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Cabalgata de Reyes de Oviedo 2006
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Los Reyes Magos tuvieron en la tarde-noche mágica del 5 de enero una grandiosa acogida en Oviedo, que compensó de sobra el largo y fatigoso viaje desde Oriente. Primero tuvo lugar la recepción de Sus Majestades con los niños en la plaza ovetense de Trascorrales a la una de la tarde. Tras la comida y el reparador descanso, comenzaba a las seis y media un colorista y renovado desfile de la caravana de Oriente, que fue seguido por miles de personas.
La comitiva salió de la Escuela de Minas. Escuadrones de jinetes y ejércitos romanos acompañaron al Príncipe Aliatar y a sus seis ayudantes, que abrieron el desfile bajo los acordes de la Banda de Cornetas y Tambores «Nuestra Señora de la Soledad» de León.
Seguidamente, desfilaron, entre otros, la corte de dignatarios de Turfan, la de Omán, los diáconos de Babilonia, el Gran Khan de Manchuria, los pastores de Galilea junto a la Banda de Gaitas «Ciudad de Oviedo» y un rebaño de 225 ovejas. Los Reyes, subidos a renovadas carrozas diseñadas en 1956 por el asturiano Gil Parrondo (oscarizado director artístico), estrenaron para la ocasión lujosos trajes.
Después de salir de Minas y, tras cruzar la calles Independencia, Uría y San Francisco, la comitiva llegó a la plaza de la Catedral, donde los Reyes provocaron el delirio de los pequeños al bajar de sus carrozas en la plaza de la Catedral para la tradicional adoración de Jesús. Tras esta obligada parada, se siguió por el Águila, Jovellanos, Argüelles, la plaza del Carbayón, Alcalde García-Conde, Covadonga, Melquiades Álvarez y de nuevo Independencia.
Fue, en suma, un gran espectáculo, con más de 2.000 participantes (príncipes, emires, diáconos, embajadores, romanos...), caballos de alta escuela, camellos, más de diez bandas de música..., que entusiasmó a la multitud.
Banda de Gaitas de la Ciudad de Oviedo
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Se constituyó en noviembre de 1992 . Se creó con la intención de participar en los eventos del concejo de Oviedo además de ayudar a difundir la música tradicional asturiana.
Pese a ello realiza numerosas actuaciones fuera de la ciudad, ha visitado lugares como Madrid, Galicia, León, Zamora, Sevilla..., ha viajado a la ciudad alemana de Bochum para participar en actividades de estrechamiento de los lazos de hermanamiento con aquella Ciudad, así como a Miami, en Florida y San Remo, en Italia. Actualmente realiza unas 85 actuaciones anuales.
Fiesta de Antroxu o Carnaval de Oviedo 2006
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El Antroxu o Carnaval de Oviedo se celebró en 2006 los días 3 y 4 de marzo (viernes y sábado).
Ésta es una fiesta que, año a año, va ganando en ambición, espectacularidad, colorido, participación y animación, con numerosos desfiles y concursos de disfraces. Sin olvidarnos de su vertiente gastronómica: pote, frixuelos, arroz con leche y casadielles componen el menú tradicional.
El Antroxu ovetense de 2006 comenzó la tarde del viernes 3 de marzo, con las actividades infantiles programadas, a partir de las cinco y media de la tarde, en el Palacio de los Niños, sito en el Parque de Invierno. En el exterior del mismo hubo una gran chocolatada y un paseo por sus inmediaciones en un pequeño tren; dentro, varios espectáculos (Laboratorio de sonido, López y familia y El chico valiente), talleres y, a partir de las seis y media, concursos de disfraces con buenos premios.
A las 10 de la noche del viernes, en la plaza de la Catedral, fue Vaudí, cantante brasileño afincado en Oviedo, el encargado de animar el ambiente con un espectáculo de capoeira, batukada y samba. Le siguió un espectáculo teatral, Hechizos carnavalescos, a cargo de la compañía asturiana de teatro Margen, y una degustación gratuita de queimada. Por último, y como plato fuerte de estos Carnavales ovetenses, actuó el cantante asturiano Dark la eMe, quien presentó los temas de su nuevo disco, Chigre y dragón, en un concierto en el que, además de su banda, Jazz FM Band, le acompañaron Anabel Santiago, Vaudí, Cai, Héctor Braga y Carmen.
La jornada festiva del sábado comenzó a las cinco de la tarde con un animado, imaginativo y multitudinario pasacalles, que, partiendo de la plaza de América, recorrió las calles más céntricas de Oviedo (Marqués de Teverga, Gil de Jaz, Uría, Doctor Casal, Melquíades Álvarez, Palacio Valdés, Escandalera, San Francisco, Porlier) y llegó hasta la plaza de la Catedral, donde, a su término, hubo concursos de disfraces.
A las 8.30 de la tarde iba a comenzar el Gran Entierro de la Sardina, que ponía fin al Carnaval ovetense, pero la intensa lluvia que caía obligó a suspenderlo, impidiendo que un cortejo de criaturas de mundos lejanos, aventureros del tercer milenio e insectos gigantes acompañaran en su último viaje a la Sardina, antes de ser devorada por las llamas de fuego en un grandioso entierro. En él iban a participar varias compañías, con protagonismo para Malabar, compañía de teatro y circo creada en 1980 en Montpellier (Francia), que participó en las conmemoraciones del centenario de la Torre Eiffel (París) y la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Albertville (Estados Unidos), y cuyo futurista espectáculo (Helios II) combinaba música, baile, pirotecnia, extraños artilugios y elementos circenses. Junto a ella estaba prevista la actuación de la extremeña Samarkanda Teatro (Vulcano), las valencianas Teatre de Llul ( Foc I Canya) y Visitants (Fam de Foc), las catalanas Le Cremallera Teatro (La Fundición Infernal), Espacio-e.Producciones (Romanus Barbarus) y Sarruga Producciones ( Insectos) y las asturianas Margen ( Sardina Pirotécnica), Kamante Teatro ( La Gran Dama) y Con Alevosía Teatro (3017), con unos espectáculos que transportaban a un viaje por los Sueños.
Muestra Etnográfica en la Plaza de Trascorrales
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Muestra Etnográfica en la Plaza de Trascorrales se encuentra en la población de Oviedo —que cuenta con 175331 habitantes (según censo oficial de 1996)— formando parte de la parroquia de Oviedo en el Concejo de Oviedo del Principado de Asturias.
Día de América en Asturias 2004
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Declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, el Día de América en Asturias (19 de septiembre) es un gran desfile folclórico y de carrozas que nació como un homenaje a los emigrantes asturianos y a los países que los acogieron. El desfile –uno de los más multitudinarios de España– identifica y simboliza las bulliciosas fiestas de San Mateo (21 de setiembre), la diversión más popular y prolongada existente en Oviedo, con la que esta ciudad se vuelca.
En este año 2004 se celebró su 54ª edición –con un presupuesto de 200.000 euros–, copando como viene siendo habitual el centro de la capital del Principado de Asturias. Pero en esta ocasión cambiaron las tornas, y el homenaje fue para Ecuador, en concreto para la numerosa comunidad ecuatoriana asentada en Oviedo (más de 2.000 residentes en la capital). También hubo un reconocimiento a la ciudad estadounidense de Tampa (Florida), hermanada con Oviedo, ya que las reinas de América presentes en este acontecimiento provenían de allí.
Alrededor de 75.000 personas siguieron el desfile, que fusionó con acierto la tradición asturiana y el colorido de tierras latinas. Dio comienzo a las 5 de la tarde en la Losa, de donde salieron más de una treintena de «pasos», incluyendo carrozas (17), grupos de baile y bandas; en total, 1.500 personas que inundaron de color y música las calles ovetenses. De la plataforma de la Losa la comitiva continuó por Independencia, Uría –donde estaba instalada la tribuna de autoridades–, Marqués de Santa Cruz, Santa Susana, avenida de Galicia, plaza de América, Marqués de Teverga y Escuela de Minas.
Encabezó la cabalgata el tradicional y arraigado desfile de «haigas» en homenaje a los vehículos que el emigrante asturiano utilizaba ya de regreso en su añorada tierra asturiana. Le siguió la Banda de Música «Ciudad de Oviedo» y la carroza de Ecuador, sobre la que iban «Las Vírgenes del Sol», que estuvieron acompañadas por el baile de grupos del país («Quitus», «Ayapacha» y «Yairina»). De allende los mares también tuvieron representación Colombia, Cuba, Venezuela, Méjico y Brasil, que desplegaron en artesanales carrozas lo más bello de su cultura autóctona. Asimismo, la tradición más asturiana estuvo muy presente, recreada con acierto por grupos de baile de Valdesoto (Siero), Villaviciosa, Oviedo..., bandas de música de Mieres, Porrúa (Llanes), Oviedo, Navia, Cudillero..., y carrozas («Las lavanderas» de Ules, «El gallu la quintana» de Gijón, «La Granja de San Román» de Sariego, «D'ayeri a güei» de Valdesoto...). También se sumó Europa, con los italianos del grupo «Sbandieratori di Arezzo», que, ataviados al estilo medieval, se lucieron con su espectacular manejo y exhibicionismo de bandas. Estos abanderados precedieron a la impresionante carroza de tres plataformas –decorada con grandes monteras piconas– para la reina y damas de Asturias, todas vestidas de llaniscas.
Historia de un desfile
A finales de los años 40, un artesano valenciano que hacía «gigantes y cabezudos» le comentó a Alfonso Iglesias en La Escandalera: «Tienen ustedes una de las calles más bonitas de España para desfiles y cabalgatas». La frase no cayó en saco roto para el dibujante de Pinón, Telva y Pinín, que había sido fundador y animador de la SOF desde 1947 y que participaba en la comisión infantil. En una de las reuniones de la comisión, en el primer piso de la calle Uría 40, propuso hacer un gran desfile en homenaje a la gran cantidad de emigrantes asturianos a América, que en los veranos mostraban sus lujosos coches americanos por un Oviedo muy poco motorizado. La sorna de la época los llamó «haigas» haciendo chiste de la grandonada del recién millonario que pedía el coche más grande que «haiga».
La idea no fue muy bien acogida porque planteaba problemas económicos, pero Alfonso insistió y empezó a moverse, a implicar a Paco Sousa (encargado entonces de la Oficina de Emigración de la Diputación Provincial y emigrante en su juventud), a los alcaldes de Gijón, Llanes, Mieres y Lena, a diseñar él mismo las carrozas, el recorrido del desfile, la composición, las banderas y el cartel anunciador. Sostenía en todas las reuniones que podía hacerse con 38.000 pesetas.
Mientras se perfilaba, se acordó silencio, pero Lorenzo Novo Mier dio la primicia en el diario La Voz de Asturias. Alfonso le replicó al día siguiente en La Nueva España añadiendo propuestas fabulosas para su desfile. Novo Mier —al que se debe el nombre de la fiesta— le replicó en el periódico: «Querido Alfonso: perdóname el pisotón, pero es que tu idea es tan gigantesca, tan maravillosamente gigantesca, que no la pude callar por más tiempo».
El primer desfile se celebró el 23 de septiembre de 1950 y congregó a miles de personas fascinadas por el lujo de casi 60 haigas engalanados de flores y banderas, nueve bandas de música y ocho carrozas desfilando por la calle principal. Las carrozas, diseñadas por Alfonso, representaban la despedida del emigrante; el barco que lo lleva a América; los países de destino: Cuba, México y Argentina; el regreso del indiano ya rico, en un moderno avión, y a la madre patria, España, que lo acoge. Se sumó una carroza floral de Luanco. Las crónicas de ambos lados del Atlántico la bautizaron como la «fiesta de las fiestas».
En el desfile de 1951 se incorporó el primer grupo folclórico, que se encontraba de gira por Asturias y fue añadido a última hora con tal éxito que desde entonces los bailes y las músicas de distintos países son uno de los elementos imprescindibles.
Alfonso presidió siete años el Desfile de América en Asturias hasta su partida a Madrid, y en este tiempo y años posteriores fue incorporando otros motivos como los alfonsinos (personajes disfrazados de guitarras, maracas, gaitas y mazorcas de maíz) y las madreñettes (réplica de las majorettes francesas pero vestidas de asturianas con falda corta y calzadas con madreñas).
A finales de los años 50 y comienzos de los 60, la emigración comenzó a orientarse hacia Europa y esa circunstancia se trasladó al propio diseño del desfile. Los tiempos cambiaban y el desfile también. Los haigas dejaron de venir y comenzaron a acudir grupos folclóricos de Alemania, Bélgica o Suiza, que compartían protagonismo con los clásicos de México, Argentina o Chile.
El Día de América en Asturias siguió creciendo en miles de espectadores, en extensión, en calidad y presupuesto. De las 102.634 pesetas de 1950 a los seis millones de sus bodas de plata. De las 1.500 pesetas que costaba una carroza en el año de su fundación a las 600.000 de 1975. Aunque la sociedad evoluciona, las fiestas han cambiado y el indiano ya no es aquella figura de inmensa riqueza que regresaba a una España pobre, el desfile goza de buena salud.
| Oviedo |
Son las principales y más populares fiestas de la ciudad. Durante este mes tienen lugar espectáculos y actividades de carácter tradicional, artísticas, deportivas...: Concurso Hípico Nacional de Saltos “Ciudad de Oviedo”; Temporada de Ópera de Oviedo; Temporada de Teatro; fuegos artificiales de luz y sonido; Festival de Teatro Infantil; conciertos de música pop-rock y folk; chiringuitos en el centro histórico de la ciudad; feria taurina; Romería Asturiana en el Monte Alto (día 14), que reúne tradición, motivos autóctonos, deportes de la tierra...; Día de América en Asturias (día 19); Día de San Mateo (día 21), fiesta de local de la ciudad al ser éste su día grande, con el tradicional reparto del “bollu” y del vino. Las fiestas tienen como cierre la tradicional Romería del Cristo de las Cadenas, que se celebra el último domingo de septiembre.
Fiesta del Antroxu o Carnaval 2003 de Oviedo
| Oviedo |
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Fiesta que cada año va tomando más auge y colorido, con numerosos desfiles y concursos de disfraces. Pote, frixuelos, arroz con leche y casadielles componen el menú tradicional de estos carnavales.
| Oviedo |
Ir a Fiesta de La Balesquida 2004
La fiesta de la Balesquida, cuya culminación es el Martes de Campo o Martes del Bollu, surgió en el siglo XIII gracias a la donación de bienes que doña Velasquita otorgó a la Cofradía de los Sastres en ayuda de los pobres.
La lectura del pregón abre oficialmente los festejos de la Balesquida, a los que convoca La Fama, un heraldo vestido de blanco de la cabeza a los pies, que monta un caballo también blanco y recorre distintas calles de la ciudad leyendo el bando festivo.
El programa religioso se inicia con la procesión de la Virgen de la Esperanza desde la capilla de la Balesquida hasta la iglesia parroquial de San Tirso el Real, en la que participan grupos folclóricos ataviados con el traje regional. En los siguientes días destacan, entre otros, los siguientes actos: el triduo en San Tirso, con el rezo del rosario seguido de misa y predicación; el sábado por la tarde, el rezo de un responso ante el sepulcro de Velasquita Giráldez en San Tirso, y el retorno de la imagen de la Virgen a la capilla; el domingo, a mediodía, misa solemne, y por la tarde, el rezo del rosario y la salve popular; el lunes, de tarde, sufragio por los cofrades, socios y bienhechores difuntos, y el Martes de Campo, bendición del pan en la misa matinal.
El programa profano presta atención a niños, jóvenes y adultos, con atracciones infantiles, gran verbena, fuegos artificiales...
El Martes de Campo tiene lugar, además de los oficios religiosos, el reparto del bollu preñáu (bollo relleno de chorizo) y la botella de vino a los cofrades y socios protectores, amenizado con música tradicional. Pero el acto principal del día es la multitudinaria, alegre y colorista comida campestre en la que grupos de ovetenses y también foráneos dan buena cuenta del bollo y el vino en el Campo de San Francisco y otros espacios verdes de la ciudad.
Pregón del año 2004
Autora: Carmen Ruiz-Tilve Arias, Cronista oficial de Oviedo.
¡Viva La Balesquida!
Estamos aquí reunidos, un año más, para iniciar las celebraciones de La Cofradía de La Balesquida de Oviedo, fiestas inigualables a las que ovetenses y forasteros nos sumamos gustosos, amantes como somos de la alegría a fecha fija, buenos anfitriones desde siempre.
La Cofradía de La Balesquida es la más antigua de la ciudad y ha de ser por fuerza una de las más antiguas de España. Su escritura fundacional se fecha el 5 de febrero de 1232 y en ella la fundadora, una dama ovetense de origen franco, cosa no rara en su tiempo, dona a la cofradía de alfayates o xastres y otros vecinos y hombres buenos de la ciudad «un hospital que edificará en heredad propia, cerca de las torres del castillo y camino de la iglesia de Santa María del Campo, para recibimiento de pobres y necesitados, con obligación de pagar al capellán de San Tirso 15 maravedises de la moneda del rey á 8 sueldos para celebrar misas», donando además algunas fincas, situadas en la calle Rosal, en las que se dice que antiguamente hubo rosales. En aquellos solares edificaron los xastres y en 1362 ya aparece lo que empezaba a ser calle con el nombre de Rosal, en documento de venta. Doña Velasquita Giráldez donó también al hospital su ajuar, compuesto por «10 lechos con sus alcózares y diez cabezales de buena pluma, once mantas y dos colchas». Los detalles del acta, así como los nombres de los testigos, presbíteros y alfayates principalmente, los publicó Canella en «El Eco de Asturias» de 20 de enero de 1874, tomado de copia manuscrita del siglo XVI por el licenciado Morán Giráldez, vecino y regidor de Oviedo.
Entre lo establecido estaba la amistad recíproca, visitar a presos y enfermos, asistencia silenciosa al cabildo y a los entierros, conducción de pobres a dormir al hospital, oír misa los sábados y guardar las fiestas. En lo que se refiere estrictamente al gremio de xastres dice, entre otras cosas, que «no se ocultase daño en la ropa entregada y la por uno cortada no se haga por otro» y también hay compromiso de despedir al hermano que hable mal del compañero o compañera y que habiendo yantar nadie llevase consigo mozo ni moza. Los cofrades estaban obligados a pagar a la entrada a la misa madeja, compuesta de avellanas y vino, y cera. Esas reuniones se convocaban a golpe de cencerru y presidían el juez, mayordomo y cura párroco. Bajo la imagen de la patrona, Nuestra Señora de la Esperanza o de la O, cubierta con su verde manto, deliberaban, «sin escándalos ni juramentos» y salían, «sin saña ni rencilla», después de rezar un paternoster.
Junto con esa función asistencial, pionera en la ciudad, estaba la festiva, que se hacía coincidir con la Pascua de Pentecostés y programaba ceremonia para tres días. El domingo salía un heraldo, representante de La Fama, montado a caballo, y por la tarde desfilaba la cabalgata de los gremios, con procesión o bojiganga con figuras, comparsas, danzas de peregrinos y un gran carro triunfal, conducido por el alfayate decano, que también era figura principal en la celebración del lunes, cuando los cofrades vestían solemne traje de ceremonia, por la mañana, y por la tarde paseaban el figurón o estafermo y hacían sortijas antes de la foguera, alrededor de la cual se cantaban villancicos festivos. El martes era la procesión de la Virgen, alumbrada por antorchas y velas, portadas por los cofrades, a los que acompañaban sacerdotes y actores, todos precedidos por cofrades que jugaban a la pica y bandera en las paradas, camino de San Tirso, donde se hacía responso ante el enterramiento de la fundadora, muerta en 1232.
Antiguamente, tal como cuenta Canella, la procesión del martes iba hasta la capilla de Santa Ana de Mexide, parroquia de San Pedro de los Arcos, en el barrio de Vega, en una hermosísima zona de los alrededores de la ciudad recientemente desaparecida por la mano del hombre. La subida desde San Tirso era larga y penosa, a través de un terreno pedregoso, especialmente a partir de la calle Rosal, aquella en la que había tenido terrenos doña Velasquita. Encabezaba la comitiva el sacristán de San Tirso, que ganaba un azumbre de vino si lograba llegar a la capilla sin haber apoyado ni una vez el pesado estandarte sobre el hombro. Una vez arriba, y entre otras ceremonias, todos comían, haciéndose así etimológicamente compañeros, pan de fisga con torrezno y vino de «pasado el monte», es decir, pan de escanda con una tajada de jamón frito y vino de Castilla, blanco.
En la fiesta de la Expectación se daba a los cofrades tradicionalmente un puñado de castañas cocidas y siempre se guardaba ración para las 10 ancianas recogidas en el hospital de la cofradía, las llamadas «vieyes de la Balesquida», que tenían cobijo a cambio de su trabajo al cuidado de la capilla, donde rezaban rosario diario y tenían derecho a techo, jergón y manta, más tres ducados el día de la Santa Patrona. Ya Canella, a finales del siglo XIX, dice que «actualmente todo ha desaparecido, más que con la Desamortización con otros excesos. Se perdieron muchos bienes y derechos que daban á la hermandad buenas rentas, mermadas con administración desordenada, y de aquella congregación de régimen y espíritu popular sólo queda la procesión poco concurrida en lunes de Pentecostés, llegando a la capilla de Santa Susana, y por toda campestre colación con asistencia personal de los cofrades, se les da un bollo de media libra de pan —que ya no es de escanda— y medio cuartillo de vino blanco de Castilla, que reparten los behedores. La fiesta es animada en el frondoso Campo de San Francisco con general alegría de bailes, meriendas y jolgorio, que se repiten el miércoles, pero no en Piñoli o Pumarín como antes, donde se rifaba la xata o el ramo de pañuelos y ahora cubiertos de plata, con lo que la congregación se ayuda para la fiesta, única pero tradicional y ruidosa manifestación que quedó del antiguo regocijo con el que los ovetenses todos, pobres y ricos, se confundían antes en verdadera fraternidad.
¿No debía tratarse de reformar y revivir en condiciones seguras la tradicional y siete veces secular cofradía de la Balesquida que fue tan amada de nuestros mayores?».
Esto decía Canella en 1888. Afortunadamente, con altibajos a lo largo del siglo XX, siglo de crisis por excelencia, la cofradía vive hoy momentos de franca recuperación, gracias, como suele suceder en estos casos, al esfuerzo y entusiasmo de unos pocos. Nada más ovetense y más castizo que esta cofradía, que merece nuestro apoyo espiritual y material. Podemos pertenecer a ella por seis euros año, escaso precio para tan alto honor, que además nos ofrece bollo y vino en primavera, castañas y sidra del «duernu» en otoño y la sorpresa de las cestas de Navidad en invierno.
La Balesquida, sostenida sobre los pilares de lo asistencial y lo festivo, se prolonga ahora desde su fiesta, en la que se nota el rescoldo del espíritu fraterno de antaño. Perdidas hace mucho las propiedades e instalaciones que servían a lo primero, lo asistencial, no sobrará que mantengamos, siquiera entre nosotros, las buenas maneras, «sin escándalos ni juramentos», «sin saña ni rencilla», consejos buenos en cualquier tiempo y especialmente ahora. Como refuerzo de lo anterior, han de permitirme que repase con ustedes las ordenanzas de 1450, buenas en cualquier tiempo:
1.—Que se perdonen las enemistades.
2.—Que se reduzca a los pobres a dormir al hospital.
3.—Que se vele y cuide a los enfermos, y asista al entierro.
4.—Que se visite a los presos y se les dé a beber dos maravedís de vino.
5.—Que concurran a misa los sábados.
6.—Que no se oculte daño a la ropa entregada.
7.—Que la ropa por uno cortada, no la haga otro.
8.—Que acudan todos al cabildo.
9.—Que nadie salga de las juntas con saña ni rencilla, se eviten escándalos y juramentos.
10.—Que se guarden las fiestas sin trabajar.
11.—Que no se hable en el cabildo.
12.—Que se despida a quien diga mal de su compañero o compañera.
Las antiquísimas fiestas de La Balesquida, por lo que se desprende de las descripciones antiguas y lo que se deduce de las nuevas, encierran muchos otros valores además del propio y natural de la fiesta por la fiesta, que tampoco es baladí. Desde esta celebración tan nuestra podemos deducir elementos muy importantes para reconstruir nuestra historia social, económica, religiosa, gastronómica, urbanística, sociológica, logrando, desde las pinceladas evocadoras de lo antiguo, el reconocimiento de lo nuevo.
Yendo atrás, repasamos lo que dice Madoz a este propósito: «la institución es lo más popular que se conoce en la provincia, y acaso fuera de ella; casi todos los vecinos de la capital son cofrades, sin distinción de clases. Los padres se apresuran a anotar a sus hijos en esta hermandad, apenas nacen, y se tiene a mengua no pertenecer a ella».
Los tiempos han cambiado y el escenario de la fiesta, en parte, también, imposible ahora el almuerzo campestre sobre el cemento que rodea la capilla, afortunadamente salvada de las garras de doña Piqueta gracias a la perspicacia de Manzanares, pero aislada en un entorno extraño. Ya no cabe tampoco la gira hasta Piñoti, ni queda recuerdo del vino del señor Pachín, ya no es ceremonia solemne el paseo en el Campo, que se ha convertido, por excelencia, en fiesta de fraternidad, como vuelve a escribir Madoz, pero en lo esencial todo permanece igual, especialmente el talante de los ovetenses:
«... el sitio es de lo más delicioso y pintoresco que imaginarse puede, cubierto de elevados y muy poblados robles; preservado de los rayos de sol, respirando un ambiente lleno de aromas que despiden las espineras, acacias y otra multitud de árboles diseminados por las cercanías, convidan a los moradores de la ciudad a llevar allí sus almuerzos. Así es que colocadas multitud de familias en diferentes puntos y tendidas sobre la natural, mullida y hermosa alfombra matizada de diversas clases presenta vista admirable y sorprendente. Las calles que forman los árboles y asientos rodeados de rosales, sirven de paseo al bello sexo, que se esmera ese día en lucir sus ricos y elegantes trages (sic). No hay en la reunión la menor etiqueta, el rico, el de mediana e ínfima fortuna, el conde, el marqués, el militar de graduación, el empleado de categoría, el eclesiástico condecorado, están allí confundidos. No se desdeñan de alternar unos con otros, no de aprovecharse recíprocamente de los almuerzos. Todo es fraternidad en aquellas tres horas, todo júbilo, todo regocijo. Esta preciosa reunión recuerda las distracciones y sencillas costumbres de nuestros mayores».
Ha pasado más de siglo y medio desde la bucólica descripción anterior, y en lo fundamental, todo sigue igual. Es bien cierto que ya no hay bojiganga ni sortijas, ni sale el «Balesquidu» convertido en hombre anuncio para vender las papeletas de la rifa, faltan en el Boletín anual firmas como la de don Juan Uría y otros balesquidos de pro y los xastres han silenciado sus talleres barrido su gremio por la fiebre del «pret à porter» que nos uniforma y reduce nuestro cuerpo serrano a la simplicidad parvularia de pequeño, mediano y grande, y más aun a las siglas inglesas de la «size», pero los ovetenses, depositarios de la tradición, amparados por el esfuerzo de los hermanos que hacen posible la pervivencia, estaremos allí, un año más, como protagonistas. A ello les convoco.
Fiesta y feria de la Ascensión de Oviedo
| Oviedo |
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Multitudinaria fiesta popular, de gran raigambre en Oviedo, que coincide en el calendario con los cuarenta días posteriores a la festividad de la Resurrección.
En abril de 2008 fue declarada Fiesta de Interés Turístico del Principado de Asturias.
Durante la misma hay un excelente concurso de ganado, exposición de artesanía y de maquinaria agrícola, exhibición de deportes autóctonos, canción asturiana, etc.
Es también una jornada gastronómica en la que el menú típico lo componen los siguientes platos: menestra de verdura del tiempo, carne gobernada (*) y, de postre, tarta de cerezas.
LA ASCENSIÓN EN OVIEDO, ASTURIAS EN EL CORAZÓN
Oviedo debe a su geografía, esa representación científica del azar, su posición física, y a la historia, esa vieja alquimista que transforma la ganga de la casualidad en el oro de la causalidad, su centralidad política y administrativa, así como sus funciones culturales en el conjunto regional asturiano. Si bien las mismas palabras, centralidad política, funciones económicas, encubren distintos significados según las épocas.
La centralidad política del presente no significa «ordeno y mando» sino la organización democrática del consenso, mientras que las funciones económicas no sólo se relacionan con la producción y venta de bienes y servicios, sino que también tienen que ver con el ofrecimiento generoso de los espacios de nuestra ciudad a los hombres y mujeres de Asturias. La Feria de La Ascensión es el tributo de Oviedo a su pasado y su ejercicio concreto de solidaridad en el presente con los ganaderos y campesinos de nuestra región.
Desde los tiempos de su fundación por Máximo y Fromestano en 761 hasta bien entrado el siglo XVIII, que marcó el ingreso de la ciudad en la modernidad ideológica y económica, Oviedo vivió una relación simbiótica con el campo circundante. El paisaje de aquellos siglos resultaría irreconocible para un observador contemporáneo, puesto que en los bosques que rodeaban la ciudad se alzaban numerosos robledales cuyos frutos servían de pasto a las piaras que, procedentes de las aldeas vecinas y lejanas, se traían a las numerosas ferias que se organizaban en el recinto urbano, donde un abigarrado caserío se apiñaba contra la muralla.
Será a partir del segundo tercio del siglo XIX cuando se pueda hablar de una transformación acelerada del paisaje ovetense en el conjunto del municipio, área urbana y zonas rurales. Las razones serán de muy diversa índole, pero todos los procesos: confirmación de la capitalidad regional en 1833; la desamortización con sus enormes transferencias de propiedad y cambio de uso en tierras y edificios; derribo de la muralla; eclosión del trabajo industrial... acabaron convergiendo en la radical transformación de la morfología municipal. Los prados y tierras de labor sustituyeron definitivamente al bosque autóctono porque los ganaderos, al orientarse hacia la producción de leche para atender la demanda en expansión de una población creciente, intensificaron la ocupación del territorio al incrementar la superficie agrícola aprovechada.
Nuestro observador contemporáneo, al que aludíamos más arriba, si quisiera hacerse una idea románticamente precisa del aspecto que presentaba el municipio a finales del XIX, siempre puede recurrir a la prosa de Leopoldo Alas Clarín ya que, cuando se viaja al pasado, siempre es mejor hacerlo a hombros de gigantes: «Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos, robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos obscuros; la paja del trigo, escasa, amarilleaba entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas, esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle».
La Feria de La Ascensión, después de tanto trajín de tiempo y tanto rodar de siglos, sigue llegando a Oviedo en primavera. Para decenas de miles de personas es una citada marcada en rojo en el calendario porque como todos los grandes acontecimientos tiene algo que ofrecer a todo el mundo. A algunos, los más sentimentales y nostálgicos, les proporciona un billete a un pasado dorado que sólo se puede visitar en días como éstos. Otros, más interesados en las manifestaciones de la cultura material popular, son atraídos por el rico patrimonio que se despliega por calles y por plazas. Los más, de actitud nómada y de gusto ecléctico, vendrán a dejarse llevar por el río de la multitud y por los múltiples reclamos que acechan al romero. Pero para todos los visitantes, de nuestra región y de Galicia, y para los cántabros y castellanos y leoneses que nos distinguen con su presencia en esas fechas, La Ascensión de Oviedo tiene algo que ofrecer: la amabilidad de nuestros conciudadanos, un plato de comida, un buen trago, una canción.
En esas fechas hay que dejarse caer por el Oviedo más recoleto e íntimo: el Oviedo Viejo, la Zona o Casco Antiguo, donde en la Plaza de la Catedral el Mercáu Astur celebra los carnavales del comercio. Por la plaza recubierta de paja se desbordan en profusa rusticidad los mercaderes de frutas tersas, pescados de allende los mares, cosméticos ungüentos, velas de luz que huele, vendedores de licores que encierran en un frasco el paraíso, floristas zahoríes, magos cartománticos y astutos tratantes de ganado.
Y ya puestos en vereda, una visita a la Losa o Plataforma de la Renfe, donde el Oviedo más espacioso y abierto acoge una cumplida muestra de los oficios y productos asturianos, es obligada. Allí saludan al visitante objetos de todos los concejos asturianos, las cerámicas negras de Cangas del Narcea, navajas de Taramundi, trajes llaniscos, cesteros de Gijón... mientras solicitan su atención y deleitan sus sentidos los auténticos productos de la tierra de Asturias: la Miel, los Embutidos, la Sidra natural, las Fabas... y la extraordinaria variedad de quesos de la tierra: Cabrales, Gamonedo, Casín, Afuega'l Pitu, queso de las Peñamelleras, de Urbiés, de Genestoso, de Oscos, de Bola, y quesos de Porrúa y Vidiago y la Peral...
También en la Losa artesanos de los más variados oficios muestran su arte antiguo. La existencia y persistencia de estos herreros, torneros, canteros, madreñeros, hilanderas, bordadoras, malleras y curtidores, nos trae a la memoria al ilustrado Jovellanos: «nada de cuanto es necesario para el uso de la vida sencilla deja de labrarse y construirse por estos naturales».
Una festividad como La Ascensión, de eminente carácter rural, no sería completa si dejara en la sombra el folclore popular de la región, siempre vinculado al «son de la gaita y el tambor». La riqueza y variedad de los grupos folclóricos y bandas de gaitas asturianos llenan de contenido la programación del Festival Folclórico, en el que más de un millar de gaiteros y bailarines desfilan por las calles del centro de Oviedo y alegran sus plazas, calles y zonas peatonales con la interpretación de bailes y danzas ancestrales, procedentes de todos los rincones de nuestra «tierrina» asturiana.
Junto a la música, la comida. Es bien sabido que toda celebración festiva ofrece un menú típico, elaborado de conformidad a los productos propios de la estación. En esta fiesta primaveral no podía faltar el suculento, delicioso y muy digestivo Menú de La Ascensión, que se compone de: Menestra del Tiempo, Carne Gobernada al estilo de Oviedo y Tarta de Queso con Cerezas, por aquello de hacerle un homenaje a la estación y al refranero, «por la Ascensión, cerezas en Oviedo y trigo en León». Los restaurantes ovetenses ofrecen en sus cartas este sustancioso menú que ocupa un lugar de privilegio en la guía gastronómica de la ciudad y está a la altura del proverbial buen paladar asturiano.
La Ascensión, además de ese carácter expositivo, divulgador y festivo, tiene también un momento solemne, de homenaje y reconocimiento que da hondura y sentido a la celebración. Es el Acto Oficial del Paisano y Paisana del Año, en el que la ciudad de Oviedo, representada por su alcalde, expresa su gratitud pasada y presente a los pequeños grandes héroes de la historia. En un acto de sencilla emotividad, como corresponde a gentes que han hecho de la simplicidad su regla de vida, el alcalde de Oviedo entrega cada año este premio a los hombres y a las mujeres que trabajan como si fueran a vivir eternamente. El acto de entrega de los galardones se complementa con la práctica y exhibición de los Deportes Rurales Autóctonos como la corta con hacha o tronzón, la carrera de lecheras, el tiro de cuerda... manifestaciones físicas de fuerza y agilidad del campesino asturiano.
La Feria de La Ascensión, que agrupa en la misma oferta u completo abanico de posibilidades, donde todos los gustos encuentran su acomodo y en la que la tradición, la cultura y la gastronomía se dan la mano, reúne las condiciones idóneas para ser distinguida con el reconocimiento de Fiesta de Interés Turístico Regional por sus indiscutibles atractivos turísticos que, año sí y año también, congrega en la capital a millares y millares de personas de nuestra comunidad y de fuera de ella.
LA ASCENSIÓN: UNA FERIA DE AMBIENTE RURAL CON TOQUES GASTRONÓMICOS
A continuación se reproduce íntegramente el texto del pregón de la Ascensión de 2004, obra del periodista Carlos Cuesta, presidente por entonces de ASPET (Asociación Asturiana de Periodistas y Escritores de Turismo). Leído en la plaza de Trascorrales el 13 de mayo de dicho año, en él repasa la historia de esta tradicional cita festiva.
Hablar de la Ascensión es adentrarse en una feria festiva de época inmemorial que en Oviedo ha tenido y tiene impronta de romería popular con base litúrgica. Y siempre jueves de abril o mayo, a los cuarenta días de la festividad de la Resurrección... En toda Asturias ha gozado de cierta fama, pero es en la capital del Principado donde esta celebración ha marcado la pauta del buen hacer y la tradición. Es, por tanto, una jornada de asueto, mercaderías y ambiente ferial. En ocasiones este festejo primaveral se desarrollaba cuatro días antes de la celebración religiosa. Y Oviedo, otrora, disfrutó de lugares feriales para cumplir con esta jornada, tales como la calle de Mercaderes, Campo de la Lana, Puerta Nueva, San Roque y San Lázaro. Espacios extramuros donde el mercantilismo del momento se centraba en la venta de grano, preferentemente cereal de maíz o escanda, vino de León o de Toro (Zamora), aperos de labranza, cestería, útiles de cobre y hierro, ropa, quincalla, alfarería y, ¡cómo no!, ganado caballar –el más abundante–, mular y en ocasiones el vacuno. Y decir feria era sinónimo de festejo. Por la mañana, ceremonia religiosa; al mediodía, ambiente de mercado; a la hora de comer, comenzaba la romería popular, y más tarde, corrida de toros... Pero este programa festivo, con el paso del tiempo, fue tomando otro rumbo, salvo la fiesta nacional que se mantenía en un improvisado coso. Por esa época de últimos del siglo XVIII y principios del XIX, la Ascensión era una fiesta de ámbito popular con notable raigambre en la vieja Vetusta...
Eran momentos donde las gentes asociaban la agricultura y sus ciclos a los festejos religiosos, siguiendo la línea de tiempos paganos. Y entre mercadería y transacciones, siempre había tiempo para tomarse el porrón de vino tinto de tierras del Duero y la tortilla de judías verdes con bacalao, huevos cocidos, algo de chacina y pan de escanda...
A través de los años y a partir de 1853, esta fiesta de calado regional sufrió notables cambios.. Las ferias seguían su curso anual; sin embargo, la romería campestre pasó a celebrarse al atardecer con música del país y avalancha de romeros. Una auténtica merienda popular. Pero a la hora del almuerzo, las casas de comidas de la zona de El Fontán y aledaños se llenaban de mucho público ávido de saborear la menestra de temporada, la carne gobernada y la tarta de cerezas... Tabernas y casas de comidas como La Curtia, La Clavera, La Morrina –una de las más populares y concurridas, donde la sidra de su lagar y los platos de caza eran notables–, Dolores Aguirre –famosa por sus callos–..., todas estas situadas en la zona de la calle Jesús y Trascorrales, un entorno donde abundaban estos locales públicos. En la Corrada del Obispo se encontraba Casa Laureana, una especie de mesón con lagar, bolera y juego de rana. Desde aquí partían los carruajes hacia Villaviciosa, Colunga y Ribadesella. Marica Uría, junto a la Audiencia, donde la clientela tenía que pagar una perrona para acceder al local. Después las consumiciones eran libres, salvo las raciones de angulas, que costaban a tres reales. Una manera muy pintoresca de hacer caja. Otra taberna-lagar que tuvo cierto prestigio era la que regentaban mis antepasados, los Cuesta. Estaba en San Lázaro y entre las materias primas a ofertar destacaban los callos de Noreña, la lamprea y las truchas... A partir de 1870, dos establecimientos de nombradía marcaron la diferencia en la capital. Se trataba de Casa El Fuín, en la confluencia de Foncalada y Gascona, y Casa Bango, en El Fontán. En el primero, las partidas de bolos y el guiso de gatos eran lo más característico, aparte de otro tipo de viandas. En cuanto al segundo, decir que fue un negocio de altura culinaria hasta su cierre en 1971. La caza y la tortilla de merluza era sus especialidades. Este local marcó un antes y un después en la manera de hacer hostelería y servicio a los clientes. En todos estos entrañables lugares de buen beber y mejor comer se elaboraba un menú típico de la fiesta de la Ascensión. Una minuta que conforma actualmente las jornadas de esta feria tradicional, pero que antaño ya tenía carta de naturaleza en el viejo Oviedo. Las huertas de las afueras de la capital producían frutos exuberantes, principalmente patatas, arbejos, judías verdes, cebollas, tomates y zanahorias, ingredientes básicos para la elaboración de una idónea menestra. Las praderías de los contornos suponían pastos notables para el ganado vacuno, y en los campos del llano, las cerezas de la variedad picota o laviana abundaban por doquier. Eran, sin duda, otros tiempos... De ahí el refrán: «El día de la Ascensión, cereces en Oviedo y trigo en León»...
Todo ese elenco de materias primas eran la base del condumio ferial.... Y junto a la fiesta gastronómica de El Desarme..., la que hoy iniciamos puede considerarse como una de las primeras de Asturias. Por lo menos sentó las bases de lo que actualmente representa una jornada culinaria de enjundia. Fiesta y mantel que es a fin de cuentas lo que importa para adentrarse a disfrutar de un día en Oviedo. Porque hay que constatar que la gastronomía actualmente mueve fronteras, y Oviedo y Asturias ofrecen en sus productos una calidad incuestionable. Una manera de hacer turismo. De ahí que Carbayonia, Pilares o Lancia, por citar tres nombres literarios, sea considerada como la capital gastronómica de Asturias. Nadie lo duda. Sus casas de comidas, sus restaurantes y sus chigres/sidrerías significan el paradigma del sabor y los aromas culinarios. Y para muestra, este festejo de La Ascensión. La huerta local y la carne de vacuno en perfecto maridaje para satisfacción de exigentes comensales. OVIEDO ya no duerme la siesta, no disfruta de la olla podrida. Se sumerge en fragancias primaverales y efluvios hortelanos salidos de los fogones de esos establecimientos donde las guisanderas marcan su territorio. Sí, GUISANDERAS, porque fueron ellas, a base de mucho sacrificio y sapiencia culinaria, quienes a través de generaciones hicieron de sus preparados auténticas obras de arte. Hoy nos quedamos con la menestra de temporada, la carne gobernada al estilo de Oviedo y la tarta de cereces. Unos platos que emanan ambiente a ciudad antañona e histórica. Un menú envuelto en bálsamo primaveral y esencia de altura culinaria. Que les aproveche... Buenas tardes.
NOTA
(*) Esta carne gobernada al estilo de Oviedo, propia de la Ascensión, «puede parecer, por su nombre, triunfo notorio y dominio de pasiones, a las que se unen, para complicarlo más, el mundo y la carne, pues ya se sabe que, tal como está el mundo, y con el demonio por el medio, el desgobierno de la carne es de temer. La carne gobernada al estilo de Oviedo no es otra cosa que ternera de aquí hecha al amor de la lumbre, tal como lo hacían en otro tiempo las guisanderas que luego vendían en la calle, en unos carros con brasas de leña y chapa, sobre la que se hacía y gobernaba la carne, al amor de la cebollina nueva, para consuelo de barrigas de los madrugadores que pasaban la mañana a la brisa fresca de mercado, pues no sólo de «fabes y tocín»» vivía el ovetense (Carmen Ruiz Tilve, cronista oficial de Oviedo, en «Pliegos de cordel», diario La Nueva España de Oviedo, 18-5-2004).
| Oviedo |
En Oviedo, la Semana Santa, una tradición que se había perdido por los años sesenta del pasado siglo XX, se ha ido consolidando, a partir de mediados de los noventa, como una cita ineludible en la ciudad. La revitalización que año tras año experimenta se debe a un grupo de incondicionales devotos comprometidos con la recuperación de unas celebraciones y procesiones que cuentan con el fervor popular. El fruto de ese trabajo puede verse por esas fechas en las calles de Oviedo, donde desfilan hermandades y cofradías.
La primera en recuperar el paso (año 1995) fue la Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, las más antigua (anterior a 1675), con sede en la iglesia de Santo Domingo. La crearon unos jóvenes que se reunían para formar artesanos. Reproducen las cofradías medievales. En la actualidad, en el atardecer del Miércoles Santo, cientos de cofrades acompañan a la bellísima imagen del Nazareno por distintas calles de la ciudad, encabezando la comitiva los estandartes del vía crucis y la luz de los hachones. Un momento emotivo se produce ante la capilla de La Balesquida, donde se detiene la marcha mientras un grupo de cofrades recogen de lo alto del paso un ramo de lilo blanco y, con ofrenda floral, simbolizan la entrega y el amor del Nazareno a su madre, la Virgen de la Esperanza, advocación de la capilla.
A la anterior cofradía le siguió en 1996 la Hermandad del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores, que procesiona el Viernes y el Sábado santos. El primero de los dos días citados, sale la procesión del Santo Entierro de la iglesia de San Isidoro el Real. Sus cofrades, ataviados de negro riguroso, sacan el paso del Cristo Yacente. Resulta vistosa la celebración de un rito, inspirado en la liturgia oriental, consistente en inciensar el paso y, luego, arrojarle pétalos de rosa. Despierta especial interés el desfile de los niños cofrades –cariñosamente apodados Los Morabetinos de la Dolorosa, en recuerdo del morabetín o maravedí, la moneda con la que algunos antiguos devotos y cofrades efectuaban sus pagos–; algunos de ellos procesionan con la imagen de un Niño Jesús crucificado y el resto acompañan el paso, llamado «El Paso de los Niños», portando velas. El Sábado Santo, partiendo también del templo de San Isidoro, tiene lugar la procesión de la Soledad, imagen que es portada en andas por encapuchados costaleros, acompañados por un buen número de cofrades, con capirote malva y hábito negro. A la cabeza de la comitiva, antes incluso de la cruz de guía, la hermandad recuperó (Semana Santa de 2004) la figura del muñidor –cuyo nombre figura ya en los estatutos del siglo XVII por los que se regía la anterior cofradía–, que porta una campana, con la que, antiguamente, avisaba de la llegada de la procesión. Asimismo, rescató dos varas de mando del siglo XVII. A su regreso, se sueltan palomas a las puertas del templo. A continuación, la hermandad decide mostrar a la Virgen descubierta y exhibirse en «bailarla».
También en 1996 recuperó protagonismo la Cofradía de la Hermandad de Jesús Cautivo de Oviedo, con sede en San Juan e imagen revestida de Antonio de Borja, a la que desde 1998 acompaña Nuestra Señora de la Merced, obra de José Luis Iglesias Luelmo. En el anochecer del Jueves Santo, a la cruz de guía, que anuncia desde la iglesia el comienzo de la estación de penitencia, le sigue la banda de cornetas y tambores, acompañando con sus acordes, a la salida del templo, el paso de Jesús Cautivo, con corona de espinas, escoltado por agentes de la autoridad vestidos de gala y decorado con flores al igual que su restaurado manto. Tras el Cautivo va el trono bajo palio de Nuestra Señora de la Merced, iluminada con velas, adornada floralmente y custodiada por fuerzas del orden. Los cofrades, con capirotes blancos y capas rojas, recorren, flanqueados por devotos y curiosos, varias calles hasta llegar a la plaza de Porlier, donde una multitud se agolpa y contempla el solemne e impactante rito del indulto de un reo. Éste, gracias a la mediación de la hermandad y a la concesión de la gracia del indulto por parte del Gobierno de España, consigue la ansiada libertad, que le llega en el balcón del palacio del Camposagrado —en cuyo interior espera el acto–, y tras la lectura del relato del prendimiento de Cristo.
La Cofradía del Silencio retomó su actividad en 2002, esta vez con el nombre de Cofradía del Silencio y Santa Cruz, y procesiona el Martes Santo con los pasos del Santo Cristo Flagelado y la Santa Cruz. Fue fundada en el año 1945, al amparo de la Fábrica de Armas de Oviedo. Tenía el más impresionante cortejo, con cuatro pasos: el Santo Cristo Flagelado, la Oración en el Huerto, el Cristo de la Agonía y la Virgen de la Amargura. En los años sesenta, al igual que el resto de las cofradías de la ciudad, comenzó su decadencia. La procesión sale de la iglesia de Santa María la Real de la Corte (sita en la plaza Feijoo) y recorre varias calles a ritmo lento y pausado, marcado por las varas de seises. Llama poderosamente la atención el silencio, sólo roto por los tambores, y el recogimiento de fieles y público en general, recogimiento que se acentúa especialmente a su paso por Santa Ana y el tránsito de Santa Bárbara. Pero en la procesión no sólo toca la agrupación de tambores de dicha cofradía, sino que va abriendo paso la Capilla Musical Santa Eulalia de Mérida tocando piezas del estilo del siglo XVIII, compuestas varias de ellas para la Cofradía del Silencio por la Agrupación Musical San Salvador de Oviedo.
SEMANA SANTA EN OVIEDO
A continuación se reproduce el texto del pregón de la Semana de Santa de Oviedo del año 2004, obra de Carmen Ruiz-Tilve (véase biografía), cronista oficial de Oviedo, quien lo leyó el día 31 de marzo. En él se hace un repaso de la vida religiosa en la ciudad ovetense desde su fundación hasta el presente.
La historia de Oviedo, desde su fundación, está unida a la vida religiosa, principal razón del establecimiento aquí de los fundadores, en un tiempo crispado en el que el maniqueísmo obligaba a constantes manifestaciones de fe, con el año 1000 como fecha fija de la catarsis espiritual.
La ciudad, cuyo plano medieval se distribuía en tres barrios diferenciados, el religioso, el real y el comercial, acabó, por causas de fuerza mayor, desequilibrando el caserío desde el momento en el que la monarquía asturiana, que tuvo en Oviedo su solar durante tiempo, decidió mudarse a León, por razones estratégicas, dejando en sordo los palacios ovetenses, con las estancias vacías cruzadas por el aire de la ausencia y los pendones coloridos por la heráldica palideciendo bajo el velo de la tristeza.
Fue precisamente la vida religiosa la que, sabedora de su importancia, no sólo mantuvo sino que aumentó su protagonismo, en el que fueron providenciales las reliquias de la Cámara Santa. De su custodia dependió la estructura del centro de la ciudad monumental y las murallas primeras no eran tanto defensivas para la población como protectoras del tesoro, material y espiritual, que convirtió Oviedo en meta inexcusable de las expediciones piadosas, en movimiento que se potenció con las peregrinaciones a Santiago de Compostela, nacidas en Oviedo y con Oviedo como estación principal e imprescindible.
En rigor, de la vida religiosa vino la comercial, y así nuestra rúa de las Tiendas o de los Cambiadores, la Rúa Ruera de Pérez de Ayala, nuestra actual Rúa a secas, nació precisamente como camino de peregrinos y otras gentes andariegas, que allí podían cambiar sus monedas lejanas o comprar recuerdos de su paso por Oviedo, insignias de «fino estanno» que tanto los orfebres con tienda como los vendedores del aire les ofrecían. Al tiempo, fue precisamente el atractivo de lo religioso el que hizo volver, de vez en cuando, a los miembros de la realeza a sus «Asturias de Oviedo».
Ya en los primeros planos de la ciudad aparecen iglesias y conventos, muy característicos todos del talante de la ciudad, buen solar para el establecimiento de órdenes religiosas, con el monasterio de San Pelayo, el de Santa María de la Vega, el de Nuestra Señora del Rosario, el de Santa Clara y el de San Francisco como grandes, enormes construcciones, la mayoría de ellas extramuros, en parte por sus propias Reglas, que dieron a la ciudad y a sus verdes y boscosos alrededores el aire solemne y un poco triste que suelen describir en sus escritos los viajeros que hasta aquí llegaban.
La vida religiosa ordinaria estaba concentrada en cuatro parroquias, que ejercían su labor alrededor de la catedral, protagonista principal de las celebraciones religiosas más importantes y meta de peregrinos, entre cuyo tesoro se cuenta, en relación a la Semana Santa, el Santo Sudario y el Lignum Crucis, entre otras reliquias íntimamente relacionadas con la Pasión. Con raíces muy anteriores, en tiempos del obispo Sanz y Forés, el 6 de enero de 1879 se confirmaron las demarcaciones de estas cuatro parroquias, a las que vamos a referirnos para intentar hacer un repaso de la Semana Santa ovetense, por ser precisamente la segunda mitad del siglo XIX, quizá por la relativa cercanía en el tiempo, la que ofrece más datos, aunque escasos, de esas celebraciones, de las que con mucha frecuencia se habla ya entonces en pasado. Esas cuatro parroquias eran, y son, porque afortunadamente todas subsisten, a pesar de los avatares que sucintamente comentaremos, de los que ninguna se libró, las siguientes: San Tirso, parroquia de la Catedral, San Isidoro, San Juan y Santa María de la Corte, mencionadas por su orden de antigüedad, tal como se respetaba en las celebraciones que tomaban nota de las sacramentales parroquiales.
Convenimos que San Tirso es la más antigua de las parroquias ovetenses, vinculada a la historia misma de la ciudad, nacida y crecida en el corazón de lo primitivo, de lo que se mantiene como testigo el ábside y la torre, bien cambiada esta última, todas ellas piedras capaces de evocar el tiempo naciente de nuestros Alfonsos, donada por El Magno a la catedral en el año 862. Entre las notas que vinculan San Tirso con la Semana Santa, sabemos que, a partir de la expulsión de los jesuitas de su templo de San Matías, los sermones de la Semana Santa se celebraban en San Tirso, a partir de 1721, y el regente de la Audiencia, que pertenecía a esa parroquia, llevaba consigo la llave del sagrario en Semana Santa desde 1739. En el siglo XVIII, la parroquia contaba con 573 familias y comprendía la mayoría de las calles del anillo urbano formado alrededor de los lugares fundacionales, entre cuyas calles estaba la de Ecce Homo, a la que hemos de volver.
San Tirso, que en tiempos tuvo acogedores soportales, vecinos de los que hacían plazuela de lo que hoy es plaza de la Catedral, era lugar popular, con renombrada misa de doce, sin hablar ahora de su condición de espacio para reunión de los ovetenses notables para dirimir sus causas, ni de la relación con doña Velasquita Giráldez y su cofradía. Es, en rigor, la única de las iglesias parroquiales del viejo Oviedo intramuros que no sufrió mudanza mayor en su larga vida, aunque es bien cierto que padeció el fuego de 1521 y destrozos y calamidades en los violentos sucesos de los años 30 del siglo XX.
Forzosamente cercana a la anterior, en una ciudad pequeña y abigarrada como era Oviedo, estaba la primitiva iglesia de San Isidoro del Mercado, cuyo nombre ya aparece en documentos ovetenses del siglo XIII, en lo que entonces se conocía como zona «de la viña». Desaparecida en 1923, por derribo, como tantas cosas aquí, había dejado de tener culto cuando éste se trasladó a San Matías, en la Plaza Mayor, y el viejo templo románico pasó por no pocas aventuras, que le llevaron, por ejemplo, a ser durante tiempo tahona, según se desprende de acuerdos municipales de 1806, adquirida en propiedad por don Santos Secades en 1820, con lo que la vieja calle de San Isidoro se llamó calle de la Tahona. En su lugar está ahora el popular «Paraguas», cobijo airoso durante años para las vendedoras de leche. Del noble porte de lo perdido dan cuenta algunas fotografías, el arco conservado ahora en el Campo de San Francisco, hasta bien poco acompañado de la figura del santo franciscano, lo que inducía a error, y algunas piedras conservadas en el Museo Arqueológico, actualmente cerrado. Es de temer que durante los años de abandono anteriores a los tiempos de la tahona, y previamente en el traslado a San Matías, templo de mayores pretensiones y muy bien dotado por los jesuitas, se perdieran objetos de culto e imágenes de las que no nos queda ni noticia. También desaparecerían las costumbres, en una parroquia medio aldeana, en cuyos alrededores vivían, haciendo honor a su nombre, vendedores y también canteros de las perpetuas obras de la catedral.
En la antigua calleja de San Juan, hoy Schultz, estuvo la vieja parroquia de San Juan, surgida de la devoción de Alfonso III, que hacía las veces de capilla del Hospital donado por Alfonso VI, durante siglos hospital por excelencia de la ciudad peregrina, y de su pórtico decía Canella «portada bizantina, de comienzos del siglo XII, adornada con molduras de ajedrez, graciosos y variados capiteles y tres columnas a cada lado, que sostenían las decrecientes arquivoltas, bajo talladas ménsulas». Otras partes de la iglesia habían sufrido sucesivas transformaciones a lo largo del tiempo, capaces de borrar las sedes de numerosas cofradías, sepulcros, como los que la leyenda atribuye a Silo y Adosinda, y altares, como el del obispo Pelayo. El pórtico, cobijo de peregrinos, se derribó en 1869 y la iglesia toda, declarada en ruina, en 1882, a lo que comenta Canella, «numerándose las piezas de la artística entrada, que recogió la Comisión Provincial de Monumentos y depositó, a disposición del prelado, en los almacenes municipales». Ese triunvirato de poderes, el eclesiástico, el provincial y el local, no evitaron que la hermosa portada acabase medio enterrada bajo la paja y el estiércol en las caballerizas del palacio de La Cogolla, en Nava, de donde lo rescató Joaquín Manzanares, y ahora está en el Tabularium Artis Asturiensis. Tras el derribo, las muchas imágenes y altares de San Juan, junto con otros elementos del sagrado ajuar, fueron a parar a la Iglesia franciscana, a la vera del Campo, viajando en carros tan singular mudanza a través de la plazuela de Porlier y calle de San Francisco abajo, en dramática y precipitada aventura, para ocupar su nueva casa, más amplia que la anterior, solemne a pesar de los remiendos de su hermosa factura gótica, morada última de muchos de los nobles asturianos que ocupaban en paredes y suelos sepulcros blasonados.
En rigor, ese nuevo espacio, a últimos del siglo XIX, era mejor, en el plano de la ciudad, que el viejo de la calleja de San Juan, pues se orientaba a los cuatro vientos del Oviedo nuevo, que se miraba en el refulgente espejo de la calle de Uría, donde se acomodaba la nueva burguesía, lejos ya de las calles tortuosas que se cobijaban bajo la sombra protectora de la catedral. Ocurrió que, desgraciadamente, esta ventaja que apreciaron los feligreses, a pesar de las muchas pérdidas del cambio, en lo sentimental y en lo patrimonial, fue pronto inconveniente, pues no tardó el Principado en fijarse en aquellos terrenos franciscanos para edificar el nuevo Palacio de la Diputación, para lo que se barrió iglesia, convento, cementerio y todo lo que sonase a pasado, hace ahora justamente un siglo. Según cuenta Carbayo, había en San Francisco, junto a otras numerosas reliquias y objetos de culto, «un crucifijo de gran antigüedad y una espina de la corona de Nuestro Señor». Se dice que en Jueves Santo, mientras fue parroquia de San Juan, se celebraban allí las mismas ceremonias y cultos que habían tenido lugar durante siglos en San Juan, y esto duró entre 1882 y 1902, tiempo en el que el templo fue centro natural de las devociones de los ovetenses del ensanche, que se abrumaron profundamente, y se resistieron cuanto pudieron, que fue poco, cuando supieron del derribo inminente, para cuya justificación se decía que el conjunto era ruinoso y sin valor artístico. Para comprobar su valor, están depositados en el Museo Arqueológico algunos ventanales góticos de finísima factura y otras piezas que incluso mantienen parte de la policromía original. El derribo se consumó en la primera semana de abril de ese 1902, semana de Resurrección, y esta vez la mudanza fue hasta la iglesia de la Corte, donde estuvo hasta diciembre del mismo año, momento en el que pasa a San Tirso, con lo que vemos un expresivo nexo de ligazón entre las viejas parroquias ovetenses. A la vez, no conviene olvidar la mucha vinculación de la Semana Santa con la iglesia de San Francisco, siendo como es esa orden especialmente dada a representaciones y acciones de carácter didáctico, entre las que cabe señalar la tradición de los nacimientos. Ciriaco Miguel Vigil recoge del Archivo Municipal noticia de la celebración del Jueves Santo de 1560, cuando se dispone que, mandados por la Corporación, «vayan delante doce Caballeros con cruces de las Cofradías». Más adelante, en 1662, la Cofradía de la Misericordia, con sede en San Francisco, obtiene permiso para pedir todos los domingos de Cuaresma, para ayuda de las celebraciones, y en 1665 La Tercera Orden pide licencia para colocar pedestales en el Calvario instalado en el Campo.
Volviendo a San Juan, entre sus derribos y cambios cabe suponer que las pérdidas sufridas hasta que consiguió nuevo y definitivo edificio en 1915, fueron cuantiosas, dispersas muchas de las imágenes y pasos de Semana Santa, no pocos de los cuales desaparecieron en este tiempo definitivamente. El 24 de junio de 1915, festividad de San Juan, se inaugura la nueva sede parroquial solemnemente y a sus altares llegan algunas de las imágenes salvadas de la diáspora de los años anteriores. Gran contraste el de esa iglesia neobizantina, que se llamó «la catedral del ensanche», y la vieja iglesina de la calleja de San Juan.
Otra iglesia parroquial, naturalmente relacionada con la Semana Santa, también marcada por el aire de las mudanzas, fue y es Santa María de la Corte, ligada en su origen al monasterio de San Pelayo por donación de la reina Urraca a la abadesa Aldonza en 1157. No podemos entrar ahora a relatar cómo la primera capilla, situada en medio de lo que ahora es calle de San Vicente, entró en ruina temprana y entre unas cosas y otras fue derribada, con lo que el culto pasó al desamortizado convento de San Vicente, allí al lado, mucho mejor y bien dotado. En el cambio se perdieron imágenes, nobles piedras y objetos de culto. Santa María, que fue hijuela de San Isidoro, fue elegida parroquia canonice et in perpetuum en 1879.
A estas parroquias intramuros habría que añadir, como ya hemos mencionado, la abundancia de conventos de órdenes masculinas y femeninas. El ambiente religioso de Oviedo se reforzaba, hasta entrado el siglo XX, con la presencia de innumerables capillas, San Nicolás, San Cipriano, San Roque, San Lázaro, Los Remedios, San Pedro, San Bernabé, Santa Susana y La Magdalena, entre otras, cuyos nombres evocan inequívocamente la relación con las pestes tan temidas y también su frecuente vinculación con los cultos de la Semana Santa. Así, la capilla de la Misericordia estaba en el pórtico de San Francisco y cuenta Canella en 1885 que «en su humilde retablo había figuras ó pasos de la Pasión de Jesucristo que figuraban en pasadas procesiones de Semana Santa. El Ayuntamiento la protegía con limosnas para el Miserere».
Las calles de Oviedo también evocan con sus nombres la fuerte dedicación religiosa de la ciudad y así numerosos santos tienen calle, al tiempo que los canónigos también tienen la suya. En los tiempos en los que se mantenía la muralla, derribada paulatinamente a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, ese tiempo en el que también cayeron templos y capillas, todo barrido por una fiebre de falsa modernidad, cada una de las puertas de la ciudad contaba con hornacina, así como algunos recodos propios para la devoción popular. Entre esas imágenes se sabe que hubo Ecce Homo en la calle del mismo nombre, al lado del Postigo, y allí cerca, en la puerta que cercaba la calle de la Ferrería, hoy Mon, estuvo la puerta y imagen de La Soledad, lo mismo que hubo Cristo «de bulto» en Jesús.
Todo el año había en Oviedo novenas y cerca de la Semana Santa se celebraban la de los Dolores Gloriosos de María en San Tirso y la de los Dolores o La Soledad en San Isidoro, y desde el primer viernes de Cuaresma, la del Nazareno en Santo Domingo, que sigue viva.
Actualmente, la reconstrucción de lo que fue la Semana Santa de Oviedo, de la que se sabe documentalmente que hubo numerosas procesiones en los siglos XVI y XVII, es labor de constatar ausencias más que presencias, pues, tanto en lo que se refiere a imágenes como a tradiciones en los cultos, mucho es lo perdido. Efectivamente, el tiempo no pasa en vano, ni siquiera por manifestaciones tan imperecederas como las de las devociones religiosas, pero, junto con el viento del olvido, hubo acontecimientos históricos que justifican, al menos en parte, tanta pérdida. Al fuego de 1521, que nos hurtó mucho de lo que sería el Oviedo medieval, habrá que añadir los daños de la invasión francesa, empeñada en hacer rapiña en nuestro rico patrimonio artístico, pero, en rigor, especial miseria trajo para este patrimonio la Desamortización de Mendizábal, entre 1835 y 1837, que no hizo más que cambiar las cosas de mano, dejando en abandono y consecuente pérdida lo que había estado bien guardado durante siglos. Los sucesos sangrientos de 1934 y 1936 hicieron desaparecer innumerables piezas de valor y, en un tiempo reciente, daño especial hizo el desamor y la desinformación que permitieron relegar a sacristías y desvanes figuras de valor y devoción, para colocar en su lugar imágenes desprovistas de personalidad artística, huérfanas de la pátina que las oraciones y la mirada de los fieles añaden a los santos.
De entre lo perdido, sólo podemos espigar algunas de las costumbres ligadas a la Semana Santa. De las Sinodales del Obispo Pisador, de 1784, deducimos algunas de ellas, cuando prohíbe «la impropia y perjudicial costumbre que hay en algunas parroquias de esta Diócesis, de la función o repartición del "bollo" que llaman y que se hace en la iglesia en el Viernes Santo de cada año al tiempo de la adoración de la Cruz, con la turbulencia, algazaras y voces que se dexan reconocer, incorrespondientes a tan sagrado lugar y Santo día...». En el mismo documento, más adelante, añade, sobre la costumbre, extendida también en otras fechas, de llevar animales, como novillos, al templo: «Prohibimos que en festividad ni tiempo alguno se introduzcan semejantes animales en la iglesia y —añade— que el Jueves Santo se pongan guardias enmascarados en los Monumentos». Habla Pisador de las procesiones, en las que parece que iban «hombres y mujeres enmascarados, disfrazados o encapuchados, pertenecientes a Cofradías y Hermandades», y así desde antes del siglo XVIII. Esto debe tener que ver con la clásica tradición española de los penitentes o disciplinantes. Constantino Cabal, cronista de Asturias que fue, menciona que en tiempos ya remotos y en la noche de Jueves Santo se celebraban en Oviedo procesiones de disciplinantes. A la vez, comenta la leyenda de que en día de Viernes Santo en Oviedo no molían los molinos, tan abundantes, porque si molieran, de la tolva, en vez de harina, saldría sangre...
Oviedo fue sede de muy importantes imagineros, que a lo largo especialmente de los siglos XVII y XVIII, siguiendo el gusto de la escuela castellana, generalmente, dotaron nuestros altares de imágenes de gran calidad y belleza al tiempo que compusieron pasos de Semana Santa grandes y espectaculares, de los que la tradición ovetense recuerda uno que estuvo en el viejo San Juan conocido como «La panera», por su forma y tamaño, del que hablan tanto Canella como Amandi, dando ya por perdida esa procesión hacia mediados del XIX. Jovellanos, en sus «Cartas a Ponz», habla con admiración de Luis Fernández de la Vega, que vivió y trabajó en la Puerta Nueva. Ramallo atribuye sin titubeos a su arte la Virgen de la Soledad «de vestir» de San Isidoro, lo mismo que el Cristo yacente que la acompaña, influido por Gregorio Fernández. Vega hizo también, al menos en parte, el monumento de madera que se instalaba en la catedral en las fechas de Semana Santa para la adoración del Santísimo, actualmente perdido, del que todavía en tiempos no muy remotos se conservaban dos cabezas de ángel que se ponían con velas en algunas ocasiones. Ramallo documenta 23 obras de De la Vega, de las que han desaparecido, en todo o en parte, 14.
Antonio de Borja, otro imaginero que trabajó en Oviedo, hizo pasos para la Semana Santa ovetense, y es posible que el mencionado como «la Panera», que representaba la prisión de Jesús, fuese obra suya, especializado en composiciones abigarradas, con muchas figuras y afán escenográfico. Otras obras suyas se distribuyen hoy por diferentes altares de Asturias, como muestra de esa dispersión que se produjo, reiteradamente, a lo largo del tiempo.
No cabe ahora siquiera somero repaso por las imágenes que, de esos tiempos barrocos tan identificados con la Semana Santa en lo artístico, quedan en Oviedo. Si los cronistas del siglo XIX ya lamentaban la pérdida de mucha tradición en la semana de Pasión, enmarcada entre el domingo de Ramos y el de Pascua, entre el romero y el laurel y la bolla de escanda, con torrezno y huevos duros, que se ve ahora como monumento etnográfico, las llamadas bollas de la Pola, a medida que avanzó el siglo XX se fueron perdiendo muchas tradiciones, en éste y en otros campos, y la Semana Santa llegó a la posguerra empobrecida y en parte recuperada como reafirmación del nuevo espíritu nacional, lo que no favorecía fiestas tan solemnes y dotadas de fervor popular distinto del político. Así, con procesiones mantenidas e incluso novedosas, muy abundantes en los años cincuenta, las cofradías y hermandades fueron languideciendo y, en tiempos del desarrollismo, la gente inventó la semana inglesa y le cogió gusto a Santa María la más lejos, es decir, a coger el 600 y marchar en busca de paraísos nuevos, distintos del cirio pascual y los paños morados. Más recientemente, incluso la Semana Santa se anuncia desde Navidad como tiempo bueno para conocer mundos lejanos, paraísos perdidos en los que, por cierto, también está Dios. Pero no temamos, la Semana Santa vuele, con más fuerza si cabe, y actualmente en Oviedo se cumplen ya los diez años desde que un grupo de entusiastas –estas cosas necesitan siempre del entusiasmo de unos pocos, para empezar, con nombres y apellidos–, decidieron aplicar a nuestra Semana Santa las palabras que Cristo le dijo a Lázaro y así se levantó y anduvo la Cofradía más antigua, la del Nazareno, con sede en Santo Domingo, que recuperó el pulso en 1995, a la que siguió en 1996 la Hermandad del Santo Entierro y Nuestra Señora de la Soledad, con sede en San Isidoro, que volvió a salir los días 5 y 6 de abril de 1996, Viernes y Sábado Santos, y la Cofradía de la Hermandad de Jesús Cautivo de Oviedo, con sede en San Juan, con imagen revestida de Antonio de Borja, que salió por primera vez del 27 de marzo de 1997, a la que ahora acompaña Nuestra Señora de la Merced, desde 1998, obra de José Luis Iglesias Luelmo. Se recuperó también otra procesión clásica, la del Santo Entierro, de San Isidoro, y la de la Soledad, ambas con tradición y devoción en la ciudad. Desde el año 2001 sale también, desde la Corte, la Cofradía del Silencio y Santa Cruz, que ya había salido en los años cuarenta del siglo XX. Ahora estas celebraciones y procesiones cuentan con el fervor popular que se pone en evidencia en las calles y en las emociones sinceras de los fieles.
Ha cambiado la liturgia y ya quedan lejos los recuerdos de la infancia, de cuando no se podía ni cantar, ni por supuesto ir al cine ni pasear a sitios distintos de los Monumentos, altares eucarísticos en los que cada iglesia y cada oratorio sacaba lo mejor de la plata y las flores más frescas de la naciente primavera. Había que visitar siete, al menos, rezando en cada estación, pero aquello se convertía en una carrera que nos llevaba por toda la ciudad, todavía incapaces de admirar tantas bellezas más allá de las luces y la devoción ingenua y fuerte de la inocencia.
Pero no pensemos que el silencio, el ayuno y la abstinencia, preceptivos del tiempo de Cuaresma, unidos a la sensación de luto que cubría las imágenes de morado y cambiaba las alegres campanillas de plata por carracas, acababa con el tradicional buen talante de los ovetenses, sometidos a privarse de carne y caldo de carne. Con los toneles de sidra recién abiertos en las espichas tradicionales de San José, con los prados ya cuajados de mayinas, no se faltaba ni se falta a la devoción por tomar unos culinos de sidra, acompañada para esas ocasiones con huevos duros y fritos de bacalao, protagonista éste de la dieta del tiempo. Y también como consuelo sobre los manteles, la Semana Santa tiene múltiples dulces propios, torrijas, frixuelos y otras golosinas de sartén que se mantienen a lo largo de los años, buenas para entonar el estómago tras el «aire cuaresmeru» que suele soplar en las tardes de procesión.
Y ahora, pidiendo perdón por haberme extendido más de lo razonable, con tantas cosas en el tintero todavía, sólo me queda agradecerles su atención e invitarles, por su propio bien, a participar en las procesiones que nos aguardan e intervenir, cada cual a su manera, en la Semana Santa ovetense de este año 2004
Día de América en Asturias 2001
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