidades que nos ofrece la universalización de los sistemas de comunicación y transmisión del conocimiento. Trabajemos unidos para estabilizar y sanear, cuanto antes, el sistema financiero internacional. Busquemos entre todos encauzar correctamente la presión del desarrollo humano sobre el medio ambiente de nuestro planeta. Hagamos frente solidariamente a los desastres naturales y a las grandes emergencias. Y unamos nuestros esfuerzos para luchar con eficacia y mediante los instrumentos del Estado de Derecho contra el terrorismo, y contra todas las formas de crimen organizado.

Estas realidades globales del mundo interdependiente en el que vivimos afectan a aspectos esenciales de nuestra existencia y condicionan nuestra libertad, progreso o bienestar. Y, por ahora, carecen de soluciones globales eficaces. Hemos oído reivindicar, desde este mismo escenario, la necesidad de respuestas colectivas a muchos de los retos mencionados; y sin embargo, pese a su importancia y aun reconociendo el valor y el esfuerzo de muchas iniciativas de distinto signo y origen, no se han abordado con la necesaria convicción, celeridad y contundencia.

La reciente crisis financiera ha puesto de relieve tanto la verdadera amplitud y profundidad de ese proceso, como la necesidad urgente de superar los grandes riesgos y desafíos que plantea esta comunidad global que estamos construyendo. Revela lo imprescindible que resulta para las sociedades y los Estados tomar conciencia de la necesidad de que las instituciones ordenen y regulen la globalización; en definitiva, para ofrecer mayor confianza y esperanza a todos los habitantes del planeta.

La gestión de este proceso requiere un gran esfuerzo de cooperación y concertación mundial. Precisa de un impulso, equilibrado y respetuoso con las responsabilidades de los Estados, al tiempo que audaz, para que podamos hacer frente con determinación y visión de futuro a los retos que plantea. Para que así también se puedan aprovechar mejor las ventajas que nos proporciona a todos este nuevo escenario mundial.

Las tres últimas décadas son la muestra evidente de la voluntad de España de construir su futuro sobre la solidez de los valores democráticos y de situarse activamente en el escenario internacional. Sobre esas bases, estoy convencido de que España está decidida a contribuir a ese gran esfuerzo multilateral para encauzar el proceso de globalización.

Y por ello y al hablar de nuestro país me gustaría terminar mis palabras, evocando otros acontecimientos importantes que también cambiaron para siempre el rumbo de nuestra historia y que tuvieron gran influencia en muchos lugares del mundo. Este año conmemoramos el bicentenario de la Guerra de la Independencia y el 30 aniversario de nuestra actual Constitución; y además, estamos ya preparando los bicentenarios de la Independencia de las Repúblicas hermanas de América y de la Constitución de Cádiz, la primera Constitución liberal de lo que hoy llamamos Iberoamérica.

Todos ellos, de forma pacífica o con muy duros sacrificios, fueron caminos emprendidos en busca de la libertad y la justicia, pasos trascendentales en la evolución hacia una sociedad avanzada y democrática, gobernada bajo el imperio de la Ley. Son también, como todos los grandes acontecimientos históricos, ejemplos para el futuro. Los españoles, y sobre todo los más jóvenes, debemos meditar sobre ellos y aprender de los errores, de los fracasos, de las glorias y de los éxitos, para no repetir nunca más aquello que nunca debió suceder y para ensalzar todo lo bueno, lo que nos ha transformado en una gran nación: en la España democrática, diversa, plenamente integrada en Europa, dueña de su destino, y de la que tan orgullosos nos sentimos.

España está en el ayer, en su gran historia, pero, sobre todo, está en el mañana. Por ello, estas lecciones del pasado y las nieblas que suelen interponerse ante la mirada al futuro, no pueden impedirnos ver con claridad que estamos ante un mundo nuevo, muy distinto al del siglo XX, más ancho y más complejo, con nuevos y poderosos interlocutores, que anuncia profundas modificaciones en el modo con el que hasta ahora lo hemos concebido, vivido y administrado.

Como toda época de transición y de cambios tan rápidos y profundos, la actual está repleta de riesgos y de incertidumbres, pero también de oportunidades y de esperanzas. No es un viaje rutinario el que tenemos ante nosotros. Adentrarse en ese nuevo tiempo exige -más que en cualquier otra ocasión- acierto en el rumbo y firmeza en su conducción; y requiere de una decidida voluntad común basada en la solidaridad entre todos los españoles que les ilusione, de confianza y seguridad. Es un viaje para el que es imprescindible que todo ese esfuerzo se sustente en las fuentes del humanismo y de la ética, que alimentan lo mejor de la vida humana.

La historia también nos enseña que una de las claves del progreso de la humanidad es la capacidad de las personas y de las sociedades para adaptarse a los avances tecnológicos. Por eso, tenemos que ser conscientes de que la educación de nuestros jóvenes y la formación de nuestros ciudadanos forman uno de los ejes principales de nuestro futuro bienestar. Una educación actualizada permanentemente, con una visión universal y basada en el esfuerzo, en el trabajo bien hecho, y en la conexión eficaz con el mercado laboral.

Asimismo, la innovación, la investigación científica y las nuevas tecnologías deben estar en la raíz misma de nuestro tejido productivo, asegurando la competitividad de nuestras empresas en el mercado global donde desarrollan hoy su actividad. Pues solo así, en esta Sociedad del Conocimiento en la que ya vivimos, se creará y distribuirá riqueza y se generará empleo, una de las mayores preocupaciones de los españoles.

Este es, por ello, más que nunca el momento de pisar el terreno firme de los grandes principios y valores que son el alma y la razón de ser de nuestros Premios. Aquellos que apoyan nuestra fe en el porvenir y refuerzan nuestra determinación de construir un mundo que queremos más próspero pero, sobre todo, más sostenible y más solidario, mucho más justo y siempre libre.

Cada año, nuestros premiados enriquecen nuestras ideas y nos recuerdan la importancia del ejemplo con sus propias trayectorias. Sigamos entonces reconociendo en ellos a quienes buscan la verdad y la belleza, a quienes trabajan por la paz, el bienestar y la libertad de todos, a quienes, en fin, ayudan a construir esa ciudad siempre inacabada de un mundo mejor.

Muchas gracias.

Fuente: Fundación Príncipe de Asturias - EuroWeb Media, SL.


Datos:


Dirección postal: Calle Pelayo, 2. 33003 Oviedo. Asturias (España)
Dirección digital: 8CMP8WW7+WH
Clasificado: Princesa de Asturias › Premios Princesa de Asturias › Ceremonia de entrega de los Premios


Información relacionada

› Turismo en Oviedo

› No te pierdas

› Playas

› Rutas

› Turismo activo

› Naturaleza

› Patrimonio

› Gastronomía

› Sidrerías

› Restaurantes

› Fundación Princesa de Asturias

› Eventos

› Transportes

› Información práctica

› Sobre Asturias