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Teatro Campoamor

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El teatro Campoamor –«punto de referencia de todos los acontecimientos culturales y el centro neurálgico de la ciudad de Oviedo» (Julio Vallaure, arquitecto)– es un exento edificio con fachada a las calles Pelayo y Argüelles, cuya parte trasera se sitúa frente al ingreso a la Delegación Provincial de Hacienda —antiguo monasterio de Santa Clara, c/ Diecinueve de Julio.

Nació del empuje de la próspera y decimonónica burguesía ovetense, insatisfecha con la insuficiente capacidad y otras carencias de la Casa de Comedias del Fontán.

En 1882 se convocó un concurso público de ideas, resultando ganador el proyecto de los jóvenes arquitectos madrileños José López Salaberry y Sirgo Borrajo Montenegro –únicos profesionales que se presentaron al concurso– y premiado con 3.500 ptas. La dirección de las obras, que se desarrollaron entre 1883 y 1892, fue asumida por el arquitecto municipal Juan Miguel de la Guardia, que eligió para su emplazamiento las huertas del referido convento. Como afirma su colega J. Vallaure, «gracias a la intervención de De la Guardia, se le dio al teatro su situación actual y eso supuso una innovación porque por aquel entonces no había una planificación urbanística y en esa fecha se planteó el ensanche de Uría y se proyectó la plaza de la Escandalera».

Con claras influencias del madrileño Teatro de la Comedia, «el Campoamor se diseñó como un teatro a la italiana, con una descomposición elemental a nivel compositivo y funcional marcada en planta y en sección longitudinal en tres partes consecutivas: el escenario y sus anejos, la sala con desarrollo en planta de herradura y la zona de accesos, áreas sociales y de descanso. Esta fragmentación primaria se engloba en un paralelepípedo unitario en planta rectangular y fachadas planas con alternancia de entrepaños y pilastras a excepción de la principal, organizada en tres cuerpos, uno central y dos pabellones laterales. Se trata de una elegante composición horizontal con una rotunda simplicidad volumétrica. Existe una clara influencia del clasicismo centroeuropeo apadrinado por Karl Friederich Schinkel», según Vallaure, para quien el Campoamor «fue un hito tecnológico para su época puesto que en su construcción se introdujo el hierro –la espléndida bóveda que pende sobre la gran sala, colgada de potentes cerchas metálicas–, la luz eléctrica y el pavimento móvil del patio de butacas que permite transformar el teatro en un lujoso salón de baile para la burguesía».

La inauguración aconteció en 1892. El dramaturgo, prosista y, por encima de todo, poeta realista asturiano Ramón de Campoamor (Navia, 1817-Madrid, 1901), triunfante por entonces y hoy casi en el olvido, dio nombre al teatro. El frente principal consta de un cuerpo central, levemente retranqueado, y dos laterales más angostos. La planta alta tenía, en origen, cinco grandes huecos adintelados, luego cubiertos con cristales, mientras que hay dos más en los flancos, donde se colocaron las imágenes de la Comedia y la Tragedia, labradas por Cipriano Folgueras. La decoración se concentra en la cornisa y el frontón, levemente retrasado, culminando la fachada. El piso bajo presenta siete puertas de medio punto. Interiormente, al vestíbulo de entrada y sus dos escaleras laterales le siguen la sala de gran tamaño en forma de herradura, el escenario y el espacio destinado a camerino y servicios.

Este coliseo, de corte neoclásico, fue objeto de varias remodelaciones, entre ellas las de 1899 (modificaciones decorativas hechas por De la Guardia), 1916 (incorporación de un ático y supresión del frontón), 1943, 1986 (mejora de los accesos y las áreas sociales y de descanso del teatro, con dirección de Casariego Hernández y Nanclares Fernández) y 1998. La Revolución de Octubre de 1934 hizo mella en él; sufrió un incendio, quedando su interior prácticamente destruido. Dos años después se comenzó a reconstruir con un proyecto de los arquitectos Casariego y Bustelo y del ingeniero Sánchez del Río, pero las obras quedaron paralizadas por la guerra civil del 36, reanudándose la reconstrucción en 1940 a partir de las propuestas del entonces arquitecto municipal Gabriel de Torriente. En 1998 tuvo lugar otra intervención (ampliación del escenario, foso para la orquesta, la sala de ensayos, el peine para los decorados y camerinos ganados bajo la plaza del Carbayón), con la que «el Campoamor ha vuelto a recuperar ese espíritu de modernidad con el que nació» (Vallaure).

En la plaza principal del teatro se ha colocado (octubre de 1998) una escultura del madrileño Julio López Hernández, Esperanza caminando, con la figura de su hija de espaldas a la fachada.

El flanco de la calle Alonso Quintanilla sirve de ingreso al Centro de Arte Moderno Ciudad de Oviedo, sala de arte municipal instalada en los bajos de tan prestigioso teatro, por el que desfilaron primeras figuras del mundo teatral, de la ópera y extraordinarios concertistas.

En el otro lateral, fruto de la reforma de 1998, el humilde espacio ajardinado anterior (plaza del Carbayón) dio paso a una dura plazoleta, más pretenciosa, donde continúa presente el Carbayín, pequeño roble, sustituto del totémico Carbayón de la calle Uría, sacrificado en aras del ensanche de la misma (en el suelo del lugar donde se alzaba hay una placa recordatorio). La reja que protege al Carbayín tiene incrustada la siguiente inscripción: «EL AYUNTAMIENTO PLANTO ESTE ROBLE EL DIA XI DE FEBRERO DEL AÑO DE GRACIA DE MCML COMO CONTINUADOR DE AQUEL ARBOL SIMBOLICO QUE CONCEDIO EL TITULO DE CARBAYONES [a los ovetenses]». En este espacio público, se ubican el monumento a Plácido Alvarez-Buylla, médico humanista y ejemplo de amor a Oviedo, erigido por suscripción popular en septiembre de 1972, y la abstraída figura de La pensadora, escultura colocada en 1999 y hecha en 1968 por José Luis Fernández, artista ovetense de reconocida trayectoria.

El día 17 de octubre de 2006, las fachadas del Campoamor estrenaron iluminación artística gracias a la Fundación Hidrocantábrico, que también la instaló en las de los inmuebles próximos para realzar aun más el teatro.

FUENTE: Julio Vallaure, en «Espíritu de modernidad», artículo de Sandra Solís, diario La Nueva España de Oviedo, 26-12-1999.

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