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Fábrica Nacional de Armas de Trubia

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La Real Fábrica de Trubia fue creada a fines del siglo XVIII para suministrar material bélico al Ejército español con la seguridad que, en caso de guerra con la vecina Francia, no ofrecían otros establecimientos por encontrarse próximos a la frontera de los Pirineos. Así, en 1794, se había decidido ya la instalación en Trubia de una fábrica de municiones de hierro colado en las proximidades de la confluencia de los ríos Trubia y Nalón, en el concejo de Grado, «dadas las mayores ventajas que ofrecía el aprovechamiento de los carbones de las minas de Langreo transportados por el Nalón, entonces canalizado» (Francisco Tuero Bertrand). El proyecto inicial se ampliaría luego con la instalación de otra fábrica de carácter estatal, la de Oviedo, ésta de fusiles, montada provisionalmente en el palacio del Duque de Parque, sito en el barrio del Fontán, trasladando con posterioridad sus dependencias al antiguo convento de monjas benedictinas de la Vega.

En el paraje elegido para la nueva fábrica de armas de Trubia se levantaron hornos –el primero en 1797– y edificios. A partir de entonces el hermoso valle rural trubieco se trastocó en el más importante centro fabril del concejo. Su implantación trajo consigo el levantamiento de viviendas para militares y obreros, todo ello en torno a los talleres, según propugnaba el modelo protoindustrial de implantación de industrias con comunidades autosuficientes.

«Las circunstancias bélicas de la guerra de la Independencia, con la dispersión de los trabajadores útiles, condicionaron su producción, entrando en una vida lánguida con hornos y talleres destruidos y casi cerrada, por lo que hasta 1844 quedó convertida en una mera sucursal de la Fábrica de Oviedo [ésta producía fusiles completos desde mediados de 1795]» (Tuero Bertrand).

En la historia de la Fábrica de Trubia se consideran dos periodos:

–1ª época: Municiones de hierro con altos hornos al carbón vegetal y aire en frío.

–2ª época: Fundición de cañones, molderías y aceros, época digamos que de esplendor, con la llegada a la dirección en 1844 de Francisco Antonio de Elorza y Aguirre, notable militar liberal, quien durante una veintena de años desarrolló una intensa labor.

Trubia se benefició de su empuje: comienza a crecer hacia el otro lado del Nalón y surgen los primeros bloques de viviendas obreras. De todo ello quedan restos: las casas económicas del barrio de Junigro (mediados del s. XIX), con el pabellón más próximo al río conservado tal cual; las escuelas –realizadas por Juan Miguel de la Guardia–, el ateneo obrero, el mercado cubierto y el economato (los cuatro fechados a comienzos del XX); así como el taller de artillería, con fachadas de sillar (mediados del XIX) y el de aceros (1900), de cristal e hierro, en la fábrica.

La primera guerra mundial (1914-1918) le dio un nuevo impulso, con la consiguiente erección de nuevos talleres, edificios administrativos, ubicándose en el barrio del Soto las viviendas de la jefatura, el casino y la iglesia y un pequeño parque. Fue la mejor época de Trubia; en los años cincuenta, ésta se sumerge en una tozuda decadencia, que aún hoy continúa. Desde entonces, la Fábrica de Armas de Trubia conoció ampliaciones y reformas; pese a ello, es interesante como arquitectura de los albores del siglo XX.

Bibl.: Roberto Suárez Menéndez, «Fábrica de Armas de Trubia 1794-1987. Historia y producción artística»; íd., «Catálogo: bronces Fábrica de Trubia», con prólogo de F. Tuero Bertrand (director del Real Instituto de Estudios Asturianos), ed. RIDEA, 1996.

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