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Fiesta de las Piraguas - Descenso Internacional del Sella

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Fecha aproximada: Agosto • [Primer fin de semana siguiente al día 2]

Fiesta folclórico-deportiva declarada de Interés Turístico Internacional. Cada año gana prestigio su consolidadísimo Descenso Internacional del Sella. El jueves, se participa en el tradicional Izado de Banderas Autonómicas, que se realiza en el prado de San Juan, registrando una gran afluencia de público, que puede disfrutar de los bailes de los grupos folclóricos riosellanos; tras finalizar el izado, se invita a un “pincheo” a todos los asistentes; por la noche, la plaza Nueva acoge una gran verbena. El viernes, hay una fenomenal verbena en la plaza Nueva. El sábado, se produce el largamente esperado Descenso Internacional, en activo desde 1930; por la noche, multitudinaria verbena.

Si Ribadesella no tuviera otros atractivos, sería igualmente conocida en el mundo gracias al Descenso del Sella, la Fiesta de las Piraguas de Asturias, que acostumbra a celebrarse el primer sábado siguiente al día 2 de agosto. Esta insólita y multitudinaria fiesta folclórico-deportiva, declarada de Interés Turístico Internacional, es la más importante del verano asturiano, tanto por su espectacularidad como por la enorme afluencia de público.

La espectacularidad la pone el magnífico marco geográfico donde se desarrolla, el río Sella, la ría, los Campos de Ova y la villa de Ribadesella. Las gráciles piraguas bajando el río y la muchedumbre siguiéndolas por tren y carretera forman un espectáculo verdaderamente cautivador, un torbellino de sonidos y colores en movimiento.

Todo comenzó en 1929 con una excursión en piragua de lona de Dionisio de la Huerta y un amigo por el río Piloña, afluente del Sella. En el verano de 1930, con un compañero más bajaron el Sella desde Arriondas a Ribadesella muy despacio, saboreando el paisaje del río, la sombra fresca de los avellanos y las leyendas de xanas, trasgos y tritones (*) mitológicos que tanto gustaban a Dionisio, auténtico padre y fundador del Descenso. Siguieron cada año repitiendo la excursión, pero empezaron a disputar entre ellos y a ser jaleados por sus amigos desde la carretera. Dionisio no quería competir, sino pasear y venerar al río, y gracias a su actitud aquello no se convirtió en una simple carrera, sino que nació la fantástica doble personalidad del Descenso, la lucha deportiva y la exaltación festiva de la naturaleza. Unos luchan por el triunfo, otros se dejan llevar y los demás miran, acompañan y se divierten.

El descenso y la fiesta crecieron en los años cuarenta y cincuenta y llegaron a su plenitud ya en los sesenta, con un alto nivel deportivo internacional y con un aparato folclórico singular. En esos años quedó fijada la liturgia de la fiesta, el desfile, los coriquinos, la salida en verso, don Pelayo, la cohorte de Tritones y la vestimenta de chaleco, montera y collar de papel, así como la romería en los Campos de Ova y la verbena repartida por los rincones de la villa.

La fiesta comienza a primeras horas de la mañana, cuando salen hacia Arriondas los trenes fluviales desde Ribadesella y Oviedo abarrotados de gente para ver la salida. A las once comienza por las calles de esta localidad uno de los momentos más atractivos de la jornada, un desfile alegre y multitudinario de selleros disfrazados o sin disfraz, caminando o a bordo de todo tipo de artilugios rodantes que pretenden seguir la carrera hasta Ribadesella. Es un verdadero río humano que se dirige al puente sobre el río Sella, donde los piragüistas esperan impacientes. Tras los versos rituales de salida: «Dios guarde silencio, y escuche nuestra palabra...» que leyó Dionisio de la Huerta hasta su fallecimiento en 1995, a las doce en punto se ordena la salida.

Es el momento culminante, el más esperado por el público junto con la llegada. El ambiente se electriza de forma instantánea bajo el estruendo de mil piraguas lanzándose juntas al río. El fragor y la tensión se apoderan de los que quieren navegar y de quienes los contemplan, queriéndolo ver todo a la vez. Los golpes de las paladas ansiosas, el batir de la espuma, el rodar de los cantos y el griterío infernal que se eleva sobre el valle apenas dejan escuchar los últimos versos del pregón: «Pero corramos al tren, vamos a la caravana, todos a Ribadesella, para presenciar quién gana».

A partir de aquí comienzan dos carreras distintas, la puramente deportiva, que pondrá a prueba la fortaleza y la astucia de los piragüistas para sortear las sequeras del río castigado por el estío y la alegre carrera folclórica de los romeros, que intentan llegar a Ribadesella antes que los palistas.

En la línea de meta se aguarda con expectación. La megafonía avisa de que vienen destacados los ingleses o los sudafricanos, o que hay lucha cerrada entre los portugueses y los asturianos... Por la última curva aparecen los primeros, que reman desaforadamente para cubrir los últimos quinientos metros a la vista ya del público, al que se suman con el tiempo justo los que llegan en el tren fluvial y en la caravana de automóviles. Cincuenta mil gargantas aclaman a los vencedores, cuyos nombres serán grabados en el monolito del puente riosellano.

Siguiendo también la tradición inaugurada por Dionisio y por los pioneros del Sella, los piragüistas y los romeros se desplazan en masa por tren o carretera hasta los Campos de Ova, a tres kilómetros de la villa, donde se celebra una multitudinaria comida campestre, se duerme la siesta bajo los chopos, se contempla a los grupos folclóricos, se baila un poco y se les entregan los trofeos a los campeones de todas las categorías. De vuelta a Ribadesella la fiesta continúa hasta el amanecer por los chiringuitos que copan todos los rincones de la villa. Un gran gentío, muy jóvenes los más, toma ya posiciones la noche de la víspera de las piraguas, convirtiendo Ribadesella y Arriondas en el foco de una intensísima y maratoniana movida, de ambiente realmente extraordinario.

Hasta el último minuto de esta fiesta increíble estará vigente la sabia consigna que le dio tan singular carácter de libertad, desenfado y tolerancia: «Diviértete y deja que los demás se diviertan».

Himno

El Descenso del Sella tiene un himno, poco conocido, con letra compuesta por Cándido Sánchez, poeta de Pola de Siero (Asturias), el ovetense Manuel Alonso y el también poleso Falo Moro, autor, asimismo, de la música. En él se «hace referencia a Infiesto —donde nació la prueba piragüística de la mano de Dionisio de la Huerta—; a Arriondas, donde se consolidó, y a Ribadesella, donde termina y se remata por todo lo alto» (Joaquín Vigil, «Falo Moro y el Sella», diario La Nueva España de Oviedo, 4-8-2005). Ésta es su letra:

Cerca de Arriondas, rosa del valle,

Ribadesella, rosa del mar,

se abre un sendero de romería,

florece el Sella como un rosal.

Para la fiesta viste el paisaje

su rica gala primaveral

y hiere el surco verde del río

una cadencia internacional.

Arriondas lleva a Ribadesella

gentil saluda que espera el mar

al ritmo tenso de las piraguas

bajo la estrofa de este cantar.

Ya los palistas están alerta

la noble lucha va a comenzar;

se rasga el aire con un disparo.

Van los palistas sembrando afanes

y en sus miradas sed de triunfar;

Asturias vibra sobre la ruta

más pura y bella que llega al mar.

Ribadesella ríe gozosa

júbilo alegre que aroma el mar;

Infiesto rinde su señorío

a los atletas que han de triunfar.

En el galope de su palada

se vuelve en masa el tren fluvial;

y en los collares hechos de flores

trénzanse amores que van al mar.

Se oye la gaita viril y brava

que lanza al viento dulce cantar;

al despedirse muy jubiloso

con un saludo que llega al mar.

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