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Prieto, María Teresa

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Autor: José Luis Temes (*)

Aunque casi completamente desconocida para el público español (e incluso para el de Asturias, su tierra natal), la figura de María Teresa Prieto nos aparece hoy como verdaderamente notable dentro la creación musical española de la segunda mitad del siglo XX, y desde luego, como el de una de las dos o tres figuras mayores de la historia de la música asturiana. Toda su obra, y muy especialmente su producción sinfónica, rezuma la añoranza de su Asturias perdida, lejana, recordada y amada desde su exilio en México, país que la acogió desde los primeros días de la guerra civil española.

Nacida en Oviedo en 1896, en el seno de una familia de la clase media asturiana de entonces —altamente entusiasta de la música, la poesía y las artes—, estudió María Teresa Prieto con el pianista y compositor asturiano Saturnino del Fresno, quien sobre todo le inculcaría la pasión que nuestra compositora mantendría durante toda su vida: el magisterio de Johann Sebastian Bach, norte de casi toda su producción creadora. Quedó huérfana de padre desde muy temprana edad, lo que acentuaría el constante tinte de tristeza y nostalgia que marcaría toda su vida. Trasladada a Madrid, sería Benito de la Parra —su profesor en el Conservatorio de Madrid— quien le introduciría en un para ella nuevo mundo armónico: el sistema modal, tan presente en buena parte de su obra.

Cuando apenas había compuesto aún sus primeras obras de cámara, de corte aún lógicamente escolástico, el estallido de la guerra civil la colocará en una situación personal muy peligrosa ante las virulentas revueltas en Asturias. Su hermano Carlos, que se encontraba en México —y que disfrutaba allí de una cierta prosperidad empresarial—, le aconseja embarque de inmediato hacia aquel país. Allá llegará nuestra compositora el 1 de diciembre de 1936 y allá esperará la clarificación de la situación bélica en España. Y allá también se encontrará, acogida con la generosidad que el gobierno del presidente Cárdenas dispensó a todos los exiliados españoles, con otros exiliados del lado republicano, unidos por la tragedia común de la guerra. No puede afirmarse, hablando con propiedad, que María Teresa Prieto fuera una exiliada política; más exactamente cabría calificarla como transterrada (por seguir el término empleado por el filósofo José Gaos) y desplazada a causa de la guerra entre los españoles.

María Teresa se establece en el caserón de la familia Prieto en San Ángel. Ese caserón será con el tiempo punto obligado de reunión intelectual y musical, y en su perchero colgarán su sombrero desde Stravinsky hasta Erik Kleiber y desde Carlos Chávez hasta Darius Milhaud. Y por supuesto, todos los colegas de transterramiento español en México: entre ellos, Adolfo Salazar, que vivió en la casa durante los últimos años de su vida y que incluso falleció entre sus muros.

Pocos meses después de su llegada pasa María Teresa a estudiar composición con el maestro Manuel Ponce, quien confirma su enorme talento para la composición. Desde dos años después, será Carlos Chávez, otro hito en la composición latinoamericana de la época, su nuevo maestro; él, además, dirigirá el estreno de la mayor parte de sus obras orquestales.

Su tercer maestro trasatlántico será el citado Darius Milhaud, pero no estudiará composición con él en el propio México, sino en California, a cuyo Mills College, en Oakland, viajará María Teresa durante dos cursos: 1946 y 1947. A partir de entonces, no hay grandes novedades en su vida: su amor por la soledad, sus horas y horas en el torreón de la casa familiar (adonde se le izaba incluso

la comida por un pequeño dispositivo ascensor, de manera que no salía de su cuarto de estudio ni siquiera para comer), y su nunca asumida lejanía de Asturias.

María Teresa Prieto no volverá ya a España —salvo algún viaje relámpago, uno de ellos para recoger el premio Samuel Ross, que le fue concedido a su Cuarteto modal (1958)—, pues aunque invitada varias veces por el régimen imperante en España después de 1939, su talante estaba muy distante del de los vencedores. Y el advenimiento de la democracia en 1975 correspondió ya con una edad muy avanzada de la compositora, que fallecería en 1982, a la edad de 86 años.

En ese caserón familiar vivía también un joven músico, hijo del hermano de la compositora, que inició desde temprana edad una prometedora carrera como violoncellista, y que gozaba de la ternura y simpatía de ella: era su sobrino Carlos Prieto, con el tiempo anfitrión de los visitantes ilustres de la casa, hasta tal punto que llegaría a acompañar a Stravinsky en su regreso a Rusia, tras sus años de destierro. Muchos años después, nuestra protagonista dejaría precisamente a su esposa Isabel la custodia legal de su legado compositivo, que de su mano ha llegado así hasta nosotros.

Pese a que María Teresa Prieto fue ajena a todo tipo de éxito social, y refractaria al éxito mundano de su música, no es menos cierto el que hubo varios ilustres músicos que lograron romper su habitual modestia y llevar su música a muy ilustres atriles: así, el gran Erik Kleiber (valedor, recordémoslo, de Alban Berg o de Anton Webern) dirigió el estreno de una de sus sinfonías; Carlos Chávez, el del antes citado Adagio y fuga; Ataúlfo Argenta dirigió el estreno en España de su Sinfonía breve y de Chichen-Itzá; etc...

(....) esta extraordinaria compositora, cuya producción entera, nostálgica siempre de la España lejana y perdida, está presidida por la extrema sencillez y elegancia, ajena a todo abigarramiento. Hay incluso en su música un puntito de ingenuidad de una infancia nunca abandonada. Y sobre todo, por su pasión por la nobleza del contrapunto y la fuga de Johann Sebastian Bach, a quien, como dijimos arriba, reconocía como su gran maestro.

NOTA

(*) Autor del trabajo de investigación —aquí extractado— incluido en la obra Música sinfónica de María Teresa Prieto (2º volumen de la colección «Cuadernos de Música del Archivo de Música de Asturias»), que representantes de la Consejería de Cultura del Principado de Asturias presentaron en septiembre de 2007 en el Ateneo Español de México D.F. con motivo del veinticinco aniversario del fallecimiento de la compositora ovetense.

José Luis Temes nació en Madrid en 1956. Estudió principalmente con los profesores Labarra, Sopeña, Llácer y Martín Porrás. Titulado por el Conservatorio de su ciudad natal, dirigió entre 1976 y 1980 el Grupo de Percusión de Madrid, y el Grupo Círculo entre 1983 y 1999. Ha estado al frente de la práctica totalidad de las orquestas españolas; también de otras de diversos países: Filarmónica de Londres, Gulbenkian de Lisboa, Filarmónica de Poznan, Radio de Belgrado, etc. En sus años como director, Temes ha dirigido el estreno de más de 280 obras, entre ellas algunas óperas y varios ballets. Ha grabado numerosos discos, casi siempre con música contemporánea española, y participado en los principales festivales internacionales de música nueva: Nueva York, Londres, París, Roma, Milán, Viena, Zagreb, Lisboa y un largo etcétera. Ha compaginado siempre su trabajo como director de orquesta con una amplia labor como profesor, conferenciante y gestor. Es autor de numerosos libros y ensayos, entre los que destacan: Instrumentos de percusión en la música actual (Digesa, 1979), Apuntes anecdóticos de historia de la música (Línea, 1983), un extenso Tratado de Solfeo Contemporáneo (Línea, 1982-1992), una biografía de Anton Webern (CBA, 1988) y otra sobre José Luis Turina (OFM, 2006), así como dos volúmenes sobre la historia perdida de El Círculo de Bellas Artes de Madrid (Alianza, 2000/2003).

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