

Un lugar de ensueño, unos días de descanso inolvidables.
Turismo rural y contacto con la naturaleza impregnada de sentimientos. Un escenario donde se recrea la historia de amor de La Searila.
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Leyenda: La Searila
Es Seares un pueblecito ameno y pintoresco del concejo de Castropol cerca de la línea del Eo, esa lírica línea de agua que une y separa a un tiempo a Galicia, la dulce, de Asturias, la brava. Y en Seares vivía por aquellos años un matrimonio de hidalgos bien acomodados que habitaba una casona blasonada con honores de palacio campesino.
Eran don Pedro Pérez Castropol y su mujer doña Rafaela Abella Fuertes gentes de abolorio que procedían de claros linajes de Luarca. Tuvieron dos hijas. Una de ellas casó con uno de los hijos del Marqués de Santa Cruz; la otra, doña María Rosa, nacida en 1814, fue la protagonista de esta extraña y emocionante historia.
Doña María Rosa fue una mujer de belleza realmente tan deslumbradora que conmovió con ella a toda la comarca. Era, por antonomasia, «la bella de Seares». «La Searila», muy codiciada por los mayorazgos de la región. A los veinte años la sin par y noble doncella se enamoró de un galán vecino, hidalgo del cercano solar de Piantón, del Concejo de Vegadeo, llamado don Antonio Cuervo y Castrillón. Él era letrado y magistrado de gran porvenir. pues, pese a su juventud. de veintitantos años, había sido ya Fiscal de Audiencia y Gobernador de provincia (Jefe Político se les llamaba entonces).
Don Antonio y doña Rosa se conocieron en plena naturaleza, un día de verano. Ella estaba junto a un arroyo, jugando con los lindos piececitos desnudos en el agua. Él pasaba en un caballo tordo de ojo vivo y cabeza acaramelada. Fueron, al principio, unos amores contrariados y novelescos, con señales en los balcones y citas en las cabañas de los leñadores y carboneros, hasta que terminaron al fin en una boda secreta que se celebró en una ermita próxima. Luego vino el perdón de las familias y la gozosa luna de miel.
Doña Rosa y don Antonio se amaron muy románticamente, con toda exaltación que el estilo de la época sabía poner en estos eternos lances del amor. Pero él tuvo que partir para una ciudad próxima de cuya provincia era Jefe Político, y La Searila se quedó sola, mirando los caminos verdes por donde se fue y había de volver su amor. Corría el año 1836 y eran días difíciles y sangrientos para Asturias. Las tropas carlistas del invicto Gómez batían a los liberales, tomaban a Oviedo por asalto, constituían los batallones legitimistas del Principado y, con las hileras de sus boinas coloradas, marcaban una huella sangrienta y gloriosa por los valles y los picachos de aquella agreste topografía.
En el otoño de 1836 doña Rosa --enferma hacía tiempo de tisis, que es la enfermedad típica que idealizó el romanticismo-- murió al dar a luz una niña, que tampoco la sobrevivió. Al saber su mal y con esperanzas de encontrarla todavía viva, don Antonio corrió sin temor a los peligros de la guerra. Fue un viaje desesperado, una carrera desalada. Cerca de cuarenta leguas por malos caminos, en los que reventó cuatro caballos. Pero cuando llegó un atardecer de noviembre --el mes romántico por excelencia--, su amada yacía bajo un mármol del cementerio de Seares. Entonces, furioso, desesperado, en pleno delirio, como un personaje de Byron o de Young, como el coronel Cadalso, se fue aquella noche al cementerio, abrió la tumba, abrazó el cuerpo de la esposa y le cortó un mechón de sus cabellos. La tradición local le recuerda desesperadamente poseído en un diálogo imposible y macabro con el cadáver de la bien amada, bajo una luna que envolvía en mantos de tibia luz los cipreses ojivales del camposanto, como si fueran centinelas o espectros.
Pero la estampa romántica y trágica no terminó ahí. Don Antonio, enloquecido de dolor, renunció a sus cargos, a su porvenir, y se encerró en la casona solariega. Allí compuso una bellísima «Elegía a la amada muerta», «A la Searila», «A la bella de Seares».
Son unos versos largos y angustiosos, de cuidada retórica, que bien pueden tomarse como típicos de un estilo poético dominante en la época. En estas páginas se reproduce la versión más autorizada del poema.
El fúnebre poeta solía recorrer enloquecido los campos y las playas por donde antes paseara su amor triunfante, pero ahora salía solo y de noche, como un fantasma pavoroso, recitando sus versos y accionando como si increpase a los árboles, a las olas, a la luna, que habían sido callados testigos de su dicha. Así vivió de una manera desesperada y delirante años de agonía y dolor hasta que fue a unirse en «el más allá» con La Searila inolvidable.
Es lástima que esta historia real no hubiese sido conocida por alguno de los grandes poetas o novelistas de la época. ¡Qué drama o qué novela romántica hubiesen podido componer con ella!
Pero el pueblo no olvidó la tragedia vivida ante sus ojos. Los versos de La Searila corrieron de boca en boca y fueron aprendidos --deformados-- por el pueblo, que los cantó como un romance. Durante más de un siglo la letra de una «Searila», popularizada con música del país, fue dicha en las romerías, «esfoyazas» y «filandones» y ha pasado a ser hoy día pieza de eruditos y folkloristas.
Todos estos hechos ciertos, históricos, comprobados por la investigación erudita, suponen una acumulación tal de los tópicos del mundo romántico como pocas veces habrá tenido lugar en un suceso de la realidad: Amor, pasión, destino contrariado, abandono, soledad, nostalgia, tisis, muerte, desesperación, desenterramiento, luna, ruinas, bosques, paisaje verde, mar rumoroso y fondo de pueblo que sirve de coro a la tragedia y llora las desdichas de los protagonistas, cantándolas con voz quejumbrosa de salmodia. Ni uno solo de los ingredientes de aquella literatura especialísima que creó el romanticismo faltan en esta historia de La Searila.
Poema de La Searila
Solitaria mansión del sepulcro.
Sólo en ti mi esperanza se encierra.
Que, perdido mi amor, es la tierra.
Un abismo de mal para mí.
Negro abismo, que ahoga implacable
En un mar de tristezas mi alma.
¡Qué de Dios la piedad me dé calma!
¡Ay, Searila, reuniéndome a ti!
Un profundo clamor en mi pecho,
Que te llama y evoca constante,
Sin que pueda acallarlo un instante
De mi vida angustiada y febril.
Espantosas tinieblas me cercan
Y entre ellas venirte a mi veo.
¡Fantasía! ¡Ilusión del deseo!
¡Que, ay, Searila, no vienes a mí!
¡Cuántas veces gozosa conmigo,
Embargada de amores suaves,
Escuchaste el cantar de las aves
En las dulces mañanas de abril!
Poco tiempo duró nuestra dicha,
¡Y cuán presto acabó mi fortuna!
Pues no quiero tampoco otra alguna
¡Ay, Searila, viviendo sin ti!
Pavorosa visión yo recuerdo
Cuando trémula tú me decías
Que en fatídicos sueños veías
De tu tumba la lápida abrir.
Del destino, cruel anticipo,
Que alejaba de mí la alegría,
Se cumplió la fatal profecía,
¡Ay, Searila, pues vivo sin ti!
En tus brazos morir, ¡qué consuelo!
Conmovida otra tarde dijiste,
¡Infeliz! Y siquiera me viste,
Expirando apartada de mí.
Niña aún y tan sola muriendo,
¡Cuán amargo el morir te habrá sido!
Sin oír el acento querido!
¡Ay, Searila, anhelado por ti!
De la vida en el último aliento
Tu tristísima voz me llamaba.
¡Desdichado de mí! ¿Dónde estaba
Que a tu angustia no pude acudir?
Por los campos buscando tu huella
Yo corrí con frenético empeño,
Y hoy, perdido, paréceme un sueño,
¡Ay, Searila, que viva sin ti!
Yo corrí desalado y ansioso
Por caminos que incendia la guerra,
Y al llegar, ¡ay de mí!, bajo tierra,
Yerta, inmóvil, sin vida te vi.
A la luz de la lívida luna
Tu belleza, que intacta aún estaba,
Con pupila sin fuego miraba,
¡Ay, Searila, posándose en mí!
De tu yerta cabeza, la seda
Yo corté con mi trémula mano
Y tus sienes de hielo, en vano,
Con mi llanto y mi beso encendí.
Entre flores, mi Rosa, una rosa
Con su pompa y sin par lozanía,
Roto el féretro yo te veía,
¡Ay, Searila, mirándome en mí!
Tu recuerdo mi alma devora,
Y hasta el fondo taladra mi pecho,
Sin poderme sentir satisfecho,
Que apetezco cual nadie sufrir.
Lo apetezco y la vida me enfada,
Y así más me consumo y me mato,
Pues no quiero me acuses de ingrato
¡Ay, Searila, si vivo sin ti!
Abomino de vida sin cielo,
Donde ver de tu sol los fulgores,
Que risueñas no alegran las flores
Cuando el alma se siente morir.
Y alegrarme jamás yo no puedo
Ni pagarle al amor más tributo,
Ni otras glorias del mundo que el luto,
¡Ay, Searila, que llevo por ti!
Sola ahora y por todos dejada
En el lecho sin fin de la muerte,
Pues no hay nadie que aquí venga a verte
Si no viene tu amante infeliz.
Soledad a tu lado es mi vida,
Que sin ti toda vida es desierto;
No respiro, mi ser está yerto,
¡Ay, Searila, si no es junto a ti!
Navegando, la pálida luna
Por la bóveda inmensa del cielo,
Que comprende parece mi duelo
Y no quiere como antes lucir.
De la noche durante el silencio
Tu sepulcro besando acompaña
Y en tristeza profunda me baña,
¡Ay, Searila, velándote a ti!
Mustia ahora la frente doblada
Sobre el pie de la lápida fría,
Yo te espero, ¡oh mortal agonía!,
Como el ángel que mira por mí.
Yo te llamo, el momento se acerca,
Que en el cielo, felices y amantes,
Nuestras almas se junten como antes,
¡Ay, Searila, pues muero por ti!
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