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Paul Auster, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006
| Oviedo |
Ir a Paul Auster, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006
Acta del jurado
Reunido en Oviedo el Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006 integrado por D. Andrés Amorós [catedrático de Literatura Española en la Complutense de Madrid, escritor y crítico literario], D. Luis María Anson [periodista] , D. J. J. Armas Marcelo [escritor], D.ª Blanca Berasátegui [periodista], D.ª María Luisa Blanco [periodista], D. Rogelio Blanco [director general del Libro, Archivos y Bibliotecas], D. Pedro Casals [escritor y doctor ingeniero industrial], D. Antonio Colinas [poeta, narrador, ensayista y traductor], D. Francisco Javier Fernández Vallina [ex consejero de Educación y Cultura del Principado de Asturias y ex delegado del gobierno del Principado de Asturias en Madrid], D. José Luis García Martín [profesor de Literatura Española en la Universidad de Oviedo, poeta y crítico literario], D.ª Pilar García Mouton [profesora de Investigación en el Instituto de la Lengua Española del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC], D. Manuel García Rubio [escritor y abogado], D. Emilio González Ferrín [director del Departamento de Filologías Integradas en la Universidad de Sevilla], D. Manuel Llorente [periodista], D.ª Rosa Navarro Durán [catedrática de Literatura Española de la Universidad de Barcelona], D.ª Berta Piñán [escritora y profesora de Lengua y Literatura españolas en la Universidad de Oviedo], D. Fernando Rodríguez Lafuente [subdirector del diario ABC y ex director general del Libro, Archivos y Bibliotecas], D. Fernando Sánchez Dragó [escritor], D. Darío Villanueva [catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Santiago de Compostela], presidido por D. Víctor García de la Concha [director de la Real Academia Española] y actuando como secretario D. Román Suárez Blanco [presidente de la Caja Rural de Asturias], acuerda conceder el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006 a Paul Auster por la renovación literaria que ha llevado a cabo al unir lo mejor de las tradiciones norteamericana y europea, innovar el relato cinematográfico e incorporar a la literatura algunas de sus aportaciones.
Con su exploración de nuevos ámbitos de la realidad ha conseguido Auster atraer a jóvenes lectores, al dar un testimonio estéticamente muy valioso de los problemas individuales y colectivos de nuestro tiempo.
Oviedo, 31 de mayo de 2006.
Trayectoria
Novelista, poeta y guionista, Paul Auster nació en Newark (Nueva Jersey, EE. UU.) en 1947. Tras completar sus estudios en la Universidad de Columbia, donde se licenció en Literatura Inglesa y Comparada, vivió tres años en Francia (1971-1974), donde ejerció los oficios más diversos, realizó traducciones de Mallarmé, Sartre y Simeon, entre otros, y escribió poesía y obras teatrales de un acto. Ya en Nueva York, Auster se dedicó a la traducción y empezó a publicar críticas, poesías y ensayos en revistas como New York Review of Books y Harpers Saturday Review. Se dio a conocer como escritor con la publicación de La invención de la soledad (1982), obra autobiográfica, y, sobre todo, con la Trilogía de Nueva York (1985-1986), formada por tres cuentos: La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada. Se inició en la novela con El país de las últimas cosas (1987), a la que seguirían otros títulos como El palacio de la luna (1989) y La música del azar (1990), esta última llevada al cine por el director Philip Haas. Paul Auster ha trabajado también como guionista en The music of chance (1993), Smoke (1995) y El centro del mundo (2001), como codirector en Blue in the face (1995) y como director en Lulu on the bridge (1998).
Autor prolífico y de notable éxito, en su bibliografía, traducida a veinticinco idiomas, se cuentan asimismo Leviatán (1992), El cuaderno rojo (1993), Vértigo (1994), Tombuctú (1997), el ensayo autobiográfico A salto de mata (1998), El libro de las ilusiones (2003), La noche del Oráculo (2004) y Brooklyn Follies (2005). Además, es autor de varios libros de poemas, como Espacios blancos (1983), Fragmentos del frío (1988) y Cimientos (1990), entre otros, así como de El arte del hambre (1992), una recopilación de artículos y ensayos sobre literatura francesa, inglesa y estadounidense. En 2005 su cuento El palacio de cristal fue reeditado en una versión ilustrada realizada por el mismo Auster junto a David Mazzucchelli y Art Spiegelman. En mayo de 2006 ha comenzado a rodar en Portugal su segundo largometraje en solitario, The inner life of Martin Frost, con guión basado en El libro de las ilusiones.
Paul Auster ha recibido distintos reconocimientos, como el Premio Morton Dauwen Zabel de la Academia Americana de las Artes y las Letras (1990), el Médicis de Francia a la mejor novela de un autor extranjero (1993) por Leviatán y el Independent Spirit Award al mejor guión original por Smoke (1995). Con Tombuctú logró el Premio Literario Arzobispo Juan de San Clemente de Santiago de Compostela (2000). Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia (1992), en 2003 obtuvo el Premio al mejor libro del año del Gremio de Libreros de Madrid por El libro de las ilusiones.
FUENTE: Fundación Príncipe de Asturias (Oviedo, 31 de mayo de 2006).
Margaret Atwood, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008
| Oviedo |
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Acta del jurado
Reunido en Oviedo el Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las
Letras 2008, integrado por D. Andrés Amorós [catedrático de
Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid y
escritor], D. Luis María Anson [periodista y
ensayista, fundador del diario
electrónico El
Imparcial, fundador
de La Razón,
Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y
Humanidades 1991, académico de la Real Academia Española,
de la Real Academia de Doctores y de la Academia Portuguesa da
História], D. J. J. Armas Marcelo [escritor,
licenciado en Filología y Literatura Clásicas por la
Universidad Complutense de Madrid], D.ª Blanca
Berasátegui [periodista, directora de El Cultural del diario La Razón, ex directora de ABC Cultural],
D.ª María Luisa Blanco [periodista
y licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad
Complutense de Madrid, ex directora
de los suplementos ABC
Cultural, del diario ABC, y Babelia de El
País],
D.ª Carmen Caffarel [catedrática de Comunicación Audiovisual y Publicidad de
la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad
Rey Juan Carlos (Madrid), directora
del Instituto Cervantes desde 2007, directora de Radio Televisión
Española entre 2004 y 2007], D. Pedro Casals [escritor y doctor ingeniero
industrial, ex profesor universitario e investigador en España
y Francia, ex profesor de Literatura Española en la
Universidad de San Diego, en California (EE.UU.)], D.
Antonio Colinas [poeta,
narrador, ensayista y traductor], D. Francisco Javier
Fernández Vallina [profesor
titular de Estudios Hebreos y Arameos de la Universidad Complutense
de Madrid y profesor adscrito al Instituto Universitario de Ciencias
de las Religiones de la misma Universidad, ex consejero de Educación
y Cultura del Principado de Asturias (1999-2003) y delegado del
Principado de Asturias en Madrid (2003-2005)], D.ª
Laura García Lorca [presidenta
de la Fundación Federico García Lorca], D.
José Luis García Martín [profesor
de Literatura Española en la Universidad de Oviedo, poeta y
crítico literario], D.ª Pilar García
Mouton [profesora de
Investigación en el Instituto de Lengua, Literatura y
Antropología del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas (CSIC), del que es directora], D.ª
Olvido García Valdés [licenciada
en Filología Románica por la Universidad de Oviedo y en
Filosofía por la Universidad de Valladolid, directora del
Instituto Cervantes de Toulouse, Premio Nacional de Poesía
2007], D. Emilio González Ferrín [director del Departamento de
Filologías Integradas en la Universidad de Sevilla, profesor
en el mismo de las asignaturas El Corán
y Poética Árabe,
escritor], D. Manuel Llorente [redactor
jefe de Cultura de El
Mundo],
D. Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo [editor
y diseñador gráfico], D.ª Rosa Navarro
Durán [catedrática
de Literatura Española de la Universidad de Barcelona,
especialista en la Literatura de la Edad de Oro], D.ª
Berta Piñán [licenciada
en Lengua y Literatura españolas por la Universidad de Oviedo,
profesora de esta materia en Enseñanzas Medias y escritora], D. Fernando Rodríguez Lafuente [profesor
de Teoría Literaria en la Facultad de Filología de la
Universidad Complutense, subdirector de ABC y director de ABCD las
Artes y las Letras, secretario de redacción de Revista
de Occidente, director
de la Cátedra Archivos de Literatura Latinoamericana (UNESCO)
en el Instituto Universitario de Investigación Ortega y
Gasset], D. Fernando Sánchez Dragó [escritor, director y presentador de espacios literarios en TV, ex
profesor de Lengua y Literatura Española en las universidades
de Pescara, Dakar, Tokio, Fez, Amman, Nairobi y Kioto], D.
Darío Villanueva [presidente
de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada,
catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura
Comparada de la Universidad de Santiago de Compostela, de la que fue
rector entre 1994 y 2002, miembro de la Real Academia Española],
presidido por D. Víctor García de la Concha [director de la Real Academia
Española] y actuando como secretario D. Román
Suárez Blanco [presidente
de la Caja Rural de Asturias y abogado, miembro de los Patronatos de
la Fundación Príncipe de Asturias y patrono del Foro
Jovellanos], acuerda conceder el Premio Príncipe de
Asturias de las Letras 2008 a la escritora canadiense Margaret Atwood
por su espléndida obra literaria, que ha explorado diferentes
géneros con agudeza e ironía, y porque en ella asume
inteligentemente la tradición clásica, defiende la
dignidad de las mujeres y denuncia situaciones de injusticia
social.
Oviedo, 25 de junio de 2008.
Trayectoria
Considerada una de las más destacadas novelistas y poetas del panorama actual, Margaret Atwood nació 1939 en Ottawa (Ontario, Canadá). Muy aficionada a la lectura desde niña, se graduó en Artes en el Victoria College de la Universidad de Toronto y posteriormente cursó estudios de postgrado en el Radcliff College de Cambridge (Massachussets) y en la Universidad de Harvard. Ha sido profesora de Literatura Inglesa en diversas universidades canadienses, entre las que se encuentran la British Columbia en Vancouver, la Sir George Williams en Montreal y la de York en Toronto. Dedicada por completo a la escritura desde 1972, ha sido presidenta de la Unión de Escritores de Canadá (1981-1982) y del Centro Canadiense del PEN Club Internacional de escritores (1984-1986).
Autora muy prolífica, obtuvo
reconocimiento internacional con la publicación de su novela
La mujer comestible (1969), a la que siguieron Resurgir (1972), Doña Oráculo (1976), Life Before Man (1980), Ojo de gato (1988) y La novia ladrona (1993).
La trama de sus obras se centra frecuentemente en la figura de la
mujer, su madurez y los cambios de rol sexual.
Es también
una consumada poetisa, género en el que empezó con
diecinueve años y en el que recurre a referencias mitológicas,
culturales, literarias y pictóricas, como en Double
Persephone (1961), The Circle Game (1964) y Procedures
for Underground (1970). En You are Happy (1974) y en
Two-Headed Poems (1978) reveló su interés por la
literatura social: en el primero exploró la opresión de
la mujer y en el segundo el conflicto latente en Canadá entre
dos culturas y dos lenguas. Estas preocupaciones volverían a
aparecer en True Stories (1981), Interlunar (1984) y
Morning in the Burned House (1995).
Asimismo, algunas
de sus novelas se han adaptado al cine y al teatro, como La mujer
comestible (1969), El cuento de la criada (1985), también
convertida en ópera, Alias Grace (1996) y El asesino
ciego (2000), entre otras. La novela Oryx y Crake (2003),
la colección de relatos The Tent (2006) y el libro de
poesía The Door (2007) son sus últimos títulos.
Los libros de Margaret Atwood han sido traducidos a más de
treinta idiomas, que incluyen el persa, japonés, turco,
finlandés, koreano, islandés y estonio.
Ganadora
en el 2000 del Booker Prize, máximo galardón de la
literatura en lengua inglesa, ha obtenido además el Premio
Gobernador General de Canadá (1966 y 1986), el de la
Asociación de Libreros de Canadá (1977, 1989 y 1996),
el Toronto Book Award (1977 y 1989), el Fiction Award de Los
Angeles Times (1986), el Welsh Arts Council International
Writer's Prize (Reino Unido, 1982), el Arthur C. Clarke Award (Reino
Unido, 1987), el Premio de la Asociación de Autores
Canadienses (1993), el de Literatura del Sunday Times (Reino
Unido, 1994), el Giller Prize (Canadá 1996), el Premio
Mondello (Italia, 1997), el London Literature Award (1999) y el
Premio Dashiell Hammett de la Asociación Internacional de
Novela Negra (EE.UU., 2001). Doctora honoris causa por varias
universidades, como Cambridge, Oxford, Leeds, Toronto y Montreal, es
Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia y
Companion de la Orden de Canadá. Además, ha recibido la
Orden de Ontario, la Orden del Mérito Literario de Noruega y
es miembro de la Royal Society de Canadá.
FUENTE: Fundación Príncipe de Asturias (Oviedo, 25 de junio de 2008) – www.VivirAsturias.com.
Amos Oz, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007
| Oviedo |
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Acta del jurado
Reunido en Oviedo el Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007 integrado por D. Andrés Amorós [catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid y escritor], D. Luis María Anson [fundador del diario La Razón, periodista y ensayista, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 1991], D. J. J. Armas Marcelo [escritor], D.ª Blanca Berasátegui [periodista], D.ª María Luisa Blanco [redactora jefa del diario El País, adscrita al área de cultura y Babelia], D.ª Carmen Caffarel [catedrática de Comunicación Audiovisual en la Universidad Rey Juan Carlos y ex directora general de Radio Televisión Española], D. Pedro Casals [escritor y doctor ingeniero industrial], D. Antonio Colinas [poeta, narrador, ensayista y traductor], D. Francisco Javier Fernández Vallina [profesor titular de Estudios Hebreos y Arameos de la Universidad Complutense de Madrid y profesor adscrito al Instituto Universitario de Ciencias de las Religiones de la misma Universidad, consejero de Educación y Cultura del Principado de Asturias entre 1999 y 2003)], D. José Luis García Martín [profesor de Literatura Española en la Universidad de Oviedo, poeta y crítico literario], D.ª Pilar García Mouton [profesora de Investigación en el Instituto de la Lengua Española del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y directora de éste], D. Emilio González Ferrín [director del Departamento de Filologías Integradas en la Universidad de Sevilla], D. Manuel Llorente [redactor jefe de Cultura de El Mundo], D.ª Rosa Navarro Durán [catedrática de Literatura Española de la Universidad de Barcelona], D.ª Berta Piñán [profesora de Lengua y Literatura españolas en Enseñanzas Medias y escritora], D. Fernando Rodríguez Lafuente [subdirector del diario ABC y director de ABCD las Artes y las Letras, secretario de redacción de Revista de Occidente y director de la Cátedra Archivos de Literatura Latinoamericana (UNESCO) en el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset], D. Fernando Sánchez Dragó [escritor], D. Darío Villanueva [presidente de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada y catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Santiago de Compostela, de la que fue rector entre 1994 y 2002], presidido por D. Víctor García de la Concha [director de la Real Academia Española y presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, catedrático emérito de Literatura Española en la Universidad de Salamanca] y actuando como secretario D. Román Suárez Blanco [presidente de la Caja Rural de Asturias y abogado, miembro de los Patronatos de la Fundación Príncipe de Asturias], acuerda conceder el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007 al escritor israelí Amos Oz, narrador, ensayista y periodista que ha contribuido a hacer de la lengua hebrea un brillante instrumento para el arte literario y para la revelación certera de las realidades más acuciantes y universales de nuestro tiempo, con especial atención tanto a la defensa de la paz entre los pueblos como a la denuncia de todas las expresiones del fanatismo.
Oviedo, 27 de junio de 2007
Trayectoria
Escritor y profesor, Amos Oz nació en 1939 en la Jerusalén administrada por Gran Bretaña. Pronto se independizó de su familia y al cumplir los 15 años se fue a vivir a un kibutz (granja colectiva). Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Hebrea de Jerusalén y, desde entonces, ha simultaneado la docencia con su faceta de escritor. Profesor visitante en la Universidad de Oxford y titular de Literatura en la Universidad Ben Gurion (Beer-Sheva, Israel), en la actualidad es catedrático de Literatura Hebrea Moderna en este último centro.
Destacado por la crítica como uno de los principales autores de la nueva narrativa hebrea, su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas. Ha cultivado tanto la novela como el ensayo con una temática que aborda las tensiones que padecen las sociedades israelí y palestina. Formó parte del grupo fundador del movimiento pacifista Paz Ahora, creado en 1978 por oficiales y soldados del ejército israelí en la reserva. Uno de sus primeros libros fue Holocausto II, al que siguieron Donde aúllan los chacales (1965), Mi querido Mijael (1968), Hasta la muerte (1971), Tocar el agua, tocar el viento (1973), La colina del mal consejo (1976) o Contra el fanatismo (2003).
Además de una larga serie de ensayos dedicados a su país, como In the land of Israel o How to Cure a Fanatic, en la década de los 90 y en los años posteriores publicó varias novelas. Destacan No digas noche (1994), Una pantera en el sótano (1995) o Una historia de amor y oscuridad (2003). En 2006 presentó en España el libro De repente en lo profundo del bosque y este año ha publicado su última novela, Rhyming Life and Death. Amos Oz cuenta también con una prolífica trayectoria como colaborador en prensa, con cerca de 450 artículos y ensayos publicados sobre asuntos diversos relacionados con la política, la literatura y la paz. Escribió durante mucho tiempo en el diario laborista Davar hasta su desaparición en 1990, y colabora con el periódico Yedioth Ahronoth. Ha sido un destacado militante del Partido Laborista, pero en los años 90 optó por el partido de izquierdas Meretz, para el que hizo campaña en las elecciones legislativas de 2003.
Académico de la Lengua Hebrea, en 1998 recibió el Premio Israel de Literatura. Ha recibido numerosas distinciones, algunas relacionadas con su lucha por la paz. Entre ellas se encuentran el Friedenspreis (Alemania, 1992), el título de Caballero de la Legión de Honor (Francia, 1997), el Premio Libertad de Expresión (Noruega, 2002) y la Medalla Internacional de la Tolerancia (Polonia, 2002). En 2004 se le concedió, junto al filósofo y político palestino Sari Nusseibeh, el XVI Premio Internacional de Cataluña en reconocimiento a la obra de ambos autores y por sus intervenciones a favor de la paz y la reconciliación. Ese mismo año recibió el Premio Bruno Kreisky al mejor libro político por Una historia de amor y oscuridad, que otorga el Instituto Renner de Austria. En 2005 Amos Oz recibió el Premio Goethe (Alemania) y en 2006, por La bicicleta de Sumji (2005), el Premio Banco del Libro de literatura infantil y juvenil de Venezuela.
FUENTE: Fundación Principe de Asturias. Oviedo, 28 de junio de 2007.
Rafael Lapesa Melgar, Premio de las Letras 1986
| Oviedo |
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Reunido en Oviedo, los días 22 y 23 de mayo de 1986, el Jurado correspondiente al «Premio de las Letras, 1986», integrado por D. Carlos Luis Álvarez, D. Luis María Ansón, D. Jaime Campmany, D. Álvaro Galmés, D. Pablo García Baena, D. Fernando Lázaro Carreter, D. José María Martínez Cachero, D. Fernando Ónega, D. Gonzalo Torrente Ballester, presidido por D. Joaquín Calvo Sotelo y actuando de secretario D. Emilio Alarcos Llorach, decide por mayoría conceder este galardón a D. Mario Vargas Llosa y a D. Rafael Lapesa Melgar. En el caso del Sr. Vargas Llosa, el Jurado ha valorado sus extraordinarias dotes de fabulación literaria, la riqueza y variedad de su obra, animada de un espíritu de libertad creadora, y su dominio del idioma. Al otorgar el Premio al Sr. Lapesa el Jurado reconoce su rigurosa, constante y profunda labor en el esclarecimiento de la historia de la lengua española, así como su fecundo magisterio en España y en América.
Biografía
Rafael Lapesa, académico y profesor emérito de Lengua Española, discípulo distinguido de Ramón Menéndez Pidal, nació en Valencia el 8 de febrero de 1908. Trasladado con su familia a Madrid en 1916, cursó el bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros, donde tuvo entre otros profesores a Vicente García de Diego, Francisco Morán y Eloy Luis André.
Siguió la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, donde se licenció y doctoró en Letras, ampliando posteriormente su formación en el Centro de Estudios Históricos, del que fue becario (1927-28) y colaborador (1929-39). Allí se inició en la investigación filológica bajo el magisterio directo de Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro y Tomás Navarro Tomás. En 1930 ganó por oposición la cátedra de Lengua Española y Literatura, que desempeñó en Institutos Nacionales de Enseñanza Media de Madrid (1932-41), Oviedo (1942) y Salamanca (1942-47), a la vez que impartía cursos en las universidades respectivas.
En 1947 obtuvo, también por oposición, la cátedra de Gramática Histórica de la Lengua Española (denominada más tarde de Historia del Español) de la Universidad de Madrid, que ejerció hasta su jubilación en 1978. También en 1947 comenzó a trabajar en el Seminario de Lexicografía de la Real Academia Española, recién creado para elaborar el Diccionario Histórico de nuestra lengua. Lapesa fue después subdirector (1950-68) y director (1969-81) del Seminario.
Elegido miembro de número en 1950, ingresó en la Real Academia Española en 1954, siendo secretario de la misma entre 1964 y 1971. En 1987 ejerció la dirección interina de la Real Academia tras la renuncia de su anterior director, Pedro Laín Entralgo.
Entre las numerosas publicaciones de Rafael Lapesa destaca la «Historia de la Lengua Española», libro fundamental para la enseñanza del español en muchas universidades extranjeras, y que desde 1942 ha visto la luz en repetidas ediciones sucesivamente ampliadas. Otras obras suyas son: «La trayectoria poética de Garcilaso» (1948); «La obra literaria del Marqués de Santillana» (1957); «De la Edad Media a nuestros días» (1967); «Poetas y prosistas de ayer y de hoy» (1977); «Estudios de historia lingüística española» (1985); «Garcilaso: estudios completos» (1985), «De Ayala a Ayala» (1988), «Generaciones y semblanzas de filólogos españoles» (1998), etc.
Como profesor visitante, Lapesa enseñó en las universidades norteamericanas de Princeton (1948-49), Harvard (1948, 1952-54), Yale (1949 y 1952), Berkeley (1949), Pennsylvania (1952) y Wisconsin (1956), en cuyo Institute for Research in Humanities trabajó como investigador durante el curso 1959-60. Asimismo, enseñó en las Universidades de Puerto Rico (1960), Buenos Aires y La Plata (1962), y en el Colegio de Méjico (1960 y 1968). Ha dado además conferencias en muchas otras de Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Suecia, Finlandia, Estados Unidos, Colombia, Méjico, Argentina y Perú.
Miembro electo de número de la Real Academia de la Historia, es doctor «honoris causa» por las Universidades de Toulouse (1964), Valencia (1985), Oviedo (1985), Salamanca (1986), Nacional de Educación a Distancia y Helsinki (1990), y profesor honorario de la de San Marcos de Lima (1975). Es miembro de honor de la Modern Language Association of America y de la American Association of Teachers of Spanish and Portuguese; miembro de la Hispanic Society of America; miembro correspondiente de la Real Academia Gallega, de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, de la Academia Argentina de Letras, de la Academia Nacional de Letras del Uruguay, de la Academia Paraguaya de la Lengua, de la Academia de Artes y Letras de Puerto Rico, del Instituto de Estudios Asturianos, de la Institución Alfonso el Magnánimo de Valencia y del Centro de Cultura Valenciana.
Es también presidente de honor de la Asociación Internacional de Hispanistas, de la que fue vicepresidente entre 1965 y 1971 y presidente entre 1974 y 1977. Entre sus distinciones figuran la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio y de la Orden de Andrés Bello.
Rafael Lapesa, maestro indiscutible de varias generaciones de filólogos españoles y americanos que han continuado su obra, ha publicado más de trescientos artículos en los campos de la lingüística, la historia de la literatura y la crítica literaria.
Fuente: Fundación Príncipe de Asturia
Arthur Miller, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002
| Oviedo |
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Reunido en Oviedo el jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002, integrado por D. Andrés Amorós, D. Luis María Anson, D. J. J. Armas Marcelo, D.ª Blanca Berasátegui, D. Pedro Casals, D. Antonio Colinas, D. Fernando Delgado, D. Francisco Javier Fernández Vallina, D. José Luis García Martín, Dª. Pilar García Mouton, D. Fernando de Lanzas Sánchez del Corral, D.ª Rosa Navarro Durán, D. Fernando Rodríguez Lafuente, D. Fernando Sánchez Dragó, presidido por D. Víctor García de la Concha y actuando como secretario D. José María Martínez Cachero, acuerda por mayoría conceder el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002 a Arthur Miller, maestro indiscutible del drama contemporáneo que, con independencia de espíritu y notable sentido crítico, ha logrado transmitir desde la escena las inquietudes, los conflictos y las aspiraciones de la sociedad actual, renovando así la permanente lección humanística del mejor teatro.
Oviedo, 8 de mayo de 2002.
Biografía
Nacido en Nueva York en 1915, Arthur Miller está considerado como uno de los principales autores teatrales del siglo XX. Inició sus estudios superiores en la Universidad de Michigan (EE.UU.), al mismo tiempo que comenzaba a interesarse por la vida escénica. Siendo aún estudiante escribió la comedia «Todavía crece la hierba» (1938), que recibió varios premios literarios. En 1944 publicó «Un hombre con mucha suerte», pero el éxito le llegó en 1945 con una novela, «Focus». En 1947 escribió «Todos eran mis hijos», que recibió el premio del Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York. Miller también es conocido por su intenso activismo político y social: arremetió contra el masificador antihumanismo norteamericano, se acercó al marxismo, después lo criticó, se opuso activamente a la caza de brujas del senador McCarthy y denunció la intervención norteamericana en Corea y Vietnam.
Con «La muerte de un viajante» (1949) obtuvo los premios Pulitzer de Teatro y del Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York. «Las brujas de Salem» (1953) fue en realidad una denuncia contra las investigaciones del Congreso de los Estados Unidos dirigidas por el senador Joseph McCarthy. Miller compareció en 1956 ante el Comité de Actividades Antiamericanas y, condenado por desacato, apeló la sentencia, siendo finalmente absuelto.
Entre sus obras se encuentran también «Panorama desde el puente» (1955), «Después de la caída» (1963), «Incidente en Vichy» (1964), «El precio» (1968) y «El arzobispo» (1977). Realizó también el guión de la película «Vidas Rebeldes» (1960) –que escribió para su segunda mujer, la actriz Marilyn Monroe– y en 1978 escribió la obra «Vueltas al tiempo». Ha sido presidente del Pen Club entre 1965 y 1969 y ha logrado en dos ocasiones consecutivas (1936 y 1937) el premio de Teatro de la Universidad de Michigan.
Arthur Miller falleció el día 10 de febrero de 2005 en su casa de Roxbury (Connecticut).
Fuente: Fundación Príncipe de Asturias.
Ricardo Gullón, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1989
| Oviedo |
Ir a Ricardo Gullón, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1989
Reunido en Oviedo, los días 13 y 14 de abril de 1989, el Jurado correspondiente al «Premio de las Letras, 1989», integrado por D. Luis María Ansón, D. Manuel Arce, D. Carlos Bousoño, D.ª Carmen Conde, D. Miguel García Posada, D.ª Carmen Martín Gaite, D.ª Soledad Puértolas, D. Antonio Vilanova, presidido por D. Gonzalo Torrente Ballester y actuando de secretario D. Emilio Alarcos Llorach, decide conceder este galardón a D. Ricardo Gullón, quien a lo largo de toda una vida apasionadamente dedicada al estudio de nuestras letras, ha logrado que su trabajo investigador trascendiera el ámbito propio de la crítica para convertirse, desvelador del misterio de la invención artística del hombre, en una personalísima y auténtica creación literaria, a través de la cual, con ejemplar magisterio, ha sabido dar a conocer en numerosas universidades de los Estados Unidos la moderna literatura española.
Biografía
Escritor, crítico literario y ensayista, está considerado como uno de los grandes analistas de las letras españolas, sobrio, meticuloso y dotado de una especial sensibilidad para la lectura. Es especialista en la obra de Juan Ramón Jiménez, Benito Pérez Galdós, Antonio Machado y Miguel de Unamuno.
Ricardo Gullón nació en Astorga (León) en 1908. Cursó sus primeros estudios en León, ampliándolos posteriormente en Francia. En Madrid se licenció en Derecho, ingresando en la carrera fiscal por oposición, en la cual ejerció en varias provincias españolas.
En 1932 conoció a Juan Ramón Jiménez, entablando con él una estrecha relación. Tres años después publica su primera obra, «Fin de semana». Al término de la guerra civil española Gullón es encarcelado en el Castillo de Santa Bárbara por su colaboración con el ejército republicano. Los avales de Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco le devuelven la libertad, pero está tres años apartado de su actividad profesional.
En 1941 es destinado a la Audiencia de Santander. En esta provincia alienta el nacimiento de la revista «Proel», que sale por primera vez en 1944, escribe en el diario «Alerta» y dirige las actividades literarias del Ateneo de Santander.
Desde 1949 alterna la docencia con sus actividades jurídicas, iniciándose como profesor en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP).
En 1953 viaja a Puerto Rico para ver a Juan Ramón y se queda allí durante dos años, impartiendo clases en las facultades de Leyes y Humanidades. También dirige la sala Zenobia-Juan Ramón Jiménez. Posteriormente se traslada a Estados Unidos, donde trabaja más de veinte años como profesor de Literatura en las universidades de Columbia, Texas –en la que permaneció 15 años–, Chicago y California.
A partir de 1973 ejerce como profesor en el Departamento de Lenguas Románicas de la Universidad de Chicago. Entre esta fecha y 1985 funda con Ildefonso Manuel Gil la revista «Literatura», que dirigen entre ambos, colabora como crítico literario en la «Revista de Occidente» e ingresa en la Sociedad de Amigos de las Artes Nuevas, Academia Breve de la Crítica de Arte, la Hispanic Society of America, y la Modern Language Association.
En 1984 la Society of Spanish and Spanish-American Studies edita en Nebraska un volumen de estudios en su honor. En 1986 se jubila. El 21 de diciembre de 1989 fue elegido académico de la Lengua, a propuesta de los académicos Pedro Laín Entralgo, Emilio Alarcos Llorach y Francisco Ayala.
Ricardo Gullón, fallecido en Madrid en 1991, sentía predilección por José Hierro, José Ángel Valente, Ángel González y Carmen Martín Gaite, entre los escritores contemporáneos. Ha escrito más de una veintena de estudios críticos: «Vida de Pereda» (1943), «Biografía de Gil y Carrasco» (1951), «La poesía de Jorge Guillén» (1949), «Novelistas británicos contemporáneos» (1954), «Galdós novelista moderno» (1957), «Las secretas galerías de Antonio Machado» (1958), «Estudios sobre Juan Ramón Jiménez» (1960), «La invención del 98 y otros ensayos» (1969), «Direcciones del modernismo» (1971), «El modernismo visto por los modernistas» (1980), «García Márquez y el arte de contar» (1971) y «Espacios poéticos de Antonio Machado» (1987), entre otros.
Fuente: Fundación Príncipe de Asturia
Doris Lessing, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2001
| Oviedo |
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Reunido en Oviedo el Jurado del Premio de la Letras 2001 integrado por D. Andrés Amorós, D. Luis María Ansón, D.ª Blanca Berasátegui, D. Pedro Casals, D. Juan Cruz, D. Jorge Fernández Bustillo, D. Francisco Javier Fernández Vallina, D. Fernando García de Cortázar Ruiz de Aguirre, D. José Luis García Martín, D.ª Pilar García Moutón, D. Fernando González Delgado, D. Fernando de Lanzas Sánchez del Corral, D.ª Rosa Navarro Durán, D. Fernando Rodríguez Lafuente, D. Fernando Sánchez Dragó, D. Darío Villanueva, presidido por D. Víctor García de la Concha y actuando como secretario D. José María Martínez Cachero, decide por mayoría conceder el Premio de las Letras 2001, a la escritora británica Doris Lessing. Creadora de un imaginativo mundo cotidiano, sus personajes, hijos de la sociedad contemporánea, ofrecen un fiel reflejo moral del siglo XX. Especial relieve tienen en ese sentido las mujeres que protagonizan sus relatos. El jurado premia así a una de las más indiscutibles figuras de la literatura universal, cuya obra es el resultado de una vida dedicada a la narrativa, y también a una apasionada luchadora por la libertad, que no ha escatimado esfuerzos en su compromiso con las causas del Tercer Mundo, desde la literatura y desde la experiencia personal de una biografía azarosa.
Oviedo 7 de junio de 2001.
Biografía
Doris Lessing nació en 1919 en Kermansha (Irán), donde su padre estaba destinado como oficial del ejército británico. En 1924 su familia se trasladó a Zimbabwe; allí vivió su infancia y juventud en una granja. Se educó en un colegio católico y en el Instituto de Segunda Enseñanza de Salisbury, que abandonó con catorce años para iniciar una formación autodidacta. Tras dos matrimonios, en 1949 se trasladó a Inglaterra por motivos políticos, donde reside desde entonces. A la capital británica llegó con el manuscrito de su primera novela «Canta la hierba», una obra sobre la vida en África, que ya refleja su oposición a las políticas racistas. Ha escrito una treintena de novelas, en las que destaca siempre un aire progresista y anticolonialista. Tras su primera obra, publicó otras cinco bajo el título común «Los hijos de la violencia», que pretende ser un reflejo moral del siglo XX a través de la vida de una mujer, «Martha Quest», nombre que da título a la primera de la serie, que continuó con «Un casamiento convencional» (1954), «Al final de la tormenta» (1958), «Cerco de tierra» (1965) y «La ciudad de las cuatro puertas» (1969).
En 1976 obtuvo el premio Médicis con «El cuaderno dorado» (1962), una de sus obras más complejas, que aborda la crisis personal y artística de una mujer. Además de las ya citadas, ha escrito las siguientes obras: «De nuevo el amor», «Un hombre y dos mujeres» (1963), «En busca de un inglés» (1965), «Instrucciones para un viaje al infierno» (1971), «Diario de una buena vecina» (1983) o «Si la vejez pudiera» (1984), entre muchas otras. Fuera del género de la novela ha publicado otros trabajos incluida una autobiografía, que editó en dos volúmenes, «Dentro de mí» (1994) y «Un paseo por la sombra» (1997). Su última obra, fechada en 1999 bajo el título, «Mara y Dann: una aventura», es una historia de aventuras, en la que la autora recupera la memoria de su hermano y su hijo John.
Doris Lessing pertenece al movimiento de periodistas, novelistas y dramaturgos de la década de los cincuenta, que dieron lugar a una de las generaciones literarias más fecundas del panorama inglés. Comprometida con la causa de los débiles y escritora que manifiesta escribir siempre desde la experiencia, ha sido galardonada con el premio Somerset Maugham y el del Estado Austríaco, entre muchas otras distinciones. Además, pertenece a la Academia Americana de Artes y Letras y al Instituto Nacional de Artes y Letras de Estados Unidos.
En 2007 fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura.
Discurso:
Érase una vez un tiempo — —y parece muy lejano ya— en el que existía una figura respetada, la persona culta. Él —solía ser él, pero con el tiempo pasó a ser cada vez más ella— recibía una educación que difería poco de un país a otro —me refiero por supuesto a Europa— pero que era muy distinta a lo que conocemos hoy. William Hazlitt, nuestro gran ensayista, fue a una escuela a finales del siglo XVIII cuyo plan de estudios era cuatro veces más completo que el de una escuela equiparable de ahora: una amalgama de los principios básicos de la lengua, el derecho, el arte, la religión y las matemáticas. Se daba por sentado que esta educación, ya de por sí densa y profunda, sólo era una faceta del desarrollo personal, ya que los alumnos tenían la obligación de leer, y así lo hacían.
Este tipo de educación, la educación humanista, está desapareciendo. Cada vez más los gobiernos —entre ellos el británico— animan a los ciudadanos a adquirir conocimientos profesionales, mientras no se considera útil para la sociedad moderna la educación entendida como el desarrollo integral de la persona.
La educación de antaño habría contemplado la literatura e historia griegas y latinas, y la Biblia, como la base para todo lo demás. Él —o ella— leía a los clásicos de su propio país, tal vez a uno o dos de Asia, y a los más conocidos escritores de otros países europeos, a Goethe, a Shakespeare, a Cervantes, a los grandes rusos, a Rousseau. Una persona culta de Argentina se reunía con alguien similar de España, uno de San Petersburgo se reunía con su homólogo en Noruega, un viajero de Francia pasaba tiempo con otro de Gran Bretaña y se comprendían, compartían una cultura, podían referirse a los mismos libros, obras de teatro, poemas, cuadros, que formaban un entramado de referencias e informaciones que eran como la historia compartida de lo mejor que la mente humana había pensado, dicho y escrito.
Esto ya no existe.
El griego y el latín están desapareciendo. En muchos países la Biblia y la religión ya no se estudian. A una chica que conozco la llevaron a París para ampliar sus miras —que falta le hacía— y aunque destacaba en sus estudios, confesó que nunca había oído hablar de católicos y protestantes, que no sabía nada de la historia del Cristianismo ni de cualquier otra religión. La llevaron a oír misa a Nôtre Dame, le dijeron que esta ceremonia era desde hacía siglos base de la cultura europea, y que debería por lo menos saber algo de ello, y ella lo presenció todo obedientemente, tal y como presenciaría una ceremonia de té japonesa, y luego preguntó: "¿Entonces, estas personas son una especie de caníbales?". En esto ha quedado lo que parece perdurable.
Hay un nuevo tipo de persona culta, que pasa por el colegio y la universidad durante veinte, veinticinco años, que sabe todo sobre una materia —la informática, el derecho, la economía, la política— pero que no sabe nada de otras cosas, nada de literatura, arte, historia, y quizá se le oiga preguntar: "Pero, entonces, ¿qué fue el Renacimiento?" o "¿Qué fue la Revolución Francesa?"
Hasta hace cincuenta años a alguien así se le habría considerado un bárbaro. Haber recibido una educación sin nada de la antigua base humanista: imposible. Llamarse culto sin un fondo de lectura: imposible.
Durante siglos se respetaron y se apreciaron la lectura, los libros, la cultura literaria. La lectura era —y sigue siendo en lo que llamamos el Tercer Mundo—, una especie de educación paralela, que todo el mundo poseía o aspiraba a poseer. Les leían a las monjas y monjes en sus conventos y monasterios, a los aristócratas durante la comida, a las mujeres en los telares o mientras hacían costura, y la gente humilde, aunque sólo dispusiera de una Biblia, respetaba a los que leían. En Gran Bretaña, hasta hace poco, los sindicatos y movimientos obreros luchaban por tener bibliotecas, y quizás el mejor ejemplo del omnipresente amor a la lectura es el de los trabajadores de las fábricas de tabaco y cigarros de Cuba, cuyos sindicatos exigían que se leyera a los trabajadores mientras realizaban su labor. Los mismos trabajadores escogían los textos, e incluían la política y la historia, las novelas y la poesía. Uno de sus libros favoritos era El Conde de Montecristo. Un grupo de trabajadores escribió a Dumas pidiendo permiso para emplear el nombre de su héroe en uno de los cigarros.
Tal vez no haga falta insistir en esta idea a ninguno de los aquí presentes, pero sí creo que no hemos comprendido todavía que vivimos en una cultura que rápidamente se está fragmentando. Quedan parcelas de la excelencia de antaño en alguna universidad, alguna escuela, en el aula de algún profesor anticuado enamorado de los libros, quizás en algún periódico o revista. Pero ha desaparecido la cultura que una vez unió a Europa y sus vástagos de Ultramar.
Podemos hacernos una idea de la rapidez con la cual las culturas son capaces de cambiar observando cómo cambian los idiomas. El inglés que se habla en los Estados Unidos o en las Antillas no es el inglés de Inglaterra. El español no es el mismo en Argentina o en España. El portugués de Brasil no es el portugués de Portugal. El italiano, el español, el francés surgieron del latín, pero no en miles sino en cientos de años. Hace muy poco tiempo que desapareció el mundo romano, dejando tras de sí el legado de nuestras lenguas.
Representa una pequeña ironía de la situación actual que gran parte de la crítica a la cultura antigua se hiciera en nombre del elitismo; sin embargo, lo que ocurre es que en todas partes existen cotos, pequeños grupos de lectores de antaño, y resulta fácil imaginar a uno de los nuevos bárbaros entrando por casualidad en una biblioteca de las de antes, con toda su riqueza y variedad, y dándose cuenta de pronto de todo lo que se ha perdido, de todo de lo que —él o ella— ha sido privado.
Así pues, ¿qué va a pasar ahora en este mundo de cambios tumultuosos? Creo que todos nos estamos abrochando los cinturones y preparándonos.
Escribí lo que acabo de leer antes de los acontecimientos del 11 de septiembre. Nos espera una guerra, parece ser que una guerra larga, que por su misma naturaleza no puede tener un final fácil. Sin embargo, todos sabemos que los enemigos intercambian algo más que balas e insultos. En España quizás sepan esto mejor que nadie. Cuando me siento pesimista por la situación del mundo, a menudo pienso en aquella época, aquí en España, a principios de la Edad Media, en Córdoba, en Granada, en Toledo, en otras ciudades del sur, donde cristianos, musulmanes y judíos convivían en armonía; poetas, músicos, escritores, sabios, todos juntos, admirándose los unos a los otros, ayudándose mutuamente. Duró tres siglos. Esta maravillosa cultura duró tres siglos. ¿Se ha visto algo parecido en el mundo? Lo que ha sido puede volver a ser.
Creo que la persona culta del futuro tendrá una base mucho más amplia de lo que podemos imaginar ahora.
Fuente: Fundación Príncipe de Asturias
Mario Vargas Llosa, Premio de las Letras 1986
| Oviedo |
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Reunido en Oviedo, los días 22 y 23 de mayo de 1986, el Jurado correspondiente al «Premio de las Letras, 1986», integrado por D. Carlos Luis Álvarez, D. Luis María Ansón, D. Jaime Campmany, D. Álvaro Galmés, D. Pablo García Baena, D. Fernando Lázaro Carreter, D. José María Martínez Cachero, D. Fernando Ónega, D. Gonzalo Torrente Ballester, presidido por D. Joaquín Calvo Sotelo y actuando de secretario D. Emilio Alarcos Llorach, decide por mayoría conceder este galardón a D. Mario Vargas Llosa y a D. Rafael Lapesa Melgar. En el caso del Sr. Vargas Llosa, el Jurado ha valorado sus extraordinarias dotes de fabulación literaria, la riqueza y variedad de su obra, animada de un espíritu de libertad creadora, y su dominio del idioma. Al otorgar el Premio al Sr. Lapesa el Jurado reconoce su rigurosa, constante y profunda labor en el esclarecimiento de la historia de la lengua española, así como su fecundo magisterio en España y en América.
Biografía
Mario Vargas Llosa nació en Arequipa, la segunda ciudad peruana, en marzo de 1936. Se inicia en el ejercicio del periodismo cuando aún era un estudiante de bachiller, colaborando en «La Crónica» y en «La Industria». Aunque ya con anterioridad había escrito una obra de teatro, en 1957 comienza a publicar cuentos en algunas revistas: «Los jefes» aparecerá en «Mercurio Peruano» y «El abuelo» en «El Comercio».
Viaja en 1958 a París, gracias a un premio recibido en un concurso de relatos, y a su regreso a Lima finaliza los estudios medios y recibe una beca para trasladarse a la Universidad de Madrid. A los pocos meses de llegar a la capital española, abandona los estudios de doctorado y fija su residencia en París, donde permanecerá durante siete años.
En 1963 se publicará su primera gran novela, «La ciudad y los perros», que obtiene varios premios literarios, entre ellos el Biblioteca Breve y el de la Crítica. En la actualidad se ha traducido ya a más de veinte idiomas. Su segunda obra importante será «La Casa Verde», publicada en 1966, el mismo año en que se traslada a Londres, donde impartirá clases en la universidad y colaborará con frecuencia en periódicos y revistas.
Después de escribir una de sus novelas fundamentales, «Conversación en la catedral», Vargas Llosa viaja en 1970 a Barcelona, ciudad en la que vivirá durante casi cinco años hasta que en 1974 interrumpe su exilio europeo y regresa a Perú con la intención, por primera vez, de fijar su residencia allí.
En 1973 había aparecido su novela «Pantaleón y las visitadoras», que fue llevada al cine dos años después. En 1975 inicia una serie de trabajos vinculados con el cine y en marzo de ese mismo año es elegido miembro de número de la Academia Peruana de la Lengua. Unos meses más tarde, es nombrado presidente del Pen Club Internacional, cargo que ocupa hasta julio de 1979.
Vargas Llosa inicia su actividad política en 1987, a raíz de la nacionalización del sistema financiero en Perú. Candidato a la presidencia de su país en 1989 por la coalición de centro-derecha Frente Democrático, sería finalmente derrotado en las urnas por Alberto Fujimori.
Además de las obras antes citadas, cabe destacar entre la producción de Mario Vargas Llosa las novelas «La tía Julia y el escribidor» (1977), «La guerra del fin del mundo» (1981), «Historia de Mayta» (1984), «¿Quien mató a Palomino Molero?» (1986), «El hablador» (1987), y «Elogio de la madrastra» (1988). En su faceta de autor teatral, ha escrito «La señorita de Tacna» (1981), «Kathie y el hipopótamo» (1984) y «La Chunga» (1986), y como ensayista ha publicado importantes trabajos como «García Márquez: historia de un deicidio» (1971) y «La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary» (1975).
Entre otros galardones, ha recibido el Premio de Periodismo Ramón Godó Lallana, el Premio Literario del Instituto Italo-Americano, el Premio Pablo Iglesias de Literatura, el Premio Hemingway, la Medalla de Oro de las Américas y el Premio de La Libertad de la Fundación Max Schmidheiny.
Convertido ya en un clásico por la magnitud y la calidad de su obra, es uno de los escritores hispanoamericanos que de forma más consciente y decidida ha introducido en nuestro idioma los recursos de la vanguardia literaria del siglo XX.
Discurso:
Imagino que se me ha confiado la honrosa tarea de agradecer los Premios Príncipe de Asturias porque, entre los premiados, yo puedo testimoniar mejor que nadie sobre el espíritu generoso que los informa y, viniendo del remoto Perú, sobre su vocación universal. Lo hago con la modestia debida, pero, también, orgulloso de compartir este reconocimiento con los distinguidos intelectuales, artistas, científicos e instituciones que los han merecido. Y feliz de hacerlo en esta tierra de Asturias, de recias cumbres y verdes campiñas, donde nació uno de los escritores que más admiro — —Clarín— y que es un símbolo, en la historia de Occidente, de amor a la soberanía y a la libertad.
Y puesto que los Premios Príncipe de Asturias hermanan, cada año, a hombres y mujeres de España y de América, quizás ésta sea una ocasión propicia para reflexionar en alta voz sobre aquel hecho fronterizo en la Historia, del que pronto celebraremos cinco siglos: la inserción de América, por obra de España, en el mundo occidental. Vale la pena hacerlo porque, aunque antiguo y sabido, es un hecho que todavía no resulta evidente para todos ni suelen sacar de él, algunos gobiernos y personas, las conclusiones que se imponen.
Españoles e hispanoamericanos vivimos trescientos años de historia común y, en esos tres siglos, la tierra a la que llegó Colón, desapareció y fue reemplazada por otra, sustancialmente distinta. Una tierra que, enriquecida por los fermentos de su entraña pre-histórica y por los aportes de otras regiones del planeta —el África, principalmente—, piensa, cree, se organiza, habla y sueña dentro de los valores y esquemas culturales que son los mismos de Europa. Quien se niega a verlo así tiene una visión insuficiente de América o de lo que es el horizonte cultural de Occidente.
Luego de tres siglos en que fueron una sola, las naciones que España ayudó a formar y a las que marcó de manera indeleble, estallaron en una miríada de países que, entre fortunas e infortunios —más de éstos que de aquéllas— tratan de forjarse un destino decente y de aniquilar a esos demonios que han emponzoñado su historia: el hambre, la intolerancia, las desigualdades inicuas, el atraso, la falta de libertad, la violencia. Son demonios que España conoce porque también en la Península han causado estragos.
Lo que la Historia unió los gobiernos se encargan a menudo de desunirlo. Nuestro pasado, en América, está afeado por querellas estúpidas en las que nos hemos desangrado y empobrecido inútilmente. Pero todas las guerras y disensiones no han podido calar más hondo de la superficie; bajo los transitorios diferendos subsisten, irrompibles, aquellos vínculos que España estableció entre ella y nosotros, y entre nosotros mismos, y que el tiempo consolida cada vez más: una lengua, unas creencias, ciertas instituciones y una amplísima gama de virtudes y defectos que, para bien y para mal, hacen de nosotros parientes irremediables por encima de nuestros particularismos y diferencias.
Quizás una pequeña historia podría ilustrar mejor lo que me gustaría decir. Ya que eso es lo que soy —un contador de historias— permítanme que se la cuente.
Es la historia de un indio del Perú, que nació en 1629 ó 1632 —nadie ha podido precisarlo—, en una aldea perdida de los Andes cuyo nombre, Calcauso, ni siquiera figuró en los mapas. Estaba —a lo mejor está aún— en la provincia de Aymaraes, en Apurímac. Era un muchacho curioso y vivaracho a quien, un día, un clérigo de paso, impresionado por sus dotes, llevó consigo al Cusco e hizo estudiar en el Colegio de San Antonio Abad, donde se concedían algunas becas para ?hijos de indígenas?. Sabemos muy pocas cosas de su biografía. Ni siquiera es seguro que se llamara con el nombre y el apellido españoles con que ha pasado a la historia: Juan Espinoza Medrano. Parece probado, eso sí, que tenía la cara averiada por verrugas o por un enorme lunar y que a ello debió su apodo: el Lunarejo.
Pero sus contemporáneos le pusieron también otro sobrenombre más ilustre: el Doctor Sublime. Porque aquel indio de Apurímac llegó a ser uno de los intelectuales más cultos y refinados de su tiempo y un escritor cuya prosa robusta y mordaz, de amplia respiración y atrevidas imágenes, multicolor, laberíntica, funda en América hispana esa tradición del barroco de la que serían tributarios, siglos más tarde, autores como Leopoldo Marechal, Alejo Carpentier y Lezama Lima.
La leyenda dice que cuando el Doctor Sublime predicaba, desde el púlpito a la modesta iglesia del barrio de San Cristóbal, en el Cusco, de la que fue párroco, la nave rebotaba de fieles y que había quienes hacían largas travesías para escucharlo. ¿Entendía esa apretada multitud lo que el Lunarejo les decía? A juzgar por los sermones que de él nos han llegado —La Novena Maravilla se titula, con cierta hipérbole, la recopilación— es probable que, la mayoría, no. Pero no hay duda de que esa palabra lujosa, musical, que convocaba con autoridad a los poetas griegos y a los filósofos romanos, a fabulistas bizantinos, trovadores medievales y prosistas castellanos y los hacía desfilar galanamente por la imaginación de sus oyentes, hechizaba a su auditorio.
El único libro orgánico escrito por el Lunarejo del que tenemos noticia es un texto polémico: el Apologético en favor de don Luis de Góngora, que publicó en 1662, refutando al crítico portugués Manuel de Faría y Souza, que había atacado el culteranismo. Hay a quienes la intención de este turbulento panfleto hace reír. ¿No era patético que, allá, tan lejos de Madrid, y tan fuera del tiempo, ese indiano se empeñara en intervenir en una polémica que, aquí, en Europa, había cesado hacía varias décadas y cuyos protagonistas estaban ya muertos? A mí, el anacrónico empeño del curita cusqueño, lanzándose, desde su barriada andina, a reavivar esa extinta polémica, me conmueve profundamente. Porque en su texto erudito, belicoso, atiborrado de pasión y de metáforas, hay una voluntad de apropiación de una cultura que adelanta lo que es hoy, intelectualmente, América Latina. En el Lunarejo, y en un puñado de otros creadores indianos, como el Inca Garcilaso o Sor Juana Inés de la Cruz, las ideas y la lengua que fueron de Europa a América han echado raíces y germinado en un pensamiento y en una estética que representan ya un matiz diferente, una inflexión propia muy nítida dentro de la literatura española y la civilización occidental.
En el Apologético en favor de don Luis de Góngora, el Lunarejo cita o glosa a más de ciento treinta autores, desde Homero y Aristóteles hasta Cervantes, pasando por el Aretino, Erasmo, Tertuliano y Camoens. Las citas cultas eran un ritual de los tiempos, como rendir pleitesía al cielo y a los santos. En su caso, son, también, un ejercicio de magia simpatética, un conjuro para atraer a esas tierras y arraigar en ellas a quienes representaban, entonces, las cimas de la sabiduría y el arte. Aquella brujería fue eficaz: obras como las de Neruda, Borges y Octavio Paz han sido posibles en América Latina gracias a la testarudez con que, gentes como el Lunarejo, decidieron hacer suya, asumir como propia la cultura que España trasplantó a sus tierras.
En los tiempos del Doctor Sublime, la mayoría de nuestros escritores eran meros epígonos: repetían, a veces con buen oído, a veces desafinando, los modelos de la metrópoli. Pero, en algunos casos, como en el suyo, apunta ya un curioso proceso de emancipación en el que el emancipado alcanza su libertad y su identidad eligiendo por voluntad propia aquello que hasta entonces le era impuesto. El colonizado se adueña de la cultura del colonizador y, en vez de mimarle, pasa a crearla, aumentándola y renovándola. Así, se independiza en la medida en que se integra. En eso consiste la soberanía cultural de Hispanoamérica: en saber que Cervantes, el Arcipreste y Quevedo son tan nuestros como de un asturiano o un leonés. Y que ellos nos representan tan legítimamente como las piedras de Machu Picchu o las pirámides mayas.
Aquel proceso fue extraño, sinuoso y, sobre todo, lento. Como el Doctor Sublime, otros hispanoamericanos encontraron su propia voz, sin proponérselo, tratando de emular a los peninsulares. En el Lunarejo, la inventiva y el brío verbal son tan fuertes que rompen los moldes estrechos y rastreros del género que escogió para expresarse. Su Apologético no es tal, sino un poema en prosa en el que, con el pretexto de reverenciar a Góngora y vituperar a Faría y Souza, el apurimeño se libra a una suntuosa prestidigitación. Juega con los sonidos y el sentido de las palabras, fantasea, canta, impreca, cita y va coloreando los vocablos y los malabares con un deje personal. Al final, no vemos en su texto una reinvindicación de Góngora y una abominación del portugués: lo vemos a él, emergiendo, borracho de verbo y de retruécanos, con una figura propia tan resuelta que afantasma al poeta y al crítico.
En el Lunarejo se vislumbra lo que serían el Perú, Hispanoamérica: la frontera austral del Occidente, un mundo en ciernes, inconcluso, ansioso por cuajar, que tiene prisa y que a veces se cae de bruces. Pero la meta final de esa carrera de obstáculos en que está América Latina es clarísima y nada nos ayudaría tanto a alcanzarla como que Europa Occidental entendiera que nuestra suerte está unida a la de ella y que el anhelo de nuestros pueblos es lograr sociedades prósperas y justas, dentro del sistema de libertad y convivencia que es la más grande contribución de Occidente a la humanidad.
A lo mucho que nos unió en el pasado, hoy nos une, a españoles y a hispanoamericanos, otro denominador común: regímenes democráticos, una vida política signada por el principio de libertad. Nunca, en toda su vida independiente, ha tenido América Latina tantos gobiernos representativos, nacidos de elecciones, como en este momento. Las dictaduras que sobreviven son apenas un puñado y alguna de ellas, por fortuna, parecen estar dando las últimas boqueadas. Es verdad que nuestras democracias son imperfectas y precarias y que a nuestros países les queda un largo camino para conseguir niveles de vida aceptables. Pero lo fundamental es que ese camino se recorra, como quieren nuestros pueblos —así lo hacen saber, clamorosamente, cada vez que son consultados en comicios legítimos— dentro del marco de tolerancia y de libertad que vive ahora España.
Para nuestros países, lo ocurrido en la Península, en estos años, ha sido un ejemplo estimulante, un motivo de inspiración y de admiración. Porque España es el mejor ejemplo, hoy, de que la opción democrática es posible y genuinamente popular en nuestras tierras. Hace veintiocho años, cuando llegué a Madrid como estudiante, había en el mundo quienes, cuando se hablaba de un posible futuro democrático para España, sonreían con el mismo escepticismo que lo hacen ahora cuando se habla de la democracia dominicana o boliviana. Parecía imposible, a muchos, que España fuera capaz de domeñar una cierta tradición de intolerancias extremas, de revueltas y golpes armados. Sin embargo, hoy todos reconocen que el país es una democracia ejemplar en la que, gracias a la clarísima elección de la Corona, de las dirigencias políticas y del pueblo español, la convivencia democrática y la libertad parecen haber arraigado en su suelo de manera irreversible.
A nosotros, hispanoamericanos, esta realidad nos enorgullece y nos alienta. Pero no nos sorprende; desde luego que era posible, como lo es, también, allende el mar, en nuestras tierras. Por eso, a las muchas razones que nos acercan, deberíamos decididamente añadir esta otra: la voluntad de luchar, hombro con hombro, por preservar la libertad conseguida, por ayudar a recobrarla a quienes se la arrebataron y a defenderla a los que la tienen amenazada. ¿Qué mejor manera que ésta de conmemorar el quinto centenario de nuestra aventura común?
La palabra Hispanidad exhalaba, en un pasado reciente, un tufillo fuera de moda, a nostalgia neocolonial y a utopía autoritaria. Pero, atención, toda palabra tiene el contenido que querramos darle. Hispanidad rima también con modernidad, con civilidad y, ante todo, con libertad. De nosotros dependerá que sea cierto. Hagamos con esas dos palabras, Hispanidad y Libertad, las piruetas que le gustaban al Lunarejo: juntémoslas, arrejuntémoslas, fundámoslas, casémoslas y que no vuelvan a divorciarse nunca.
Fuente: Fundación Príncipe de Asturias
José Ángel Valente, Premio de las Letras 1988
| Oviedo |
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Reunido en Oviedo, los días 11 y 12 de abril de 1988 el Jurado correspondiente al «Premio de las Letras, 1988» integrado por D. Carlos Luis Álvarez, D. Luis María Ansón, D. Manuel Arce, D. Leopoldo Calvo Sotelo, D. Rafael Conte Oroz, D. Miguel García Posada, D.ª Soledad Puértolas, D. Gonzalo Torrente Ballester, D. Antonio Vilanova, presidido por D. Rafael Lapesa y actuando de secretario D. Emilio Alarcos Llorach, decide por unanimidad conceder este galardón a D.ª Carmen Martín Gaite y a D. José Ángel Valente Docasar. A D. José Ángel Valente, porque su poesía, en continua evolución desde el inicial latido existencial a la posterior indagación fenomenológica, es una interrogación profunda sobre el sentido del mundo, plasmada en un lenguaje denso y simbólico, de turbadora belleza, que lo ha convertido en uno de los más altos líricos españoles contemporáneos.
Biografía
José Ángel Valente, poeta, ensayista y profesor universitario, nació en Orense el 25 de abril de 1929. Comenzó los estudios de Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela, trasladándose posteriormente a la de Madrid, donde se licenció en Filología Románica en 1954 con premio extraordinario.
Viaja al extranjero en 1955 y durante varios años imparte clases de lengua y literatura españolas en la Universidad de Oxford, en la que obtiene el grado de Master of Arts. A partir de 1958 reside en Ginebra, donde trabajó como profesor y como funcionario internacional de la ONU. Entre 1982 y 1985 vive en París, donde dirige el servicio español de traducción de la UNESCO. En 1986 se instala en Almería, residencia que alterna con París y Ginebra. Sigue ligado a la docencia, dictando clases, como profesor visitante, en universidades como la de Irvine, en California (Estados Unidos).
Aunque sus primeros poemas se publicaron cuando aún era estudiante, Valente se dio a conocer en el mundo literario al conseguir el Premio Adonais de Poesía, en 1954, con su libro «A modo de esperanza». Perteneciente, por nacimiento y edición, a la generación llamada del 50 o del medio siglo, comenzó siendo un poeta testimonial e irónico, hasta que a partir de «El inocente», en 1970, su poesía adquiere un acento epigramático y conceptista. Las trasposiciones teóricas, el léxico culto y en ocasiones críptico, la ironía y el sarcasmo caracterizan su nueva etapa.
No obstante, Valente nunca ha aceptado la limitación que supone encuadrarse en una determinada corriente literaria representada por cierto número de escritores. En sus palabras, «hay que romper la noción de contemporaneidad. Llegado un momento, el escritor tiene que hacer una opción de soledad absoluta, no tiene contemporáneos».
En todo caso se asocia a Valente con el grupo de poetas que supieron diferenciarse en su práctica literaria de la poesía «realista» de sus precursores sin prescindir del compromiso ético de aquellos, acentuando además la batalla por un lenguaje específicamente literario.
Junto con las citadas, destacan entre sus obras las siguientes: «Poemas a Lázaro» (1960), con la que obtuvo el Premio de la Crítica, «La memoria y los signos» (1966), «Siete representaciones» (1967), «Breve son» (1968), «Presentación y memorial para un monumento» (1970), «Interior con figuras» (1976), «Material memoria» (1979), «Tres lecciones de tinieblas» (1980), con la que gana nuevamente el Premio de la Crítica, «Sete cántigas de alén» (1981), «Punto cero» (1980), «Mandorla» (1982), «El fulgor» (1985), «En Dios del lugar» (1989), «No amanece el cantor» (1992) y «Nadie» (1996).
Además de su obra poética, José Ángel Valente escribió textos narrativos y poéticos en prosa como «Numero trece» (1971) y «El fin de la edad de plata» (1973). También publicó ensayos literarios: «Las palabras de la tribu» (1971), «Ensayo sobre Miguel de Molinos» (1974) y «La piedra y el centro» (1983).
Fue sometido a Consejo de Guerra en 1972, al considerarse que en el cuento «El uniforme del general», incluido en el libro «Número trece», aparecían conceptos ofensivos para el ejército. Al tener por entonces su residencia en Ginebra, fue declarado en rebeldía.
En 1989 ha publicado una nueva edición de la «Guía espiritual» de Miguel de Molinos. Ha colaborado también en revistas como «Índice», «Ínsula», «Revista de Occidente» o «Poesía», y en la prensa diaria, sobre todo en «El País» y en el suplemento «Culturas» de Diario 16.
En 1984 recibió el premio de la Fundación Pablo Iglesias, así como el Premio Nacional de Literatura en 1993 y el VII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1998. Su obra poética ha sido abundantemente traducida al francés, pero también a otras lenguas europeas, como el inglés, el francés, el italiano o el alemán.
José Ángel Valente falleció en julio de 2000.
Fuente: Fundación Príncipe de Asturia
Augusto Monterroso, Premio de las Letras 2000
| Oviedo |
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Reunido en Oviedo el Jurado del Premio de las Letras 2000 integrado por D. Andrés Amorós, D. Luis María Ansón, D.ª Blanca Berasátegui, D. Pedro Casals, D. Antonio Colinas, D. Rafael Conte Oroz, D. Jorge Fernández Bustillo, D. Francisco Javier Fernández Vallina, D. Fernando García de Cortázar, D. José Luis García Martín, D.ª Pilar García Mouton, D. Fernando González Delgado, D. Fernando de Lanzas Sánchez del Corral, D.ª Rosa Montero, D.ª Rosa Navarro Durán, D. Fernando Rodríguez Lafuente, D. Fernando Sánchez Dragó, D. Darío Villanueva, presidido por D. Víctor García de la Concha y actuando de secretario D. José María Martínez Cachero, acuerda por mayoría conceder el Premio de las Letras 2000 al escritor guatemalteco Augusto Monterroso. Su obra narrativa y ensayística constituye todo un universo literario de extraordinaria riqueza ética y estética, del que cabría destacar un cervantino y melancólico sentido del humor.
Su obra narrativa ha transformado el relato breve dotándolo de una intensidad literaria y una apertura de argumentos inéditos hasta entonces. Su ejemplar trayectoria ciudadana, la dura experiencia del exilio y la atención constante a los asuntos más inmediatos de la vida contemporánea de Iberoamérica convierten a Augusto Monterroso, reconocido internacionalmente, en uno de los autores más singulares de nuestra cultura.
Oviedo, 31 de mayo de 2000
Biografía
Augusto Monterroso, escritor guatemalteco nacido en Tegucigalpa (Honduras) en 1921, está considerado uno de los grandes y originales escritores hispanoamericanos de cuentos y narraciones breves de este siglo. Ha sido profesor de Literatura de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) –país donde residió desde 1944, autoexiliado por motivos políticos, hasta abril de 1996– y editor de la Dirección General de Publicaciones de esta universidad.
Ex secretario de la revista de Pablo Neruda «La Gaceta de Chile», miembro del Pen Club Internacional y de la Asociación Mexicana de Escritores, entre sus libros de cuentos más destacados (los más hermosos del mundo, según Italo Calvino) se encuentran «Uno de cada tres y el centenario», «La oveja negra y demás fábulas», «Animales y hombres», «Movimiento perpetuo» o «Viaje al centro de la fábula», algunos de ellos traducidos a varios idiomas, así como la novela «Lo demás es silencio». En 1999 presentó en España su último libro, «La vaca», calificada por él mismo como una colección de «ensayos que parecen cuentos y cuentos que parecen ensayos». Se le considera el autor del cuento más corto de la historia de la Literatura, que dice así: «El dinosaurio: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».
Hombre del Año en Literatura del semanario español «Cambio 16» en 1991 por ser «autor originalísimo que sigue la ley de transmitir al máximo con los mínimos elementos», es doctor honoris causa por la Universidad de San Carlos de Guatemala y pertenece a la Academia Hondureña de la Lengua. Monterroso ha recibido numerosos galardones y distinciones, como el Magda Donato y el Xavier Villaurrutia, ambos en México, el del Instituto Italo Latinoamericano de Roma, el Juan Rulfo de Literatura Iberoamericana (1996) y el Nacional de Literatura de Guatemala (1997), entre otros.
Discurso:
Deseo, ante todo, dar las más cumplidas gracias al honorable Jurado que me concedió este Premio Príncipe de Asturias de las Letras, correspondiente al año 2000. Sin su benevolencia, por no decir su valentía, no estaría yo hoy en situación que tanto me honra, ni junto a tan destacados artistas, hombres de ciencia, dignatarios y académicos de diversas nacionalidades, igualmente premiados, a quienes saludo con mi admiración y respeto.
En la prensa de estos días se ha dicho que en mí se premiaba no sólo a un escritor centroamericano, sino también un género literario, el cuento, un género que ha venido siendo relegado por las grandes editoriales, por algunos críticos, y aun por los mismos lectores. Pues bien, no tiene nada de extraño que así suceda. Las leyes del mercado son inexorables, y no somos los escritores de cuentos ni los poetas — —hermanos en este negativo destino— quienes vamos a cambiarlas. Pero como decía el Eclesiastés refiriéndose a la Tierra, generación va y generación viene: mas el cuento siempre permanece.
Comoquiera que sea, es cierto que prácticamente toda mi obra ha consistido en el acercamiento a dos especialidades hoy alejadas de los reflectores y el bullicio, si bien nada modestas en cuanto a su prosapia: el cuento y el ensayo personal, variando en ocasiones de tal manera sus formas y sentido que algunos comentaristas hablan, refiriéndose a aquélla, de transposición de géneros, cuando no de invasión de unos a otros, lo que vendría a dar un nuevo sesgo a nuestros acostumbrados modos de expresión literaria. Algo se ha dicho también de la brevedad en esta obra, y, como si lo anterior fuera poco, del humor y la ironía en ella, haciendo que yo me pregunte: ¿de verdad cabrá todo eso en el reducido espacio que ocupa? Bueno, el campo de la literatura es tan amplio que en él caben hasta las cosas más pequeñas.
No he pretendido nunca erigirme en defensor del cuento común, o del cuento brevísimo, ni mucho menos en detractor de las novelas, cortas o largas, que me han deleitado y enseñado tanto desde Cervantes a Flaubert y Tolstoi y Joyce; es más, en diversas ocasiones he confesado que aprendí a ser breve leyendo a Proust. El cuento se defiende solo. Por otra parte, no soy un teórico, y sé que a pesar de innumerables tentativas de definición aventuradas por los que saben, hoy día es un problema insoluble establecer lo que constituye un cuento. No obstante, ciertos cuentistas aún no se han enterado de su evolución, y al escribirlos todavía siguen el cumplimiento de antiguas reglas, como aquella de la exposición, el nudo y el desenlace, cuando no la del final sorpresivo; y hay quienes piensan con honestidad que el cuento es un género intrascendente y entonces los escriben —declaran—, a manera de descanso entre su verdadera labor creativa, es decir, sus importantes novelas. Y tampoco seré yo quien trate de sacarlos de esta idea. La verdad es que en este idioma nuestro basta pensar hoy en Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti o Julio Cortázar para formarse una idea de lo lejos que estamos ya del cuento convencional.
En 1992 Barbara Jacobs y yo publicamos en España una Antología del cuento triste. Toda vez que la tarde en que lo escribimos estábamos más bien taciturnos, nos permitimos aseverar en el Prólogo: "La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se encuentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste". No pocos reaccionaron en contra de este pensamiento tan claramente melancólico; y yo no sé si la vida es triste para todos —cosa que dejo a los expertos—; pero se da la circunstancia de que los cuentos que escogimos, casi al azar de nuestras respectivas memorias, no sólo son tristes de verdad sino que resultaron ser obra de algunos de los mejores y más profundos escritores del último siglo y medio, como lo pueden ser desde Herman Melville y William Faulkner, o Leopoldo Alas "Clarín", hasta Salarrué y Juan Rulfo, pasando por James Joyce, Thomas Mann y Corrado Alvaro, quienes retrataron vívidamente el hondo dramatismo que encierran las existencias cotidianas de hombres y mujeres de cualquier país, pobre o rico, del centro de Europa o del centro de América, a través de este género, que en sus breves dimensiones y su aparente humildad recoge la vida con penetración, verdad y belleza.
Quisiera considerar también este Premio un reconocimiento a la literatura centroamericana, de la que, guatemalteco, formo parte. Centroamérica, como bien pudiera haber dicho Eduardo Torres, ha sido siempre vencida, tanto por los elementos como por las naves enemigas: me refiero a los desastres naturales de los últimos años, y a los económicos y políticos a que nos han sometido los intereses de poderosas compañías extranjeras productoras de ese fruto por el que nuestros países son llamados repúblicas bananeras. Pero es mi deber señalar una vez más que a lo largo de los siglos no ha sido sólo plátano lo que producimos. Recordaré que nuestros ancestros mayas, refinados astrónomos y matemáticos que inventaron el cero antes que otras grandes civilizaciones, tuvieron su propia cosmogonía en lo que hoy conocemos con el nombre de Popol Vuh, el libro nacional de los quichés, mitológico y poético y misterioso; a Rafael Landívar, autor de la Rusticatio mexicana, el mejor poema neolatino del siglo XVIII; a José Batres Montúfar, cuentista satírico en verso, cuyas octavas reales vienen en línea directa de Ariosto y de Casti y cierran brillantemente la narrativa mundial en esta estrofa; y, por último, para no acercarme peligrosamente a nuestro tiempo, a Rubén Darío, renovador del lenguaje poético en español como no lo había habido desde los tiempos de Góngora y Garcilaso de la Vega.
Tres herencias, la indígena, la latina y la española, que la mayoría de los escritores centroamericanos, estoy seguro, tratamos de merecer, pero también, ¿por qué no?, de mantener y acrecentar con dignidad y decoro.
En un momento de optimismo manifesté hace algunos años, en ocasión parecida a ésta, que mi ideal último como escritor consistía en ocupar algún día en el futuro media página en el libro de lectura de una escuela primaria de mi país. Acaso esto sea el máximo de inmortalidad a que pueda aspirar un escritor. Estoy seguro de que haber sido merecedor de este Premio Príncipe de Asturias de las Letras, contribuirá en gran medida a que aquel deseo, más vanidoso de lo que parece, se convierta en realidad.
Muchas gracias.
Fuente: Fundación Príncipe de Asturias
José Hierro Real, Premio de las Letras 1981
| Oviedo |
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Reunido en Oviedo, los días 2 y 3 de junio de 1981, el Jurado correspondiente al Premio Príncipe de Asturias de las Letras, 1981, integrado por D. Ángel González, D. Emilio Alarcos Llorach, D. Fernando Lázaro Carreter, D. Antonio Gala, D. Humberto López Morales, presidido por D. Pedro Laín Entralgo y actuando como secretario D. Román Suárez Blanco, acordó por unanimidad conceder este galardón, teniendo en cuenta el intenso valor lírico de su obra, que supone a la vez un testimonio histórico y una actitud ética merecedores de público reconocimiento, a D. José Hierro Real.
Biografía
Poeta, estudioso de poetas, escritor y crítico de arte, José Hierro es una de las voces más personales de la lírica española en la segunda mitad de nuestro siglo. Su obra ha influido de forma decisiva y constante en la poesía escrita en España a partir de los años cincuenta. Perteneciente a una generación que sufrió las heridas de la guerra civil, su creación poética representa la emocionada defensa del individuo ante un entorno hostil y su canto es una respuesta al acoso de la libertad.
Nacido en Madrid el 3 de abril de 1922, pasó los años de su infancia en Santander, ciudad a la que se siente entrañablemente unido. Allí vio estallar la guerra, allí publicó su primer libro de poemas y allí inició los estudios elementales y la carrera de perito industrial, que tendría que interrumpir en 1963.
El arte le atrae desde un principio. Primero es el teatro y el mimo, participando como director e intérprete en varios grupos aficionados. Se inicia también como escritor, y a los doce años recibe un premio del Ateneo de Santander por un cuento infantil. Las lecturas de sus primeros años son las mismas de cualquier niño español en aquel tiempo, aunque no tarda mucho en realizar descubrimientos personales. Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27 –que descubre a través de la Antología de Gerardo Diego–, se convertirán en sus maestros. Comienza también a leer a los clásicos españoles, especialmente Lope de Vega, poesía francesa (Baudelaire será uno de sus favoritos), y narrativa de todo tipo: Dickens, Dostoyevski, Marcel Proust, etc.
La actividad poética de José Hierro comienza, de forma entusiasta, durante la guerra civil. Es ésta la época en la que traba sus primeras amistades literarias, relacionándose con un grupo de pintores ya consagrados, como Gutiérrez Solana, Cossío y Quirós, a cuyas tertulias asiste. Conoce entonces al poeta José Luis Hidalgo, con el que inicia una íntima amistad, y a Gerardo Diego, cuyo encuentro habría de tener una especial significación para él y para su poesía.
La guerra separó a José Hierro de sus estudios. Los acontecimientos de este periodo permanecerán de una forma velada a través de unos versos del poema «Historia para muchachos». El adolescente Hierro estuvo a punto de ser evacuado –esperando un barco que nunca llegó– y fue detenido y procesado por «auxilio o adhesión a la rebelión». Condenado a prisión, ingresa en la Provincial de Santander en 1939, y no sería liberado hasta principios de 1944. Durante sus años de cárcel escribe mucho, aprende solfeo con sus compañeros y llega a organizar y dirigir un grupo coral. Ya en libertad, y tras una breve temporada en Santander, se traslada a Valencia, donde desempeña oficios diversos y contacta con una serie de escritores que estimulan su sentido lírico. Son años ricos en experiencia vital y en trabajo de creación poética.
En 1946 regresa a Santander y se relaciona con el grupo fundador de la revista «Proel», en cuya colección aparecerá en el mes de marzo de 1947 su primer libro, «Tierra sin nosotros». Poco después consigue el Premio Adonais con su segunda obra, «Alegría» (agosto de 1947), convirtiéndose en uno de los poetas más representativos de la lírica joven del momento. Desde entonces figura en todas las antologías elaboradas dentro y fuera de España.
Posteriormente aparecen «Con las piedras, con el viento» (1950), «Quinta del 42» (1953), «Estatuas yacentes» (1954), «Cuanto sé de mí» (1958) y «Libro de las alucinaciones» (1964). En 1962 fueron publicadas sus «Poesías completas».
En 1989, bajo el título de «Carpetas poéticas» y con serigrafías de Salvador Victoria, fueron publicados una serie de poemas inéditos pertenecientes al libro inconcluso «Agenda».
Hijo adoptivo de Santander, y condecorado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, José Hierro obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1953, el de la Crítica en 1958 y 1965, y el Nacional de las Letras Españolas en 1990.
Discurso:
Me ha sido encomendada la honrosa tarea de agradecer, en nombre de los galardonados, la concesión de los Premios Príncipe de Asturias. Cualquiera de ellos hubiese podido representar, mucho mejor que yo, este papel. Y no lo digo, exclusivamente, en consideración a sus méritos, lo que sería, en sí mismo, una razón suficiente, sino por otra causa. El poeta es, esencialmente, subjetivo. Si yo hablase en mi propio nombre, si yo no fuese el accidental portavoz de estas personalidades eminentes, no dudo que se me toleraría cierto grado de subjetividad, incluso ciertos guiños irónicos que no disonasen, que no perturbasen la solemnidad de este acto académico. Pero, al hablar en nombre de los premiados, la cortesía y el respeto que les debo me obligan a adoptar un tono impersonal. Me obligan a ahorrarme expresiones u opiniones que no puedan suscribir mis distinguidos compañeros. Desde luego, no diré lo que no siento, pero diré lo que siento de una manera ligeramente distinta.
Voy al grano. Voy de lo particular y concreto a lo general. Sean las primeras palabras un acto de gratitud a los jurados que, en cada una de las secciones, han decidido que éramos nosotros las personas merecedoras del Premio Príncipe de Asturias. La categoría científica, artística y literaria de todos y cada uno de los componentes de los distintos jurados, es para nosotros un motivo de satisfacción y de orgullo. Y no sólo por su relieve intelectual. Está también — —o, sobre todo— su independencia, su imparcialidad. Otros jurados, probablemente, hubieran tomado en consideración, además de los méritos intrínsecos de cada candidato a los Premios, su mayor presencia en la vida pública española. Pero nuestros jurados no han caído en esa trampa. Han actuado de acuerdo con su conciencia, hasta el punto —y permítame que me erija en