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EL ALFAR DE LLAMAS DEL MOURO
El exponente más claro de la difícil tarea de descubrir la evolución de la alfarería en Asturias quizá lo constituya el centro cerámico de Llamas del Mouro (Cangas del Narcea).
Llamas del Mouro llamó la atención desde el primer momento por su extensa colección de piezas de muy buen acabado y realizados en un brillantísimo, por bruñido, color negro. Ello, unido a un cierto aislamiento, debido a su difícil comunicación, hicieron a algunos autores considerarla como descendiente directa de la cerámica romana que se encontró en sus proximidades. Hoy en día esta asimilación no parece ser tan exacta, o por lo menos faltan datos sobre los cuales afirmar dicha teoría. Sí, en cambio, parece estar cada vez más clara cierta vinculación con la cerámica avilesina de Miranda. Falta determinar en qué momento y en qué términos se produce el contacto de alfareros y formas, o el momento de la invasión de un lugar por los alfareros de otro.
En cualquier caso, Llamas del Mouro, lugar de la parroquia de San Martín de la Sierra y situado a 17 km de la capital del concejo, Cangas del Narcea, ha mantenido encendidos hasta nuestros días sus hornos, procurándonos con ello el placer de disfrutar de las piezas que fueron tradicionales en Asturias durante muchos años.
La cerámica negra tiene un área restringida de actuación en la Península, concentrándose actualmente en Cataluña, Asturias y norte de Portugal, aunque antiguamente se extendía a Galicia y a una zona más amplia del noroeste peninsular, llegando incluso a Soria. Parece ser que entra en la península de mano de las invasiones centroeuropeas que resumen los celtas, y sus mayores defensores las encontraban más parecidas a las piezas de hierro, con lo cual la mercancía se revalorizaba. Otras dos ventajas parecen ser también las responsables de su preferencia. En primer lugar, el agua y los alimentos se conservan mejor debido a ser sus paredes asépticas por el carbono allí depositado en la cocción. En segundo lugar, una mayor resistencia a los golpes, por lo que su vida es más larga.
Una familia, al igual que en Faro, es hoy la mantenedora de esta tradición: Jesús Rodríguez Garrido, hoy retirado, y sus dos hijos: Manuel y Marcelino, que prosiguen la labor.
En 1985 Llamas del Mouro contaba con 92 habitantes, la mayoría descendientes o familiares de los alfareros que trabajaron antaño. En la zona El Jardín tuvieron hornos el padre y el abuelo de Jesús Rodríguez (fallecido) y en otras zonas y barrios existieron también hornos de los que quedan abundantes muestras, aunque hoy inactivos. Hoy en día Manuel y Marcelino sacan el barro del Reguerón, lugar que dista un kilómetro del alfar. Utilizan dos tipos de barro, el claro y el colorao para obtener la mezcla óptima que dé buen resultado al moldear y cocer. El claro se pone a remojo en una masera y a él se une una cuarta parte del rojo, una vez pulverizado y limpio de impurezas, esto es, peñerado. Una vez juntos, se amasan y con la mezcla resultante se realizan las pellas.
El bruñido se realiza una vez que la pieza está ligeramente endurecida con un guijarro romo, piedra de mar, y se dibujan con él los motivos decorativos, generalmente a base de líneas que, una vez cocidas, resultan de un brillo espectacular. En ocasiones llevan también decoración a base de incisiones con motivos muy sencillos punteados y rasgados.
Piezas tradicionales de este alfar son: la aceitera, parecida a la jarra, pero con el pico más pronunciado y la boca y el cuello estrechos; el barreño, especie de fuente con dos asas junto al borde; el barreñón, grande, para hacer el samartín [matanza del cerdo]. La pieza quizá más llamativa, el barril, llamada también tonel, penada, barrilete o xarro, es ovalada, con dos asas verticales y boca alta con criba. Es la que más trabajo ocasiona, al tener que llevarla cuatro veces al virador para hacer las dos panzas, encolar y pulir. Se ha hecho representativa del alfar, sin olvidar por ello el peculiar botixo de pixulín, el botijo de pitorro faliforme. El cavero, jarra para vino de boca ancha y la cazuela con dos asas; las concas y escudillas de diversos tamaños. La feridera, especie de olla para hacer mantequilla; ollas, porrones, que son botijos grandes, pucheros; las queseras, especie de macetas llenas de agujeros para dejar salir el suero; la tarreña, cazuela alta y de base estrecha para guardar la mantequilla cocida, y las xarras y xarrinas, para el agua y la miel. Además, realizan otras piezas de nueva creación que el tiempo irá seleccionando.
Como el horno propiedad de Jesús era de grandes dimensiones, procedieron a la construcción de otro más pequeño, con lo cual se facilita el trabajo de cocción. Una vez que están enfornados los cacharros se cubrirán con trozos de vasijas y encima de todo los tapines (trozos de tierra con hierba), con la lana (la hierba) hacia afuera. A medida que se va realizando la cocción hay que ir reponiendo los tapines consumidos; es lo que se llama tabasar el horno. El negro se consigue al provocar una atmósfera reductora: se llena el fogón o caldera de uces hasta que salga el fuego por el único agujero que ha quedado en lo más alto del horno. Una vez conseguido esto, se tapa también este agujero en la boca del horno para que no «respire». Después de cierto tiempo se procederá a ver el resultado de la cocción.
Las piezas de Llamas del Mouro, protegidas por la Ley de Patrimonio español de 1985, se hallan registradas: el cuño que firma las piezas de Manuel Rodríguez es «JR» (Jesús Rodríguez).
En Llamas, en definitiva, perdura, no exenta de dificultades, una muestra de artesanía tradicional asturiana. La continuidad de esta tradición parece asegurada. La nueva generación aprende deprisa y está preparada para tomar el relevo.
Fuente: Cerámica negra de Llamas del Mouro, textos de Esperanza Ibáñez, edit. Consejería de Economía del Principado de Asturias.