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Fiesta y feria de la Ascensión de Oviedo

Fiesta y feria de la Ascensión de Oviedo
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Multitudinaria fiesta popular, de gran raigambre en Oviedo, que coincide en el calendario con los cuarenta días posteriores a la festividad de la Resurrección.

En abril de 2008 fue declarada Fiesta de Interés Turístico del Principado de Asturias.

Durante la misma hay un excelente concurso de ganado, exposición de artesanía y de maquinaria agrícola, exhibición de deportes autóctonos, canción asturiana, etc.

Es también una jornada gastronómica en la que el menú típico lo componen los siguientes platos: menestra de verdura del tiempo, carne gobernada (*) y, de postre, tarta de cerezas.

LA ASCENSIÓN EN OVIEDO, ASTURIAS EN EL CORAZÓN

  • Autor: Javier Batalla (director técnico de Festejos Ayto. de Oviedo-S.O.F.).
  • Fuente: Revista de las fiestas de San Mateo 2005 (pág. 25-28).

Oviedo debe a su geografía, esa representación científica del azar, su posición física, y a la historia, esa vieja alquimista que transforma la ganga de la casualidad en el oro de la causalidad, su centralidad política y administrativa, así como sus funciones culturales en el conjunto regional asturiano. Si bien las mismas palabras, centralidad política, funciones económicas, encubren distintos significados según las épocas.

La centralidad política del presente no significa «ordeno y mando» sino la organización democrática del consenso, mientras que las funciones económicas no sólo se relacionan con la producción y venta de bienes y servicios, sino que también tienen que ver con el ofrecimiento generoso de los espacios de nuestra ciudad a los hombres y mujeres de Asturias. La Feria de La Ascensión es el tributo de Oviedo a su pasado y su ejercicio concreto de solidaridad en el presente con los ganaderos y campesinos de nuestra región.

Desde los tiempos de su fundación por Máximo y Fromestano en 761 hasta bien entrado el siglo XVIII, que marcó el ingreso de la ciudad en la modernidad ideológica y económica, Oviedo vivió una relación simbiótica con el campo circundante. El paisaje de aquellos siglos resultaría irreconocible para un observador contemporáneo, puesto que en los bosques que rodeaban la ciudad se alzaban numerosos robledales cuyos frutos servían de pasto a las piaras que, procedentes de las aldeas vecinas y lejanas, se traían a las numerosas ferias que se organizaban en el recinto urbano, donde un abigarrado caserío se apiñaba contra la muralla.

Será a partir del segundo tercio del siglo XIX cuando se pueda hablar de una transformación acelerada del paisaje ovetense en el conjunto del municipio, área urbana y zonas rurales. Las razones serán de muy diversa índole, pero todos los procesos: confirmación de la capitalidad regional en 1833; la desamortización con sus enormes transferencias de propiedad y cambio de uso en tierras y edificios; derribo de la muralla; eclosión del trabajo industrial... acabaron convergiendo en la radical transformación de la morfología municipal. Los prados y tierras de labor sustituyeron definitivamente al bosque autóctono porque los ganaderos, al orientarse hacia la producción de leche para atender la demanda en expansión de una población creciente, intensificaron la ocupación del territorio al incrementar la superficie agrícola aprovechada.

Nuestro observador contemporáneo, al que aludíamos más arriba, si quisiera hacerse una idea románticamente precisa del aspecto que presentaba el municipio a finales del XIX, siempre puede recurrir a la prosa de Leopoldo Alas Clarín ya que, cuando se viaja al pasado, siempre es mejor hacerlo a hombros de gigantes: «Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos, robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos obscuros; la paja del trigo, escasa, amarilleaba entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas, esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle».

La Feria de La Ascensión, después de tanto trajín de tiempo y tanto rodar de siglos, sigue llegando a Oviedo en primavera. Para decenas de miles de personas es una citada marcada en rojo en el calendario porque como todos los grandes acontecimientos tiene algo que ofrecer a todo el mundo. A algunos, los más sentimentales y nostálgicos, les proporciona un billete a un pasado dorado que sólo se puede visitar en días como éstos. Otros, más interesados en las manifestaciones de la cultura material popular, son atraídos por el rico patrimonio que se despliega por calles y por plazas. Los más, de actitud nómada y de gusto ecléctico, vendrán a dejarse llevar por el río de la multitud y por los múltiples reclamos que acechan al romero. Pero para todos los visitantes, de nuestra región y de Galicia, y para los cántabros y castellanos y leoneses que nos distinguen con su presencia en esas fechas, La Ascensión de Oviedo tiene algo que ofrecer: la amabilidad de nuestros conciudadanos, un plato de comida, un buen trago, una canción.

En esas fechas hay que dejarse caer por el Oviedo más recoleto e íntimo: el Oviedo Viejo, la Zona o Casco Antiguo, donde en la Plaza de la Catedral el Mercáu Astur celebra los carnavales del comercio. Por la plaza recubierta de paja se desbordan en profusa rusticidad los mercaderes de frutas tersas, pescados de allende los mares, cosméticos ungüentos, velas de luz que huele, vendedores de licores que encierran en un frasco el paraíso, floristas zahoríes, magos cartománticos y astutos tratantes de ganado.

Y ya puestos en vereda, una visita a la Losa o Plataforma de la Renfe, donde el Oviedo más espacioso y abierto acoge una cumplida muestra de los oficios y productos asturianos, es obligada. Allí saludan al visitante objetos de todos los concejos asturianos, las cerámicas negras de Cangas del Narcea, navajas de Taramundi, trajes llaniscos, cesteros de Gijón... mientras solicitan su atención y deleitan sus sentidos los auténticos productos de la tierra de Asturias: la Miel, los Embutidos, la Sidra natural, las Fabas... y la extraordinaria variedad de quesos de la tierra: Cabrales, Gamonedo, Casín, Afuega'l Pitu, queso de las Peñamelleras, de Urbiés, de Genestoso, de Oscos, de Bola, y quesos de Porrúa y Vidiago y la Peral...

También en la Losa artesanos de los más variados oficios muestran su arte antiguo. La existencia y persistencia de estos herreros, torneros, canteros, madreñeros, hilanderas, bordadoras, malleras y curtidores, nos trae a la memoria al ilustrado Jovellanos: «nada de cuanto es necesario para el uso de la vida sencilla deja de labrarse y construirse por estos naturales».

Una festividad como La Ascensión, de eminente carácter rural, no sería completa si dejara en la sombra el folclore popular de la región, siempre vinculado al «son de la gaita y el tambor». La riqueza y variedad de los grupos folclóricos y bandas de gaitas asturianos llenan de contenido la programación del Festival Folclórico, en el que más de un millar de gaiteros y bailarines desfilan por las calles del centro de Oviedo y alegran sus plazas, calles y zonas peatonales con la interpretación de bailes y danzas ancestrales, procedentes de todos los rincones de nuestra «tierrina» asturiana.

Junto a la música, la comida. Es bien sabido que toda celebración festiva ofrece un menú típico, elaborado de conformidad a los productos propios de la estación. En esta fiesta primaveral no podía faltar el suculento, delicioso y muy digestivo Menú de La Ascensión, que se compone de: Menestra del Tiempo, Carne Gobernada al estilo de Oviedo y Tarta de Queso con Cerezas, por aquello de hacerle un homenaje a la estación y al refranero, «por la Ascensión, cerezas en Oviedo y trigo en León». Los restaurantes ovetenses ofrecen en sus cartas este sustancioso menú que ocupa un lugar de privilegio en la guía gastronómica de la ciudad y está a la altura del proverbial buen paladar asturiano.

La Ascensión, además de ese carácter expositivo, divulgador y festivo, tiene también un momento solemne, de homenaje y reconocimiento que da hondura y sentido a la celebración. Es el Acto Oficial del Paisano y Paisana del Año, en el que la ciudad de Oviedo, representada por su alcalde, expresa su gratitud pasada y presente a los pequeños grandes héroes de la historia. En un acto de sencilla emotividad, como corresponde a gentes que han hecho de la simplicidad su regla de vida, el alcalde de Oviedo entrega cada año este premio a los hombres y a las mujeres que trabajan como si fueran a vivir eternamente. El acto de entrega de los galardones se complementa con la práctica y exhibición de los Deportes Rurales Autóctonos como la corta con hacha o tronzón, la carrera de lecheras, el tiro de cuerda... manifestaciones físicas de fuerza y agilidad del campesino asturiano.

La Feria de La Ascensión, que agrupa en la misma oferta u completo abanico de posibilidades, donde todos los gustos encuentran su acomodo y en la que la tradición, la cultura y la gastronomía se dan la mano, reúne las condiciones idóneas para ser distinguida con el reconocimiento de Fiesta de Interés Turístico Regional por sus indiscutibles atractivos turísticos que, año sí y año también, congrega en la capital a millares y millares de personas de nuestra comunidad y de fuera de ella.

LA ASCENSIÓN: UNA FERIA DE AMBIENTE RURAL CON TOQUES GASTRONÓMICOS

A continuación se reproduce íntegramente el texto del pregón de la Ascensión de 2004, obra del periodista Carlos Cuesta, presidente por entonces de ASPET (Asociación Asturiana de Periodistas y Escritores de Turismo). Leído en la plaza de Trascorrales el 13 de mayo de dicho año, en él repasa la historia de esta tradicional cita festiva.

Hablar de la Ascensión es adentrarse en una feria festiva de época inmemorial que en Oviedo ha tenido y tiene impronta de romería popular con base litúrgica. Y siempre jueves de abril o mayo, a los cuarenta días de la festividad de la Resurrección... En toda Asturias ha gozado de cierta fama, pero es en la capital del Principado donde esta celebración ha marcado la pauta del buen hacer y la tradición. Es, por tanto, una jornada de asueto, mercaderías y ambiente ferial. En ocasiones este festejo primaveral se desarrollaba cuatro días antes de la celebración religiosa. Y Oviedo, otrora, disfrutó de lugares feriales para cumplir con esta jornada, tales como la calle de Mercaderes, Campo de la Lana, Puerta Nueva, San Roque y San Lázaro. Espacios extramuros donde el mercantilismo del momento se centraba en la venta de grano, preferentemente cereal de maíz o escanda, vino de León o de Toro (Zamora), aperos de labranza, cestería, útiles de cobre y hierro, ropa, quincalla, alfarería y, ¡cómo no!, ganado caballar –el más abundante–, mular y en ocasiones el vacuno. Y decir feria era sinónimo de festejo. Por la mañana, ceremonia religiosa; al mediodía, ambiente de mercado; a la hora de comer, comenzaba la romería popular, y más tarde, corrida de toros... Pero este programa festivo, con el paso del tiempo, fue tomando otro rumbo, salvo la fiesta nacional que se mantenía en un improvisado coso. Por esa época de últimos del siglo XVIII y principios del XIX, la Ascensión era una fiesta de ámbito popular con notable raigambre en la vieja Vetusta...

Eran momentos donde las gentes asociaban la agricultura y sus ciclos a los festejos religiosos, siguiendo la línea de tiempos paganos. Y entre mercadería y transacciones, siempre había tiempo para tomarse el porrón de vino tinto de tierras del Duero y la tortilla de judías verdes con bacalao, huevos cocidos, algo de chacina y pan de escanda...

A través de los años y a partir de 1853, esta fiesta de calado regional sufrió notables cambios.. Las ferias seguían su curso anual; sin embargo, la romería campestre pasó a celebrarse al atardecer con música del país y avalancha de romeros. Una auténtica merienda popular. Pero a la hora del almuerzo, las casas de comidas de la zona de El Fontán y aledaños se llenaban de mucho público ávido de saborear la menestra de temporada, la carne gobernada y la tarta de cerezas... Tabernas y casas de comidas como La Curtia, La Clavera, La Morrina –una de las más populares y concurridas, donde la sidra de su lagar y los platos de caza eran notables–, Dolores Aguirre –famosa por sus callos–..., todas estas situadas en la zona de la calle Jesús y Trascorrales, un entorno donde abundaban estos locales públicos. En la Corrada del Obispo se encontraba Casa Laureana, una especie de mesón con lagar, bolera y juego de rana. Desde aquí partían los carruajes hacia Villaviciosa, Colunga y Ribadesella. Marica Uría, junto a la Audiencia, donde la clientela tenía que pagar una perrona para acceder al local. Después las consumiciones eran libres, salvo las raciones de angulas, que costaban a tres reales. Una manera muy pintoresca de hacer caja. Otra taberna-lagar que tuvo cierto prestigio era la que regentaban mis antepasados, los Cuesta. Estaba en San Lázaro y entre las materias primas a ofertar destacaban los callos de Noreña, la lamprea y las truchas... A partir de 1870, dos establecimientos de nombradía marcaron la diferencia en la capital. Se trataba de Casa El Fuín, en la confluencia de Foncalada y Gascona, y Casa Bango, en El Fontán. En el primero, las partidas de bolos y el guiso de gatos eran lo más característico, aparte de otro tipo de viandas. En cuanto al segundo, decir que fue un negocio de altura culinaria hasta su cierre en 1971. La caza y la tortilla de merluza era sus especialidades. Este local marcó un antes y un después en la manera de hacer hostelería y servicio a los clientes. En todos estos entrañables lugares de buen beber y mejor comer se elaboraba un menú típico de la fiesta de la Ascensión. Una minuta que conforma actualmente las jornadas de esta feria tradicional, pero que antaño ya tenía carta de naturaleza en el viejo Oviedo. Las huertas de las afueras de la capital producían frutos exuberantes, principalmente patatas, arbejos, judías verdes, cebollas, tomates y zanahorias, ingredientes básicos para la elaboración de una idónea menestra. Las praderías de los contornos suponían pastos notables para el ganado vacuno, y en los campos del llano, las cerezas de la variedad picota o laviana abundaban por doquier. Eran, sin duda, otros tiempos... De ahí el refrán: «El día de la Ascensión, cereces en Oviedo y trigo en León»...

Todo ese elenco de materias primas eran la base del condumio ferial.... Y junto a la fiesta gastronómica de El Desarme..., la que hoy iniciamos puede considerarse como una de las primeras de Asturias. Por lo menos sentó las bases de lo que actualmente representa una jornada culinaria de enjundia. Fiesta y mantel que es a fin de cuentas lo que importa para adentrarse a disfrutar de un día en Oviedo. Porque hay que constatar que la gastronomía actualmente mueve fronteras, y Oviedo y Asturias ofrecen en sus productos una calidad incuestionable. Una manera de hacer turismo. De ahí que Carbayonia, Pilares o Lancia, por citar tres nombres literarios, sea considerada como la capital gastronómica de Asturias. Nadie lo duda. Sus casas de comidas, sus restaurantes y sus chigres/sidrerías significan el paradigma del sabor y los aromas culinarios. Y para muestra, este festejo de La Ascensión. La huerta local y la carne de vacuno en perfecto maridaje para satisfacción de exigentes comensales. OVIEDO ya no duerme la siesta, no disfruta de la olla podrida. Se sumerge en fragancias primaverales y efluvios hortelanos salidos de los fogones de esos establecimientos donde las guisanderas marcan su territorio. Sí, GUISANDERAS, porque fueron ellas, a base de mucho sacrificio y sapiencia culinaria, quienes a través de generaciones hicieron de sus preparados auténticas obras de arte. Hoy nos quedamos con la menestra de temporada, la carne gobernada al estilo de Oviedo y la tarta de cereces. Unos platos que emanan ambiente a ciudad antañona e histórica. Un menú envuelto en bálsamo primaveral y esencia de altura culinaria. Que les aproveche... Buenas tardes.

NOTA

(*) Esta carne gobernada al estilo de Oviedo, propia de la Ascensión, «puede parecer, por su nombre, triunfo notorio y dominio de pasiones, a las que se unen, para complicarlo más, el mundo y la carne, pues ya se sabe que, tal como está el mundo, y con el demonio por el medio, el desgobierno de la carne es de temer. La carne gobernada al estilo de Oviedo no es otra cosa que ternera de aquí hecha al amor de la lumbre, tal como lo hacían en otro tiempo las guisanderas que luego vendían en la calle, en unos carros con brasas de leña y chapa, sobre la que se hacía y gobernaba la carne, al amor de la cebollina nueva, para consuelo de barrigas de los madrugadores que pasaban la mañana a la brisa fresca de mercado, pues no sólo de «fabes y tocín»» vivía el ovetense (Carmen Ruiz Tilve, cronista oficial de Oviedo, en «Pliegos de cordel», diario La Nueva España de Oviedo, 18-5-2004).

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