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En Oviedo, la Semana Santa, una tradición que se había perdido por los años sesenta del pasado siglo XX, se ha ido consolidando, a partir de mediados de los noventa, como una cita ineludible en la ciudad. La revitalización que año tras año experimenta se debe a un grupo de incondicionales devotos comprometidos con la recuperación de unas celebraciones y procesiones que cuentan con el fervor popular. El fruto de ese trabajo puede verse por esas fechas en las calles de Oviedo, donde desfilan hermandades y cofradías.
La primera en recuperar el paso (año 1995) fue la Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, las más antigua (anterior a 1675), con sede en la iglesia de Santo Domingo. La crearon unos jóvenes que se reunían para formar artesanos. Reproducen las cofradías medievales. En la actualidad, en el atardecer del Miércoles Santo, cientos de cofrades acompañan a la bellísima imagen del Nazareno por distintas calles de la ciudad, encabezando la comitiva los estandartes del vía crucis y la luz de los hachones. Un momento emotivo se produce ante la capilla de La Balesquida, donde se detiene la marcha mientras un grupo de cofrades recogen de lo alto del paso un ramo de lilo blanco y, con ofrenda floral, simbolizan la entrega y el amor del Nazareno a su madre, la Virgen de la Esperanza, advocación de la capilla.
A la anterior cofradía le siguió en 1996 la Hermandad del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores, que procesiona el Viernes y el Sábado santos. El primero de los dos días citados, sale la procesión del Santo Entierro de la iglesia de San Isidoro el Real. Sus cofrades, ataviados de negro riguroso, sacan el paso del Cristo Yacente. Resulta vistosa la celebración de un rito, inspirado en la liturgia oriental, consistente en inciensar el paso y, luego, arrojarle pétalos de rosa. Despierta especial interés el desfile de los niños cofrades –cariñosamente apodados Los Morabetinos de la Dolorosa, en recuerdo del morabetín o maravedí, la moneda con la que algunos antiguos devotos y cofrades efectuaban sus pagos–; algunos de ellos procesionan con la imagen de un Niño Jesús crucificado y el resto acompañan el paso, llamado «El Paso de los Niños», portando velas. El Sábado Santo, partiendo también del templo de San Isidoro, tiene lugar la procesión de la Soledad, imagen que es portada en andas por encapuchados costaleros, acompañados por un buen número de cofrades, con capirote malva y hábito negro. A la cabeza de la comitiva, antes incluso de la cruz de guía, la hermandad recuperó (Semana Santa de 2004) la figura del muñidor –cuyo nombre figura ya en los estatutos del siglo XVII por los que se regía la anterior cofradía–, que porta una campana, con la que, antiguamente, avisaba de la llegada de la procesión. Asimismo, rescató dos varas de mando del siglo XVII. A su regreso, se sueltan palomas a las puertas del templo. A continuación, la hermandad decide mostrar a la Virgen descubierta y exhibirse en «bailarla».
También en 1996 recuperó protagonismo la Cofradía de la Hermandad de Jesús Cautivo de Oviedo, con sede en San Juan e imagen revestida de Antonio de Borja, a la que desde 1998 acompaña Nuestra Señora de la Merced, obra de José Luis Iglesias Luelmo. En el anochecer del Jueves Santo, a la cruz de guía, que anuncia desde la iglesia el comienzo de la estación de penitencia, le sigue la banda de cornetas y tambores, acompañando con sus acordes, a la salida del templo, el paso de Jesús Cautivo, con corona de espinas, escoltado por agentes de la autoridad vestidos de gala y decorado con flores al igual que su restaurado manto. Tras el Cautivo va el trono bajo palio de Nuestra Señora de la Merced, iluminada con velas, adornada floralmente y custodiada por fuerzas del orden. Los cofrades, con capirotes blancos y capas rojas, recorren, flanqueados por devotos y curiosos, varias calles hasta llegar a la plaza de Porlier, donde una multitud se agolpa y contempla el solemne e impactante rito del indulto de un reo. Éste, gracias a la mediación de la hermandad y a la concesión de la gracia del indulto por parte del Gobierno de España, consigue la ansiada libertad, que le llega en el balcón del palacio del Camposagrado —en cuyo interior espera el acto–, y tras la lectura del relato del prendimiento de Cristo.
La Cofradía del Silencio retomó su actividad en 2002, esta vez con el nombre de Cofradía del Silencio y Santa Cruz, y procesiona el Martes Santo con los pasos del Santo Cristo Flagelado y la Santa Cruz. Fue fundada en el año 1945, al amparo de la Fábrica de Armas de Oviedo. Tenía el más impresionante cortejo, con cuatro pasos: el Santo Cristo Flagelado, la Oración en el Huerto, el Cristo de la Agonía y la Virgen de la Amargura. En los años sesenta, al igual que el resto de las cofradías de la ciudad, comenzó su decadencia. La procesión sale de la iglesia de Santa María la Real de la Corte (sita en la plaza Feijoo) y recorre varias calles a ritmo lento y pausado, marcado por las varas de seises. Llama poderosamente la atención el silencio, sólo roto por los tambores, y el recogimiento de fieles y público en general, recogimiento que se acentúa especialmente a su paso por Santa Ana y el tránsito de Santa Bárbara. Pero en la procesión no sólo toca la agrupación de tambores de dicha cofradía, sino que va abriendo paso la Capilla Musical Santa Eulalia de Mérida tocando piezas del estilo del siglo XVIII, compuestas varias de ellas para la Cofradía del Silencio por la Agrupación Musical San Salvador de Oviedo.
SEMANA SANTA EN OVIEDO
A continuación se reproduce el texto del pregón de la Semana de Santa de Oviedo del año 2004, obra de Carmen Ruiz-Tilve (véase biografía), cronista oficial de Oviedo, quien lo leyó el día 31 de marzo. En él se hace un repaso de la vida religiosa en la ciudad ovetense desde su fundación hasta el presente.
La historia de Oviedo, desde su fundación, está unida a la vida religiosa, principal razón del establecimiento aquí de los fundadores, en un tiempo crispado en el que el maniqueísmo obligaba a constantes manifestaciones de fe, con el año 1000 como fecha fija de la catarsis espiritual.
La ciudad, cuyo plano medieval se distribuía en tres barrios diferenciados, el religioso, el real y el comercial, acabó, por causas de fuerza mayor, desequilibrando el caserío desde el momento en el que la monarquía asturiana, que tuvo en Oviedo su solar durante tiempo, decidió mudarse a León, por razones estratégicas, dejando en sordo los palacios ovetenses, con las estancias vacías cruzadas por el aire de la ausencia y los pendones coloridos por la heráldica palideciendo bajo el velo de la tristeza.
Fue precisamente la vida religiosa la que, sabedora de su importancia, no sólo mantuvo sino que aumentó su protagonismo, en el que fueron providenciales las reliquias de la Cámara Santa. De su custodia dependió la estructura del centro de la ciudad monumental y las murallas primeras no eran tanto defensivas para la población como protectoras del tesoro, material y espiritual, que convirtió Oviedo en meta inexcusable de las expediciones piadosas, en movimiento que se potenció con las peregrinaciones a Santiago de Compostela, nacidas en Oviedo y con Oviedo como estación principal e imprescindible.
En rigor, de la vida religiosa vino la comercial, y así nuestra rúa de las Tiendas o de los Cambiadores, la Rúa Ruera de Pérez de Ayala, nuestra actual Rúa a secas, nació precisamente como camino de peregrinos y otras gentes andariegas, que allí podían cambiar sus monedas lejanas o comprar recuerdos de su paso por Oviedo, insignias de «fino estanno» que tanto los orfebres con tienda como los vendedores del aire les ofrecían. Al tiempo, fue precisamente el atractivo de lo religioso el que hizo volver, de vez en cuando, a los miembros de la realeza a sus «Asturias de Oviedo».
Ya en los primeros planos de la ciudad aparecen iglesias y conventos, muy característicos todos del talante de la ciudad, buen solar para el establecimiento de órdenes religiosas, con el monasterio de San Pelayo, el de Santa María de la Vega, el de Nuestra Señora del Rosario, el de Santa Clara y el de San Francisco como grandes, enormes construcciones, la mayoría de ellas extramuros, en parte por sus propias Reglas, que dieron a la ciudad y a sus verdes y boscosos alrededores el aire solemne y un poco triste que suelen describir en sus escritos los viajeros que hasta aquí llegaban.
La vida religiosa ordinaria estaba concentrada en cuatro parroquias, que ejercían su labor alrededor de la catedral, protagonista principal de las celebraciones religiosas más importantes y meta de peregrinos, entre cuyo tesoro se cuenta, en relación a la Semana Santa, el Santo Sudario y el Lignum Crucis, entre otras reliquias íntimamente relacionadas con la Pasión. Con raíces muy anteriores, en tiempos del obispo Sanz y Forés, el 6 de enero de 1879 se confirmaron las demarcaciones de estas cuatro parroquias, a las que vamos a referirnos para intentar hacer un repaso de la Semana Santa ovetense, por ser precisamente la segunda mitad del siglo XIX, quizá por la relativa cercanía en el tiempo, la que ofrece más datos, aunque escasos, de esas celebraciones, de las que con mucha frecuencia se habla ya entonces en pasado. Esas cuatro parroquias eran, y son, porque afortunadamente todas subsisten, a pesar de los avatares que sucintamente comentaremos, de los que ninguna se libró, las siguientes: San Tirso, parroquia de la Catedral, San Isidoro, San Juan y Santa María de la Corte, mencionadas por su orden de antigüedad, tal como se respetaba en las celebraciones que tomaban nota de las sacramentales parroquiales.
Convenimos que San Tirso es la más antigua de las parroquias ovetenses, vinculada a la historia misma de la ciudad, nacida y crecida en el corazón de lo primitivo, de lo que se mantiene como testigo el ábside y la torre, bien cambiada esta última, todas ellas piedras capaces de evocar el tiempo naciente de nuestros Alfonsos, donada por El Magno a la catedral en el año 862. Entre las notas que vinculan San Tirso con la Semana Santa, sabemos que, a partir de la expulsión de los jesuitas de su templo de San Matías, los sermones de la Semana Santa se celebraban en San Tirso, a partir de 1721, y el regente de la Audiencia, que pertenecía a esa parroquia, llevaba consigo la llave del sagrario en Semana Santa desde 1739. En el siglo XVIII, la parroquia contaba con 573 familias y comprendía la mayoría de las calles del anillo urbano formado alrededor de los lugares fundacionales, entre cuyas calles estaba la de Ecce Homo, a la que hemos de volver.
San Tirso, que en tiempos tuvo acogedores soportales, vecinos de los que hacían plazuela de lo que hoy es plaza de la Catedral, era lugar popular, con renombrada misa de doce, sin hablar ahora de su condición de espacio para reunión de los ovetenses notables para dirimir sus causas, ni de la relación con doña Velasquita Giráldez y su cofradía. Es, en rigor, la única de las iglesias parroquiales del viejo Oviedo intramuros que no sufrió mudanza mayor en su larga vida, aunque es bien cierto que padeció el fuego de 1521 y destrozos y calamidades en los violentos sucesos de los años 30 del siglo XX.
Forzosamente cercana a la anterior, en una ciudad pequeña y abigarrada como era Oviedo, estaba la primitiva iglesia de San Isidoro del Mercado, cuyo nombre ya aparece en documentos ovetenses del siglo XIII, en lo que entonces se conocía como zona «de la viña». Desaparecida en 1923, por derribo, como tantas cosas aquí, había dejado de tener culto cuando éste se trasladó a San Matías, en la Plaza Mayor, y el viejo templo románico pasó por no pocas aventuras, que le llevaron, por ejemplo, a ser durante tiempo tahona, según se desprende de acuerdos municipales de 1806, adquirida en propiedad por don Santos Secades en 1820, con lo que la vieja calle de San Isidoro se llamó calle de la Tahona. En su lugar está ahora el popular «Paraguas», cobijo airoso durante años para las vendedoras de leche. Del noble porte de lo perdido dan cuenta algunas fotografías, el arco conservado ahora en el Campo de San Francisco, hasta bien poco acompañado de la figura del santo franciscano, lo que inducía a error, y algunas piedras conservadas en el Museo Arqueológico, actualmente cerrado. Es de temer que durante los años de abandono anteriores a los tiempos de la tahona, y previamente en el traslado a San Matías, templo de mayores pretensiones y muy bien dotado por los jesuitas, se perdieran objetos de culto e imágenes de las que no nos queda ni noticia. También desaparecerían las costumbres, en una parroquia medio aldeana, en cuyos alrededores vivían, haciendo honor a su nombre, vendedores y también canteros de las perpetuas obras de la catedral.
En la antigua calleja de San Juan, hoy Schultz, estuvo la vieja parroquia de San Juan, surgida de la devoción de Alfonso III, que hacía las veces de capilla del Hospital donado por Alfonso VI, durante siglos hospital por excelencia de la ciudad peregrina, y de su pórtico decía Canella «portada bizantina, de comienzos del siglo XII, adornada con molduras de ajedrez, graciosos y variados capiteles y tres columnas a cada lado, que sostenían las decrecientes arquivoltas, bajo talladas ménsulas». Otras partes de la iglesia habían sufrido sucesivas transformaciones a lo largo del tiempo, capaces de borrar las sedes de numerosas cofradías, sepulcros, como los que la leyenda atribuye a Silo y Adosinda, y altares, como el del obispo Pelayo. El pórtico, cobijo de peregrinos, se derribó en 1869 y la iglesia toda, declarada en ruina, en 1882, a lo que comenta Canella, «numerándose las piezas de la artística entrada, que recogió la Comisión Provincial de Monumentos y depositó, a disposición del prelado, en los almacenes municipales». Ese triunvirato de poderes, el eclesiástico, el provincial y el local, no evitaron que la hermosa portada acabase medio enterrada bajo la paja y el estiércol en las caballerizas del palacio de La Cogolla, en Nava, de donde lo rescató Joaquín Manzanares, y ahora está en el Tabularium Artis Asturiensis. Tras el derribo, las muchas imágenes y altares de San Juan, junto con otros elementos del sagrado ajuar, fueron a parar a la Iglesia franciscana, a la vera del Campo, viajando en carros tan singular mudanza a través de la plazuela de Porlier y calle de San Francisco abajo, en dramática y precipitada aventura, para ocupar su nueva casa, más amplia que la anterior, solemne a pesar de los remiendos de su hermosa factura gótica, morada última de muchos de los nobles asturianos que ocupaban en paredes y suelos sepulcros blasonados.
En rigor, ese nuevo espacio, a últimos del siglo XIX, era mejor, en el plano de la ciudad, que el viejo de la calleja de San Juan, pues se orientaba a los cuatro vientos del Oviedo nuevo, que se miraba en el refulgente espejo de la calle de Uría, donde se acomodaba la nueva burguesía, lejos ya de las calles tortuosas que se cobijaban bajo la sombra protectora de la catedral. Ocurrió que, desgraciadamente, esta ventaja que apreciaron los feligreses, a pesar de las muchas pérdidas del cambio, en lo sentimental y en lo patrimonial, fue pronto inconveniente, pues no tardó el Principado en fijarse en aquellos terrenos franciscanos para edificar el nuevo Palacio de la Diputación, para lo que se barrió iglesia, convento, cementerio y todo lo que sonase a pasado, hace ahora justamente un siglo. Según cuenta Carbayo, había en San Francisco, junto a otras numerosas reliquias y objetos de culto, «un crucifijo de gran antigüedad y una espina de la corona de Nuestro Señor». Se dice que en Jueves Santo, mientras fue parroquia de San Juan, se celebraban allí las mismas ceremonias y cultos que habían tenido lugar durante siglos en San Juan, y esto duró entre 1882 y 1902, tiempo en el que el templo fue centro natural de las devociones de los ovetenses del ensanche, que se abrumaron profundamente, y se resistieron cuanto pudieron, que fue poco, cuando supieron del derribo inminente, para cuya justificación se decía que el conjunto era ruinoso y sin valor artístico. Para comprobar su valor, están depositados en el Museo Arqueológico algunos ventanales góticos de finísima factura y otras piezas que incluso mantienen parte de la policromía original. El derribo se consumó en la primera semana de abril de ese 1902, semana de Resurrección, y esta vez la mudanza fue hasta la iglesia de la Corte, donde estuvo hasta diciembre del mismo año, momento en el que pasa a San Tirso, con lo que vemos un expresivo nexo de ligazón entre las viejas parroquias ovetenses. A la vez, no conviene olvidar la mucha vinculación de la Semana Santa con la iglesia de San Francisco, siendo como es esa orden especialmente dada a representaciones y acciones de carácter didáctico, entre las que cabe señalar la tradición de los nacimientos. Ciriaco Miguel Vigil recoge del Archivo Municipal noticia de la celebración del Jueves Santo de 1560, cuando se dispone que, mandados por la Corporación, «vayan delante doce Caballeros con cruces de las Cofradías». Más adelante, en 1662, la Cofradía de la Misericordia, con sede en San Francisco, obtiene permiso para pedir todos los domingos de Cuaresma, para ayuda de las celebraciones, y en 1665 La Tercera Orden pide licencia para colocar pedestales en el Calvario instalado en el Campo.
Volviendo a San Juan, entre sus derribos y cambios cabe suponer que las pérdidas sufridas hasta que consiguió nuevo y definitivo edificio en 1915, fueron cuantiosas, dispersas muchas de las imágenes y pasos de Semana Santa, no pocos de los cuales desaparecieron en este tiempo definitivamente. El 24 de junio de 1915, festividad de San Juan, se inaugura la nueva sede parroquial solemnemente y a sus altares llegan algunas de las imágenes salvadas de la diáspora de los años anteriores. Gran contraste el de esa iglesia neobizantina, que se llamó «la catedral del ensanche», y la vieja iglesina de la calleja de San Juan.
Otra iglesia parroquial, naturalmente relacionada con la Semana Santa, también marcada por el aire de las mudanzas, fue y es Santa María de la Corte, ligada en su origen al monasterio de San Pelayo por donación de la reina Urraca a la abadesa Aldonza en 1157. No podemos entrar ahora a relatar cómo la primera capilla, situada en medio de lo que ahora es calle de San Vicente, entró en ruina temprana y entre unas cosas y otras fue derribada, con lo que el culto pasó al desamortizado convento de San Vicente, allí al lado, mucho mejor y bien dotado. En el cambio se perdieron imágenes, nobles piedras y objetos de culto. Santa María, que fue hijuela de San Isidoro, fue elegida parroquia canonice et in perpetuum en 1879.
A estas parroquias intramuros habría que añadir, como ya hemos mencionado, la abundancia de conventos de órdenes masculinas y femeninas. El ambiente religioso de Oviedo se reforzaba, hasta entrado el siglo XX, con la presencia de innumerables capillas, San Nicolás, San Cipriano, San Roque, San Lázaro, Los Remedios, San Pedro, San Bernabé, Santa Susana y La Magdalena, entre otras, cuyos nombres evocan inequívocamente la relación con las pestes tan temidas y también su frecuente vinculación con los cultos de la Semana Santa. Así, la capilla de la Misericordia estaba en el pórtico de San Francisco y cuenta Canella en 1885 que «en su humilde retablo había figuras ó pasos de la Pasión de Jesucristo que figuraban en pasadas procesiones de Semana Santa. El Ayuntamiento la protegía con limosnas para el Miserere».
Las calles de Oviedo también evocan con sus nombres la fuerte dedicación religiosa de la ciudad y así numerosos santos tienen calle, al tiempo que los canónigos también tienen la suya. En los tiempos en los que se mantenía la muralla, derribada paulatinamente a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, ese tiempo en el que también cayeron templos y capillas, todo barrido por una fiebre de falsa modernidad, cada una de las puertas de la ciudad contaba con hornacina, así como algunos recodos propios para la devoción popular. Entre esas imágenes se sabe que hubo Ecce Homo en la calle del mismo nombre, al lado del Postigo, y allí cerca, en la puerta que cercaba la calle de la Ferrería, hoy Mon, estuvo la puerta y imagen de La Soledad, lo mismo que hubo Cristo «de bulto» en Jesús.
Todo el año había en Oviedo novenas y cerca de la Semana Santa se celebraban la de los Dolores Gloriosos de María en San Tirso y la de los Dolores o La Soledad en San Isidoro, y desde el primer viernes de Cuaresma, la del Nazareno en Santo Domingo, que sigue viva.
Actualmente, la reconstrucción de lo que fue la Semana Santa de Oviedo, de la que se sabe documentalmente que hubo numerosas procesiones en los siglos XVI y XVII, es labor de constatar ausencias más que presencias, pues, tanto en lo que se refiere a imágenes como a tradiciones en los cultos, mucho es lo perdido. Efectivamente, el tiempo no pasa en vano, ni siquiera por manifestaciones tan imperecederas como las de las devociones religiosas, pero, junto con el viento del olvido, hubo acontecimientos históricos que justifican, al menos en parte, tanta pérdida. Al fuego de 1521, que nos hurtó mucho de lo que sería el Oviedo medieval, habrá que añadir los daños de la invasión francesa, empeñada en hacer rapiña en nuestro rico patrimonio artístico, pero, en rigor, especial miseria trajo para este patrimonio la Desamortización de Mendizábal, entre 1835 y 1837, que no hizo más que cambiar las cosas de mano, dejando en abandono y consecuente pérdida lo que había estado bien guardado durante siglos. Los sucesos sangrientos de 1934 y 1936 hicieron desaparecer innumerables piezas de valor y, en un tiempo reciente, daño especial hizo el desamor y la desinformación que permitieron relegar a sacristías y desvanes figuras de valor y devoción, para colocar en su lugar imágenes desprovistas de personalidad artística, huérfanas de la pátina que las oraciones y la mirada de los fieles añaden a los santos.
De entre lo perdido, sólo podemos espigar algunas de las costumbres ligadas a la Semana Santa. De las Sinodales del Obispo Pisador, de 1784, deducimos algunas de ellas, cuando prohíbe «la impropia y perjudicial costumbre que hay en algunas parroquias de esta Diócesis, de la función o repartición del "bollo" que llaman y que se hace en la iglesia en el Viernes Santo de cada año al tiempo de la adoración de la Cruz, con la turbulencia, algazaras y voces que se dexan reconocer, incorrespondientes a tan sagrado lugar y Santo día...». En el mismo documento, más adelante, añade, sobre la costumbre, extendida también en otras fechas, de llevar animales, como novillos, al templo: «Prohibimos que en festividad ni tiempo alguno se introduzcan semejantes animales en la iglesia y —añade— que el Jueves Santo se pongan guardias enmascarados en los Monumentos». Habla Pisador de las procesiones, en las que parece que iban «hombres y mujeres enmascarados, disfrazados o encapuchados, pertenecientes a Cofradías y Hermandades», y así desde antes del siglo XVIII. Esto debe tener que ver con la clásica tradición española de los penitentes o disciplinantes. Constantino Cabal, cronista de Asturias que fue, menciona que en tiempos ya remotos y en la noche de Jueves Santo se celebraban en Oviedo procesiones de disciplinantes. A la vez, comenta la leyenda de que en día de Viernes Santo en Oviedo no molían los molinos, tan abundantes, porque si molieran, de la tolva, en vez de harina, saldría sangre...
Oviedo fue sede de muy importantes imagineros, que a lo largo especialmente de los siglos XVII y XVIII, siguiendo el gusto de la escuela castellana, generalmente, dotaron nuestros altares de imágenes de gran calidad y belleza al tiempo que compusieron pasos de Semana Santa grandes y espectaculares, de los que la tradición ovetense recuerda uno que estuvo en el viejo San Juan conocido como «La panera», por su forma y tamaño, del que hablan tanto Canella como Amandi, dando ya por perdida esa procesión hacia mediados del XIX. Jovellanos, en sus «Cartas a Ponz», habla con admiración de Luis Fernández de la Vega, que vivió y trabajó en la Puerta Nueva. Ramallo atribuye sin titubeos a su arte la Virgen de la Soledad «de vestir» de San Isidoro, lo mismo que el Cristo yacente que la acompaña, influido por Gregorio Fernández. Vega hizo también, al menos en parte, el monumento de madera que se instalaba en la catedral en las fechas de Semana Santa para la adoración del Santísimo, actualmente perdido, del que todavía en tiempos no muy remotos se conservaban dos cabezas de ángel que se ponían con velas en algunas ocasiones. Ramallo documenta 23 obras de De la Vega, de las que han desaparecido, en todo o en parte, 14.
Antonio de Borja, otro imaginero que trabajó en Oviedo, hizo pasos para la Semana Santa ovetense, y es posible que el mencionado como «la Panera», que representaba la prisión de Jesús, fuese obra suya, especializado en composiciones abigarradas, con muchas figuras y afán escenográfico. Otras obras suyas se distribuyen hoy por diferentes altares de Asturias, como muestra de esa dispersión que se produjo, reiteradamente, a lo largo del tiempo.
No cabe ahora siquiera somero repaso por las imágenes que, de esos tiempos barrocos tan identificados con la Semana Santa en lo artístico, quedan en Oviedo. Si los cronistas del siglo XIX ya lamentaban la pérdida de mucha tradición en la semana de Pasión, enmarcada entre el domingo de Ramos y el de Pascua, entre el romero y el laurel y la bolla de escanda, con torrezno y huevos duros, que se ve ahora como monumento etnográfico, las llamadas bollas de la Pola, a medida que avanzó el siglo XX se fueron perdiendo muchas tradiciones, en éste y en otros campos, y la Semana Santa llegó a la posguerra empobrecida y en parte recuperada como reafirmación del nuevo espíritu nacional, lo que no favorecía fiestas tan solemnes y dotadas de fervor popular distinto del político. Así, con procesiones mantenidas e incluso novedosas, muy abundantes en los años cincuenta, las cofradías y hermandades fueron languideciendo y, en tiempos del desarrollismo, la gente inventó la semana inglesa y le cogió gusto a Santa María la más lejos, es decir, a coger el 600 y marchar en busca de paraísos nuevos, distintos del cirio pascual y los paños morados. Más recientemente, incluso la Semana Santa se anuncia desde Navidad como tiempo bueno para conocer mundos lejanos, paraísos perdidos en los que, por cierto, también está Dios. Pero no temamos, la Semana Santa vuele, con más fuerza si cabe, y actualmente en Oviedo se cumplen ya los diez años desde que un grupo de entusiastas –estas cosas necesitan siempre del entusiasmo de unos pocos, para empezar, con nombres y apellidos–, decidieron aplicar a nuestra Semana Santa las palabras que Cristo le dijo a Lázaro y así se levantó y anduvo la Cofradía más antigua, la del Nazareno, con sede en Santo Domingo, que recuperó el pulso en 1995, a la que siguió en 1996 la Hermandad del Santo Entierro y Nuestra Señora de la Soledad, con sede en San Isidoro, que volvió a salir los días 5 y 6 de abril de 1996, Viernes y Sábado Santos, y la Cofradía de la Hermandad de Jesús Cautivo de Oviedo, con sede en San Juan, con imagen revestida de Antonio de Borja, que salió por primera vez del 27 de marzo de 1997, a la que ahora acompaña Nuestra Señora de la Merced, desde 1998, obra de José Luis Iglesias Luelmo. Se recuperó también otra procesión clásica, la del Santo Entierro, de San Isidoro, y la de la Soledad, ambas con tradición y devoción en la ciudad. Desde el año 2001 sale también, desde la Corte, la Cofradía del Silencio y Santa Cruz, que ya había salido en los años cuarenta del siglo XX. Ahora estas celebraciones y procesiones cuentan con el fervor popular que se pone en evidencia en las calles y en las emociones sinceras de los fieles.
Ha cambiado la liturgia y ya quedan lejos los recuerdos de la infancia, de cuando no se podía ni cantar, ni por supuesto ir al cine ni pasear a sitios distintos de los Monumentos, altares eucarísticos en los que cada iglesia y cada oratorio sacaba lo mejor de la plata y las flores más frescas de la naciente primavera. Había que visitar siete, al menos, rezando en cada estación, pero aquello se convertía en una carrera que nos llevaba por toda la ciudad, todavía incapaces de admirar tantas bellezas más allá de las luces y la devoción ingenua y fuerte de la inocencia.
Pero no pensemos que el silencio, el ayuno y la abstinencia, preceptivos del tiempo de Cuaresma, unidos a la sensación de luto que cubría las imágenes de morado y cambiaba las alegres campanillas de plata por carracas, acababa con el tradicional buen talante de los ovetenses, sometidos a privarse de carne y caldo de carne. Con los toneles de sidra recién abiertos en las espichas tradicionales de San José, con los prados ya cuajados de mayinas, no se faltaba ni se falta a la devoción por tomar unos culinos de sidra, acompañada para esas ocasiones con huevos duros y fritos de bacalao, protagonista éste de la dieta del tiempo. Y también como consuelo sobre los manteles, la Semana Santa tiene múltiples dulces propios, torrijas, frixuelos y otras golosinas de sartén que se mantienen a lo largo de los años, buenas para entonar el estómago tras el «aire cuaresmeru» que suele soplar en las tardes de procesión.
Y ahora, pidiendo perdón por haberme extendido más de lo razonable, con tantas cosas en el tintero todavía, sólo me queda agradecerles su atención e invitarles, por su propio bien, a participar en las procesiones que nos aguardan e intervenir, cada cual a su manera, en la Semana Santa ovetense de este año 2004
Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Oviedo
| Oviedo |
Ir a Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Oviedo
Año de fundación: Anterior a 1675.
Sede canónica: Iglesia conventual de Santo Domingo.
Paso: Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Estación de penitencia: Atardecer del Miércoles Santo.
Hábito: Túnica y cubrerrostro morado, cíngulo amarillo.
Los actos procesionales que recorren siglo a siglo las calles de nuestras ciudades y de los pueblos más recónditos son fruto de la historia de los pueblos, de sus raíces y tradiciones, porque lo hicieron nuestros antepasados y porque también los cristianos de hoy estamos orgullosos de manifestar abiertamente aquello en lo que creemos y esperamos.
Muchas son las representaciones que se veneran a lo largo de nuestra geografía sobre la iconografía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y todas gozan de la colectiva devoción de sus hermanos y devotos.
En Oviedo, la Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno está presidida por una hermosa talla de madera que data del siglo XVII, viste túnica morada con bordados en oro y únicamente deja ver sus finas manos agarrotadas por el peso de la Cruz que descansa sobre su hombro izquierdo y su rostro angustiado y desfigurado por el dolor.
En el atardecer del Miércoles Santo, el Nazareno recorre lentamente las calles y rincones de nuestra ciudad, acompasando su paso a la música de estridentes cornetas y tambores que quiebran el silencio de la noche; la Luna en el cielo, más nítida que nunca, observa interesada lo que acontece en las calles de Oviedo y las estrellas, ¡porque esa noche también hay estrellas!, dan fe del caminar pausado y firme del Nazareno. Tras Él, bajo los sobrios hábitos morados y pesados capirotes, los hermanos cofrades van descubriendo emociones y sentimientos que manan de sus corazones y los devotos, que son muchos, miran en silencio y rezan en la intimidad. Todos siguen con paso riguroso y disciplina admirable el Camino que el Nazareno les va marcando.
FUENTE: Enrique Álvarez Areces, Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Oviedo, en folleto Semana Santa, Oviedo 2004.
Hermandad y Cofradía de «Los Estudiantes»
| Oviedo |
Ir a Hermandad y Cofradía de «Los Estudiantes»
Año de fundación: 2007.
Sede canónica: Parroquia de San Francisco Javier (plaza de San Francisco Javier, barrio de La Tenderina — Oviedo).
La Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Misericordia, Nuestro Padre Jesús de la Sentencia, María Santísima de la Esperanza y San Francisco Javier, o de Los Estudiantes —nombre que toma de la amplia representación de la tuna de la Universidad de Oviedo entre sus miembros—, fundada en 2007, está formada por 228 hermanos y hermanas, distribuidos entre 72 costaleros, 28 miembros de la Agrupación Musical San Salvador de Oviedo, 57 nazarenos y nazarenas y 71 socios benefactores (datos de marzo 2008).
La Agrupación Musical San Salvador de Oviedo es la banda propia de la Hermandad, origen de ésta y con la característica de ser una banda constituida por y para la Semana Santa. Es la primera y única agrupación de estilo sevillano de todo el norte de la península, formada por un grupo de jóvenes católicos con la intención, desde sus inicios, de promover el crecimiento de la música cofrade y la Semana Santa en general. Sus notas han traspasado las fronteras de Asturias y acompañado pasos procesionales y otro tipo de actos relacionados en Zamora, León, Santa Cristina (Benavente), Ponferrada..., siendo solicitados incluso desde localidades andaluzas como Guadix (Granada) o Almería. Gracias a ella sonaron en Oviedo, por primera vez, marchas como La saeta, Virgen de las Angustias, María Santísima del Rocío, Sabed que vendrá... y tantas otras de su repertorio.
La característica más importante es que la Hermandad tiene un claro estilo sevillano, es más, trianero. Se suele decir por los más entusiastas que La Tenderina es como Triana. Es la única Hermandad que no está en el centro de Oviedo y, por ello, tiene un largo camino. Tiene un carácter juvenil y universitario. Es la única que procesiona íntegramente a costal en toda la mitad norte de España. Los colores del hábito son blanco marfil y rojo burdeos.
Paso
—Imagen del Crucificado Santísimo Cristo de la Misericordia, muy popular, venerada con gran fervor en la parroquia de San Francisco Javier de la Tenderina de Oviedo.
Es una talla grandes dimensiones de un Cristo crucificado que se inserta en la parte superior de la parihuela (trono) en un rito que se realiza al principio de la procesión.
El trono, decorado con flores, velas y hachones, pesa 950 kilos, mide 6 metros de largo por 2,50 m de ancho y es llevado por 40 costaleros, más los reservas distribuidos en 8 trabajaderas. Es una magnífica obra de José Miguel Tirao Carpio, prestigioso imaginero de Jaén con taller en Torredonjimeno.
Uniformidad
—Nazarenos: Túnica blanca, antifaz andaluz color burdeos (90 cm de alto) con emblema de la Hermandad bordado en el pecho. Cinturón de esparto.
—Costaleros: Costal blanco de arpillera, morcilla y faja negra. Camiseta blanca y pantalón vaquero azul recogido hasta las rodillas. Medias blancas subidas y deportivas blancas.
El costal es un trozo de tela de arpillera de determinadas dimensiones que el costalero se pone en la cabeza junto con la morcilla para que el peso de las trabajaderas del paso descanse sobre la cerviz.
La morcilla es un cilindro almohadillado que va enrollado en el costal de una manera característica para amortiguar el peso sobre el cuello.
—Miembros de la Agrupación Musical San Salvador: Traje de gala compuesto por gorra de plato blanca con escudo de ancla (por ser la representación de la Esperanza), chaqueta negra con hombreras y cadetera doradas, fajín azul con borlas doradas y pantalón y zapatos negros.
—Damas de mantilla: lo habitual. Color negro.
Maniobras
Las maniobras más significativas que realizan los costaleros son las siguientes:
—Ajustarse las ropas: Antes de meterse al paso, cada costalero, ayudado por otro, se ajusta el costal a la cabeza y se coloca la faja, en una maniobra curiosa para el profano que lo ve desde fuera y que se suele realizar en los portales o aledaños a la iglesia para no ensuciar las ropas.
—La igualá: La realiza el capataz antes de cada ensayo y la procesión, y en ella va igualando a los costaleros por altura para colocar a los iguales en la misma trabajadera y que el peso vaya repartido equitativamente. Es el momento más importante ya que con una mala igualá los costaleros sufrirán más de lo debido.
—La levantá: Es el momento en el que más sufre el costalero y donde pone toda la “carne en el asador”. Es una maniobra que se divide en 3 momentos. Primero, el capataz da tres golpes secos al “martillo o llamador” para avisar a los costaleros de que se “peguen al palo o trabajadera”. A continuación, el capataz llama a uno de los costaleros de atrás (normalmente uno de confianza, suele ser un patero, es decir, uno de los que van al lado de las patas), jaleándole para que responda y de esta manera ver que todo el mundo dentro del paso está preparado (recordemos que los costaleros van “ciegos” dentro del paso ya que no ven nada al exterior por ir tapados con los faldones del paso); en este momento se suele aprovechar para hacer alguna dedicatoria, si procede. El tercer momento es el “A ésta es”: en esta maniobra los costaleros se ponen derechos para “meter riñones” y así poder levantar el paso bien al cielo al siguiente golpe seco de martillo.
—Forma de caminar: La forma de caminar es el “paso racheado”, básicamente. Los costaleros variarán su paso dependiendo de los sones de la banda y del tipo de marcha que interpreta la Agrupación Musical San Salvador de Oviedo. El paso racheado consiste en ir arrastrando los pies sobre el suelo lentamente a los sones de los tambores o de la marcha, para que el paso no vaya “botando” sobre el cuello de los costaleros y les vaya “matando el cuello”.
—Revirá: Es el movimiento acompasado de los costaleros guiados por el capataz cuando el paso ha de doblar una esquina o girar sobre sí mismo (para ponerlo de cara al pueblo en la maniobra de entrada en el templo).
Procesiones
En la mañana del Domingo de Ramos de 2007, siete costaleros pertenecientes al grueso de la cuadrilla de 40, sobre sus hombros desnudos, ataviados con costal faja y zapatillas todos del mismo color, sacaron de la iglesia de San Javier la imagen del Cristo de la Misericordia, y a los sones de la Marcha Real, llovieron pétalos sobre la imagen del Cristo que, acompasada, salía a ver a su barrio por primera vez en su recorrido más largo y ante el fervor de las gentes de La Tenderina y demás partes de la ciudad que no querían perderse ese momento. A los sones de la marcha Cerca de Ti, escogida e interpretada por la Agrupación Musical San Salvador de Oviedo para ese momento, varios costaleros encajaron el Cristo de la Misericordia en su anclaje en el paso, en una maniobra que llamó tanto la atención que incluso fue foto en un diario de tirada nacional, La Razón.
El Domingo de Ramos de 2008, día 16 de marzo, la salida del Santísimo Cristo de la Misericordia, titular de la Cofradía, fue como el año anterior, es decir, sacado de la iglesia por costaleros y colocado en la parihuela para dar comienzo a la estación penitencial.
El recorrido de la estación penitencial fue el siguiente: Plaza de San Javier, Avda. de Torrelavega, Rafael María de Labra, Tenderina Alta, Cuesta de la Vega, Azcárraga, Águila, Plaza de la Catedral, y el regreso por: Plaza de la Catedral, Tránsito de Santa Bárbara, San Vicente, Azcárraga, Cuesta de la Vega, Tenderina Alta, Rafael María de Labra, Avenida de Torrelavega, Plaza de San Javier.
El recorrido completo llevó unas seis horas aproximadamente y fue de una gran dureza por la alta pendiente de algunas calles; de hecho, en la Cuesta de la Vega se subió a paso ordinario militar.
Momentos importantes de la procesión fueron:
—Momento de la salida (16.30 horas), Plaza de San Francisco Javier de la Tenderina: salida del Crucificado a hombros desnudos, portado por varios costaleros de la cuadrilla, bajo una lluvia de pétalos, a los sones de la Marcha Real, interpretada por la Agrupación Musical San Salvador de Oviedo.
—Momento del “enclave de la cruz en el paso”: Después de la salida , los costaleros se dirigieron al paso, donde procedieron al “enclave” de la imagen del Crucificado en el paso. La “Muy Gallarga et trovadora Tuna Universitaria de Oviedo” interpretó La saeta en este momento, haciendo de este acto uno de los más emotivos de la Semana Santa ovetense.
—Subida por la Cuesta de la Vega: La cuadrilla de hermanos costaleros cambiaron el paso sevillano a uno de “ordinaria militar” por ser éste el único modo posible de superar el desnivel de esa calle.
—Entrada en la Plaza de La Catedral: El hermano Saúl Suárez Lobo interpretó con su violín el canto litúrgico Señor, yo no soy digno a la llegada del paso a la Catedral.
—Revirás en la calle Santa Ana y Tránsito de Santa Bárbara: la cuadrilla de costaleros tuvo que realizar 4 revirás del trono entre las calles Santa Ana, Tránsito de Santa Bárbara y Corrada del Obispo, que supusieron un esfuerzo adicional por la estrechez, el poco margen de maniobra y el esfuerzo que supone la revirá.
—Saludo-homenaje a las religiosas de los conventos de María Inmaculada, y Hermanas de San Vicente Paúl: en la calle San Vicente se entregaron sendos ramos de flores a la puerta de los conventos, con una flor por cada hermana miembro de la congregación. Se les dedicó una levantá del paso y una chicotá con una marcha delante de su convento.
—Encuentro con la Virgen de la Amargura de la Hermandad del Silencio: cuando la Hermandad llegó a la Plaza de Feijoo, a la altura de la iglesia de la Corte, un miembro de la Junta de Gobierno de la Hermandad de los Estudiantes solicitó a la Hermandad del Silencio la salida de la Virgen de la Amargura para realizar el primer encuentro entre dos cofradías en la Semana Santa de Oviedo. Se le dedicó una levantá y una chicotá a la Virgen de la Amargura. Momentos después, la tonadillera Josefina Argüelles entonó una saeta al Santísimo Cristo de la Misericordia y a continuación los braceros de la Virgen de la Amargura de la Hermandad del Silencio realizaron la maniobra del saludo al Cristo.
—Maniobra de “desenclavo de la cruz”: A su llegada a la Plaza de San Javier, los costaleros realizaron esta maniobra, mientras la Agrupación Musical San Salvador de Oviedo interpretaba una marcha escogida al efecto.
—Chicotá de los hermanos costaleros con el Crucificado sobre sus hombros a los sones de La saeta a la puerta de la Iglesia.
—Entrada en la iglesia del Crucificado a hombros, a los sones de la Marcha Real y bajo una lluvia de pétalos.
Cofradía del Silencio y Santa Cruz de Oviedo
| Oviedo |
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Año de fundación: 1945. Refundada en el año 2001.
Sede canónica: Iglesia de Santa María Real de la Corte.
Pasos: Paso del Santo Cristo Flagelado y paso de la Santa Cruz.
Estación de penitencia: En el atardecer del Martes Santo.
La Cofradía del Silencio se funda en 1945 bajo el amparo de la Fábrica de Armas de Oviedo. En los años 60 conoció su decadencia como el resto de las cofradías de la ciudad.
Su cortejo profesional era impresionante, con cuatro pasos: la Oración en el Huerto, el Santo Cristo Flagelado, el Cristo de la Agonía y la Virgen de la Amargura.
En la Semana Santa del año 2002 volvió a salir a las calles de Oviedo después de más de 30 años de silencio, esta vez con el nombre de Cofradía del Silencio y Santa Cruz.
Llama poderosamente la atención, durante su recorrido procesional, el silencio, sólo roto por tambores destemplados, el recogimiento con el que los fieles y público en general siguen al Santo Cristo Flagelado, recogimiento que se hace mucho más intenso a su paso por las calles de Santa Ana y el tránsito de Santa Bárbara, en las cuales el silencio se hace aun más intenso si cabe.
FUENTE: Cofradía del Silencio y Santa Cruz.
Cofradía del Santo Entierro y de Nuestra Señora de los Dolores de Oviedo
| Oviedo | 985 215 428 |
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Año de fundación: 1959.
Sede canónica: Parroquia de San Isidoro el Real.
Pasos: Calvario Yacente y Dolorosa.
Procesión: Viernes Santo (tarde) y Sábado Santo (mañana).
Historia
La actual Cofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores es heredera del movimiento cofrade surgido en la parroquia de San Isidoro el Real a lo largo de los siglos. Ya tenemos noticia del mismo en las Constituciones de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Ánimas Antiguas, de 1 de junio de 1777, como actualización, unión y refundición, de dos anteriores a los años 1652 y 1664 respectivamente: «considerando que las anteriormente hechas no regían según el estilo, y costumbre que actualmente se observa, su fecha de las unas del año mil seiscientos cincuenta y dos; y las otras de el de seiscientos sesenta y cuatro, eran dos distintas Cofradías, que se unieron y, refundieron en solo una con el titulo de Soledad, y Animas Antiguas en veinte y seis de enero de setecientos veinte y siete».
En dichas Constituciones se señalan las obligaciones de los cofrades, que difieren según su condición: sacerdotes o legos. Describen los oficios o cargos con los que contaban: un Rector, dos Celadores, un Mayordomo, un Secretario, un Fiscal y dos Muñidores, definiendo con detalle las diferentes responsabilidades. Nada sabemos de la fecha hasta la cual pervivió, ni a qué fue debido su desaparición ya que los últimos documentos que conocemos se remontan a mediados del siglo XIX.
Un siglo más tarde, en mayo de 1952, se constituye la Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores. Se regía por una Junta Rectora, al frente de la cual figuraban dos Hermanos Mayores: uno nato, el Director de la Escuela de Artes y Oficios y otro, en colaboración y sustitución, que era el Presidente de la Sección de Hombres de la Acción Católica de San Isidoro. Podían pertenecer a la Cofradía «todos los varones de 15 o más años de edad y las señoras y señoritas que lo deseen sin limitación alguna». Contaban con un hábito compuesto de túnica blanca (amarillenta) de lanilla, cíngulo grueso de cáñamo y manto de panilla negra. Y un cubre cabeza de raso negro.
Las citadas Constituciones fueron aprobadas por el entonces Obispo de la Diócesis Don Francisco Javier Lauzurica y Torralba, el día 4 de junio de 1952. Por último, en el 6 de noviembre de 1995, se constituye la actual Cofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores, actualización de las anteriormente citadas y cuya primera salida procesional tuvo lugar el 5 de abril de 1996. Las penúltimas Reglas fueron aprobadas por el Arzobispo de la diócesis (hoy emérito), Don Gabino Díaz Merchán, el 6 de julio de 1999. En el año 2006 se procedió a la revisión de las Reglas para someterlas a la aprobación del titular de la diócesis, Don Carlos Osoro Sierra.
Nuestra Parroquia
La Parroquia de San Isidoro el Real es una de las más antiguas de la Ciudad de Oviedo, ya que fue fundada hacia 1200. Primitivamente, estuvo situada en lo que hoy es la plaza del Paraguas, en el entonces llamado barrio de «La Viña», pasando a su emplazamiento actual —la antigua Iglesia jesuítica de San Matías— el 17 de abril de 1700. La portada de la antigua parroquia se conserva en el Campo de San Francisco.
El edificio cuenta con una sola torre —circunstancia muy común en otras construcciones religiosas en Oviedo—, debido a la penuria económica de la región, aunque estaban previstas inicialmente dos.
Su construcción, sobre un proyecto del jesuita Juan de Tolosa y con el patrocinio de Doña Magdalena de Ulloa —esposa de D. Luis Quijada y aya de Don Juan de Austria—, se inicia en 1578, terminándose en 1681. En el siglo XVIII se realizaron mejoras en las que intervino el arquitecto asturiano Manuel Reguera González.
Cuenta con variados y ricos retablos barrocos, en los que figuran obras, entre otros, de Luis Fernández de la Vega y Antonio de Borja, entre los que merecen destacar el Mayor, el llamado «de la Pasión», donde se veneran las imágenes de Nuestra Señora de los Dolores o de la Soledad y el Santo Cristo Yacente —cotitulares ambos de la Cofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores—, así como el de «El Calvario».
Por haberse negado a figurar como tal la citada Doña Magdalena de Ulloa, consta como fundador del templo el antiguo obispo de Oviedo y posterior arzobispo de Granada D. Martín Carrillo Alderete (1576-1653), cuyo cadáver embalsamado se conserva en una urna colocada en un arcosolio situado en el lateral del presbiterio.
La iglesia presenta tres naves, una central y dos laterales, éstas transformadas en capillas comunicadas por arcos de medio punto.
Hábito
El hábito de la Cofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores es el siguiente:
Viernes Santo: Túnica negra sencilla, capuchón (sin estructura) negro con el escudo de la Cofradía bordado en su parte delantera, cíngulo, cordón y guantes blancos y al cuello, cruz de madera desnuda.
Sábado Santo: Túnica negra sencilla, capuchón alto de color violado, cíngulo, cordón y guantes del mismo color y al cuello, medalla con un corazón traspasado por una daga.
Publicaciones
La Cofradía edita todos los años desde 2000 la revista Paso a Paso, de distribución gratuita, en la que colaboran diversos autores con trabajos relativos a la misma, tales como historia, actividades, efemérides, etc.
De igual forma, y para el régimen interior también publica El Muñidor, órgano de información a los cofrades.
IMÁGENES TITULARES
Nuestra Señora de los Dolores o de la Soledad
Obra atribuida al escultor Antonio de Borja y Zayas. Se trata de una imagen de las llamadas de vestir (sólo las manos y la cabeza están talladas), realizada en madera policromada en el siglo XVIII.
Existe constancia documental de que en fecha 17 de abril de 1770, con ocasión del solemne traslado desde el antiguo templo parroquial Ntra. Sra. de los Dolores o de la Soledad
Obra atribuida al escultor Antonio de Borja y Zayas. Se trata de una imagen de las llamadas de vestir (sólo las manos y la cabeza están talladas). Realizada en madera policromada en el siglo XVIII.
Existe constancia documental de que en fecha 17 de abril de 1770, con ocasión del solemne traslado desde el antiguo templo parroquial —situado en la hoy conocida como plaza del Paraguas— al actual, figuraba una imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que allí se veneraba desde tiempo inmemorial, en un artístico retablo, el cual fue vendido, junto con otros, en 1779 por el precio alzado de 2.332 reales.
Santo Cristo Yacente
Talla que representa a Jesús muerto. Atribuida al escultor asturiano Luis Fernández de la Vega, se realizó en madera policromada en el siglo XVIII.
Inicialmente fue un Cristo articulado, a fin de ser utilizado en la ceremonia del Desenclavo o Descendimiento de la Cruz, la que tenía lugar inicialmente en el Convento dominico de Nuestra Señora del Rosario, y que con la expulsión de éstos, pasó a celebrarse en la Parroquia de San Isidoro el Real.
Se desconoce cómo llegó la imagen a la actual parroquia, siendo fácil que perteneciese a los jesuitas antes de su expulsión, pues en el inventario de la antigua parroquia no figura ninguna talla de tales características. Lo que sí se conoce es que al menos desde 1867 figuraba en la procesión del Santo Entierro o «Entierro de Cristo», como primitivamente fue llamado, que tenía lugar cada Viernes Santo por las calles de la ciudad.
Otras imágenes
El Paso de los Niños.—Imagen de Jesús Niño en la Cruz. Talla de mediados del siglo XX. Es portado y acompañado por los más pequeños de la Cofradía que reciben el nombre de «Los Morabetinos de la Dolorosa». Salió por vez primera el 9 de abril de 2004.
Ecce Homo.—Imagen-busto de Jesús con corona de espinas, caña en las manos y manto de color púrpura, tal y como señala el relato evangélico. Atribuido a Antonio de Borja y Zayas. Realizado en madera policromada en el siglo XVIII. Salió por primera vez el 14 de abril de 2006.
Paso del Calvario.—Por haber procesionado con nuestra Cofradía en los años 2000 y 2001, aunque en la actualidad no lo haga, debido a su elevado peso y el gran número de costaleros que precisa, ha de citarse también. Se trata de un grupo escultórico formado por Cristo en la Cruz, la Santísima Virgen, San Juan y María Magdalena (ésta, arrodillada a los pies del Crucificado). Atribuido a Antonio de Borja y Zayas. Realizado en madera policromada en el siglo XVIII.
Las imágenes citadas, son propiedad de la Parroquia de San Isidoro el Real y las de mayor tamaño, se encuentran expuestas al culto durante todo el año en hermosos retablos barrocos que pertenecieron a la antigua iglesia jesuítica de San Matías.
PROCESIONES Y PASOS
Procesión del Santo Entierro (Viernes Santo)
Hora de salida: 6 de la tarde.
Lugar: Parroquia de San Isidoro el Real.
Recorrido: Plaza de la Constitución, Magdalena, Campomanes, Martínez Marina, Cabo Noval, San Francisco, Plaza Porlier, Plaza de la Catedral (ceremonia del Encuentro), Rúa, Cimadevilla y Plaza de la Constitución.
MORABETINOS DE LA DOLOROSA.—Es el paso de los más pequeños de la Cofradía. Los niños acompañan a la procesión en el primer tramo, desde el año 2004, portando una imagen de un Niño Jesús sobre un pequeño trono. La imagen procede de los talleres de El Arte Cristiano de Olot y fue regalada a la parroquia por una familia de feligreses. Su valor es más sentimental que artístico.
ECCE HOMO.—Procesionó por primera vez en el año 2006 sobre los hombros de los adolescentes de la Cofradía. Efectúa su salida sobre unas antiguas andas sobre las que procesionaba Nuestra Señora de de los Dolores. Se atribuye la autoría al imaginero Antonio de Borja (1661-1730).
YACENTE.—Realiza su salida procesional sobre los hombros de veinticuatro costaleras bajo la dirección de otra mujer como capataz y escoltado por la Guardia Civil. El Cristo Yacente es portado en una urna de madera recubierta de pan de oro sobre un paso estrenado en el año 2005 decorado con iconos bizantinos que representan a la Virgen de la Pasión y al Pantocrátor.
DOLOROSA.—El Paso de la Dolorosa hace su recorrido detrás de la urna con su Hijo muerto. Es portada por veinticuatro costaleros con su capataz y escoltado por la Policía Nacional. Sobre su trono procesional decorado con tallas de castaño y sobre un vergel de flores la Señora de Oviedo, traspasado su corazón por siete puñales, acompaña a su Hijo en la espera de la Resurrección.
CEREMONIA DEL ENCUENTRO.—Ante las puertas de la Catedral tiene lugar, desde el año 2004, un breve rito de inspiración oriental, lleno de amor y veneración ante la imagen del Yacente. Un grupo de niños, los Morabetinos de la Dolorosa, lo honran derramando pétalos de flores sobre la imagen, mientras un sacerdote lo inciensa después de haber recitado un texto que recuerda lo que hizo José de Arimatea una vez descolgado el cuerpo de la cruz. A continuación reemprende su camino inclinándose la imagen de Nuestra Señora de los Dolores a su paso.
Procesión de la Soledad (Sábado Santo)
Hora de salida: 10 de la mañana.
Lugar: Parroquia de San Isidoro el Real.
Recorrido: Plaza de la Constitución, Magdalena, Campomanes, Martínez Marina, Cabo Noval, San Francisco, Plaza Porlier, Rúa, Cimadevilla y Plaza de la Constitución (Oración y canto del Himno).
SOLEDAD.—Es la misma imagen del día anterior solamente que lleva el corazón traspasado por un solo puñal. Es escoltado por el Cuerpo Municipal de Bomberos. Y acompañada por un grupo de señoras vestidas con la tradicional mantilla española.
ORACIÓN E HIMNO.—Al hacer su entrada de regreso en la Plaza de la Constitución por debajo del arco del Ayuntamiento, el Rector dirige una oración en la cual se lee un texto del Evangelio y con el Trono elevado sobre las cabezas de los costaleros se canta el Himno a la Virgen y se sueltan palomas.
DISTINCIONES
Medalla de Oro de Oviedo
La Medalla de Oro de la ciudad es una recompensa municipal, creada para premiar méritos extraordinarios que concurran en personalidades, entidades o corporaciones, tanto nacionales como extranjeras, por haber prestado servicios a la ciudad o dispensado honores a ella.
Consiste en un disco de 50 mm de diámetro, con las siguientes características: en el anverso, llevará en relieve la Cruz de los Angeles, blasón heráldico de la ciudad, y a su alrededor la inscripción de «MUY NOBLE — MUY LEAL — BENEMERITA — INVICTA — HEROICA Y BUENA CIUDAD DE OVIEDO», que figura en el escudo de Oviedo; en el reverso, el nombre y apellidos del homenajeado y la fecha de la concesión, orlado con una corona de laurel en relieve y todo rodeado por la siguiente inscripción: «EL EXCMO. AYUNTAMIENTO DE LA CIUDAD DE OVIEDO".
En el Pleno extraordinario del Excelentísimo Ayuntamiento de Oviedo, celebrado el 3 de abril de 2006, con los votos a favor de los concejales del Partido Popular y la abstención de los pertenecientes al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) e Izquierda Unida (IU), se acordó conceder a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores o de la Soledad la MEDALLA DE ORO DE LA CIUDAD.
Se trata de la segunda imagen mariana de la Ciudad de Oviedo que recibe tal distinción, ya que el 25 de mayo de 1952, se concedió la misma a la imagen de Nuestra Señora de Esperanza, popularmente conocida como «La Balesquida», titular de la Cofradía del mismo nombre y cuyos orígenes se remontan al siglo XIII.
La recepción de tan preciada condecoración tuvo lugar en el pórtico de la Parroquia de San Isidoro el Real el día 12 de abril siguiente, en que el Excmo. Alcalde de Oviedo, D. Gabino de Lorenzo Ferrera, hizo entrega de la misma al titular de la Parroquia y Director Espiritual de la Cofradía, D. José Luis Alonso Tuñón, en presencia del Hermano Mayor, D. Ricardo Loy Muñiz, así como de la totalidad del Cabildo de Oficiales de la Cofradía y distinguidos invitados.
El día 14 siguiente (Viernes Santo), durante la celebración de la Pasión matinal, se procedió a su bendición, mediante la siguiente oración:
«Oh Dios, autor y dador de todos los bienes, bendice esta medalla con la que el pueblo ovetense quiere honrar a tu Santísima Madre en la advocación de Nuestra Señora de los Dolores o de la Soledad, por los desvelos y protección que a lo largo de los siglos ha dispensado a los habitantes de esta Noble Ciudad y haz que las generaciones venideras mantengan el cariño y devoción que siempre le han dispensado. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.»
Ese mismo día, en la procesión del Santo Entierro, lució la Virgen de los Dolores o de la Soledad, por vez primera por las calles de la ciudad, tan alta distinción, entre la admiración y el respeto de ovetenses y foráneos.
FUENTE: Cofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores (Oviedo).
Hermandad y Cofradía de Jesús Cautivo de Oviedo
| Oviedo | 985 203 340 | E-mail |
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Año de fundación: 1996.
Sede canónica: Iglesia de San Juan el Real de Oviedo.
Pasos: Jesús Cautivo y Nuestra Señora de la Merced.
Estación de penitencia: Anochecer del Jueves Santo.
En el anochecer del Jueves Santo, en esa tarde-noche con sabor a eucaristía y amor fraterno, una imagen de Cristo sale de la iglesia de San Juan el Real de Oviedo, coronado de espinas, vestido de púrpura, con una humilde caña a modo de cetro entre sus manos; es la imagen de Jesús de Nazaret, cautivo y ajusticiado por los poderes de este mundo, condenado a morir en la cruz para la salvación de todos los hombres. Y junto a Él, largas filas de anónimos penitentes vestidos con sus hábitos blancos y sus capas rojas. La Hermandad de Jesús Cautivo sale a la calle a realizar su estación de penitencia y las gentes de Oviedo arropan a esta cofradía con una masiva asistencia que ha convertido durante estos últimos años a la procesión de Jesús Cautivo en una gran manifestación pública de fe.
En la plaza de Porlier, ante el palacio de Camposagrado, resuena de modo especial en esta noche el relato evangélico del prendimiento y proceso de Cristo. Dentro del palacio una persona espera recuperar la ansiada libertad hecha realidad gracias a la mediación de la Hermandad de Jesús Cautivo y a la concesión de la gracia del indulto por parte del Gobierno de la nación. Fuera le esperan la cofradía y toda la sociedad, y el corazón de Madre de Santa María de la Merced se alegra una vez más cuando desde su paso de palio contempla que las cadenas que ella porta en sus manos han sido rotas por la victoria de su Hijo, que con su sacrificio nos entrega a todos el hermoso don de la libertad.
FUENTE: Hermandad y Cofradía de Jesús Cautivo, en folleto Semana Santo, Oviedo 2004
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